La edad del idiota: 12. El niño vuela

Diego M. Rotondo

 

 

12

EL NIÑO VUELA

12 de octubre de 1998.

A Martín le encanta haberme traído aquí. Y yo no tuve huevos suficientes como para decirle que me daba miedo venir. Manifestar abiertamente la cobardía, a veces, es un acto de coraje… y viceversa.

Martín toca la bocina del auto mientras se estaciona en la puerta de una casucha desvencijada. «Voy a bajar a buscarlo», me indica, «ponete al volante por las dudas…». El por las dudas es innecesario, Martín quiere que yo tenga miedo para exteriorizar su valor. Suena absurdo, pero es así, siempre lo fue. Nuestra amistad desde el principio se nutrió con lo antagónico de nuestras personalidades. La única forma de que él pudiese gozar de su marginalidad era teniendo un testigo sumiso que lo espectara boquiabierto y le dijera: «¿¡Eso vas a hacer!? ¿Estás loco?». Así razonaba Martín a los 13 años, y así razona ahora, a los 23. Si yo pensara como él, si no estuviese en sus antípodas, entonces no seríamos amigos.

Mi amigo viene a esta Villa a comprar marihuana y cocaína al menos dos veces al mes. La falopa que le venden los villeros es una bosta. Sólo a él le hace efecto. Debe ser el placebo que le provoca la plata que se ahorra… los villeros le cobran la mitad que en cualquier otro lado. Yo dudo que sea realmente marihuana y cocaína lo que le venden, pero a él le sirve, al menos para pavonearse conmigo, que soy un «careta» que se droga sólo en ocasiones especiales.

De la casucha sale un morocho de pelo largo con gorrita blanca. Ese debe ser Apache, su proveedor. Ambos vienen hacia al auto, Martín sube del lado del acompañante y Apache detrás.

—Agarrá por este camino hasta que se corte —me indica Apache mirándome ceñudo a través del retrovisor.

—¿No preferís manejar vos? —le pregunto a Martín con tono irritado.

—No hace falta boludo… son tres calles nomás.

—Ta todo bien amigo —me dice Apache—. Manejá que no te va a pasá nada…

—No lo dije por eso… —contesto mientras conduzco lentamente por las calles de tierra. El auto traquetea y rebota con cada bache. Los amortiguadores esbozan un sonido desaceitado y nosotros nos damos la cabeza contra el techo.

—Es que la piedra la tiene el Tuca —me explica Martín tomándose del asa del techo—. Tenemos que pasar por su casa.

—¿El Tuca?… ¿El Tuca que iba a la plaza? —le pregunto.

Apache me toca el hombro.

—¿Lo conocé vo al Tuca?

—Lo veía en la plaza, hace bastante tiempo…

Nunca olvidaré mi último encuentro con él.

—Anduvo guardado sei año… —comenta su colega— Salió hace poco por buena conduta…

—¿¡Buena conducta ese hijo de mil putas!? —pregunta Martín a carcajadas. Apache festeja el comentario dando risotadas agónicas, le faltan los colmillos superiores y al abrir la boca libera un aliento insecticida que me hace arder las orejas.

La calle se vuelve más lóbrega a medida que avanzamos. Caballos moribundos, ropa colgada de los árboles, carros llenos de basura, y niños con el torso descubierto que nos regalan miradas hostiles. Hay críos en pañales jugando sobre el cordón de tierra que hace de vereda; hunden sus manitos en el agua podrida de los desagües; sus madres recias fuman y toman vino o cerveza sentadas en las puertas de sus chozas. Un par de tipos adustos alzan las manos al reconocer a Apache dentro del auto. Tengo la sensación de que jamás saldré de este lugar. El sol empieza a morir a la vera, es un sol lánguido y rojizo que presagia cosas terribles. Pensar que Buenos Aires está lleno de lugares como este, la miseria desborda en los agujeros relegados de la ciudad. Cientos de miles de personas subsisten en estos inframundos urbanos. De afuera es fácil juzgarlos; es fácil decir que la mayoría son negros dispuestos a fusilarte por una moneda… es fácil juzgar cuando naciste del otro lado, en una casa con tejas, con calefacción y agua potable; en donde tus padres no se emborrachaban ni te obligaban a pedir limosnas en los semáforos cuando tenías 5 años. Es fácil juzgar cuando disfrutaste cuatro comidas diarias, un placard lleno de ropa limpia, juguetes nuevos y amor incondicional.

