La edad del idiota: 7. Te espero en la esquina

Diego M. Rotondo

 

 

7

TE ESPERO EN LA ESQUINA

8 de enero de 1998. Embriagarse en tu cumpleaños es una prioridad. Pero una cosa es embriagarse hasta el punto donde aún podés mantenerte en pie, y otra, claro, es acabar como yo estoy ahora, sentado en la calle, apoyado en la rueda trasera de un camión, rodeado de espectros que caminan a mi alrededor. Entre esos espectros alcanzo a distinguir a Damián, Chino, y a mi novia Vicky. Noto que falta alguien, me cuesta mantener la mirada fija, mis ojos son dos perinolas girando sobre sus cuencos, necesito cerrarlos, porque si los mantengo abiertos me vienen ganas de vomitar, y ya vomité bastante. Fueron 10 tequilas, uno detrás de otro. Debía tomar el equivalente a los años que cumplo: 23. Por suerte el cuerpo dijo basta, de lo contrario estaría muerto. El que falta es Martín. «¿Y Martín?», pregunto. A unos veinte metros de donde nos hallamos, justo en la puerta del boliche, un flaco se desploma tras recibir una trompada anónima; se arma una feroz bataola entre dos bandos: botellas rotas, piñas, insultos, gritos femeninos, más piñas. «¡Martín se está peleando con esos tipos!», señala Damián, «¡el boludo piensa que te pegaron a vos!». ¿Martín fue a pelearse con unos desconocidos para defender a otro desconocido que cree que soy yo?… seguro tomó ácido otra vez. Llega la policía, la ambulancia, asisten al fulano que está tirado y se llevan detenidos a los demás. Martín les grita a los oficiales: «¡Yo sólo estaba ayudando a mi amigo!». Pasará la noche en cana, como otras veces. «Tu amigo está demente.», me dice Vicky, que nunca lo soportó.  «No está demente…», la corrijo, «es un guerrero…».

25 de julio de 1988. En la clase de educación física el profesor nos pregunta si queremos formar parte de los equipos del colegio. Podemos elegir fútbol, rugby, básquet, handball o voley. Los Sacristanes es una institución que se destaca por su alto nivel deportivo. Todos los meses se organizan torneos en los que se compite contra otros colegios. Para los curas es muy importante ser los mejores. Quieren conservar el prestigio. Desde hace 100 años Los Sacristanes es reconocido por sus grandes deportistas. Y como pasa en las escuelas norteamericanas, si sos buen atleta sos reverenciado. Sobre todo por las chicas. Lástima que aquí no hay chicas, el olor a huevos inunda todo el colegio. A mí no me interesa ningún deporte, pero pienso que tal vez sea una forma de que sepan que existo, de que no soy solamente un rarito que deambula solo en los recreos. Todos levantan la mano mencionando los deportes que les interesan. La mayoría elige fútbol por supuesto. Un par eligen rugby. Yo digo: «¡Básquet!» y se me quedan mirando sorprendidos. Alguien detrás de mí me pega un empujón y dice: «Sos muy bajito para el básquet, bobo». Es Ricardo, que me habla por primera vez en 5 meses. «¿Y a vos qué mierda te importa, idiota?», le pregunto desafiante. Todos se sorprenden, no pueden creer que le haya hablado así al matón de la clase, al tipo que hace unos días desmayó de una piña a Gustavo. Ricardo se me echa encima, yo cierro los ojos y levanto los puños. «¡Basta carajo!», grita el profesor, «¡dejen de joder!… aquí pueden hacer el deporte que quieran, no importa si son altos o bajos, lo importante es que se destaquen». Ricardo me murmura al oído: «estás muerto, puto». Yo me río en su cara. Los demás deben pensar que soy un suicida o algo por el estilo. Pero no, Gustavo sabe que no, por eso me mira con esa risita cómplice; él también lo va a disfrutar. Podríamos avisarle a toda la clase para que vengan a ver, pero no va a hacer falta, los chillidos de Ricardo bajo los puños de acero de Martín se van a escuchar desde muy lejos. Ricardo conocerá el dolor, ese dolor que él les infringe a los demás. Gustavo sigue creyendo que Martín va a perder, sin embargo, creo que prefiere que eso no suceda. Después de lo que le dijo Pedro debe haber reflexionado, las zapatillas que nos va a dar si pierde no valen tanto como su orgullo. Y su orgullo todavía está lastimado, es el pequeño moretón en su pómulo que no termina de desaparecer. Por eso me le planté a Ricardo, porque hoy, mi amigo le va a dar la paliza de su vida, y después de recibirla ya no podrá meterse ni conmigo, ni con Gustavo, ni con nadie más.

