Cuerda de presos [Fragmento] (II)

Tomás Salvador

 

¡Al diablo con Pedroso! ¿Una historia? ¡Le quería contar una historia…! ¿Y por qué no? Una piedra o un árbol suelen ser los límites del horizonte. Por alcanzarlo se camina… Más cerca…, más. Hasta que llegado a su altura se descubre que todo sigue igual, que nada ha cambiado. Solamente eso, que se ha andado y queda un poco menos de camino por delante y un poco más por detrás. Entonces, se escogía otra piedra u otro árbol como nueva señal.

Las historias, bien mirado, también eran hitos del horizonte. Llegarían con ellas hasta aquí o hasta allá. Y hasta puede que tuvieran una terminación, lo que nunca sucede con los caminos…

—Le sucedió a mi abuelo —empezó Pedroso, después de escupir un trozo de bigote—. Ya le irás conociendo. Le llamaban «el Verraco».

—¡Caramba!

—Sí. Por uno que tenía más salvaje que un jabalí y que le seguía como si fuera un perrito. Mi abuelo se llamaba Nicolás, por buen nombre, y siempre había vivido en el bosque, el gran bosque de Salvatierra, junto a la raya de Portugal. Había quedado huérfano a los siete años y desde entonces se quedó solo, hecho un salvaje.

»Era un tipo soberbio. No sabía nada y lo sabía todo. El bosque y los animales le enseñaron. El verraco cubría las cerdas de todo el contorno y por este servicio pagaban a mi abuelo algunas monedas. Además, tenía el bosque por suyo y era muy diestro en armar trampas. A los veinte años iba descalzo, comía cualquier cosa y bebía agua de las charcas. No había reparado en las mujeres y su mejor distracción era bajar al pueblo y tocar las campanas a pedradas, arrojando las piedras a sobaquillo.

»Aparte de esto, era un buen mozo, arriscado, valeroso, enamorado del bosque, con unos músculos capaces de alcanzar a las ardillas a puro salto. Era capaz de pasarse cuatro o cinco meses entre sus malezas, espiando las costumbres de todos los habitantes de la floresta, que conocía rama por rama, hoja por hoja. Con silbatos que él mismo fabricaba pacientemente, imitaba los trinos de todos los pájaros, desde la oropéndola al ruiseñor, desde el búho a la lechuza.

»Rosario era hija única de Bartolomé Crisóstomo. Nicolás la había estado viendo toda la vida, siempre que bajaba al pueblo con su torso desnudo y desafiante a cambiar sus pajarillos, o la miel recogida, por tabaco y perdigones para un viejo mosquetón. Pero realmente, por primera vez en su vida, “la vio” cierto día en el bosque, cuando la ayudaba a cargar un haz de leña.

»Rosario —te lo diré porque lo habrás adivinado— habría de ser mi abuela. Era la muchacha más bonita de los contornos. No sabría decirte si ella alentó la salvaje pasión que se despertó en mi abuelo, pero si alguna cosa se puede afirmar de las mujeres es que en modo alguno les molesta el amor declarado o sin declarar de un hombre joven, soberbio y vigoroso. Mi abuelo se enamoró hasta los tuétanos. Sufrió la poética tortura de la ausencia y la presencia. Padecía cuando estaba solo y si, ansioso de ver a la joven, corría como una cabra montés a su encuentro, empezaba a temblar y a cambiar de color.

»Pero Rosario no tenía voluntad en su casa. Era la última en una casa donde los hombres mandaban y sobre todos el padre; Rosario, además, era dócil y obediente. Para acabar de una vez, te diré que Rosario estaba prometida a un muchacho llamado Venancio.

»Poco tenía que hacer mi abuelo ante la decisión paternal. Libre como el viento era, pero tan pobre como él, que si te fijas un poco verás que pasa, todo lo acaricia y nada es suyo. No es que Rosario fuese muy rica. Su padre sólo poseía un trozo de bosque. Nada más, aunque fuera muy extenso. El bosque era la dote de la muchacha. Por nada del mundo le hubieran tocado y le querían como a las niñas de sus ojos. Venancio tenía muchas tierras y poca madera. El matrimonio les convenía a los dos.