—Estacionate acá, amigo… —me indica Apache. Este flaco no debe tener más de 21 años y ya tiene la cara llena de horror.

Ambos descienden del auto. Martín se asoma a la ventanilla y me dice que me quede esperando, que vuelve enseguida.

—¡Pero apurate la puta que te parió!—le reclamo.

Apache me escucha y también se asoma.

—No te preocupé amigo, acá nadie te va a hacé nada porque te vieron conmigo…

Martín y Apache se alejan, se meten en un recoveco de un metro de ancho y desaparecen. Los vecinos pululan por las calles cargando chapas, cartones, etc; pasan al lado del auto y me examinan sin recato alguno. Se ríen y murmuran; mis ojos cándidos y mi sonrisa trémula no logran disimular mi cagazo. Basta con que alguien le dé un golpe al capot para que se me pare el corazón. Me enciendo un cigarrillo e intento relajarme. El cielo no termina de oscurecerse. Me pregunto por qué nunca notamos ese lapso de tiempo en el que el cielo pasa de azul oscuro a negro. Cuando era chico me tiraba en la terraza para tratar de captar ese momento, pero la transición era tan sutil que de repente era de noche y yo ni me daba cuenta. Así es mi amistad con Martín: todo se oscurece de repente sin que logre darme cuenta de cómo sucedió.

A unos veinte metros delante del auto, una criatura de no más de dos años gatea felizmente en medio de la calle, varios perros vagabundos saltan a su alrededor. A nadie parece importarle que el pequeño esté ahí. La gente pasa a su alrededor como si fuera lo más normal del mundo. El niñito agarra una piedra, se la lleva a la boca y me arroja una sonrisa tierna. Sólo siendo así de inocente se puede ser feliz en este lugar, pienso. Saco la mano por la ventanilla y lo saludo. Él se ríe efusivamente y empieza a gatear rápidamente hacia el otro lado de la calle. De repente me alivio, esa risita angelical es la mejor droga que se puede encontrar en este lugar. Escucho el motor de un auto, viene de atrás, viene rápido. Pasa a mi lado como un bólido, con el costado del parachoques le da de lleno al nenito, que sale expulsado hacia arriba dando giros como un muñeco, luego cae desarticulado detrás del auto. «¡Paf!», suena su cuerpecito al chocar contra la tierra. El conductor se detiene más adelante. Decenas de hombres y mujeres desaforados rodean el vehículo dándole golpes y patadas, obligando a bajar al asesino. Una chica de unos 16 años aparece corriendo y se arrodilla al lado del cuerpito, sus gritos desgarrados me erizan la piel. Esto no puede estar pasando. Escucho la voz de Martín, viene corriendo junto a Apache, pasan a mi lado y se acercan a la escena. Martín se agarra la cabeza dando vueltas alrededor del niñito. «¡Mátenlo!», gritan algunos. El conductor, que seguramente se equivocó de camino, llora desesperado aferrado del volante mientras intentan bajarlo a las trompadas. Siento pena por él, se debe haber equivocado de camino como les sucede a muchas personas que no conocen la zona y acaban adentro una Villa. Al darse cuenta habrá entrado en pánico e intentó salir rápidamente, pero la oscuridad no le permitió distinguir a la criatura en medio de la calle. Probablemente este sea el peor día de mi vida, y aun falta que ajusticien a ese pobre tipo frente a mis ojos. «¡Está vivo!», grita la joven con el nene en brazos. «¡Llevalos al hospital, la concha de tu madre!», le exigen los vecinos al chofer sin dejar de pegarle. La joven se sube con el nene en el asiento del acompañante; dos tipos se suben atrás, uno de ellos me resulta familiar… El hombre arranca y sale disparado. «Se salvó», pienso. «En el hospital no van a poder matarlo…». Martín viene corriendo y se sube al auto, Apache se queda hablando con los vecinos. «Rajemos», me dice, «hay sed de sangre». Arranco y nos vamos.

