La presa (II)

Kenzaburo Oé

 

 

Cuando desperté a la mañana siguiente, un poco más tarde de lo habitual me llegó el rumor de una agitación. Provenía de la plaza, junto al almacén. Mi padre y mi hermano habían salido. Dirigí a la pared una mirada todavía febril y descubrí que la escopeta no estaba en su sitio. Después de prestar atención al tumulto exterior y comprobar una vez más que el arma no colgaba del gancho, noté que el corazón me daba saltos en el pecho. Salté del catre, cogí mi camisa al pasar y bajé la escalera corriendo.

La plaza estaba llena de gente. Mezclados con los adultos, los niños elevaban hacia ellos sus caritas sucias, tensas por la ansiedad. Morro de Liebre y mi hermano estaban acurrucados al lado del tragaluz de la bodega.

—¡Esos gamberros estaban espiándole! —me dije airadamente, y me disponía a abalanzarme sobre ellos cuando vi a Chupatintas que, con la cabeza gacha y apoyado en la muleta, salía de la escalera de la bodega. Un terrible y sombrío abatimiento, así como una gran oleada de despecho, me invadieron por completo. Sin embargo, Chupatintas no iba seguido de una camilla con el cadáver del soldado negro. Vi aparecer solamente a mi padre. Llevaba al hombro la escopeta con el cañón metido en la funda de tela, y charlaba a media voz con el jefe de la aldea. Lancé un suspiro, mientras un sudor ardiente como agua hirviendo resbalaba por mis costados y el interior de los muslos.

—¡Ven a ver! —me gritó Morro de Liebre al ver que no me movía—. ¡Acércate!

Me coloqué a cuatro patas sobre los guijarros calientes y miré por el estrecho tragaluz abierto a ras del suelo. En el fondo de la tenebrosa bodega, el soldado negro yacía acurrucado en el suelo, exánime; parecía un animal apaleado que se hubiera desplomado como una masa inerte.

—¿Le han pegado? —le pregunté a Morro de Liebre mientras me incorporaba temblando de ira. ¿Le habían pegado teniendo los pies atados y sin poder dar un paso?

—¿Pegado? ¡Qué va!

Para acallar mi indignación, Morro de Liebre había adoptado una actitud agresiva, con una mueca amenazadora y la cara tensa.

—¿Le han pegado? —repetí la pregunta indignado.

—¡No, para nada! —dijo con aire pesaroso—. ¡Cuando han entrado, se han limitado a mirarle! ¡Nada más! El negro estaba como le ves ahora.

Mi irritación desapareció. Moví la cabeza vagamente. Mi hermano no me quitaba los ojos de encima.

—De modo que nada grave —dije a mi hermano.

Un chiquillo del pueblo trató de ponerse delante de mí para mirar por el tragaluz: Morro de Liebre le soltó un puntapié en los riñones que le hizo aullar de dolor. Morro de Liebre se había arrogado la potestad de conceder o no el derecho de mirar por el tragaluz, y montaba una cuidadosa guardia para impedir que nadie atentara contra esta prerrogativa.

Dejé allí a Morro de Liebre y a mi hermano, y me uní al círculo de adultos que rodeaba a Chupatintas y discutía con él. Como yo no era más que un chiquillo del pueblo con los mocos colgándole de la nariz, me ignoró olímpicamente y prosiguió su conversación, asestando un rudo golpe a mi amor propio y a mi amistad por él. Pero hay circunstancias en las que no puedes permitirte un puntillo o un amor propio demasiado exigentes. Deslizando mi cabeza entre las caderas de los mayores, escuché la conversación que sostenía con el jefe de la aldea.

Chupatintas explicaba que ni el alcalde de «la ciudad» ni el comisario de policía estaban capacitados para decidir acerca de la suerte de un prisionero de guerra. El gobierno civil había sido informado, pero mientras no recibieran respuesta la aldea debía ocuparse de él; era su obligación absoluta. El jefe de la aldea intentaba plantear todo tipo de objeciones, repitiendo que el pueblo no disponía de medios suficientes para hospedar a un soldado negro prisionero de guerra; sin contar con que escoltar a un personaje tan peligroso por los caminos montañosos sería para los aldeanos, que solo contaban con sus propias fuerzas, una tarea excesivamente ardua, ya que la interminable estación de las lluvias y las inundaciones lo habían complicado y dificultado todo… No sirvió de nada: ante el tono imperativo de Chupatintas —un tono de funcionario subalterno que se da importancia—, los pusilánimes aldeanos se doblegaron. Por mi parte, en cuanto me cercioré de que hasta que se precisaran las intenciones del gobierno civil el soldado negro seguiría confiado a la custodia de la aldea, me alejé del grupo de los mayores visiblemente perplejos y descontentos para correr a reunirme con Morro de Liebre y mi hermano, sentados en cuclillas delante del tragaluz como si poseyeran su monopolio. Me embargaba una sensación de inmenso alivio, de ansiedad cargada de esperanza y también de preocupación, pues me había contagiado de la de los adultos.

—¡Ya os había dicho que no le matarían! —exclamó triunfante Morro de Liebre—. ¡Cómo puede ser un negro nuestro enemigo!

—¡Además sería una pena! —exclamó alegremente mi hermano.

Después de lo cual los tres, con las frentes juntas, nos pusimos a mirar por el tragaluz. El hombre no se había movido, seguía echado en el suelo. Al ver que su respiración hinchaba poderosamente su pecho en un movimiento muy regular, lanzamos un suspiro de satisfacción. Otros chiquillos se habían aventurado hasta el límite de nuestras suelas, y manifestaban su descontento con murmullos; Morro de Liebre no tardó en levantarse y, con sus insultos, les obligó a alejarse gritando.

Llegó un momento en que nos cansamos de mirar al soldado negro que seguía acostado en el suelo. No se trataba, sin embargo, de renunciar a nuestro sitio privilegiado: mediante la promesa de una compensación en dátiles, albaricoques, higos o palosantos, Morro de Liebre autorizó a los demás niños, uno a uno, a echar una breve mirada por el tragaluz. La sorpresa y la emoción bastaban para congestionarles hasta la nuca mientras contemplaban el interior de la bodega, y cuando se incorporaban, se limpiaban con la mano la barbilla negra de polvo. Mientras el sol asaba su pequeño trasero y Morro de Liebre les instaba a que se dieran prisa, yo experimentaba un extraño placer, una sensación de insólita plenitud, de tónica exaltación observando cómo los chiquillos pegados a la pared del almacén se apasionaban por la primera auténtica experiencia de su vida. Morro de Liebre tumbó encima de sus rodillas desnudas a un perro de caza que se había escapado del grupo de las personas mayores y comenzó a espulgarlo. Mientras aplastaba los bichos con sus uñas de color ámbar, reñía a los muchachos con una arrogancia insultante y les gritaba sus órdenes. Nuestro jueguecito prosiguió incluso después de que los hombres hubieran acompañado a Chupatintas hasta el camino de la montaña. De vez en cuando, pese a las amargas protestas que brotaban a nuestras espaldas, mirábamos largamente el interior de la bodega, pero el soldado negro seguía echado en el suelo, tendido sin hacer el menor movimiento como si hubiera recibido una brutal paliza. ¡Se diría que la mirada de las personas mayores había bastado para herirle!

Aquella misma noche, con mi padre armado con su escopeta, bajé por segunda vez a la bodega, esta vez con una pesada marmita de hierro que contenía un estofado de arroz con verduras. El soldado negro alzó hacia nosotros sus ojos, cuyos párpados estaban ribeteados por una espesa capa de legañas amarillas, hundió directamente en la marmita ardiente sus dedos erizados de pelos y comenzó a devorar con fruición. Ahora era capaz de mirarle con tranquilidad; mi padre ya no apuntaba con su arma al prisionero: apoyado en la pared, incluso parecía aburrirse.

A fuerza de contemplar el temblor del grueso cuello del soldado negro encima de la marmita, la tensión repentina y el relajamiento de sus músculos, acabé por verle, dada su mansedumbre, como a una especie de animal tierno y dócil. Al levantar los ojos hacia el tragaluz, descubrí a Morro de Liebre y a mi hermano: nos miraban reteniendo el aliento. Dirigí una sonrisa fugaz y maliciosa a sus pupilas que brillaban con un resplandor sombrío. Me estaba acostumbrando al soldado negro y eso me llenaba de orgullo y hacía nacer en mi interior los gérmenes de una alegría realmente exultante. Pero cuando el soldado negro se irguió como un resorte, en un gesto que hizo sonar duramente la cadena de la trampa que lo trababa, de nuevo el miedo se apoderó de mí, a la vez que se erizaba cada centímetro de mi piel.