»Mi abuelo se retiró a sus escondrijos, abandonando el campo. Comprendía que nada podía hacer, salvo raptar a la muchacha, medida más que dudosa y que no podía prosperar al no contar con la anuencia de ella. Como tú el cuartel, él tenía los límites del bosque señalando su libertad y sus instintos.

»Todo lo que sucedió después obedeció a un bien tramado plan. En el pueblo se sospechó siempre, aunque mi abuelo se guardó muy bien de decirlo, excepto a sus hijos cuando fueron mayores. Digamos que renunció al amor de Rosario. Para significar su renuncia se hizo amigo de Venancio, un amigo entrañable, llevándole por el bosque en pos de las liebres, los gatos monteses, las ardillas, los lirones, las garduñas, los pájaros parlanchines…

»Le enseñó a cazar todo bicho viviente… Todo menos el jabalí. Se excusaba diciendo que a Venancio le faltaba el verdadero nervio del cazador: esperar la pieza en silencio, inmóvil como una estatua, sin respirar siquiera, confundido con la hojarasca de una encina y con un cuchillo en la mano, presto a dejarse caer sobre la fiera. Matar al animal con una escopeta estaba al alcance de cualquiera, de tal forma no se disfrutaba ni siquiera la ínfima parte de aguardarlo por la noche, con el cuchillo en la mano… ¡Era tan soberbio!

»Venancio —no podía por menos— se picó. Juró y rejuró que era capaz de aguardar inmóvil, con la respiración sellada y los nervios aplomados, lo mismo que él. Por fin, un día, dos o tres antes de la boda, mi abuelo llevó a su amigo al bosque, precisamente al que Rosario llevaría en dote.

»—Aquí, en este trozo que mañana será tuyo-le dijo.

»—Lo talaré. Hay aquí veinte mil reales en madera…

»Mi abuelo se estremeció y mandó callar a su amigo. Llegaron a un calvero, cerca del Miño, donde unas encinas derribadas dejaban al aire sus raíces. Por allí bajaban los animales a beber. Le hizo subir a un árbol cuyas ramas pendían sobre una trocha abierta en la maleza.

»—Aquí estamos bien. Te sentarás en esa horquilla. Yo estaré en la otra rama. Te dejaré para ti-le dijo-la primera ocasión; yo saltaré para ayudarte.

»—No necesitaré ayuda —fanfarroneó Venancio.

»—Mucho mejor. Los jabalíes vendrán cuando la luna apunte por aquella encina, pasada la media noche. Y, ¡por los clavos de Cristo!, no te muevas. Busca ahora una postura cómoda y aguántate luego. Tienes que ser igual que una piedra. Sólo te pido una hora de paciencia. Ni siquiera me llames… ¿entiendes?

»—Sí.

»El pobre Venancio pudo ver cómo mi abuelo se acomodaba en una rama más baja, a sus espaldas. Y se dispuso a esperar… Hacía un vientecito suave y las hojas se movían mansamente. El río, cercano, llevaba un poco de humedad al ambiente. A tres varas del suelo, sobre la rama, Venancio apenas divisaba del suelo a su derredor que un vasto campo lleno de seres gibosos y disformes. Aguardó…

»Pronto, de mantener dilatadas las pupilas, le empezaron a brotar chispas luminosas de todos los rincones. Tenía miedo hasta de cerrar los ojos. Fueron unos minutos interminables. Aparte de los ruidos familiares del bosque nada se movía, nada se escuchaba. “El Verraco” tenía razón al decirle que la emoción de aquella caza superaría todo lo imaginable. Estuvo tentado de volver la cabeza para decírselo; pero no se atrevió. En realidad, faltaba lo mejor: el ronquido apagado del jabalí dejándose adivinar en la oscuridad…, la mancha movediza de la piel, donde los colmillos relucen blancos a la luna…

»Aguantó… diez minutos…, veinte…, ¡media hora! Ya no podía más. La luna empezaba a iluminar la trocha… Se movió un poco. Escuchó, acto seguido, un susurro que le reconvenía…

»—¡Q-u-i-e-t-o…!

»El susurro le tranquilizó… “El Verraco” estaba a su lado y no podía fracasar. Aguantó… Pasaron unos minutos más y de pronto el bosque empezó a tomar un signo extraño. Se escucharon lejanos crujidos; un olor a chamusquina se esparció por el ambiente. El sendero abierto hasta el río se llenó de animalejos…

»—¿Qué pasa? —gritó Venancio.

