La edad del idiota: 8. Al más lindo de los malos

Diego M. Rotondo

 

8

AL MÁS LINDO DE LOS MALOS

El yeso que le pusieron a Martín le envuelve casi todo el brazo. Pasaron sólo tres días y ya lo tiene lleno de firmas, dibujos, corazones y frases. Las inscripciones en un yeso reflejan la vida social de quien lo lleva. Por eso no me gustaría quebrarme un hueso, porque a mí sólo me lo escribirían un par de amigos y ninguna chica, a lo sumo mi hermana, o mi madre, pero eso sería vergonzoso. El mío sería un yeso vacío, blanco y triste; un yeso antisocial… A Martín se lo firmaron varias pibas, incluso Valeria, que le dibujó un corazón con una frase: «al más lindo de los malos»… Es bastante evidente está atrás de él… se conocen hace tiempo, viven a tres cuadras de distancia, por eso se ven bastante seguido. No tengo oportunidad con Valeria, no mientras Martín esté en el medio. Y lo peor es que él la trata como si fuese un chico más: le dice «boluda, tarada», etc.; hasta se tira pedos enfrente de ella. Al final, es como dice el refrán: «Dios le da pan al que no tiene dientes»…

Pedro examina el yeso buscando un lugar en donde plasmar su nombre, Martín le dice que lo haga cerca del codo porque ya casi no queda espacio. Luego me pasa el marcador a mí y le escribo una frase justo encima del corazón que dibujó Valeria: «al más feo de todos los buenos»…

—¿¡Sos Boludo!? —se queja Martín mirando la frase.

—¿Por? —le pregunto.

—¿Tenías que escribir esa boludés? ¿Y arriba del corazón de Vale?

—¡Ayyy, perdón!… el corazón de Valeeee… ¡oh, tu Valeria! —exagero.

—Mmm… ¿estás celoso o me parece? —me pregunta entornando los ojos.

—¿Celoso?… ¿Celoso de quién? ¿De esa cerebro de mosca?

—¡Bueno basta! —nos corta Pedro—. Vayamos al asunto que nos incumbe: tenemos que resolver lo de las zapatillas. Necesitamos un plan B.

—¿Y por qué no esperamos a que se le sane el brazo a Martín y seguimos con el plan A? —pregunto.

—Porque el Tuca me está apurando. Hay que hacerlo cuanto antes. —explica Martín mientras se moja el dedo y raspa el yeso tratando de borrar mi frase.

—¡Y deciles que ya no necesitás el revólver y listo! ¿Para qué le damos tanta importancia a este asunto?

Martín se me queda mirando sorprendido.

—Me parece que no entendés un sorete… cuando hacés negocios con villeros tenés que cumplir. Porque sino te vienen a buscar y hacen boleta.

—¡Qué exagerado ché! Tampoco para tanto… —comenta Pedro—. A lo sumo te cagan a trompadas y te afanan.

—Vos no lo conocés al Tuca, es capaz de apuñalarte por un reloj de juguete… El tipo está pirado, aspira mucho poxipol. Lo que menos me importa ahora es el revólver. Hay que conseguir las zapatillas que nos encargó, como sea.

Nunca había visto a Martín tan preocupado. Mientras hablaba le temblaba un poco la voz.

—Y todo por culpa de ese perro de mierda —dice Pedro—. A propósito, ¿qué hicieron con él?

—Mi vieja lo mandó a sacrificar…

—Pobrecito… —murmuro.

—¿Pobrecito? —se irrita Martín—. ¡Mirá mi brazo, boludo!… Tengo tres fracturas y como 30 puntos. Me van a quedar cicatrices por todas partes.

Nerón, el perro de Martín, era una mezcla de Rottweiler con Boxer. Lo tenían únicamente para que hiciera de guardián. Nunca lo mimaban ni lo sacaban a pasear. Pasaba sus días en un pasillo estrecho de 5 metros de largo. Al principio era un cachorro dulce y juguetón. Pero con el pasar del tiempo y la falta de cariño se fue haciendo malo. Ni siquiera lo bañaban al pobre, tenía el pelo opaco y estaba lleno de pulgas. Siempre le daban lo mismo de comer: arroz con verduras y atún; nunca carne. No darle carne a un perro es casi como matarlo. El timbre de la casa de Martín estaba en la pared lateral del pasillo, al costado de la reja de entrada; cada vez que iba a visitarlo, Nerón venía corriendo para atacarme, sacaba el hocico por entre los barrotes y tiraba mordiscos al aire. Eran 2 segundos que yo tenía para meter la mano y tocar el timbre antes de que el perro me la arrancase. Varias veces me agaché frente a la reja y traté de empatizar con Nerón. Martín decía que era inútil, él no quería ser mi amigo, odiaba a los humanos. Pero yo insistía, le tiraba galletitas para ganarme su cariño. Nerón se las comía, pero al instante asomaba su cabeza gigante por la reja y empezaba a ladrarme y gruñirme. Su ladrido era grave y vigoroso, una especie de «GUOU GUOU» que retumbaba en las paredes del pasillo. Cuando Martín recibía visitas, tenía que salir y encadenar a Nerón lejos de la puerta. El perro se desesperaba, tironeaba de la cadena y ladraba furiosamente expeliendo baba. Los visitantes atravesaban el pasillo aterrados y se metían a la casa. Nerón se quedaba ahí atado hasta que se iban. Por eso debería odiar a los humanos, porque cada vez que venían lo ataban. Era previsible lo que sucedió. Tarde o temprano el perro se rebelaría contra su amo. Ese día Martín había salido al pasillo para abrirle la reja a su hermana. Cuando lo fue a encadenar Nerón se abalanzó sobre él y empezó a mordisquearle el brazo. Martín emitió un alarido y trató de quitárselo de encima dándole patadas, pero el perro no lo soltaba; cuanto más le pegaba más fuerte lo mordía. Mientras tanto su hermana chillaba desesperada al otro lado de la reja sin poder hacer nada. Por suerte Martín consiguió soltarse, se arrastró hasta el interior de la casa y cerró la puerta en el hocico del perro, que pegó un aullido agudo y retrocedió. Si Nerón hubiese entrado a la casa, Martín ahora estaría muerto. Al oír los gritos de su hermana, varios vecinos salieron a la calle. Ella les suplicó que llamasen a la ambulancia. Martín se estaba desangrando, fue hasta el baño y se cubrió todo el brazo con una toalla; luego trato de salir por la ventana, pero se le aflojaron las piernas y se desmayó. Al llegar la ambulancia los paramédicos tuvieron que entrar por la ventana para atenderlo. Un rato después llegaron los de la perrera, inmovilizaron a Nerón y le pusieron una hipodérmica para dormirlo.