A partir de aquel día, escoltado por mi padre, que ya no se tomaba el trabajo de apuntar a la «presa», tuve el privilegio exclusivo de llevar al soldado negro, dos veces al día, mañana y noche, su alimento. Cuando, muy temprano por la mañana, o al caer la tarde, mi padre y yo aparecíamos por el lado del almacén con el cesto de las vituallas al brazo, los chiquillos al acecho en la plaza lanzaban a coro profundos suspiros que subían al cielo y allí se diluían como una nube. Igual que un profesional que ha perdido todo interés por las tareas de su especialidad pero que, en el momento de realizarlas, las cumple con idéntica y minuciosa escrupulosidad, yo cruzaba la plaza con expresión grave, sin una mirada para los demás niños. Mi hermano y Morro de Liebre me rodeaban y me acompañaban hasta la entrada de la bodega, de lo que estaban muy satisfechos; después, en cuanto mi padre y yo comenzábamos a bajar las escaleras, corrían velozmente a recuperar su puesto de observación delante del tragaluz. Aunque hubiera llegado a hartarme de bajarle sus comidas al soldado negro, habría seguido desempeñando dicha tarea solo por la satisfacción de captar, mientras recorría mi camino, los suspiros de devoradora envidia que resonaban a mi espalda procedentes de los demás niños, incluido Morro de Liebre, y que en ocasiones se convertían en murmullos de descontento.

Pedí sin embargo, a mi padre que concediera a Morro de Liebre la autorización especial de bajar a la bodega una vez por día, solo una, por la tarde. Accedió a ello. Mi petición no tenía más motivo que el deseo de compartir con Morro de Liebre una obligación que se había vuelto excesivamente pesada para mis solas fuerzas. Habían colocado en un rincón, cerca de uno de los postes que sostenían el techo, un viejo barrilete, para que el prisionero hiciera sus necesidades. Cada tarde, Morro de Liebre y yo levantábamos con infinitas precauciones, por la gruesa cuerda que lo atravesaba, el barrilete en cuestión, subíamos la escalera y vaciábamos, con un rumor de cascada, la densa y nauseabunda mezcla de deyecciones y de orina en el vertedero comunal. Además, Morro de Liebre desempeñaba su trabajo con un ardor desmesurado: más de una vez, antes de vaciar el recipiente en la gran cuba que se hallaba al borde del vertedero, removía su contenido con un palo y hacía comentarios sobre la digestión del soldado negro, más concretamente sobre el aspecto de su diarrea, decretando, por ejemplo, que se debía a los granos de maíz contenidos en los guisos.

Cuando bajábamos a la bodega con Morro de Liebre para tomar posesión del objeto, hallábamos a veces al prisionero —con el pantalón en los tobillos y las nalgas negras y relucientes proyectadas hacia atrás—a horcajadas sobre el barrilete en la posición poco más o menos de un perro practicando la cópula. Entonces esperábamos un poco —no había más remedio—detrás de é. En aquellos momentos, Morro de Liebre, presa de asombro y de respetuoso temor, con la mirada como perdida en un sueño y el oído atento al leve ruido de la cadena que unía, de una parte a otra del recipiente, los pies del soldado negro, me agarraba violentamente el brazo.

El prisionero acabó por convertirse en algo que llenaba por completo la vida cotidiana de los niños de la aldea, en la única y exclusiva preocupación de los chiquillos que ocupaba cada minuto, cada segundo, de nuestra existencia. Era como una enfermedad contagiosa que nos contaminó sucesivamente a todos. Pero los adultos, en cambio, eran inmunes al contagio, tenían otras cosas de que ocuparse; no tenían tiempo para estarse de brazos cruzados esperando las instrucciones del ayuntamiento, que, además, no acababan de llegar nunca. Y cuando mi padre, por su parte, a quien tocaba la misión de vigilar al prisionero, volvió a cazar, el acceso al soldado negro encerrado en la bodega dejó de estar restringido.

Durante el día, Morro de Liebre, mi hermano y yo adoptamos la costumbre de permanecer encerrados en la bodega donde estaba agazapado el soldado negro. Al comienzo nos costó grandes temblores de corazón la idea de infringir la regla; pero muy rápidamente, con la ayuda de la costumbre, empezamos a hacerlo con la mayor serenidad: ¿caso, a partir de un determinado momento, no habíamos asumido la responsabilidad de guardar al prisionero ya que los hombres trabajaban en la montaña o en el valle y no quedaba ni uno en el pueblo? Morro de Liebre y mi hermano habían abandonado el tragaluz, ofrecido ahora a los chicos de la aldea. Allí se sucedían, de bruces sobre el suelo polvoriento y ardiente, con la garganta reseca por la envidia, observándonos a nosotros tres acuclillados alrededor del prisionero. ¿A alguno de ellos se le ocurría casualmente, bajo el peso de los celos, olvidar sus deberes e insinuar el gesto de seguirnos a la bodega? Como premio a su rebelión, Morro de Liebre le soltaba una buena paliza que le dejaba tendido en el suelo y con la nariz sangrando.

Ahora nosotros solo teníamos que llevar el «barrilete del soldado negro» hasta la parte superior de la escalera, ya que la tarea de transportarlo hasta el vertedero, en medio de un calor tórrido, sufriendo además el suplicio de su hedor, había sido confiada a los demás niños. Aquellos que benévolamente habíamos designado para ello acarreaban, con la cara risueña, el barrilete en línea recta hasta el vertedero procurando que no se derramara durante el camino ni una sola gota de aquella mixtura amarillenta que, a sus ojos, no tenía precio. Y cada mañana toda la gente menuda de la aldea, incluidos nosotros, dirigía sus miradas hacia el sendero que, del camino de la montaña, descendía por los bosques, rogando al cielo que no apareciera Chupatintas como portador de las temidas instrucciones.

La cadena que rodeaba los tobillos del soldado negro lesionó su piel, provocando una inflamación. La sangre brotó de la herida, las gotas cayeron sobre el empeine, donde se condensaron y se mezclaron con las briznas de hierba resecas. Aquella epidermis herida, inflamada, de tono rosáceo, nos preocupaba. Cuando el soldado negro se sentaba a horcajadas sobre el barrilete, el dolor era tan vivo que, para dominarlo, mostraba todos sus dientes como un niño que ríe. Después de habernos mirado los tres a los ojos, nos pusimos de acuerdo y tomamos la decisión de quitar la cadena de los pies del prisionero. El hombre, como un animal embrutecido, con la mirada constantemente empañada por las lágrimas o alguna mucosidad —no lo sabíamos exactamente—y los brazos en torno a las rodillas, permanecía continuamente acurrucado en el suelo de la bodega, sin decir jamás una palabra: ¿qué daño podría hacernos si le quitábamos las cadenas? Solo era un «animal negro».

Fui a buscar la llave de la trampa para jabalís a la caja de herramientas de mi padre. Morro de Liebre le agarró decididamente y se agachó tanto que su hombro tocaba las rodillas del soldado. Tan pronto como estuvo liberado de sus trabas, el soldado negro se irguió bruscamente lanzando una especie de gruñido y comenzó a golpear el suelo con los pies. Morro de Liebre, llorando de miedo, arrojó la trampa contra la pared y subió de dos en dos las escaleras visiblemente perturbado, mientras mi hermano y yo, incapaces incluso de levantarnos, nos limitamos a abrazarnos estrechamente; había resucitado tan brutalmente en nosotros el terror al soldado negro que casi no podíamos respirar. Sin embargo, el hombre no se precipitó sobre nosotros como un águila; en lugar de ello, volvió a sentarse, rodeó con sus brazos las largas piernas y contempló con una mirada apagada y velada por las lágrimas o por alguna mucosidad la trampa para jabalís que yacía al pie de la pared. Cuando Morro de Liebre regresó avergonzado y confuso, mi hermano y yo le acogimos con sonrisas amables. El soldado negro era como un animal doméstico, la mansedumbre personificada…

A última hora de aquel día, cuando mi padre vino a colocar el enorme candado de la trampa, descubrió que el prisionero ya no tenía sus ataduras. La angustia me abrasaba el corazón; sin embargo, no me hizo ningún reproche. Tan manso como un animal doméstico… La idea estaba abriéndose paso, igual que el aire, hasta los pulmones de la gente del pueblo, niños y adultos, y se diluía en ellos.

