La edad del idiota: 10. Nunchaku

Diego M. Rotondo

 

 

10

NUNCHAKU

Pedro quiere que lo acompañe a la zona apocalíptica para comprar una cachiporra. ¿Para qué quiere Pedro una cachiporra? No lo sé. Pero tal vez pueda encontrar algo para mí, alguna clase de arma para lastimar a Ricardo. Desde aquel día no para de acosarme: en el aula, en el recreo, en el taller, en todas partes viene a molestarme diciendo con tono burlón: «RotonTo, te voy a hacer pedacitos…». Iván quiere que pelee con él, me da instrucciones, trucos y estrategias para noquearlo. Claro, para él es fácil opinar porque no arriesga los dientes… Ricardo me lleva una cabeza y debe pesar 10 kilos más. Me destruiría. Iván dice que debo dejarlo inservible de entrada: una patada en los huevos, un dedo en el ojo, un mordisco, etc. El problema es que cuando peleás el miedo te traiciona, te hace cometer torpezas. Podés ser cinturón negro de karate, pero si sentís miedo cualquiera puede aplastarte. Yo ni siquiera llegué a cinturón verde… No soy como Martín, él actúa fríamente, a la hora de agarrarse a trompadas deja sus pensamientos a un lado y sólo se dedica a golpear a su adversario en la cara y el estómago: ¡paf paf paf!, hasta acabarlo. Yo pienso demasiado; pienso en mis dientes, en mis huesos y en todas las partes de mi cuerpo que podrían romperse. Me he peleado algunas veces, he perdido y he ganado, pero siempre con golpes torpes lanzados de forma desesperada. Si me tuviera que enfrentar a Ricardo sé que el miedo me jugaría en contra. Pero… teniendo un arma encima, la cosa sería diferente.

La zona apocalíptica alguna vez estuvo llena de tiendas de ropa, almacenes, supermercados, restaurantes, etc. Incluso hasta hubo un pequeño parque de diversiones. La gente se abarrotaba en las calles porque todo era muy barato, sobre todo la ropa. Ahora parece que hubiese habido una guerra o una invasión de alienígenas que acabaron con todo. Los locales cerraron para siempre, las calles están desoladas, llenas de papeles y botellas que juegan con el viento. Papá dice que fue la hiperinflación que fundió a los comerciantes. Con el tiempo se fue convirtiendo en una zona de nadie. La crisis erigió un inframundo lleno de puteríos, cines pornos, tiendas de cosas electrónicas (en su mayoría robadas), desarmaderos y galerías penumbrosas en donde se pueden conseguir toda clase de armas en forma ilegal. Algunos dicen que por las noches pululan sombras solitarias; sombras sin dueño.

Mientras caminamos por una calle lúgubre con olor a cloaca, Pedro saca un paquete de cigarrillos y me convida.

—¿Fumás ahora? —le pregunto.

—Sí. Pero no me trago el humo. Así no me da el cáncer.

—¿Pero te gusta?

—No. Pero en este lugar hay que aparentar ser duro para pasar desapercibido. Sino te pueden violar y hasta matar…

—Bueno… dame uno entonces.

Nos encendemos los cigarrillos y seguimos caminando.

—Tiene gusto a mierda —le digo mientras escupo el humo con asco.

—Es que son de los baratos. ¿Y cómo sabés qué gusto tiene la mierda?, ¿comiste alguna vez?

—No… pero imagino que debe ser parecido a esto…

Llegamos a la entrada de la galería. Hay unos pibes sentados en los escalones tomando cerveza y fumando. Un par de ellos tienen crestas de color verde y remeras con el símbolo anárquico. Otro, que tiene pelo largo y viste más normal, se queda mirando a Pedro.

—Ese es Chungo —me murmura Pedro al reconocerlo—. No lo mires mal porque está demente. Dicen que se inyecta agua podrida.

Chungo debe tener unos 15 años. El pelo negro le llega hasta la cintura, es ojeroso y escuálido. Se acerca a nosotros y saluda a Pedro con una piña suave en el hombro.