—Estas cosas pasan todo el tiempo en la Villa… no te angusties —me dice Martín mientras se arma un porro.

—¿Viste cómo le dio?… No puede estar vivo… no puede.

—Mejor que esté vivo… —dice—. El pibito es hijo del Tuca…

12 de octubre de 1988.

El Tuca y dos compinches se acercan a nuestra mesa y nos rodean irritados. Pedro se mete la mano en el bolsillo donde guarda la navaja. No creo que haga algo tan estúpido como sacarla.

—¿Ustede son lo amigo de Martín, no? —Pregunta Tuca.

—Sí —le respondemos.

—¿No saben dónde está?

—Hace rato que no lo veo —le digo.

Uno de ellos aspira pegamento desde una bolsita. Chino lo mira impresionado y éste se percata…

—¿Qué mirá vo? —le pregunta con tono provocador.

—Nada —responde mi amigo con su vocecita trémula.

No hay nadie en la plaza. Hasta las palomas se fueron. Solo estamos ellos y nosotros.

—¿Tienen plata? —pregunta el otro, que no para de acariciarse la panza por debajo de la remera.

—No… —respondemos.

El Tuca se sienta en la mesa junto a nosotros.

—¿Dónde está Martín? —le pregunta a Chino, intuyendo que le oculta algo.

—No sé… ya te dijo él… hace rato que no lo vemos.

No son más grandes que nosotros. El Tuca debe tener unos 15 años. La última vez que lo vi, cuando estaba con Termo y Martín, me había resultado simpático, incluso parecía que yo le había caído bien. Pero ahora se lo ve hosco. Me pregunto qué habrá pasado con Martín.

—¿Qué mierda es esto? —pregunta mientras con una mano derrumba las piezas de ajedrez por el tablero.

—Un juego… —responde Chino casi sin abrir la boca.

—¿En serio? —ironiza Tuca—. ¿Y cómo se juega el juego éste?

—Es un poco difícil…

—¿Es difícil para mí porque soy negro?

—No dije eso… —responde Chino.

—Pero lo pensaste… ¿no?

El otro, el que aspira poxipol, se coloca detrás de Chino y le pega un cachetazo en la nuca.

—¡Dejalo! —lo regaña Tuca—. Estamos charlando bien acá…

Los ojos de Chino se humedecen. Pedro cavila en silencio haciendo arcos en la tierra con los pies; espero que esté ideando alguna de sus genialidades. Yo le toco el brazo a Tuca.

—Si querés te enseño a jugar…

Él se me queda mirando hostilmente. No fue un comentario muy adecuado.

—¡Me chupa un huevo el juego!… —dice Tuca y tira el tablero con las fichas al suelo—. ¿Dónde vive Martín? Yo te vi a vo con él… vo sabé… —me pregunta.

—¿Para qué querés saberlo?

Pedro se agarra la cabeza y cierra los ojos, debe pensar que me volví idiota de repente. Uno de ellos, el que se acariciaba la barriga, me agarra del cuello y empieza a apretar.

—¡Hablá puto! —me dice—. Decile la dirección al Tuca…

Tuca se me queda mirando sin decir nada. Sus ojos negros opacos no se despegan de los míos. Forcejeo, trato de quitarme los brazos del cuello, pero el negro tiene bastante fuerza.

—¿Me vas a decir dónde vive o no? —insiste.

Me estoy quedando sin aire. Me mareo. Chino llora con impotencia y Pedro revuelve su bolsillo indeciso. De repente, cuando ya estoy aceptando la idea de morir entre los brazos del villero, una voz ajena… una voz que se acerca:

—¿Y para qué querés saber dónde vivo, negro de mierda?

 

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