A la mañana siguiente, Morro de Liebre, mi hermano y yo le bajamos al soldado negro su almuerzo. Tenía la trampa para jabalís en las rodillas y la estaba manoseando. Al arrojarla violentamente contra la pared, Morro de Liebre había roto el mecanismo de cierre de los dientes. El soldado negro examinaba la parte estropeada con la misma pericia y la misma seguridad de experto que el hombre que subía todas las primaveras a la aldea para reparar las trampas. Después levantó de repente su frente con reflejos oscuros, fijó su mirada en mí y me dio a entender con gestos lo que necesitaba. Mi mirada se cruzó con la de Morro de Liebre porque me sentía incapaz de reprimir la alegría que borraba cualquier huella de tensión en mi rostro. ¡El soldado negro se comunicaba con nosotros! ¡Como cualquier animal domesticado, el soldado negro se ponía en contacto con nosotros!

Corrimos hasta la casa del jefe de la aldea, cogimos la caja de herramientas comunal, que estaba en la entrada, y, cargándola a hombros, la llevamos a la bodega. La caja estaba llena de herramientas que habrían podido ser utilizadas como armas; no dudamos, sin embargo, en entregársela al soldado negro. No podíamos concebir que aquel soldado negro manso como uno de nuestros animales domésticos hubiera sido anteriormente un enemigo que nos hacía la guerra; rechazábamos como insensata una idea semejante. El prisionero contempló la caja y nos miró temblábamos de alegría y la excitación nos hacía hervir la sangre.

—Parece un ser humano —me dijo Morro de Liebre en voz baja.

Yo estaba exultante; me sentí tan dichoso que me desternillaba de risa dando pellizcos en el trasero de mi hermano. Del tragaluz cayeron sobre nosotros como una capa de niebla los suspiros de admiración de nuestros compañeros.

Nos llevamos la cesta del desayuno del prisionero y, después de desayunar nosotros, regresamos a la bodega. El soldado negro había sacado de la caja de herramientas una llave inglesa y un pequeño martillo que había dejado en el suelo, perfectamente ordenados, sobre una tela de arpillera. Nos sentamos en cuclillas a su lado y nos miró con la cara relajada, descubriendo sus fuertes dientes que ahora amarilleaban a causa de la suciedad; entonces tuvimos la revelación brutal de que un soldado negro también podía sonreí, y tomamos conciencia de que entre é y nosotros, de golpe, acababan de establecerse unos vínculos sólidos, profundos y casi «humanos».

La tarde estaba muy avanzada cuando la mujer del herrero vino a buscar a Morro de Liebre con gritos e insultos. Comenzaban a dolernos los riñones por el largo rato que llevábamos sentados; pero el soldado negro, por su parte, con los dedos sucios de polvo y de grasa, comprobaba una y otra vez, produciendo en cada ocasión un ruidito metálico, el buen funcionamiento del resorte que cerraba los dientes de la trampa para jabalís.

Yo no me cansaba de mirar tanto las palmas rosadas de sus manos, en las que la presión de los bordes de los dientes de la trampa dejaba unas leves marcas, como el trazado zigzagueante de los regueros de mugre grasienta en su cuello grueso y empapado de sudor. Eso me provocaba una náusea que no tenía nada de desagradable, una ligerísima repulsión que tenía algo que ver con el deseo. Hinchando sus mejillas como si canturreara algo dentro de su vasta cavidad bucal, el hombre estaba enteramente entregado a su trabajo. Mi hermano, con los codos apoyados en mis rodillas y la mirada brillante de admiración, no perdía detalle del juego de los dedos del soldado negro. Un enjambre de moscas revoloteaba alrededor de nosotros; su zumbido se mezclaba con el aire sofocante, y ese encabalgamiento sonoro resonaba en lo más recóndito de mi oído.

Cuando los dientes de la trampa para jabalís se cerraron sobre un haz de gruesas cuerdas de paja haciendo, esta vez, un chasquido firme y seco, el soldado negro depositó cuidadosamente el artefacto en el suelo y nos sonrió con sus ojos aceitosos. Las gotas de sudor corrían temblorosas sobre su frente negra y reluciente. Le devolvimos la sonrisa. Durante largo rato, a decir verdad, contemplamos su mirada llena de simpatía, sonriéndole como sonreímos a las cabras o a los perros de caza. El calor nos sofocaba. Hundidos hasta el cuello en aquella atmósfera de invernadero, como si el común deleite que nos procuraba constituyera un vínculo entre el prisionero y nosotros, no cesábamos de sonreírnos…

Una mañana trajeron a la aldea a Chupatintas lleno de barro y con la barbilla ensangrentada: se había despeñado desde lo alto de una escarpadura en medio del bosque, y un aldeano, al ir a trabajar a la montaña, le había encontrado por el camino en aquel estado, incapaz de dar un paso, y le había ayudado. En casa del jefe de la aldea, donde le habían hecho una primera cura, Chupatintas, absolutamente desconcertado, no quitaba la vista de su pierna artificial, en la que el metal retorcido bloqueaba el cuero espeso y resistente, haciendo imposible colocarla correctamente en su sitio. En cuanto a las instrucciones de «la ciudad», Chupatintas no parecía tener prisa por comunicárnoslas, con gran irritación de los hombres de la aldea. Por nuestra parte, convencidos como estábamos de que había venido a buscar al prisionero, habríamos preferido que no le hubieran encontrado al pie de la roca y que hubiera muerto allí de hambre. En realidad, solo había subido para explicar que seguían esperando las instrucciones del gobierno civil. Nuestra alegría, nuestro entusiasmo, así como nuestra simpatía hacia Chupatintas, resurgieron; regresamos a la bodega con su pierna artificial y la caja de herramientas.

Tumbado en el suelo húmedo de la bodega, el soldado negro canturreaba a media voz; su canto nos sobrecogió extrañamente; era un canto lleno de sollozos y de gritos sofocados que estuvo a punto de estremecernos. Le enseñamos la pierna artificial. Se levantó y la examinó por un momento, entregándose después decididamente a la tarea. Un estallido de alegría nos llegó del tragaluz, donde los niños seguían observando; Morro de Liebre, mi hermano y yo reímos a mandíbula batiente.

Por la noche, cuando Chupatintas entró en la bodega, la pierna estaba completamente reparada; y cuando, después de ajustarla a su muñón, se levantó lanzamos de nuevo grandes gritos de alegría. Chupatintas subió la escalera a brincos y salió a la plaza para probar el aparato. Hicimos levantar al soldado negro tirándole de los brazos y, sin titubear un segundo, como si se tratara de una vieja costumbre, le arrastramos a la plaza.

Era la primera vez después de su captura que el soldado negro se encontraba al aire libre; aspiró rápidamente, por sus anchos orificios nasales, el aire deliciosamente fresco y ligero de aquel crepúsculo otoñal, y miró con una atención apasionada a Chupatintas probando su pierna: todo iba a las mil maravillas. Chupatintas regresó corriendo, sacó del bolsillo un cigarrillo de hojas de persicaria —aquellos cigarrillos bastante deformes que huelen poco menos que a hierba quemada y cuyo humo, cuando te alcanza los ojos, escuece horriblemente— lo encendió y se lo ofreció al coloso soldado negro. Cuando este sacó una bocanada de humo, tuvo un acceso de tos atroz y se dobló en dos cogiéndose la garganta. Chupatintas, contrariado, mostró una sonrisa tristona, pero nosotros, los niños, nos retorcíamos de risa. El soldado negro se incorporó y se secó las lágrimas con su mano inmensa; después sacó de su pantalón de apretada lona, a la altura de sus prodigiosas caderas, una pipa negra y brillante, y se la ofreció a Chupatintas, que aceptó el regalo; el soldado negro movió la cabeza satisfecho; los rayos del sol poniente los bañaban con una luz púrpura. Comenzamos a gritar hasta que nos dolió la garganta, riéndonos como locos y armando un gran alboroto a su alrededor.