»—No lo sé —respondió mi abuelo, acudiendo a su lado—. Subiré a lo alto para enterarme.

»Así lo hizo. Para bajar al instante, gritando a su amigo:

»—¡Fuego! ¡Es el bosque que está ardiendo!

»Escaparon corriendo, alcanzando las tierras de labor cuando las campanas lanzadas a rebato empezaban a congregar a los vecinos. Pero todo fue inútil. El fuego ardió toda la noche y sólo se extinguió cuando las llamas llegaron al río.

»Contemplando el inmenso brasero el padre de Rosario era la viva estampa de la desesperación. Aquel bosque era su mejor riqueza, era la dote de su hija. Tendría que empezar de nuevo, que trabajar de nuevo en los inseguros jornales de la siega y la vendimia. Cruzado de brazos, con los ojos extraviados, no era difícil adivinar cómo en su pecho ardía un fuego semejante al que humeaba. Mi abuelo y Venancio hacían que hacían por allí. Bartolomé Crisóstomo tuvo un pálpito. Agarró a mi abuelo por el cuello…

»—H… de p… ¡Has sido tú! ¡Te voy a matar!

»Mi abuelo se defendió.

»—Estuve toda la noche con Venancio… ¡Pregúntele a él! ¿No es verdad, Venancio? ¿Me moví de tu lado?

»El pobre Venancio hubo de asentir. Y Crisóstomo hubo de callar, aunque en el fondo de su alma sabía que tenía razón. Mordiéndose los puños gritó:

»—¡Idiota!

»No insultaba a mi abuelo. El agravio era para Venancio, culpable, para él, de todo. Faltando la dote y mediando injurias la boda se deshizo. Aquella era la oportunidad de mi abuelo.

»Vendió el verraco, y con los doscientos reales que le dieron alhajó una choza en el centro del bosque calcinado. Se llevó allí a mi abuela y sólo tuvo que esperar a que los árboles crecieran de nuevo. Al mismo tiempo le fueron creciendo los hijos.

»Tiempo después, a los hijos mayores, mi abuelo intentó hacerles comprender sus angustias de aquella noche, su terrible lucha. Su maravilloso entrenamiento en la vida interior del bosque le había permitido desplazarse, abandonando el árbol, sin que Venancio se enterara. Aquello había sido un juego. Lo terrible fuera el tremendo instante de aplicar el fuego a lo que amaba más que a su vida, el bosque centenario, la selva hermana donde moraban sus amigos, sus únicos amigos: los pájaros, las ardillas, los lirones, los jabalíes… ¡Cielo santo!».

Pedroso calló, por fin, dando por terminada su historia. No quería confesarlo, pero estaba conmovido. Le hubiera gustado decirle al viejo Serapio que él también se veía capaz de amar de esa manera… Le miró de soslayo.

Pero Pedroso lo estropeó todo con un guiño de ojos.

—Mi abuelo siempre terminaba sus historias con un consejo. Un «no te fíes», que decía él…

—¿En ésta también?

—No, en ésta no, porque era él el que…

—Entiendo. Tu abuelo era un gran tipo. ¿Le sucedieron más cosas?

—Infinidad…

—Bueno es saberlo.

Juan Morros, era un comerciante honrado. ¿Lo pondría alguien en duda? Traer y llevar su pacotilla de bisutería, drogas y papeles durante muchos años tenía, el mérito suficiente para acreditarlo. Había estado en presidio en cierta ocasión, pero el asunto había tenido otra raíz, las faldas. En fin…

Le gustaba la guardia civil, andariega como él. De Pedroso y Silvestre podía considerarse amigo. Un amigo silencioso, pues Juan Morros era hombre de pocas palabras. Un saludo, una despedida y entre ellas las cortas sílabas del trato comercial; un insulto al caballejo cuando se hacía tarde… ¿Tarde? Aquella palabra se le estaba clavando en los sesos. Tarde…, tarde…, ¡tarde!

