Viernes de cine: ¨Acto de violencia (Act of Violence)¨

Fernando Morote

 

 

—Nada más excitante que compartir una pasión.

—De entrada se reconoce a Nueva York por la cúpula del edificio Chrysler y la imponencia del Puente Williamsburg, dos íconos de la ciudad, emergiendo de la bruma nocturna.

—La primera vez que oí con atención el nombre de Robert Ryan fue cuando Ernest Borgnine comentó en la televisión sobre su relación profesional y de amistad con él. Habló con tal admiración y entusiasmo acerca de su talento que de inmediato me intrigó y me movió a buscar películas suyas. Encontré un actor fabuloso, dueño de un extraordinario carisma, representando por lo general tipos cínicos y desalmados.

—En Acto de violencia sí que es siniestro. Cojo y enfundado en esa gabardina arrugada, con su sombrero de fieltro siempre de lado, tiene un aire macabro. Todo el tiempo luce ansioso y desencajado, trastornado, midiendo los pasos y movimientos de su enemigo. Su rostro de satisfacción en el lago, cuando está en el bote y cree tenerlo bajo la mira de su arma, es grandioso. Sabe producir y transmitir un temor real. Al ver sus ojos negros y brillantes, y su mirada tortuosa, provoca alejarse corriendo.

—Te deja sin respiración. Como espectador sientes que no podrás escapar de su acoso. Su gesto es espeluznante, pero al mismo tiempo fascinante. Sin mencionar que el hombre es guapo. Su presencia merodeando constantemente el hogar de su presa crea una crisis conyugal que los hace entrar en pánico.

—Está obsesionado con asesinar a quien considera un traidor. Por eso trata a su novia como una basura cuando ella sólo trata de protegerlo y evitar que caiga en mayor desgracia.

—La actuación de Van Heflin, el otro protagonista, encarnando a un constructor exitoso, ejemplo de servicio a su comunidad, también es excepcional. Especialmente cuando entiende que Ryan viene por su cabeza y se larga apurado, dejando al amigo colgado con el día de pesca. Acierta sembrando la duda. Nunca se sabe con certeza si es un cobarde malicioso o un héroe ingenuo.

—A mí me parece un cobarde ingenuo. Entrega a sus camaradas porque no quiere que los maten. Pero corre un riesgo sin calcular las consecuencias. Su verdadero delito está en dejarse tratar con honores que no le corresponden. Eso desencadena el desastre.

—La atmósfera angustiante que crea cerrando ventanas, bajando cortinas, apagando luces, saltando con el timbre del teléfono, pegando los oídos a la pared para escuchar los pasos de Ryan arrastrándose afuera, contagia la paranoia a su mujer y al público.

—Es típico del género. No hay santos ni villanos, los personajes tienen sus méritos y miserias a partes iguales. Su primera reacción al enterarse de que Ryan lo persigue es querer matarlo. Pero sabe que cometió un grave error al confiar en sus captores. Tuvo la buena intención de cuidar a sus subordinados, la tripulación de un bombardero derribado por los Nazis durante los últimos meses de la segunda guerra mundial. Esta confusión lo convierte en un ser altamente manipulable. La cruda escena del túnel reviviendo la fuga y la trampa que le tienden los alemanes, oyendo las voces y los gritos desesperados de sus compañeros, sirve para mostrar lo atormentada que se encuentra su conciencia. Cuando finalmente supera la crisis de nervios que lo ataca, desecha sus planes de homicidio y decide salvar a su amigo.

—No me convence mucho su espíritu de redención.

—Es justamente la clase de largometraje donde el aparente verdugo tiene una justificación para su conducta y el, digamos, inocente no lo es tanto.

—Cuando te das cuenta de que el villano es la víctima, te solidarizas con él. No hay nada más atractivo que un malo con un buen motivo para serlo.

—¿Y la Mary Astor? ¿No te parece un lomazo, acaso?

—No aporta mucho, en realidad. Sólo es la puta que se levanta a Heflin cuando lo encuentra desesperado en el bar.

—Su papel es importante. Trata de ayudarlo usando sus contactos del bajo mundo. Primero le sugiere el soborno. Como Ryan se burla de la propuesta —recuerda que viajó 5,000 kilómetros de Nueva York a Los Angeles con un maletincito de mano cargando sólo una pistola—, lo azuza para contratar un sicario y eliminarlo. No puedes negar, además, que sale super sabrosa. Tiene 43 años y se le ve tan apetecible y perturbadora, muy distante de la chica sin gracia que trabajaba en el cine mudo o la mujer seca de los años 30’ en Hollywood.

—Janet Leigh no se queda atrás. Cumple un excelente trabajo como la esposa desconcertada e ignorante del pasado de su cónyuge. Aún jovencita y muy linda (en esta cinta tendrá 21 ó 22 años a lo sumo), es aterrorizada por Ryan cuando éste le revela que es el único sobreviviente de la masacre propiciada por su marido y que, habiendo quedado paralítico a causa de ello, su misión es vengar la muerte de sus colegas. En la escena de la escalera de servicio del hotel, cuando Heflin le confiesa su error, ofrece una de sus mejores expresiones de espanto, secundada muy bien por la tenue iluminación que grafica fielmente la desolación interior que siente en ese momento.

—Ah, sí. Y el alarido que pega su niño desde la cuna en su casa es escalofriante. Da la sensación que es otra cosa.

—¿Quién es el director?

—Fred Zinnemann, el mismo de De aqui a la eternidad con Burt Lancaster, Solo ante el peligro con Gary Cooper y Un sombrero lleno de lluvia con Don Murray. Todas envueltas en los premios Oscar.

—La cortina musical que pone la MGM es perfecta para crear el ambiente de suspenso y terror. ¿De qué año es?

—Algunos dicen 1948, otros 1949.

—No importa. Es buena. Cine negro, negro.

 

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