Viernes de cine: ¨Laura, Al borde del peligro (Where the Sidewalk Ends )¨

Fernando Morote

 

¿Qué harías si fueras un detective acusado de brutalidad policial y en una de tus misiones, bajo la autoridad de un nuevo comisionado, dispuesto a limpiar la imagen de la institución, se te pasa la mano a la hora de apretar a un delincuente y terminas matándolo?

No sería raro que buscaras la forma de deshacerte del cadáver. Muchas cosas están en juego para ti. Puedes perder tu trabajo e incluso acabar preso. Entonces te haces el desentendido. Te pones un parche en la cara y te cubres discretamente con el abrigo. Cargas con el muerto, lo metes en la maletera de tu auto y lo echas al río. Asunto aparentemente resuelto.

Hasta que al día siguiente encuentran los restos del infeliz flotando en la bahía. Te enteras de que es el esposo de una hermosa mujer cuyo padre —un viejo taxista— está decidido a protegerla de los abusos de su yerno. Sabes que no has sido muy considerado con los derechos humanos de los hampones a los que persigues. Pero eres consciente de que en esta ocasión no quisiste quebrar el pescuezo del tipo. Sólo que se te rebeló y te viste obligado a reducirlo. No ibas a tratarlo como a una niña inocente. Desafortunadamente al caer se dio un mal golpe y hasta ahí nomás llegó.

En el curso de la investigación conoces a la viuda de tu víctima. No está nada mal. Por el contrario, la encuentras riquísima. Una tarde en su casa te presenta a su papá. Oh, no. Se complica más tu situación. El anciano es ahora considerado el principal sospechoso del crimen. Tu jefe elabora una teoría que parece correcta: alguien mató a tu hombre en su departamento y luego salió de allí disfrazado de él, arrastrándolo como un fardo para guardarlo en un vehículo y deshacerse del cuerpo. Pese a tener buenos motivos, no fue el suegro quien hizo eso. Fuiste tú. La deducción de tu jefe es acertada, aunque tiene al culpable equivocado.

Volvemos a la pregunta: ¿qué haces? Ya estás embarcado en un romance del que tú mismo ignoras cómo entraste. Y el padre de tu novia está comprometido en un delito que tú, sin querer, cometiste. Sí, estás en una encrucijada. Eres un policía honesto, pero rabioso. El tipo al que mataste trabajaba para un gángster que fue entrenado por tu propio padre cuando éste andaba en negocios sucios. Eres un policía hijo de un ladrón y quieres olvidarlo. Quieres resarcirte y reparar con tu trabajo como detective los daños que tu progenitor causó a la sociedad.

Tu conciencia termina traicionándote. Y liberándote al mismo tiempo. Confiesas tu falta, aunque eso signifique ir a prisión. Pero ganas el respeto de tus compañeros y la admiración de la comunidad. Confirmas el amor de la mujer que quieres; la que, por tu entrega, está dispuesta a esperarte.

Ahora, si eres un ex hampón convertido en detective, tu punto de vista cambia.

Eres desconfiado, malicioso, sarcástico y bruto. Perfil perfecto para un policía de homicidios. Te asignan investigar el asesinato de una joven y hermosa diseñadora gráfica. Las historias que escuchas sobre ella -su personalidad, su actitud y su talento- te hipnotizan. Otra vez sin saber cómo, te enamoras y te obsesionas platónicamente. Una noche, mientras haces guardia en su departamento, tu muerta aparece viva. Como es natural, se siente ofendida y te echa por invadir su privacidad. Te amenaza con llamar a la policía. Le dices que tú eres la policía. Luego de un desagradable intercambio, entiendes sus argumentos: sólo se había retirado el fin de semana al campo para reflexionar acerca de su inminente matrimonio. Y allá, desconectada del mundo -sin periódicos ni radio- no tenía la mínima idea del lío que se había armado en torno a su trágica desaparición. El cadáver hallado en su dormitorio pertenece a una amiga de confianza.

Entonces, ¿quién pudo haber querido asesinarla y por qué? ¿Su mentor, el viejo columnista de alta sociedad, que reclama atención exclusiva? ¿Su ambicioso prometido, que desea usufructuar su éxito? ¿La tía del pretendiente, que lo mima como si fuera su pequeño hijo? Acosas y sometes a todos a extenuante presión. Formulas tus conjeturas. Llegas a la conclusión de que el novio vago y arribista es demasiado cobarde para cometer un crimen de esa naturaleza. En cambio comprendes que el viejo elegante y déspota, encantador y casi rosquete, sí tiene las agallas suficientes para vengarse a ese extremo por la ignominiosa ofensa causada a su ego cuando cae en la cuenta de que tu amada decide irse contigo.

Algunas de las escenas que compartes con el refinado homicida son sencillamente grandiosas. Lo haces entrar en una crisis de nervios, cuando visitas por primera vez en su compañía el departamento de tu futura novia, moviendo y haciendo sonar las llaves como un maniático. Te mofas de su excentricidad cuando lo ves desnudo en su tina escribiendo a máquina sobre una mesita corrediza. Y confirmas tus sospechas cuando lo contemplas desvanecerse y darse un porrazo contra el piso al descubrir que la mujer a quien asesinó continúa con vida.

La primera historia corresponde a Al borde del peligro de 1950 y la segunda a Laura de 1944, ambas dirigidas por Otto Preminger (realizador además de El hombre del brazo de oro de 1955 con Frank Sinatra y Anatomía de un asesinato de 1959 con James Stewart) y protagonizadas por Dana Andrews (héroe habitual en largometrajes de guerra, destacando su actuación en la aclamada Los mejores años de nuestra vidas de 1946) y Gene Tierney (generalmente malvada en films de alto voltaje dramático como Que el cielo la juzgue de 1945 y El filo de la navaja de 1946); un trío cuya contribución al cine negro es, sin duda, sobresaliente.

Al lado de ellos figuran actores excepcionales como los fabulosos, carismáticos y extraordinarios Clifton Webb, Vincent Price y Karl Malden. La ciudad de Nueva York ocupa también un lugar preponderante en las dos cintas; muchas tomas están construidas de modo que permiten apreciar parte de su arquitectura emblemática: entre otros, los túneles Lincoln y Holland, los puentes Brooklyn y Williamsburg,  el edificio Empire State y la plaza de Times Square.

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