Viernes de cine: ¨Una mañana negra con Ida Lupino¨

Fernando Morote

 

No viene mal, de vez en cuando, compartir una mañana entera en compañía de almas retorcidas. El cine negro —asociado a producciones clase B de corta duración y féminas fatales— es la mejor opción para lograr este placer incomparable.

Funge de anfitriona Ida Lupino, la flaca de grandes ojos y origen inglés, quien pese a su irreprochable imagen de colegiala es una de las figuras recurrentes en el rubro.

El banquete da inicio con Lejos de la niebla (Out of the fog), realizada en 1941 por el ucraniano Anatole Litvak, notable en Hollywood por sus Confesiones de un espía nazi de 1939 con Eddie G. Robinson, Ciudad de conquista de 1940 con Jimmy Cagney y Voces de muerte de 1948 con Barbara Stanwyck.

La cinta cuenta con un elenco estelar. El guapo John Garfield es un delincuente de poca monta que se gana la vida extorsionando a pescadores aficionados en el puerto de Brooklyn. Thomas Mitchell (uno de los favoritos de Frank Capra en la década anterior y cuya presencia realza la calidad del film) es una de las potenciales víctimas que convence a su amigo, el actor canadiense John Qualen, de que la solución es eliminar al chantajista. Pero ignora que su hija (la Lupino) se dejará deslumbrar por los modos agresivos de Garfield. La espigada Aline Mac Mahon —de habitual participación en musicales de los años 30’— aporta el toque justo y necesario de humor para redondear la trama.

El plato de fondo lo trae La casa en la sombra (On dangerous ground) de 1951 dirigida por Nicholas Ray. Su primera parte es gloriosa desde la apertura, con la cortina sinfónica de Bernard Herrmann (el mismo que escribió y condujo las pistas para 7 rodajes de Hitchcock, entre ellas Vértigo, Intriga internacional y Psicosis) y las escenas iniciales describiendo el ambiente doméstico en que se alistan 3 detectives de la ciudad de Nueva York antes de patrullar las calles en su ronda nocturna. Uno es tentado seductoramente por su encantadora esposa, otro disfruta una película de vaqueros con sus hijos pequeños y el último -interpretado por el magnífico Robert Ryan- revisa las fotos de criminales requisitoriados mientras engulle una frugal comida en la soledad de su sórdida habitación.

La actuación de Ryan —personificando a un oficial nervioso, obsesionado y paranoico— es fabulosa. En una de las escenas más significativas, antes de partir a puñetazos a uno de los hampones que arresta, le increpa con adorable expresión canalla en su mirada: “¿Por qué me obligas a hacerlo? ¿Por qué?”. Cuando su jefe (Ed Begley, uno de los jurados en 12 hombres en pugna de Sidney Lumet en 1956) indaga si le resultó muy difícil reducir al sospechoso, responde “¡No!” con una mueca tan cínica que provoca besarlo.

En el transcurso de sus pesquisas, toma contacto en una cantina de mala muerte con una adolescente pelirroja que le pide un trago y en un edificio de apartamentos con una rubia dorada que le regatea cierta información. Ambas criaturas —preciosos bombones o dulces perras, según se les vea— marcan el aire pecaminoso de la atmósfera.

La cámara móvil de Ray, desplazada hábilmente por bares y callejones neoyorquinos, logra una sensación de realismo que permite al espectador, por breves instantes, integrar el escuadrón policial junto a los protagonistas.

La segunda parte del largometraje, prescindible sin remordimientos, es como bajar de un jet a propulsión y continuar el camino montado sobre un burro moribundo. Ryan es enviado, en castigo por sus procedimientos brutales, a investigar un crimen en un paraje remoto. Allá conoce a la hermana del supuesto asesino, una joven ciega (la Lupino otra vez) cuya nobleza de carácter lo doblega y encandila. El romántico final feliz, aunque ligado a la recuperación emocional del policía —aturdido por tratar sólo con prostitutas, atracadores y otra gente de baja estofa— es diametralmente opuesto al feroz inicio de la historia.

El postre viene con El autoestopista (The Hitchhiker) de 1953, en el que Ida Lupino no aparece ya en la pantalla sino que pone en práctica desde la dirección lo aprendido en el género como actriz.

William Talman —compañero también de Robert Ryan en otras piezas negras como Casada con un comunista de 1949 y El soborno de 1951— es un psicópata necesitando un aventón en la carretera. Tras cometer varios homicidios en California, roba un auto para huir hacia México. Un neumático reventado lo fuerza a solicitar ayuda. Dos camaradas en viaje de vacaciones —Edmund O’ Brien y Frank Lovejoy (el primero recordado por su papel en Forajidos de 1946 con Burt Lancaster y el segundo por el suyo en En un lugar solitario de 1950 con Humphrey Bogart)— deciden transportarlo, detienen su vehículo y lo invitan a subir. El intento de conversación amistosa exaspera al prófugo y lo precipita a extraer una gigantesca pistola con la que apunta a sus auxiliadores. El trayecto por el desierto fronterizo es un penoso calvario de 70 minutos para los 3 personajes.

El manejo de la tensión es impecable. Revela altas e insospechadas cualidades de la Lupino como directora, actividad en la cual incursionó durante un período en que los estudios Warner Bros la sentaron por negarse a aceptar ciertos roles impuestos por su contrato.

Enhorabuena por esa abierta rebeldía, que la convirtió exitosamente en la primera mujer dirigiendo un film noir.

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