—¿Qué hacés? ¡Tanto tiempo!

—Todo bien ché… venimos a comprar algo de arsenal —responde Pedro guiñándole el ojo.

—Entraron muchas cosas copadas… —dice Chungo echando un vistazo hacia el fondo de la galería—: estrellas ninjas, katanas, nunchackus… Le pintó la onda oriental al viejo puto ese.

—¿Todavía atiende don Humberto? Pensé que estaba en la cárcel…

—Salió hace poco. Le deben haber roto el culo ahí adentro —comenta y los punks se ríen a carcajadas. Pedro también se ríe.

Chungo agarra del cuello a Pedro y le murmura:

—Supe lo de tus viejos… lo siento mucho. Te iba a ir a visitar pero…

—No te preocupes…

—Si necesitás algo… que sé yo… rohypnol, pepas, porro, lo que sea. Avisame.

—Yo te aviso.

Nos despedimos de él e ingresamos en la galería. El pasaje me recuerda al Tren Fantasma. El piso está regado de filtros de cigarrillos, latas de cerveza abolladas, cajas de condones y otras cosas que desconocemos. Subimos una rampa y esquivamos a un par de vagabundos durmientes. Antes de llegar al local de armas, se nos acerca una mujer gigante en ropa interior.

—Hola bebés —nos dice con voz impostada—. ¿Quieren debutar?… Por 80 Australes les vacío los huevitos al mismo tiempo…

—No gracias, Carlos. —le dice Pedro, tentado de la risa.

—¿Cómo sabés mi nombre? —le pregunta ella engruesando su voz de golpe.

—Soy Pedro, boludo, el hijo de Raúl.

—¡Pedrito! Pero si estás mucho más alto y flaco. No te reconocí.

—Si, pegué el estirón…

—Y tus papis, ¿cómo andan?

—Muy bien… Trabajando, como siempre.

—¡Ay… que vergüenza si me vieran así! ¡Por favor no les cuentes! —dice con tono amanerado.

—No te preocupes.

—Las cosas están difíciles, viste… y haciendo esto gano buena guita.

—Me imagino. —dice Pedro tomándome del brazo—. Bueno, te dejo porque tenemos que ir a lo de Humberto.

—Ojo con ese viejo facho —advierte Carlos—, desde que salió de la cárcel está loquito.

Seguimos nuestro camino y llegamos a la puerta del local. En la vidriera hay dos maniquíes con ropa militar sosteniendo ametralladoras. Se aprecian muchos objetos interesantes: manoplas, cachiporras, espadas, cuchillos y hasta un pequeño cañón.

—¡En este lugar te conocen hasta los travestis! —le digo a Pedro.

—Mi viejo tenía el kiosco acá a la vuelta. Antes pasaba mucho tiempo en este barrio. Carlos tenía una mercería, yo le iba a comprar hilos para mi vieja. Siempre fue medio maricón, pero nunca pensé que llegaría tan lejos…

El local de Humberto es fascinante, hay toda clase de armamento: Rifles, revólveres, pistolas, gas pimienta, etc. Tiene hasta el cuchillo de Rambo original. Pedro se acerca al mostrador de vidrio y aplaude. Humberto sale de atrás de una estantería lustrando un revólver. Es un tipo gordo, pelado y con barba larga y canosa.

—Yo te conozco a vos… —le dice a Pedro.

—Sí… soy el hijo de Raúl, el del kiosco.

—¡Ahhh! Ya sabía yo. ¡Estás gigante, nene! ¿Cuántos años tenés ya?

—13.

—Mamita, cómo pasa el tiempo… ¿Y en qué anda tu viejo?

—Mis viejos se mataron con el auto en un accidente. —dice Pedro con un sosiego apabullante.

Humberto se queda boquiabierto, con los ojos aflorando de sus orbitas. Durante 5 segundos no dice nada, sólo mueve la lengua nerviosamente. Me pregunto por qué Pedro no le mintió igual que al travesti.

—Pibe… —dice—. Me dejás helado. No tenía idea. Qué desgracia…

—No te preocupes… lo voy superando.