Gente que no conociera la prisa, que siempre había encargado sus avíos al carrero, acomodando sus impaciencias al caminar diario de las bestias de arrastre, le empezaban a gruñir porque llegaba tarde. Tarde en comparación con el maldito ferrocarril, tarde en comparación con los tiempos…

¡El tren…! Siempre que pasaba junto a los caminos de hierro era para maldecirlos. Quizás sin demasiada convicción, pues al fin y al cabo él nunca había comerciado intensamente con los carros, siempre empecinado con su caballejo solitario. Pero se unía a las queja de los auténticos carreros, los que recorrían las grandes rutas de las Castillas, León y las Asturias. En realidad, estaba seguro de que nunca el ferrocarril llegaría a Murias, ni a Vagarienza…, ni a Villafranca. Si acaso, y faltaba verlo, pasaría por La Bañeza, por Riaño… Por La Robla ya pasaba el tren minero del Puerto Pajares.

Desterró el ferrocarril de sus pensamientos, dedicándoselos a Silvestre y su encargo. ¡Curioso encargo! La niña aquélla, Camino, tenía alborotado medio pueblo. A él, Juan Morros —arriero y cuarenta y dos años— no le soliviantaba una moza sin formas. Le gustaban las hembras jarifas, de ancas de yegua y piel lijosa. Como las mozas de mesón. En cada posada había una o dos. Creía conocerlas a todas. Barraganas oliendo a ajo y aceite, manjar grosero pero excitante. Bajo las sucias camisas tenían pechos grandes como medias sandías que, cuando el manoseo los excitaba, trasudaban un acre perfume de hembra placentera…

La chica de Atilano no era como aquellas y…

—¡Cuidado…!

Siempre que llegaban a aquella parte del camino el penco levantaba las orejas. Era un trozo difícil y necesitaba colocar bien el casco. Le ayudaba, sin tirar de la tralla. Desde que reventara «Matatías» no había vuelto a pegar a ningún caballo…

Volvió la cabeza. Había calculado bien. El sendero torcía bruscamente a la izquierda, un murallón tapaba el trecho inmediato del sendero, el recién recorrido, pero descubría un centenar de varas de cuesta más abajo. Casi confundidos por la distancia se divisaban los guardias y el preso. Silvestre a la derecha de Pedroso…

Procuraría interceder por Silvestre —se dijo— cerca de aquella cabra loca de la Camino. Estaba seguro de que, por lo menos, la muchacha se reiría, sin decir que no. ¿Por qué había de decirlo? Penosa era, debía reconocerse, la vida de las mujeres de aquella tierra. Casarse significaba anularse, enterrarse en una tumba con chimenea, animales domésticos y varón celoso. Aquellos años de libertad, de juventud antes de casarse, eran los únicos permitidos a las mozas. Camino, como todas, los prolongaría mientras pudiese; tendría tres o cuatro mozos al retortero, se reiría entre arrumacos y se entregaría, por fin al señalado…

El caballo levantó las orejas. El trozo difícil había pasado.

Los guardias iban contando historias, Juan Díaz de Garayo y Argandoña también tenía una que contar. Si alguien le hubiera preguntado y si él hubiese querido contestar.

Recordar, lo que se dice recordar, recordaba perfectamente. Le sucedía con los recuerdos lo mismo que con la vista. Miraba de lejos y veía perfectamente. Cuando le acercaban un objeto a los ojos entonces la visión se tornaba borrosa.

Por eso le resultaba más difícil fijar las pupilas en la lejanía. Mirándose para adentro, que es el recordar, veía mejor los años lejanos, indecisos, sin substancia, de su primera vida.

Porque él, Juan Garayo, tenía dos vidas. Anteriormente había conseguido esconder una de ellas. Lo malo es que, y no por culpa suya precisamente, empezaban a conocerse las dos.

Años lejanos, aquéllos. Nació en Eguiluz, cerca de Salvatierra, el año 1821; el 17 de octubre de 1821, para ser más precisos.

No podía remontar tantos años. Únicamente, pasados los diez podía recordar, más que por nada porque los meses apenas traían variación, dedicándose, al igual que sus padres, a la labranza. Recordaba a sus hermanas, marchándose de casa a los catorce años para servir, como decían los mayores.

La primera guerra civil apenas aportaba nada a su historia. También, a los catorce años, entró él de criado. Había muchos soldados, siempre detrás de las mujeres. A él no le hacían caso. Fue y vino, vino y fue entre Salvatierra, Alegría, Izarza, Ocariz, Añua y… tantos otros lugares de Álava, trabajando de carbonero, labrador, pastor, leñador…

En el año 50 se había casado con la «Zurrumbona», una viuda que le traspasó el apodo de su anterior marido, además de sus herramientas y unas tierras en Alegría.