A partir de entonces sacamos frecuentemente al cautivo de su bodega para que diera un paseo por la calle. Los adultos no nos dijeron nada. ¿Iban a su encuentro cuando el corro de chiquillos danzaba a su alrededor? Se limitaban a desviar la mirada y a alejarse unos pasos, como cuando se metían en los arbustos al cruzarse con el toro semental de la aldea.

Aunque los niños, retenidos por sus padres para trabajar en casa, no pudieran visitar al soldado negro en su residencia subterránea, nadie, pequeño o mayor, se asustaba ya de encontrarle echando una cabezadita en la plaza, a la sombra de un árbol, o paseando lentamente por la calle. Al igual que los perros, los niños y los árboles, ahora formaba parte de la vida de la aldea.

Los días en que, al alba, mi padre volvía llevando en el cinturón una larga, estrecha y sencilla trampa fabricada con unos listones de madera claveteados y en la que se debatía una rolliza comadreja con el cuerpo increíblemente largo, mi hermano y yo teníamos que pasarnos toda la mañana en la bodega para ayudarle a despellejar el animal.

En esas ocasiones deseábamos con todo nuestro corazón que el soldado negro viniera a mirarnos mientras trabajábamos. Cuando eso ocurría, se arrodillaba reteniendo el aliento, a uno u otro lado de mi padre, que sostenía firmemente en la mano el cuchillo de carnicero con el mango ensangrentado y la hoja embadurnada de grasa. Entonces deseábamos fervientemente, en honor del espectador, que la operación provocara la muerte rápida y definitiva de la astuta comadreja que se debatía y revelara así la destreza de la mano de mi padre. En el momento en que la desesperada bestia tenía el cuello roto — .¿suprema malicia de un ser en el trance de morir?— despedí un hedor atroz; y cuando, abierta por la hoja sin brillo con un leve rumor de desgarramiento, caí la piel, ya solo quedaba, yacente, un innoble cuerpecillo desollado, un amasijo de carnes, prisionero de una envoltura con reflejos gris perla. Prestando mucha atención a que las tripas no cayeran, mi hermano y yo íbamos a arrojarlo todo al vertedero comunal, y cuando regresábamos, limpiándonos los dedos manchados en las anchas hojas de los árboles, la piel de la comadreja ya estaba clavada, mostrando su cara interior, en una tabla, y las membranas grasientas y los finos vasos sanguíneos relucían al sol. El soldado negro, con los labios apretados, soltaba una especie de gorjeo de pájaro observando a mi padre que, para facilitar el secado, extraía la grasa de todos los pliegues frotando la piel con sus gruesos dedos. Y una vez que la piel, clavada en el tabique, se secaba y endurecía hasta adquirir la consistencia del cuero, y el soldado negro, fascinado por la red de marcas rojizas, que sugería un mapa de ferrocarriles, ponía cara de admiración, mi hermano y yo nos derretíamos de orgullo por tener un padre dotado de semejante maestría. A veces mi padre, entre dos pulverizaciones de agua sobre la piel, dirigía una mirada amistosa al soldado negro. En aquellos momentos, los cuatro formábamos una única familia, cristalizada alrededor de la maestría de mi padre para curtir las pieles.

Al soldado negro también le gustaba ver cómo trabajaba el herrero en su forja. Nosotros le acompañábamos, especialmente cuando Morro de Liebre, desnudo hasta medio cuerpo y con el busto iluminado por la llama, ayudaba a confeccionar una azada. Cada vez que el herrero, con las manos tiznadas por la ceniza del carbón vegetal, agarraba y levantaba un pedazo de hierro al rojo vivo para arrojarlo al agua, el soldado negro soltaba un grito de admiración parecido a un alarido, mientras que nosotros aplaudíamos ruidosamente. El herrero se llenaba de orgullo y repetía el peligroso ejercicio, para demostrar su pericia.

Al final, también las mujeres dejaron de asustarse del soldado negro, y a veces le daban ellas la comida.

Estábamos en el corazón del verano y las instrucciones gubernamentales seguían sin llegar. Se difundió el rumor de que la ciudad donde estaba el gobierno civil había sido bombardeada e incendiada; pero el efecto que la noticia produjo sobre nuestra aldea fue completamente nulo. De la mañana a la noche, la atmósfera en suspenso encima de nuestro pueblo era más ardiente que las llamas que podían abrasar una ciudad. Cuando nos sentábamos alrededor del soldado negro en la bodega, por la que no corría ni una pizca de aire, un mareante olor a grasa corrompida, un hedor semejante al de los despojos de comadreja pudriéndose en el vertedero comunal, lo impregnaba todo. Nosotros nos lo tomábamos a broma hasta que llorábamos de risa; pero cuando el soldado negro comenzaba a sudar, el olor era tan insoportable que permanecer a su lado era superior a nuestras fuerzas.

Una tarde de canícula, Morro de Liebre propuso llevar al soldado negro al manantial que alimentaba la fuente de la aldea. Aunque consternados porque la idea no se nos había ocurrido antes, no por ello vacilamos en subir la escalera tirando de la mano del soldado negro, una mano pegajosa de mugre. Los niños agrupados en la plaza nos vitorearon y rodearon mientras nosotros corríamos por el camino abrasado por el sol.

Una vez desnudos como una bandada de pajarillos, despojamos al soldado negro de sus ropas y saltamos todos juntos al estanque, salpicándonos unos a otros y lanzando gritos. La nueva idea nos encantaba. El soldado negro era tan alto que, aunque se metiera en el punto más profundo del estanque, el agua solo le llegaba a la cintura. Cada vez que jugábamos a salpicarle, lanzaba un grito de pollo degollado, hundía la cabeza bajo el agua y permanecía así hasta que por fin aparecía escupiendo agua con un aullido triunfal. Chorreando y reflejando los rayos violentos del sol, el soldado negro, en su desnudez, era tan deslumbrante como el pelaje de un caballo negro; era de una belleza inigualable. Con un alboroto infernal, nos peleábamos salpicándonos en medio de un gran griterío; después, de pronto, las chiquillas, que en un principio habían permanecido agrupadas debajo de los castaños que rodeaban el estanque, corrieron a su vez a sumergir en el agua su delgada desnudez. Morro de Liebre atrapó a una de ellas de pasada y comenzó su obsceno ritual. Llevamos al soldado negro al lugar más adecuado para ver perfectamente a Morro de Liebre mientras se entregaba a su diversión. El sol arrojaba un calor tórrido sobre la firme masa de nuestros cuerpos; como en efervescencia, el agua burbujeaba y despedía destellos. Morro de Liebre, risueño y acalorado, lanzaba un grito cada vez que soltaba una sonora palmada en las nalgas de la chiquilla, brillantes de gotas de agua; y nosotros reímos ruidosamente, mientras la chiquilla lloraba.

Y he aquí que, de repente, hicimos un descubrimiento: el soldado negro tenía un miembro increíblemente soberbio, imponente, heroico y grandioso. Nos agrupamos a su alrededor, empujándonos con las caderas desnudas, aclamándole a coro; el soldado negro, por su parte, agarrando con ambas manos su miembro, se enderezó con la impetuosa audacia de un macho cabrío en celo y lanzó una especie de balido. Nos reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas mientras salpicábamos de agua su miembro. Morro de Liebre, que seguía desnudo como un gusano, corrió lo más aprisa que pudo al patio del colmado y trajo de él una vieja y enorme cabra, siendo acogido por esta ingeniosa idea con ruidosas aclamaciones. El soldado negro, gritando como un poseso —se le veía la mucosa rosada de la garganta— salió del estanque y trató de montar a la cabra, que balaba asustada. Nos reímos como dementes mientras Morro de Liebre sostenía con todas sus fuerzas la cabeza del animal y el soldado negro, cuyo miembro brillaba al sol con un resplandor oscuro, se entregaba a un combate desesperado, porque las cosas no eran tan fáciles para él como lo son para un macho cabrío.

Nos reímos hasta el punto de que ya no nos sosteníamos sobre nuestras piernas, y acabamos por caer al suelo, agotados. Tan agotados que en nuestros maleables cerebros se insinuó la melancolía. Aquel soldado negro era para nosotros una especie de magnífico animal doméstico, una bestia genial. Pero ¿cómo podría dar una idea de la adoración que sentíamos por él, de los rayos del sol sobre nuestra piel brillante de agua en aquella tarde de un verano resplandeciente y ya lejano, de las sombras densas sobre las losas de piedra, del olor de nuestros cuerpos y del cuerpo del soldado negro, de las voces roncas de alegría? ¿cómo explicar la plenitud, y el ritmo, de todo aquello?

