Viernes de cine: ¨Extraños en un tren (Strangers on a Train)¨

Fernando Morote

 

He visto veinte mil veces cada película de Hitchcock. Y siempre las encuentro diferentes. Salvo Atormentada de 1949 (con Ingrid Bergman y Joseph Cotten) y La trama de 1976 (con Bruce Dern), que son un verdadero asco y nunca he tenido el estómago para terminar de verlas —la famosa excepción que confirma la regla; en este caso que los genios algunas veces también engendran adefesios—, todas las demás, incluyendo su etapa de cine mudo en Inglaterra durante la década de 1920 y luego su primera producción sonora, ya en los 30, hasta antes de mudarse a Estados Unidos, son una clase magistral sobre cómo contar una historia con imágenes.

Mi fascinación por su cine empezó con La soga (1948) y La ventana indiscreta (1954). Pero cuando descubrí su repertorio completo, Extraños en un tren de 1951 me llevó a rozar una especie de clímax. Es simplemente una joya que contiene todos los elementos característicos del suspenso a lo Hitch: intriga, sutileza y humor.

En ella pone de manifiesto nuevamente su obsesión por la teoría —el sueño— del crimen perfecto. Plantea que todos tenemos alguien a quien queremos eliminar de nuestras vidas. Y propone un intercambio de asesinatos como solución. “Tú matas al mío, yo mato al tuyo; como no hay relación entre nosotros y las víctimas, tampoco habrá sospechas”. Grafica la figura presentando el cruce de rieles como punto de partida. Luego introduce muchos de sus típicos fetiches para crear la tensión anhelada: zapatos, anteojos, encendedores, corbatas; todos con vida propia y una gran influencia en la trama.

Su principal acierto empieza con la elección de los dos protagonistas: Robert Walker (trágicamente fallecido a los 32 años de edad, bajo extrañas circunstancias jamás esclarecidas, apenas dos meses después del estreno de esta cinta) y Farley Granger (quien ya había compartido rol estelar para Hitch junto a John Dall en La soga).

Walker es un educado y pintoresco miembro de la alta sociedad (sus zapatos de doble color y sus corbatas bordadas así lo atestiguan). Granger, un jugador profesional de tenis (las raquetas que el taxista le entrega al bajar del auto así lo sugiere). Abordan el mismo tren en la estación de Washington (la cúpula del Capitolio al fondo así lo revela).

Walker sabe por las revistas de celebridades que Granger tiene un serio conflicto con su esposa quien, embarazada de otro hombre, lo chantajea negándole el divorcio, amenazándolo con armar un escándalo debido a su nueva relación, estando aún casado, con la hija de un senador. Entonces le ofrece deshacerse de ella a cambio de que él haga lo mismo con su padre quien, asegura, lo odia. Despues de sucesivos rechazos, Granger termina aceptando la propuesta aunque no en serio sino sólo para seguirle la corriente y sacárselo de encima. El conflicto surge a raíz de que Walker se encuentra tan chiflado que lo entiende como un pacto de lealtad entre ambos.

Durante la aproximación a su presa —con fingidos visos de acoso sexual— el niño adulto, mimado y majadero, de risa contagiosa, en ocasiones forzada, que representa Walker, revienta con su cigarro el globo de un crío bromista que lo pone de mal humor. Pero después de cumplir su misión, en su serena huida, ayuda amablemente a un ciego a cruzar la pista. (No por gusto el guionista es el magnífico Raymond Chandler, rey de la novela negra americana). Cuando comparece triunfal en casa de Granger para comunicarle su proeza, el otro —estupefacto— lo increpa por la estupidez que ha cometido y le advierte que lo denunciará a las autoridades. Walker aprovecha para recordarle que fue un plan compartido y que es él, precisamente, el mayor sospechoso a causa de sus líos conyugales. La discusión coloca a los hombres frente a frente, indicando sus posiciones en abierta disputa, pero con la llegada de la policía a su domicilio Granger instintivamente salta para esconderse en la oscuridad, detrás de una reja, junto a su interlocutor; ingenioso golpe de Hitch para señalar ahora que los sujetos, aunque uno de ellos no lo quiera, son cómplices de un delito.