Tenía buen recuerdo de la «Zurrumbona». El casorio fue arreglado por una hermana de ella, que él conocía. La viuda necesitaba brazos para el campo y un hombre para la cama. El arreglo fue meterle de criado en la casa, donde tanteó el terreno. Se entendieron en seguida y se casaron cuando finiquitó el plazo legal de la viudez. Compraron unos bueyes, trabajaron, tuvieron cinco hijos y…, ¡diablo…!, un mal día se murió la «Zurrumbona». Llevaban trece años de casados.

Cinco hijos en casa necesitaban otra mujer. Él también la necesitaba, para qué mentir. Desde que murió la «Zurrumbona» había sentido, más fuerte que nunca, una tremenda necesidad de mujer. Todo venía de allí.

La segunda mujer había resultado ser una pendeja, intratable como un cardo, sucia, violenta. Echó los hijos de casa… Nada podía hacer, salvo recogerlos cuando los veía por los caminos; pero en seguida se tenían que marchar de nuevo. La mayor se colocó de criada, pero los demás pedían por la carretera.

Siete años le duró la mujer. Murió en 1870. Ya entonces… Se casó de nuevo, empeorando la situación; se derrumbó la casa y hubo de trabajar de bracero. La situación era mala, malísima; ella se emborrachaba y cuando llegaba a casa tenían unas escenas espantosas.

La tercera mujer murió el año 76. Al volver a casa del campo, al anochecer —había salido a las cinco de la mañana—, se encontró la puerta cerrada. Nadie contestaba a las llamadas y metió la mano por la gatera para sacar la llave que él mismo había dejado allí cuando se fuera. La mujer estaba en la alcoba, agonizando. La había dejado en la cama, sana y salva, al marchar. No le había reconocido ni contestado a sus preguntas; asustado marchó en busca de un vecino y éste le recomendó a un curandero. Nada se pudo hacer, nada…

Un mes después se había casado de nuevo, con una viuda de edad avanzada. Aun vivía, suponía… ¿Qué estaría haciendo? ¿Sabría que su marido estaba detenido? Era buena, pero no le satisfacía.

—¡Cuidado! ¡La cuerda de la derecha! Ya está bien… Dejad las hachas en paz, picamaderos, si no queréis que se os caiga el árbol encima.

Estaba trabajando con un ojo en la tarea y otro en la carretera. Que él, Fernando Villalobos y Atienza, honrado vecino, exalcalde, tuviera que talar su cacho de bosque como si fuera un criminal no le entraba en la cabeza. Pero allá estaba la Guardia Civil poniendo denuncias y el Juez de Paz arreando multas.

El caballo, un ruano que quince años antes había sido joven, luchaba por arrastrar un viejo roble. Lo accidentado del terreno le obligaba a un trabajo superior a sus fuerzas. Afortunadamente sólo tenía que girar un poco y después arrastrar el tronco cuesta abajo.

En cierta ocasión le habían sorprendido los guardias. Alegó estar cortando leña para la casa. Y tuvieron la flema de sentarse a esperar, mirando cómo hacía astillas un hermoso poste, que ya tenía vendido, pues sólo cortaba los árboles que el tratante le marcaba.

El tronco cayó por fin, sabiamente dirigido, sin hacer demasiado ruido. Aun así la reseca madera del ramaje había estallado como un petardo. Hasta que el caballejo volviera el tronco se tenía que colocar en posición favorable. No se podía dejar caer rodando porque los árboles no abatidos lo detendrían.

No cesaba de mirar. Las casas del pueblo se divisaban a lo lejos, apenas a media legua. Estaba cayendo la tarde y se encendían los hogares para la cena. El humo de las chimeneas no encontraba franca salida para arriba y se aplastaba sobre los tejados, formando una extraña niebla. Sólo la torre de la iglesia destacaba netamente. La carretera hasta Vagarienza quedaba al descubierto. Por allí no tendría nada que temer.

Se disponía a señalar un nuevo roble… Pero, antes siquiera de levantar la mano, un gesto brusco del «Marica» le detuvo. Antonio Maciso Mela, por nombre bien puesto: «el Marica», estaba más arriba y podía ver lo que a él se le escapaba. El gesto había consistido en tirar la cuerda que sostenía y limpiarse instintivamente las manos en el sucio pantalón.