Teníamos la sensación de que el verano que mostraba de aquel modo su poderosa musculatura, con un resplandor deslumbrante, el verano que, al igual que un pozo de petróleo que nos embadurnara de un pesado líquido negro, hacía manar un repentino surtidor de inacabable alegría, sería un verano que duraría eternamente, que no acabaría jamás.

En el atardecer que siguió a nuestro baño a la antigua, un auténtico diluvio Envolvió el valle en una nube de bruma y no dejó de caer hasta bien entrada la noche. A la mañana siguiente, con mi hermano y Morro de Liebre, le llevé su comida al soldado negro; nos pegamos a la pared del almacén para evitar la lluvia que seguía cayendo. En cuanto se comió su almuerzo, el soldado negro, con los brazos alrededor de las rodillas, cantó quedamente una canción en el fondo de la oscura bodega. Mientras recibíamos en los dedos estirados las salpicaduras de lluvia que nos llegaban por el tragaluz, nos sentíamos arrebatados por aquella voz grave y solemne como el oleaje del mar, que se propagaba poco a poco. Cuando el canto cesó la lluvia ya no salpicaba por el tragaluz; cogimos del brazo al soldado negro, que seguía sonriendo, y le llevamos a la plaza. En un abrir y cerrar de ojos la niebla desapareció y el cielo se despejó encima del valle; las hojas, llenas de agua, habían aumentado de peso y de volumen como polluelos. A cada golpe de viento, los árboles, sacudidos por menudos estremecimientos, soltaban gotas de lluvia; eso producía minúsculos y fugaces arcos iris que excitaban a las cigarras. En medio del calor renaciente y del huracán sonoro de las cigarras, nos sentamos en el umbral de piedra, a la entrada de la bodega, y allí durante largo tiempo, nos llenamos los pulmones de un aire que olía a corteza mojada.

Por la tarde, Chupatintas, protegiéndose de la lluvia con un impermeable, apareció en el camino, a la salida del bosque, y, nada más llegar, se metió en la casa del jefe de la aldea. Nosotros seguimos sentados en la misma postura hasta que él desapareció en el interior de la casa. Nos levantamos y, apoyados en el tronco de un viejo albaricoquero que todavía chorreaba, esperamos para saludar agitando los brazos cuando Chupatintas saliera de la sombra del vestíbulo de la casa. Pero no reapareció En lugar de eso comenzó a sonar la campana de alarma instalada en el tejado de la cochera del jefe de la aldea: convocaba urgentemente a los hombres que estaban trabajando en el valle o en los bosques. De las casas todavía empapadas de lluvia, mujeres y niños salieron a la calle. Cuando me volví hacia el soldado negro, descubrí que toda huella de sonrisa había desaparecido de su rostro con reflejos oscuros. De repente, la preocupación que había surgido en mí me devoró el corazón. Abandonando allí mismo al soldado negro, corrí con mi hermano y Morro de Liebre hasta el umbral de la casa del jefe de la aldea.

Chupatintas estaba de pie, inmóvil y silencioso, sobre la doma. El jefe de la aldea no nos prestó la menor atención: sentado en cuclillas, delante de Chupatintas, estaba sumido en sus reflexiones. Mientras aguardábamos la llegada de todos los hombres del pueblo, hacíamos lo que podíamos para soportar con paciencia una espera cuya inutilidad presentíamos. Poco a poco, de los campos del valle y del bosque llegaron los hombres, en ropa de trabajo, y con expresión de descontento; mi padre también regresó y cruzó la puerta con un racimo de pajaritos colgado del cañón de la escopeta.

Ya en el comienzo de la reunión, Chupatintas asestó un mazazo a los niños al explicar, en el dialecto de la región, que el soldado negro tenía que ser trasladado a la capital de la provincia. Añadió que, contrariamente a las intenciones de un principio, según las cuales el ejército tenía que venir a hacerse cargo del prisionero —debidas, probablemente, a un malentendido y al desorden que reinaba entre los militares— le correspondía a la aldea llevarlo escoltado hasta «la ciudad»; estas eran las órdenes. Para los mayores, eso no significaba más disgusto que la molestia de acompañar al soldado negro; pero, para nosotros los niños, la noticia fue un duro golpe y nos hundió en la más profunda desesperación. Una vez desapareciera el soldado negro, ¿qué nos quedaría en la aldea? El verano, sin su presencia, solo sería una concha vacía.

Tenía que avisar al soldado negro. Deslizándome entre los mayores, regresé corriendo a la plaza, delante del almacén, al lugar donde se había quedado sentado. Levantó lentamente hacia mí sus grandes ojos saltones y apagados mientras, de pie ante é, yo recuperaba el aliento. Pero cómo podía transmitirle nada. Me sentí incapaz. Bajo el peso de la pena y de la cólera, no podía hacer más que mirarle. Con los brazos siempre alrededor de las rodillas, se esforzaba en leer algo en el fondo de mis ojos. Sus gruesos labios hinchados como el vientre gráido de un pez de agua dulce estaban entornados; una saliva blanca y brillante aparecí en sus encías. Al volverme, vi a los hombres, guiados por Chupatintas, abandonar la morada del jefe de la aldea, encaminarse al almacén y acercarse a nosotros.

Sacudí por el hombro al soldado negro, que seguía sentado, y le grité algo en nuestro dialecto. Me sentía tan nervioso que tenía la impresión de hallarme al borde del desmayo. ¿Qué podía hacer? El soldado negro dejaba que le zarandeara sin decir nada, limitándose a dejar oscilar a derecha e izquierda su grueso cuello. Agaché la cabeza y solté su hombro.

Bruscamente se incorporó dominándome con toda su estatura como un árbol, me cogió del brazo, me apretó contra su pecho y, arrastrándome con él, se dirigió a la escalera de la bodega. Allí tardé un momento en recuperarme del sobrecogimiento, fascinado como estaba por la contracción de los glúteos y el endurecimiento de los muslos en movimiento del soldado negro, que se desplazaba de un lado a otro con una vivacidad extraordinaria. Hizo caer la trampilla y, con la cadena de trampa para jabalís que había reparado, la cual seguía colgada allí amarró el tope que sobresalía de la pared a la argolla que colgaba hacia el interior y en sentido diametralmente opuesto a la pieza de hierro que sostenía por fuera el cerrojo. Después bajó la escalera, con los dedos de ambas manos estrechamente entrelazados y agachando la cabeza. Entonces, ante aquellos ojos inexpresivos, que las legañas y la sangre parecían obturar de barro, adquirí repentinamente conciencia de que se había convertido en algo venenoso y temible, en un animal salvaje incapaz de cualquier entendimiento, como cuando los hombres le habían capturado y traído. Alcé los ojos hacia el gigante negro, miré el artefacto que bloqueaba la trampilla y contemplé mis minúsculos pies descalzos. El pánico y la consternación invadieron el fondo de mis entrañas como un maremoto. Me aparté de un salto y pegué la espalda a la pared. El soldado negro, con la cabeza siempre gacha, seguí de pie en el centro de la bodega. Yo me mordí los labios esforzándome en reprimir el temblor que recorrí mis piernas.

Ahora los hombres de la aldea estaban encima de la trampilla. Suavemente al principio, y después con energía, con un estruendo que recordaba los chillidos de aves de corral perseguidas, comenzaron a sacudir la trampilla por la argolla para aflojar la pesada cadena de la trampa para jabalís. Pero la gruesa trampilla de roble que había sido tan útil para encerrar al prisionero y despreocupar a la gente, jugaba ahora en favor del soldado negro: aldeanos, niños, árboles, el propio valle, todo quedaba relegado al exterior.

