La edad del idiota: 11. Asalto

Diego M. Rotondo

 

11

ASALTO

Son las 7 de la tarde; no hay nadie en la plaza; nuestra única compañía son las palomas que nos rodean al advertir que tenemos papas fritas. De a ratos les tiramos una y se enloquecen para agarrarla; pero sus picos son tan torpes que acaban desperdiciando la mitad. Estamos sentados en una de las mesas de hormigón en dónde los jubilados pasan sus horas jugando al Truco. Chino trajo su tablero profesional de ajedrez con piezas de madera imantadas. No es fácil jugar con él, sabe mucho, ha participado en campeonatos barriales y ha ganado varios trofeos. No conozco a nadie que juegue tan bien. Chino mueve las piezas maquinalmente, como una computadora, tiene los movimientos grabados en la cabeza. Mi táctica con él es ser impredecible: cuando te enfrentás a un experto acostumbrado a jugar contra otros expertos, lo mejor que podés hacer es romperle los esquemas con movimientos absurdos, jaqueando y arriesgando piezas valiosas de entrada. Yo siempre le hago jaque con el alfil al principio, es una jugada estúpida, pero lo obligo a mover el rey y le quito la chance de hacer el enroque. Eso lo enfurece. Cuando juega conmigo sus dedos indecisos levitan sobre el tablero como las patas de una araña.  Chino se pone nervioso, lo hago agitar, y cuando se agita comete errores; y es ahí cuando aprovecho para comerme sus piezas. Ahora, con todo el tablero hecho un caos, no le queda más remedio que improvisar; pero a un experto le cuesta improvisar, tiene el manual de ajedrez grabado en su cabeza. La única opción que le queda es distraerme:

—Fernanda organiza un Asalto —me dice sin dejar de mirar el tablero.

—¿Un qué? —le pregunto.

—Es una especie de fiesta —explica—: Alguien pasa música y los demás llevan algo de comer o de tomar…

—¿Y por qué  lo llaman Asalto?

—¿No sabés lo que significa la palabra asalto? —me pregunta al mismo tiempo que me jaquea.

—Sí… ¡Robo!

—¡No! Asalto significa: irrupción, ataque, etc. Por eso le dicen así, porque es una irrupción en una casa para escuchar música, bailar, etc.

—¡Qué idiotez! ¿No le pueden llamar fiesta y punto? —cubro mi rey con el caballo.

—¡Es que no es una fiesta!… ¡jaque!

Y hablando de asalto, hace varios días que no sé nada de Joaquín, lo llamo por teléfono y nunca está. Ni siquiera viene a la plaza. Pensé en quedarme en la puerta de su casa hasta que aparezca y preguntarle si participó de ese robo. No es que quiera reprenderlo ni nada parecido; sólo quiero que me cuente cómo es asaltar a alguien… No sé por qué me atraen esas cosas… Quisiera ser un chico normal, con inquietudes normales, como Chino por ejemplo… Pero no, lo que a mí me interesa está bastante lejos de la normalidad. La diferencia entre Joaquín y yo es que él es implacable, va por lo que quiere sin reparar en las consecuencias. Yo no soy así: evito hacer cosas malas por miedo a la cárcel… Puede que yo tenga una mente marginal igual que él, pero soy un cobarde. Además, mi cara no asusta, todavía parezco un nene. Joaquín es diferente, tiene la cara curtida como el cuero: sus pequeños ojos negros parecen botones hundidos entre sus pómulos y su frente. La suya es una cara preparada para recibir golpes y no sentir nada. Igual que sus puños, que parecen rocas envueltas en piel de cerdo. A mí me falta crecer… igual que a Chino, al que todavía no se le ha engruesado la voz.

—Fernanda quiere que vayas —dice—. Me dijo: ni se te ocurra venir sin Dieguito

Fernanda gustaba de mí desde que estábamos en quinto grado. Después repitió por suerte. Eso de repetir era algo exclusivo de los varones, pero ella era tan bruta que a la maestra no le quedó más remedio que hacerla cursar el año otra vez.

—¿Sabés si va a ir Valeria?

—No sé. Ellas no son amigas…

Aparece Pedro. Viene corriendo hacia nosotros y espanta a las palomas. Las aves vuelan a esconderse en los árboles.

—¿Miren lo que me encontré? —nos dice agitado y extrae algo del bolsillo.

—¿Qué es eso, boludo?

Pedro nos muestra una especie de empuñadura. Oprime un botón y sale proyectada una hoja larga y afilada.

—¡Guau! —le digo—. ¡Es una automática! ¿Dónde la encontraste?

—En la calle… alguien la perdió. Ahora es mía. —dice cortando el aire con la navaja.

—Debe ser de un chorro —comenta Chino.

—Sí… ¡a lo mejor es de Joaquín!  —bromea Pedro.

Su chiste no me resulta gracioso.

—Vos también estás invitado —le dice Chino.

—¿Invitado? ¿A dónde?

—Al Asalto que organiza Fernanda en su casa…

—¿Fernanda, la analfabestia?

—Esa…

—Seguro va a querer que te la transes… —me dice Pedro con tono burlón.

—Ni muerto…

—Mirá que no está tan fea como antes… La vi en el velatorio de mis viejos. ¡Le crecieron las tetas!

—No me importa…

—Es que él está enamorado de Valeria —añade Chino y se come mi segundo alfil.

—¡Nada que ver! —respondo—. Además, Valeria está con Joaquín…

—No creo que a Valeria le guste Joaquín —opina Pedro—. Ella lo ve más bien como a un hermanito bruto.

De repente me siento feliz. Chino alza la vista y se pone serio de golpe.

—¡Mierda! —exclama.

Nos damos vuelta y vemos venir a un grupo de villeros.

 

 

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