A fin de transmitir la sensación de permanente hostigamiento que Walker ejerce sobre Granger para exigirle que cumpla su parte del supuesto trato, aquél es mostrado siguiéndolo de manera asfixiante e indesmayable con la mirada, aun desde lejos: parado en las escalinatas del Monumento a Lincoln, fumando con una mano en el bolsillo; sentado en las graderías del estadio de tenis de Forest Hills (por aquellos años sede oficial de la Copa Davis y el US Open) mientras el resto de espectadores está concentrado acompañando el viaje de la pelota de un extremo a otro de la cancha.

En la fiesta organizada por el senador (padre de la novia de Granger) Walker vuelve a la carga y encandila a dos viejas ingenuas y ricachonas con la hipótesis de usar las manos en lugar de armas o veneno para aniquilar a un ser indeseable (sus maridos, por ejemplo). Les dice: “son las mejores herramientas: simples, silenciosas y rápidas”. Vive la demostración con tanta intensidad, espoleado por el parecido físico entre su víctima real y la cuñada de Granger (encarnada por Patricia Hitchcock, habitual presencia en obras de su padre), que casi llega a estrangular de verdad a una de ellas. Su manera de desvanecerse por efecto de la sobrecarga emocional de su acto es hilarante.

El tipo, un psicópata con tendencia homicida —fino, elegante, mordaz y divertido—, es contradictoriamente tan simpático que cuando se encuentra en aprietos (al perder en una alcantarilla el encendedor que le servirá de prueba para eximirse de culpa y condenar a quien considera un traidor) provoca ayudarlo.

Entre las escenas más electrizantes resalta la del parque de diversiones, cuando el anciano empleado de mantenimiento se ofrece como voluntario para detener el descontrolado tiovivo que pone en peligro la vida de los niños mientras Walker y Granger se enfrascan en un combate a muerte. El viejo, arrastrándose debajo de la plataforma, parece no llegar nunca a la palanca que desactivará el mecanismo; hasta se limpia el sudor con un pañuelo que saca de su bolsillo trasero, pestañea y se relame los labios. La ansiedad de ese momento no tiene límite.

Otras secuencias llevan la marca registrada de Hitch: los pasos de Walker y Granger caminando por la estación ferroviaria de Washington son los mismos de los detectives persiguiendo fugitivos en Los 39 escalones de 1935; el beso que se dan Farley Granger y Ruth Roman en la casa de ella  es el mismo que se estampan Grace Kelly y Robert Cummings en Con M de muerte de 1954 y Cary Grant y Eve Marie Saint en Intriga internacional de 1959, con la cámara rodeándolos desde arriba; la forma en que Granger sube las escaleras en casa de Walker cuando va a prevenir a su padre sobre la enfermedad de su hijo es exactamente la misma que ejecuta Martin Balsam en Psicosis de 1960 y Cary Grant, Ingrid Bergman y Claude Rains al final de Encadenados de 1946.

El cameo del director, recurso muy explotado por Hitch para atraer público a las salas, ocurre aquí en el minuto 10 de metraje (para no dispersar demasiado la atención de la audiencia esperando su salida) y tiene lugar cuando sube cargando un contrabajo al tren del que desciende Farley Granger.

Los efectos especiales, como en muchos otros films de Hitch, son espantosos. Tan burdos y torpes que se nota claramente la superposición de las imágenes en ciertas tomas interiores y exteriores, lo que constituye un verdadero enigma pues los avances técnicos en los 50 ofrecían ya mejores posibilidades. Sin embargo encuadres de similar calidad son insertadas también en otros trabajos suyos como Náufragos (1944), El hombre que sabía demasiado (1956) e Intriga internacional (1959).

La música, en cambio, a cargo de Dimitri Tiomkin, uno de los más prestigiados compositores de Hollywood -colaborador de Hitch en otras 3 películas: La sombra de una duda (1943), Yo confieso (1953) y Con M de muerte (1954)-, aporta siempre la nota precisa para cada personaje y momento, especialmente la singular tonadita del inocente carrusel que regresa a los oídos de Walker cuando asocia situaciones afines al instante del crimen que perpetró.

En 1987 Danny DeVito, como director, adaptó una versión cómica titulada Tira a mamá del tren, en la que además actuó al lado de Billy Crystal.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s