Personas asustadas corrían a echar miradas furtivas por el tragaluz, inmediatamente sustituidas por otras en un duro entrechocar de cabezas. Descubrí un rápido y repentino cambio en el comportamiento de los que estaban arriba. Al principio se oían gritos; después se hizo el silencio y un amenazador cañón de escopeta apareció en el tragaluz. Con una agilidad felina, el soldado negro saltó hacia mí y me agarró brutalmente contra su cuerpo para protegerse de los disparos. Fue entonces cuando, retorciéndome de dolor y gimiendo en sus brazos, descubrí toda la espantosa verdad: yo era su prisionero, era un rehén. Él había vuelto a ser «el enemigo», y eran los de mi bando quienes montaban arriba aquel alboroto. La cólera, la humillación, el dolor irritante de haber sido traicionado, me asaltaron como una llama que se propaga, dejándome quemaduras en el cuerpo. Pero, más que nada, el miedo que me invadía en densas volutas me bloqueaba la garganta y me hacía sollozar. Entre los forzudos brazos del soldado negro, yo lloraba, loco de cólera, ardientes lágrimas. ¡Se había convertido en su prisionero…!

El cañón del fusil había sido retirado del tragaluz mientras el estruendo iba en aumento y, fuera, comenzaba una larga discusión. Sin aflojar su presión, tan brutal que me había entumecido los brazos, el soldado negro se dirigió de repente a una esquina de la bodega donde no corrí peligro de ser alcanzado por un disparo y se sentó en silencio. Me arrastró a su lado y, como en la época en que éramos amigos, me arrodillé en la zona impregnada por el fuerte olor de su cuerpo. La discusión de la gente de la aldea se prolongó un buen rato. De vez en cuando mi padre echaba una mirada por el tragaluz y dirigí una leve señal a su hijo secuestrado; en cada ocasión yo me echaba a llorar. Dentro de la bodega al principio, y después al otro lado del tragaluz, cayó la oscuridad, cubriéndolo todo como una pleamar. Cuando se hizo de noche, los mayores, poco a poco, regresaron a sus casas después de dirigirme unas palabras de aliento. Mucho tiempo después de su desaparición, seguí oyendo los pasos de mi padre que pasaba una y otra vez por delante del tragaluz; después, bruscamente, se esfumó cualquier indicio de presencia humana arriba. Con total soberanía, la noche reinó en la bodega.

El soldado negro soltó mi brazo, y, como si sintiera un peso en el pecho por el recuerdo de la cálida camaradería que habíamos vivido hasta aquella mañana, comenzó a buscar mi mirada. Temblando de rabia, esquivé la suya y, hasta el momento en que me dio la espalda para hundir la cabeza entre sus rodillas, seguía obstinadamente con la cabeza inclinada sin dejar de mirar el suelo. Estaba solo, tan abandonado como una comadreja pillada en una trampa, y sentirme reducido a mis únicas fuerzas me precipitaba en un abismo de desesperación. En la oscuridad, el soldado negro permanecí inmóvil.

Me levanté trepé por la escalera y toqué la trampa para jabalís; estaba fría, dura y rechazaba mis dedos, eliminando de raíz cualquier vaga esperanza que pudiera germinar. No sabía qué hacer. No podía creer que había caído en una trampa que se había cerrado sobre mí yo era un gazapo silvestre que no puede apartar sus ojos de los dientes de hierro en los que está atrapada su pata herida y al que abandonan las fuerzas, hasta el desenlace final. Que hubiera podido confiar en aquel soldado negro como en un amigo me parecí una estupidez inconcebible; y esa idea me torturaba. Sin embargo, ¿cómo habría podido alimentar sospechas hacia aquel gigante negro y maloliente que siempre sonreí? Todavía ahora me costaba convencerme de que el hombre al que, de vez en cuando, oí castañetear los dientes en la oscuridad era el mismo dócil soldado negro que tenía un miembro inmenso.

Temblaba de frío y me castañeteaban los dientes. Comencé a tener dolores de vientre. Me acurruqué en el suelo, sosteniéndome la barriga; y, de repente, me sentí como abocado a un pánico atroz: notaba llegar la diarrea; la tensión a que estaba sometido mi sistema nervioso había precipitado las cosas. Pero defecar en presencia del soldado negro era algo inimaginable. Apretando las mandíbulas aguanté mientras el sufrimiento me cubrí la frente de sudor. Los rudos esfuerzos que me impuse durante largo rato suplantaron en mi interior al miedo y ocuparon todo el espacio en el que había reinado.

Pese a todo, no tuve más remedio, a fin de cuentas, que resignarme. Me acerqué al barrilete encima del cual habíamos visto —desencadenando así nuestros ataques de risa—colocarse a horcajadas al soldado negro, y me bajé los pantalones. Notaba la extraordinaria debilidad y vulnerabilidad de mis nalgas blancas puestas al desnudo; tenía incluso la impresión de que mi humillación, que bajaba por mi garganta hasta la mucosa interior del estómago pasando por el esófago, lo embadurnaba todo de negro… Terminada la operación, regresé al rincón de la bodega. Aplastado y vencido, me sometí esta vez me hallaba en el fondo del pozo. Con la sucia frente apoyada en la pared a la que llegaba, desde el exterior, el calor del suelo, lloré largo rato sofocando mis sollozos. La noche era eterna. En el bosque ladraban las jaurías de perros salvajes. El aire había refrescado mucho. El cansancio se apoderó pesadamente de mí me dejé llevar, y me dormí.

Cuando desperté tenía el brazo, de nuevo comprimido por el fuerte puño del soldado negro, semiparalizado. Por el tragaluz bajaba hasta nosotros una espesa niebla y llegaban voces de adultos. Se oía también el chirrido de la pierna artificial de Chupatintas merodeando por los alrededores. Y a todos esos ruidos tardó muy poco en sumarse el de los mazazos que caían sobre la trampilla. Aquellos martillazos poderosos y pesados resonaban en el fondo de mi estómago hambriento y un dolor sordo me recorría el pecho.

De repente el soldado negro comenzó a gritar, me agarró de los hombros para levantarme y me arrastró hasta el centro de la bodega para que estuviera a la vista de quienes miraban por el tragaluz. Yo no entendí en absoluto los motivos que le llevaban a comportarse así Innumerables pares de ojos contemplaban, desde lo alto de la abertura, mi humillación; tenía las orejas gachas, como un conejo. Si las pupilas negras de mi hermano humedecidas por las lágrimas hubieran estado allí estoy seguro de que, de una dentellada, me habría cortado la lengua a causa de la vergüenza. Pero en la abertura del tragaluz solo había una infinidad de ojos de adulto mirándome.

Como el estruendo de los mazazos iba en aumento, el soldado negro, por detrás, me agarró la garganta con su mano enorme. Sus uñas penetraban profundamente en la piel delicada de mi cuello y me hacían daño; la presión que ejercía sobre mi nuez me cortaba la respiración. Pataleé y manoteé y eché la cabeza hacia atrás gimiendo. Verme así humillado delante de todo el mundo me provocaba un dolor intolerable, de modo que me retorcí como un gusano para soltarme del abrazo del hombre literalmente pegado a mi espalda; le daba patadas en las espinillas, pero sus brazos fuertes y peludos eran duros e inquebrantables como una roca, y sus gritos sofocaban mis gemidos. Las caras desaparecieron del tragaluz; sin duda —eso fue, por lo menos, lo que me dije— arriba se habían dejado intimidar por la exhibición del soldado negro que intentaba detener la demolición de la trampilla. Dejó de gritar, y el bloque de piedra que me aplastaba la garganta se hizo más ligero. Recuperé todo mi afecto por los adultos y sentí de nuevo lo cerca que me hallaba de ellos.

Pese a todo, el ruido de los golpes sobre la trampilla era cada vez más violento. Las caras reaparecieron en el tragaluz, y el soldado negro volvió a gritar y a apretarme la garganta. Yo no podía hacer nada, pero, con la cabeza echada hacia atrás, dejaba escapar de mis labios convulsos y entreabiertos una especie de queja de bestezuela, un imperceptible chillido agudo. Los adultos me habían abandonado a mi suerte. Indiferentes al espectáculo del soldado negro a punto de estrangularme, seguían empeñados en destrozar la trampilla, y cuando lo consiguieran, me encontrarían con el cuello roto, tal como se hace con las comadrejas, y los miembros ya tiesos. Abrasado de odio, en el colmo de la desesperación, con la cabeza constantemente echada hacia atrás, gemía ahora sin ningún pudor y, retorciéndome de dolor, con los ojos llenos de lágrimas, escuchaba el ruido sordo de los mazazos.