Los médicos le dijeron a la madre de Martín que las dentelladas le habían dañado algunos nervios del brazo y que posiblemente le quedarían secuelas. Martín no se preocupó cuando se enteró: «al menos no me lo tuvieron que amputar», dijo entre risotadas… Ése era mi amigo, el que siempre se reía del peligro; y no éste de ahora, al que le temblaba la voz cuando hablaba del villero.

Le contamos a Martín lo que había pasado con Ricardo. Él no paró de reírse a carcajadas durante todo el relato. A mí no me resulto gracioso en absoluto. Aunque debo admitir que ese día Pedro se lució. Cuando vio al grandulón a punto de romperme el pescuezo, se salió con algo totalmente inesperado:

—¡Ey, Richard! ¿No te acordás de mí?  —le dijo.

Gustavo se me quedó mirando con la mandíbula colgando.

—¿Quién te conoce a vos? —le respondió Ricardo con hostilidad.

—¡Que mala memoria, Richard! —insistió Pedro sin dejar de mirarlo a los ojos.

No sabía que se traía entre manos. Tenía que ser algo muy original, o él también saldría lastimado.

—¿Cómo sabés que me dicen Richard?

—¡Porque así te decimos en el Lyons Rugby!

—¿Vos jugás ahí? —preguntó Ricardo, que ahora hablaba con cierta parsimonia.

—Jugué hasta que me lesioné la rodilla hace unos meses… —se lamentó Pedro.

—Yo no te vi nunca…

—Es que en estos meses me creció el pelo; además crecí como 5 centímetros. Tal vez por eso no me reconozcas. —explicó tocándose la cabeza.

—En mi equipo no estabas, me acordaría. —indicó Ricardo.

—¡Estaba en otro! Pero varias veces nos cruzamos en los entrenamientos.

No sabía como Pedro tenía tanta información.

—Ahora que lo pienso… me hacés acordar a alguien, pero no estoy seguro —dijo.

—Hacé memoria, seguro te acordás de mí —respondió Pedro amistosamente.

Ricardo se subió la manga y miró su reloj.

—Hablando del club, me tengo que ir a entrenar ahora. Se me pasaron los 5 minutos que tenía para cagar a palos a tu amigo.

Los demás chicos se fueron cada uno por su lado lamentándose de que no hubo pelea. En ese momento un Mercedes Benz flamante estacionó al costado de la vereda. Un tipo rubio y petulante llamó a Gustavo.

—Ése es mi papá —dijo éste con un gesto engreído y se metió en el auto sin saludar.

Mientras Ricardo se alejaba con otros pibes, se dio vuelta, me señaló y gritó:

—¡Por ahora te salvaste! ¡RotonTo!

Todos se rieron de mí. Pedro me puso la mano en el hombro y me dijo:

—Es un idiota. No deberías preocuparte por él. Se traga cualquier chamuyo.

—¿Cómo supiste todo eso, boludo?, si vos nunca fuiste a ese club —le pregunté.

—¿Sabés cuál es tu problema Dieguito? —agregó con tono canchero—: no te fijás en los detalles.

—¿Qué detalles?

Pedro suspiró con resignación, como un padre que le tiene que explicar de dónde vienen los bebés su hijo de 8 años.

—Tu compañero llevaba una mochila llena de inscripciones. «RICHARD», estaba escrito con letras grandes en el bolsillo externo. Después noté que se traslucía una remera debajo de su camisa, tuve que aguzar un poco la vista porque apenas se percibían los colores distintivos del Lyons Rugby Club. Todos en este barrio conocen esa remera; y todos saben que los que juegan ahí son unos conchetos subnormales. No iba a tener que esforzarme demasiado con Richard. Porque si a su cara de idiota le sumabas esa remera, enseguida sabías que podías venderle cualquier buzón. De ahí en adelante sólo improvisé; siempre mirándolo a los ojos, eso hace que el tipo no dude de tus palabras. Lo importante es que uno se crea su propia mentira… es la piedra angular de una gran tramoya. Mi viejo siempre decía: «saber mentir es más importante que saber amar»

Pedro tenía un don para el engaño. Yo sabía que tarde o temprano se convertiría en un empresario o en un político. Un tipo como él podría lograr cualquier cosa. Podría llegar a ser presidente si se lo proponía. Con sus ojitos de ternero degollado, Pedro te llevaba hacia donde más le convenía; y vos ibas detrás de él como esas ratitas encantadas que iban tras del Flautista de Hamelín.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s