La edad del idiota: 9. Descontrol

Diego M. rotondo

 

 

9

DESCONTROL

4 de junio de 2003. El reloj del auto marca las 3 AM. Estoy ebrio y somnoliento, no veo la hora de llegar a casa. Fue una noche desastrosa, como todas en las que me acompaña Martín. Tuve que negociar con los patovicas para que lo dejasen entrar, ya que él se mofó de ellos explicándoles su teoría sobre los músculos como paliativos del miedo. «El tamaño de los bíceps es directamente proporcional al tamaño del miedo…», les dijo al mismo tiempo que les palpaba los brazos. Gracias a Dios se lo tomaron con humor y lo dejaron pasar. Adentro no paró de provocar a medio mundo. Tropezó con un grupo de chicas y le volcó su vaso de vodka en el escote a una de ellas. Las demás lo rodearon con intenciones de lincharlo. Lo arrastré hasta la pista y lo solté ahí como quien suelta a un perro en un canil. Martín se puso a bailar entre los zombies. Aproveché ese momento para conversar con una preciosa morocha que estaba muy borracha. Cuando estuve a punto de besarla me vomitó encima… vinieron unas amigas y se la llevaron al baño. Mi camisa y parte de mis pantalones quedaron manchados con su vómito etílico. Mi noche estaba muerta, sepultada. Volví a la pista a buscar a Martín pero se había ido. Lo encontré un rato después, en la barra, discutiendo con el barman.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—¡Éste puto me robó la campera y no me la quiere devolver; lo voy a matar! —contestó con esa mirada paranoide que ponía cuando estaba saturado de alcohol y merca.

El barman me miró con una risa mordaz, se inclinó sobre la barra y me dijo:

—Llevatelo antes que los de seguridad lo saquen a patadas…

—¡Devolveme mi campera, puto! —insistía Martín trepado en la barra.

—¡Pero si la tenés puesta, enfermo! —le digo—. ¿No ves que la tenés puesta?

Martín se mira y se palpa la campera con un gesto extrañado. El barman me hace una seña con la mano para que volemos de ahí.

Siempre igual… siempre pasado, con esos ojos hostiles, llenos de furia inconsciente. Martín alucina porque su mente está quemada, ve y escucha cosas que no existen; y, como suele pasar con los viejos con Alzheimer, tiende a volver al pasado remoto, a reprocharme cosas que sucedieron cuando teníamos 13 años. Yo sólo escucho y manejo impávido; no me atrevo a decirle que su cerebro está roto, que deje de tomar esa merca venenosa que le venden los villeros.

—Si hubieses venido ese día… —dice, refiriéndose al día que nos metimos en La Villa—. Habrías aprendido mucho… sí.

—Fui ese día. —le replico.

—Pero no entraste; caminaste unos metros y te cagaste. Igual que Pedro, otro cagón.

—Ese lugar era una mierda.

—¡Te cagaste boludo! —se prende un porro, le da una intensa calada, abre la ventanilla y escupe el humo—. Si hubieses entrado conmigo habrías aprendido…

—¿Aprender qué? ¿A afanar?…

—Hubieses aprendido a no temer. Porque yo sé que vos temés… todos ustedes: mi mujer, mi familia, vos… todos tienen miedo, no saben vivir sin miedo. Tienen miedo de no tener miedo…

Martín mastica las palabras, sus labios se mueven pero su rostro está inerte: no parpadea, no expresa ni un solo gesto; es como esos robots que solo mueven la boca. Al ver que lo ignoro se queda un rato murmurando con la mirada perdida en el paisaje de luces que se despliega por la ventana del auto.

—¡Te equivocaste, boludo! —grita de repente, inclinándose hacia adelante.

—¿Qué?

—Te equivocaste de camino, no estás volviendo, ¡estás yendo para el Centro!

—Sé perfectamente para dónde voy.

—¡Doblá boludo! —clama desesperado—. Doblá acá a la derecha.

—Si giro a la derecha entonces sí vamos a ir hacia el Centro. ¿Estás tan drogado que no te das cuenta?

—¡Vos estás drogado! ¡Doblá! —vocifera golpeando el tablero.

Es suficiente para mí; giro el volante bruscamente haciendo chirriar los neumáticos.

—¿Así está bien? —le pregunto al mismo tiempo que hundo el acelerador.

Él se queda en silencio, apaciguado. Chupa su porro hasta que ya ni puede sostenerlo entre los dedos; entonces lo apaga con la lengua y se lo come.

—Vas muy rápido… —me indica.

Yo acelero más todavía.

—¿Querías que fuera hacia la derecha? Bueno, te hice caso, mirá los edificios y las torres… —ironizo—. Parece que nuestro barrio se transformó en una ciudad.

—¡Bajá la velocidad pelotudo!

Ahora soy yo el que está psicótico.