Mis oídos parecían estar llenos del rumor de innumerables vehículos circulando; tuve una hemorragia nasal que me mojó las mejillas. En aquel momento, la trampilla saltó hecha pedazos; unos pies descalzos y fangosos, cubiertos de pelos hirsutos, se deslizaron hacia abajo y la bodega se llenó de aldeanos con rostros espantosos, inflamados por una furia enloquecida. Sin dejar de gritar, el soldado negro me agarró con mayor fuerza aún y se escabulló hasta la pared, donde se agazapó Con las nalgas y la espalda adheridas a su cuerpo pegajoso de sudor, noté pasar entre nosotros una especie de corriente de rabia incandescente y, al igual que un gato sorprendido en pleno acoplamiento, dejé estallar, pese a mi vergüenza, todo mi rencor: rencor hacia los adultos amontonados en los escalones, testigos atentos y pasivos de mi humillación; rencor hacia el soldado negro, cuya enorme zarpa me apretaba la garganta y cuyas uñas arañaban sin esfuerzo la piel de mi cuello y la hacían sangrar; rencor hacia todo, que, confusamente, se apoderaba de mí El soldado negro rugía. Mis tímpanos ensordecidos ya no reaccionaban; caí en un sopor que, en el fondo de aquella bodega, alcanzaba la plenitud que un voluptuoso placer proporciona. El aliento entrecortado del soldado negro me golpeaba la nuca.

Mi padre se separó del grupo y se acercó con una podadera en la mano. Percibí claramente la llama de cólera que brillaba en sus ojos, ardientes como los de un perro salvaje. Las uñas del soldado negro se hundieron más profundamente en mi carne; lancé un gemido. Mi padre se precipitó sobre nosotros; vi la podadera blandida encima de mi cabeza; cerré los ojos. El soldado negro agarró mi muñeca izquierda y la llevó a su cabeza para protegerse. En la bodega sonó un grito, y oí el ruido del golpe que me partía la mano izquierda a la vez que el cráneo del soldado negro. En la piel de reflejos aceitosos del brazo que oprimía mi barbilla se formaron gruesas gotas de sangre espesa que acabaron por romperse. Los hombres se abalanzaron sobre nosotros; noté entonces cómo se aflojaba la presión del soldado negro y el dolor me abrasó el cuerpo.

Estaba en el interior de un saco pringoso. Los párpados me ardían, mi garganta estaba hinchada y sentía la mano como calcinada. Sin embargo, todo eso se recomponía poco a poco y yo volví a tomar forma. De todos modos, no conseguía desgarrar la envoltura viscosa y escapar del saco. Como un cordero nacido antes de tiempo, estaba empaquetado en una bolsa pringosa de la que mis dedos no conseguían desprenderse. Me era tan imposible como mover el cuerpo. Era de noche; los adultos charlaban a mi alrededor. Después era de día, y a través de mis párpados percibía la luz. De vez en cuando, una pesada palma apretaba mi frente: yo comenzaba a gemir e intentaba rechazarla, pero mi cabeza permanecía inmóvil.

La primera vez que abrí los ojos de veras, fue una mañana. Me hallaba en mi catre habitual, en el almacén. Delante del postigo de madera, Morro de Liebre y mi hermano me observaban. Mis párpados se abrieron de par en par y moví los labios. Morro de Liebre y mi hermano bajaron la escalera gritando. Mi padre y la señora del colmado subieron. Mi estómago comenzaba a protestar; pero cuando la mano de mi padre quiso acercar a mis labios un jarro con leche de cabra, sentí náuseas, grité me negué a abrir la boca, y las gotas de leche rodaron por mi garganta y por mi pecho. Todos los adultos, incluido mi padre, me resultaban insoportables. ¡Los adultos que, enseñando los dientes, me habían asaltado blandiendo su podadera! Era monstruoso; escapaba a mi comprensión; era lo que me daba náuseas. Solo dejé de gritar cuando mi padre y los demás abandonaron la habitación.

Un rato después, el brazo delicado de mi hermano se posó dulcemente sobre mí Sin decir nada, con los ojos cerrados, escuchaba lo que me contaba en voz baja: que él y sus compañeros habían ayudado a recoger la madera necesaria para quemar el cadáver del soldado negro; que Chupatintas había regresado con la orden de parar el proceso de incineración; que la gente de la aldea había llevado el cadáver a una mina abandonada del valle; que estaban confeccionando una empalizada para alejar a los perros salvajes.

Mi hermano me dijo y me repitió con voz angustiada, que había llegado a creerme muerto, ya que había dormido durante dos días y no había comido nada: eso es lo que le había inducido a pensar que estaba muerto. Sintiendo sobre mí el leve peso de su mano, me sumí en los abismos de un sueño que me reclamaba con una fuerza igual que la de la muerte.

Me desperté por la tarde y descubrí por primera vez que mi mano herida estaba envuelta en una venda. Permanecí largo rato con los ojos abiertos, sin hacer el más mínimo movimiento, contemplando sobre mi pecho aquella cosa voluminosa que me costaba trabajo aceptar como mi antebrazo. No había nadie en la habitación. Por la ventana penetraba solapadamente un olor infecto. Era fácil adivinar de dónde provenía aquel hedor; pero no subió ninguna tristeza de las profundidades de mi ser.

La habitación se oscureció comenzó a refrescar. Me senté en el catre donde dormíamos. Después de haber vacilado largo rato, anudé las dos puntas de la venda enrollada alrededor de mi mano herida y, con el brazo en cabestrillo, me acerqué a la ventana abierta, desde la que contemplé a mis pies, la aldea. En la carretera, en las casas, en el valle sobre el que se asentaban, el hedor salvaje que desprendí la pesada osamenta del soldado negro —os clamores inaudibles lanzados por el cadáver y que, como en una pesadilla, se arremolinaban en torno a nuestras personas, propagándose hasta el infinito en una especie de bullicio que cubría nuestras cabezas—lo llenaba todo. Era el crepúsculo. Un cielo color ceniza, de un triste gris anaranjado, cubría el valle, que parecía así más angosto y opresivo.

De vez en cuando los adultos de la aldea pasaban rápidamente en silencio, con una seguridad que les hinchaba el torso. Me daban náuseas; me daban miedo; me retiraba de la ventana cada vez que los veía. Era como si, durante el tiempo que yo había permanecido en la cama, todos se hubieran metamorfoseado por completo en seres monstruosos que ya no tenían nada de humano. Y mi cuerpo me parecí tan pesado como si hubiera sido rellenado de arena mojada y me sentí totalmente extenuado.

Tiritaba de frío. Mordisqueando mis labios apergaminados que producían un leve rumor de élitros, miré intensamente cada una de las piedras de la carretera; veladas al principio por una página levemente dorada que poco a poco tomó cuerpo, pasaron a un opresivo tono púrpura, solo una simple franja al comienzo, que pronto invadió toda la superficie; por fin, fueron engullidas por una débil luz violeta. De vez en cuando mis labios agrietados se mojaban de lágrimas salinas que me provocaban una dolorosa quemazón.

De detrás del almacén subían, orillando el hedor del cadáver, los agudos gritos de los chicos de la aldea. Con infinitas precauciones y paso vacilante, como si saliera de una prolongada enfermedad, bajé por la oscura escalera, alcancé la calle mayor, completamente desierta, y me acerqué al lugar de donde provenían los gritos. La chillona pandilla de niños se hallaba en la pendiente invadida por la vegetación que bajaba hacia el torrente, al fondo del barranco. Llevaban con ellos sus perros, que ladraban correteando de un lado a otro como locos. En la parte inferior, a la orilla del río, entre los espesos arbustos, los adultos seguían confeccionando una barrera capaz de evitar las embestidas de los perros salvajes, y de alejarlos de la mina abandonada donde había sido depositado el cadáver del soldado negro. De allí subía hasta mí el sordo ruido de las estacas que clavaban. Mientras los hombres proseguían calladamente su trabajo, los chiquillos corrían por doquier lanzando gritos de alegría.

Apoyado en el tronco de una vieja paulonia, contemplaba los juegos de mis compañeros. Con el alerón de cola del avión derribado habían fabricado un trineo, y se deslizaban por la hierba de la pendiente. Montados en la arista afilada de aquel artefacto maravillosamente ligero, descendían como cachorros. Cuando el trineo amenazaba con chocar contra una de las rocas negras que, aquí y allá surgían del suelo, el conductor, con un golpe de su pie desnudo en la hierba, modificaba la dirección del vehículo. Cada vez que uno de los niños lo arrastraba para devolverlo, desde abajo, a su punto de partida, la hierba, aplastada a causa del descenso, se enderezaba poco a poco, de modo que la huella dejada por el intrépido muchachito se volvía difícilmente discernible. ¡Así de ligeros eran los chiquillos y el trineo!