La última clase del día es Matemáticas, mi preferida. No debería gustarme, ya que me fue mal en todos los exámenes. Los números me gustan porque no mienten, los números no son relativos, no cambian según quién los escriba. Los números son iguales en todo el mundo. 5 + 5 equivale a 10 en Argentina y en Singapur. Si todos nos comunicásemos a través de los números seguramente el mundo sería mejor. Tal vez por eso me vaya mal en matemáticas, porque no estoy acostumbrado a un solo resultado. En mi vida, al menos, los problemas tienen varias soluciones, casi siempre malas soluciones, como la que le vamos a dar a Ricardo: lo vamos a solucionar a golpes. Mientras intento resolver las sumas algebraicas en mi hoja cuadriculada, pienso qué pasaría si Martín pierde… con Pedro estamos cometiendo un error, vemos a la pelea como a las matemáticas: Martín golpea más veces, Ricardo golpea menos veces. Martín gana. M+R=M>R. No tiene lógica, Martín es un gran peleador, pero no sabemos si Ricardo es mejor. El golpe que le dio a Gustavo fue devastador. Ese golpe hubiese desmayado incluso a Martín. ¿Y si pasa?… ¿Si Ricardo lo noquea antes de que pueda reaccionar?… ¿Qué consecuencias traería eso? No sólo a Gustavo, sino a mí. ¿Cómo sería convivir el resto del año con ese animal?… El profesor se me acerca y me toca el hombro: «Rotondo, ¿qué son esa R y esa M que escribiste debajo de la fórmula?…»

Llegó la hora. Guardamos nuestros libros, salimos del aula y vamos hacia la salida. Gustavo camina a mi lado. Trajo un bolso grande donde guarda 4 pares de zapatillas.

—La verdad… pase lo que pase, yo voy a estar conforme. —cavila.

—Lo sé… aunque si ganás la apuesta vas a tener que soportar a Ricardo.

—Igual que vos —dice—. Andan diciendo que quiere agarrarte a la salida. ¿No es cómico? Él piensa que va a pegarte, y un desconocido le va a pegar a él…

—Es muy gracioso… —me río, pero siento una presión en el pecho.

Salimos del colegio y enfilamos hacia la esquina, en donde nos deben estar esperando Pedro y Martín. Ricardo siempre se va en esa dirección, por eso elegimos ese lugar. «¡Ey…. RotonTo!», me grita desde atrás, «¿qué te pasaba ahí adentro?». Apuro el paso, los demás chicos vienen a la par nuestra, vienen a ver sangre, sangre, sangre. «¿Ahora no te hacés el machito?», expele. Restan sólo tres metros. En la esquina te espera un regalo, pienso.

En la esquina está Pedro nada más… empiezo a temblar. «¿¡Y Martín!?», le pregunto. «¡Lo atacó su perro!… pasé a buscarlo y su hermana me contó. Le dejó el brazo a la miseria. Ahora está en el hospital. Tenemos que cancelar por el momento», nos dice a Gustavo y a mí. «¿Y éste quién es?…», pregunta Ricardo al ver a Pedro, «¿tu novio?». Con Pedro nos miramos atónitos; él no es peleador, él sólo habla, sólo negocia, sólo engaña.

—¡Decí algo boludo! —le suplico.

 

 

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