—Sí, bueno, no sé qué decirte; ya sabés que podés contar conmigo.

—Sí, lo sé. Justamente ando buscando una cachiporra; pero vos no les vendés a menores de edad, ¿no?…

Ahora entiendo porqué le dijo la verdad.

—¡No te preocupes ché! A vos te vendo lo que quieras. Mirá —dice metiendo la mano debajo del mostrador—: me trajeron de este tipo, son una novedad, te la enganchás en el cinturón y parece cualquier cosa menos una cachiporra.

Nos muestra un estuche de cuero, le quita el prendedor y haciendo un movimiento brusco se despliega un tubo de 50 centímetros de largo con una bola de acero en la punta.

—Es un chiche hermoso. Lo sacás de repente y le partís el cráneo a cualquiera. —comenta Humberto blandiendo la cachiporra con destreza.

—Me la llevo. ¿Cuánto sale?

—Nada mi amigo… —responde cariñosamente—. Va de regalo. Vos sabés que cuando yo andaba tirado y sin una moneda, tu papi me regalaba hamburguesas o sándwiches de milanesa. Regalarte esta cachiporra es lo menos que puedo hacer…

—Bueno, ¡muchas gracias Humberto! —dice Pedro enganchando la cachiporra en su cinturón.

El tipo me mira y me pregunta:

—¿Y vos? ¿No querés una?

—Yo quisiera un Nunchaku —le digo.

—¿Y sabés manejarlo?

—Un poco…

—Bueno, aquí tengo uno muy bueno —dice descolgando el nunchacku de la pared—, es liviano y los palos están revestidos en caucho.

—¿Cuánto sale?

—Mirá… como sos amigo de Pedrito te lo dejo a la mitad: 100 Australes.

Saco la plata y le pago. Él envuelve el nunchacku en un papel de diario y me lo da.

—Ojo con esto, pibe —me advierte—, usalo con cuidado porque te podés romper la cabeza.

Nos despedimos de Humberto y salimos del local. Afuera está Carlos tratando de seducir a un viejo que debe creer que es una mujer. En la calle Chungo y sus amigos ya no están.

—¡Te salió gratis, guacho! —le digo a Pedro.

—¿Viste? Hay que apelar a la lástima. Siempre funciona…

—Tendrías que haber aprovechado y llevarte otras cosas.

—No hay que abusar, boludo. Si el tipo me regala algo no puedo aprovecharme. En un mes vuelvo y seguro me da otra cosa…

Pedro siempre tenía todo calculado.

—¿Y para qué querés esa cachiporra?

—¿Para qué va a ser? Para defenderme. Está todo lleno de chorros últimamente.

—Hablando de chorros… creo que Martín fue a robar con los villeros.

—¿¡Qué!? —exclama Pedro parándose de repente.

—A un chico que conozco le afanaron las zapatillas cerca de casa. Dijo que uno de los ladrones tenía todo el brazo enyesado y no tenía pinta de chorro.

—¿Y? No por eso tiene que ser Martín.

—Sería demasiada casualidad que no lo fuera; acordate lo preocupado que estaba por el Tuca ese… Yo creo que lo debe haber obligado a robar con él para cumplir con su parte.

Pedro se acaricia la barbilla.

—Tiene sentido… —dice—. Entonces ya debe tener el revólver que le iba a dar a cambio de las zapatillas. Igual, deberíamos preguntarle.

—Sí.

Al llegar a casa me meto en mi cuarto y desenvuelvo el nunchacku. Los palos —unidos por una cadena de 10 centímetros— son lo suficientemente duros como para abrirle el cráneo a cualquiera. Comienzo a barajarlo como hace Bruce Lee en las películas. Si practico lo suficiente tal vez llegue a manejarlo así de bien. Me lo paso de una mano a la otra, lo sujeto bajo mis axilas, lo hago girar y termino pegándome en la cabeza. El golpe es tan fuerte que me hace ver las estrellas. Me miro al espejo y noto el prominente chichón en mi frente. Sonrío. «Con esto te voy a destrozar, Ricardo…»

 

 

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