Gritaban al bajar la pendiente, perseguidos por los perros que ladraban, y después, una y otra vez, arrastraban hacia arriba el vehículo. Una bulliciosa emoción, una necesidad irresistible de moverse, estallaban por doquier, emanando de cada uno de ellos como la pólvora incandescente que anuncia la entrada en escena del mago.

Morro de Liebre se separó del grueso de los niños y, con una brizna de hierba entre los dientes, escaló corriendo el talud para reunirse conmigo. Se apoyó en el tronco de una encina que se parecía a una pata de gacela y observó mi rostro. Desviando de é la mirada, simulé interesarme por el juego del trineo. Morro de Liebre, embebido, dirigí miradas insistentes hacia mi brazo en cabestrillo y comenzó a husmear.

— !Qué olor tan fuerte! —dijo— ¡Tu mano herida apesta!

Me volví hacia él; su mirada brillaba de ganas de jugar a pelearse conmigo; con las piernas abiertas, esperaba el ataque. Pero nada estaba más lejos de mi ánimo que saltarle al cuello y ni siquiera hice el gesto de ponerme en posición de combate. Me limité a decir con voz ronca, apenas perceptible:

—No soy yo quien huele mal; es el soldado negro.

Morro de Liebre no entendía mi pasividad y me observaba con la boca abierta. Desvié de él mi mirada; mis ojos se dirigieron a la hierba corta, fina y abundante en la que se hundían sus tobillos desnudos. Se encogió de hombros con un desprecio no disimulado, escupió enérgicamente y, después, dando alaridos, se juntó a todo correr con sus compañeros de juego.

Yo ya no formaba parte de la comunidad infantil: esta era la idea, surgida como una revelación, que ahora me invadí. Las sangrientas batallas con Morro de Liebre, la caza de pajaritos en las noches de luna, los descensos en trineo, los cachorros salvajes, todo eso era bueno para los niños. Pero esa clase de relaciones con el mundo ya no tenía nada que ver conmigo.

Exhausto y temblando de frío, me senté en la tierra todavía tibia por el calor del día. A medida que mi cuerpo se acercaba al suelo, la hierba lujuriosa y llena de savia del verano me iba ocultando el trabajo silencioso de los hombres en el fondo del desfiladero, hasta que los perdí de vista. En cambio, vi surgir y alzarse bruscamente frente a mí las siluetas oscuras, que habría sido fácil confundir con las de deidades pastorales, de los niños jugando con el trineo. Y entre las sombras de aquellos jóvenes dioses campestres seguidos por sus perros, correteando por todos lados como víctimas expulsadas por una inundación, la atmósfera de la noche adoptaba una tonalidad cada vez más rica y ganaba en rigor y en limpidez.

— !Eh, sapo! ¿Has vuelto a tus correrías?

Por detrás, una mano cálida y seca me apretó la frente. Sin embargo, no me volví ni intenté levantarme. Sin desviar la cabeza de la pendiente donde jugaban los niños, me bastó una mirada de reojo para descubrir al lado de mi pantorrilla desnuda la negra presencia de la pierna artificial de Chupatintas, sólidamente plantado en aquel lugar. Hasta él, hasta su mera presencia cerca de mí me secaba la garganta.

—Qué sapo, ¿o quieres montarte en el trineo? —dijo— Pensaba que eras tú quien había inventado ese juego.

Me cerré en un obstinado silencio. Chupatintas se sentó en el suelo haciendo un ruido metálico, sacó de su chaqueta la pipa que le había regalado el soldado negro y la llenó Un olor violento, irritante para la delicadeza de mis mucosas nasales y muy adecuado para despertar pasiones animales, un olor a zarzales ardiendo, se desprendió de ella, envolviéndonos, a Chupatintas y a mí con una espesa nube de un vapor levemente azulado.

—Cuando una guerra llega a ese punto, es el colmo —dijo Chupatintas— ¡Mira que aplastar los dedos de un niño…!

No contesté nada y sentí que me faltaba la respiración. Era muy probable que la guerra, aquella interminable y sangrienta batalla de gigantescas dimensiones, aquella especie de maremoto que, en unos países lejanos, se llevaba los rebaños de corderos y arrasaba la hierba recién segada, siguiera prolongándose. Pero ¿Quién hubiera imaginado jamás que aquella guerra tuviera que llegar hasta nuestra aldea? Sin embargo, lo había hecho, para destrozar mi mano y mis dedos, para emborrachar a mi padre de ardor combativo y llevarlo a blandir su podadera. Así de golpe, nuestra aldea se veía envuelta en la guerra; y yo, en medio de aquel tumulto, ya no podía respirar.

—Pero esto ya no puede durar mucho tiempo —afirmó seriamente Chupatintas como si estuviera hablando con un adulto—. La desorganización es tan grande que ya ni siquiera es posible comunicarse con la guarnición de la capital de la provincia. No llega nada. Nadie sabe qué hacer.

El ruido de los mazazos seguía sonando en el cauce del torrente. Al igual que las bajas y gigantescas ramas de un árbol invisible que, con su exuberancia, hubieran cubierto la totalidad del valle, el olor del cadáver reinaba tenazmente en todas partes.

— !Siguen trabajando duro! —dijo Chupatintas prestando atención para captar mejor el ruido de los mazazos— ¡Seguro que tu padre y los demás, como ya no saben qué hacer con el negro, intentan pasárselo lo mejor que pueden con las estacas!

En los momentos de silencio nos llegaba, deslizándose entre las risas y los gritos de los niños, el sonido de los martillazos. Chupatintas no tardó en utilizar sus expertos dedos para soltar su pierna artificial. Yo le miraba hacer.

— !Eh! —gritó a los niños— ¡Acercadme el trineo!

Con un jubiloso alboroto, los niños arrastraron el trineo hasta nosotros. Chupatintas, saltando sobre su única pierna, se abrió paso en el corro de niños reunidos alrededor del artefacto. Yo le seguí por la ladera de hierba cargando con su pierna artificial. Era terriblemente pesada; llevarla con una sola mano no solo era de una gran dificultad sino que resultaba bastante exasperante.

La hierba tupida comenzaba a llenarse de rocío y empapaba mis pantorrillas desnudas; unas briznas resecas se pegaban a ellas y me hacían cosquillas. Esperé su llegada en la parte inferior del talud, sin soltar su pierna artificial. Ya caí la noche. Solo la voz de los niños que seguían en lo alto de la pendiente hacía vibrar el fino tejido del aire, cuya consistencia aumentaba y que se había vuelto de un negro opaco.

Se oyó un brutal estallido de gritos y de risas; después, el leve sonido sibilante de un cuerpo al deslizarse por la hierba. Pero ningún trineo llegó hasta mí perforando la humedad de la atmósfera. Me pareció escuchar el ruido sordo de un choque. Sin cambiar de posición, hundí la mirada en las tinieblas. Al cabo de unos segundos de silencio, vi rodar hacia mí casi en barrena, el alerón de cola del avión sin ningún ocupante. Arrojé la pierna artificial a la hierba y subí corriendo por el talud empapado de humedad.

Cerca de una roca desnuda cuya punta negruzca y brillante de rocío asomaba en medio de la hierba, Chupatintas yací boca arriba, con las manos flácidas y las palmas abiertas, y una sonrisa en los labios. Me incliné sobre él. Sonreí, pero de su nariz y sus orejas manaba una sangre espesa. El alboroto de los niños que llegaban a toda velocidad aumentó luchando contra el viento que soplaba del fondo del valle.

Para escapar del cerco juvenil, me incorporé y abandoné a su soledad el cadáver de Chupatintas. En un instante, la muerte brutal, lo que se lee en la cara de un muerto, unas veces la melancolía y otras el esbozo de una sonrisa, había llegado a resultarme tan familiar como a los adultos de la aldea. Seguramente, Chupatintas sería incinerado con la madera recogida para quemar al soldado negro. Alcé mis ojos, en los que brillaban unas lágrimas, al cielo oscuro, en el que todavía quedaba una sutil estela de claridad, y descendí de nuevo el talud herboso en busca de mi hermano.

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