—¡Frená! ¡Frená acá! ¡Me quiero bajar! —clama exaltado.

—¿En serio querés que frene? —le pregunto sin dejar de pisar el acelerador.

—¡Si! ¡Frenáaaa! —exige golpeándome el hombro.

A 90 kilómetros por hora alzó el freno de mano y cierro los ojos. El auto empieza a girar descontrolado por la avenida vacía, las ruedas emiten un ruido parecido al aullido de un perro. Mi auto se levanta en dos ruedas y cae bruscamente. Martín se golpea la cabeza contra el parabrisas. Yo quedo paralizado, con ambas manos sudadas apretando el volante. Martín me mira asombrado, se toca la frente, que tiene un leve corte. Observa la sangre en sus dedos y me la muestra como diciendo: «mirá lo que hiciste». Contraigo la cara esperando su puño furioso. Pero no, se baja del auto. Algunos noctámbulos se acercan a mirar, gracias a Dios la calle está casi desierta. El auto quedó enfocado hacia la mano contraria. El motor se paró, le doy marcha y arranca enseguida. Giro y estaciono en la dirección correcta. Martín salta y le da puñetazos a un semáforo, le pega hasta que las luces se apagan. Luego camina hasta un drugstore que hay en la esquina y empieza a gritarle al quiosquero: «¡Ese tipo está loco! ¡Loco de remate!… ¡metió el freno de mano a 100 por hora y casi nos matamos! ¿Qué tengo que hacer?… ¡Decime pelotudo! ¿Qué tengo que hacer?…». El quiosquero no le contesta y lo mira horrorizado. Sus gritos desgarrados y coléricos hacen que los testigos empiecen a dispersarse. «¿¡Qué tengo que hacer!?», repite y comienza a patear la estantería del kiosco, haciendo volar todas las golosinas. Yo abro la puerta del acompañante y le exijo que se suba al auto. Alguien ya debe haber llamado a la policía. Martín se sube al auto con toda tranquilidad y cierra la puerta. Mientras nos vamos se asoma por la ventanilla y le grita nuevamente al desconocido: «¿¡Qué tengo que hacer!?»

Tengo ganas de pegarle, de pegarle hasta romperme las manos, hasta hacerle estallar el cráneo. Manejo en silencio, mirando por el retrovisor a cada rato para ver si nos sigue la policía. Él fuma y masculla.

—Mirá —me dice mostrándome la mano ensangrentada—. Me corté. Vayamos a una farmacia.

—No. Yo voy para casa. Si querés una farmacia bajate y buscá una.

—¿No podemos parar un segundo en una farmacia? —pregunta con una calma sombría.

—Ni muerto. Yo no me arriesgo más. Ahora te dejo en tu casa y chau… nunca más. Si te he visto no me acuerdo. Me pudriste…

—Nosotros no podemos pelearnos…—dice con la voz quebrada—. Somos carne y uña. Yo te quiero, boludo. ¿Cuánto hace que somos amigos?… ¿20 años?

Es el melodrama de siempre que ya no me conmueve. Hace años que lo hace; después de la ira viene el amor… Ya no me creo su perorata. Ya es suficiente. Freno en una esquina y le ordeno:

—Bajate…

Él se me queda mirando con las cejas arqueadas y la boca trémula.

—Bajate y tomate un taxi. No te soporto más. Si seguís arriba del auto no sé lo que voy a hacer.

—Pero… ¿me vas a dejar acá, en medio de la nada? —pregunta con los ojos llenos de lágrimas, como si no hubiese hecho absolutamente nada para llegar a esto.

—Sí. —respondo secamente, me inclino sobre él y le abro su puerta—. Tomatelás.

Martín se baja lentamente y deja la puerta abierta. Yo la cierro fuertemente y acelero haciendo chirriar las ruedas. Lo veo por el retrovisor, se queda parado en medio de la calle mirándome. Tal vez esperando que me arrepienta y ponga reversa. «Ojalá mueras esta noche», pienso, y sigo mi camino.

6 de agosto de 1988. Mamá cocinó milanesas con papas fritas para la cena. Mi plato favorito. Toda la angustia que junté en el colegio se disipa instantáneamente cuando huelo la comida. Nos sentamos a comer y empieza con el chismorreo.

—Hoy estuve con Haydee. ¿Te acordás de Haydee, la madre de David?

—Sí, el fanfarrón ese.

—Bueno, resulta que ayer a la noche, cuando volvía del club, lo asaltaron dos chorros y le robaron las zapatillas.

—Uh… que mal —le respondo con sarcasmo.

—Sí, pero lo curioso fue la facha que tenía uno de los chorros.

—¿Cómo era?

—Bueno, según David, no tenia pinta de delincuente. Además, llevaba todo el brazo enyesado. Hay que estar desesperado para salir a robar así… ¿no te parece?

 

 

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