—La pareja —murmuró al fin.

¿La pareja? ¿Dónde? Por más que miraba nada distinguía. ¿Habrían dado un rodeo para sorprenderles?

—Por el camino de Murias —susurró a su lado Isidro Cobos, que tenía muy buenos ojos.

—Dejad las hachas y recoged leña suelta… ¡Pronto!

Unos minutos después, por unos claros del ramaje, se vio pasar a los guardias. No iban solos…

—Llevan un preso —murmuró—.Ahora comprendo… Menos mal.

Al llegar de frente, los guardias, un veterano y otro jovencillo, como siempre en las parejas, miraron suspicazmente. El viejo colocó una mano en los hombros del detenido, un viejo achaparrado de fuertes espaldas y aire campesino y le hizo detenerse. Se quedaron mirando.

—Buenos días, señores —saludó.

—Buenas tardes, dirá —contestó el guardia joven.

—Es igual: para los que trabajamos, las horas no cuentan.

—Verdad es. Y dígame, ¿están acaso talando el bosque?

—No. Solamente recogemos un poco de leña. De paso, solamente de paso…

—¿Para dónde?

—Para volver a casa, naturalmente. Faltan un par de horas para la cena.

—Sí, faltan un par de horas. Bien… adiós.

—Adiós, señores.

Ya se marchaban, el fusil tieso sobre el hombro. Se volvió malhumorado.

—Nos han estropeado la tarde… Vámonos, muchachos.

Había apuntado cuidadosamente y al inclinar el fusil la pedrezuela salió disparada. Sotelino estaba sentado en una piedra, con la misma expresión de costumbre. El camino se desvelaba, desierto, hacia Omañón y Murias.

—Ya tardan, ¿verdad?

—Depende…

Sotelino siempre contestaba igual. Para Antonio Murga, cabo comandante del puesto de Vagarienza, la cara de atontado de su subordinado Gorgonio Sotelino, constituía un enigma de imposible solución. Si no respetara el uniforme, ¡Dios le valiera!, diría que se parecía a una vaca con bigotes rumiando, a la par, pensamientos y manjares, ambos por lo visto indigeribles.

Sin embargo, fue Sotelino el que, pasados unos minutos, levantó la cabeza para olisquear el sendero.

—Vienen…

—¿Por dónde…?

Se reprochó inmediatamente la precipitación. Sobre todo al ver iluminarse un poco las pupilas de Gorgonio, diciéndole: «¿Por dónde quieres que vengan?». Tentado estuvo de amonestarle. Le había llamado de tú… Con los ojos, desde luego. Se contuvo y maniobró para colocarse en el centro del sendero. De irritado que estaba no distinguía bien.

No hubiera confesado nunca su enfado ni la causa del mismo. El que pudieran adivinarlo le traía sin cuidado. Sotelino, desde luego, lo sabía.

—Pedroso y… ¿Quién es el otro? —preguntó por fin, oteando en la distancia.

—Silvestre, me parece…

El preso venía delante, atado, como de costumbre. Apretaban el paso. Indudablemente, los habían visto.

—Vamos…

Se encontraron a mitad de camino. Pedroso llevó la mano al pecho.

—A sus órdenes, mi cabo. No hubo novedad.

—Gracias —le devolvió el saludo.

Se detuvieron. Miró, intrigado, al preso. Le pareció un campesino vulgar, de cierta edad pero fuerte y resistente.

—¿Éste es el fulano…?

—Sí, mi cabo.

Se encaró con él.

—¿Cuánto tiempo llevas por acá?

—Siete días, señor cabo —respondió el miserable.

—¿Siete días…? ¡Hum! ¿Y por dónde viniste?

—No entiendo…

—¡No te hagas el tonto! ¿Por dónde has venido?

El preso no podía mover los brazos. Pero su gesto fue bastante elocuente.

—Por aquí…, por aquí…

Y señalaba el pueblo, el sendero, el mismo suelo que pisaban.

Evidentemente, el dichoso preso no comprendía. Pero no deseaba ser más explícito, ni dar tres cuartos al pregonero. Terminó por encogerse de hombros. Reanudaron el camino.

—¿Se hace usted cargo de la conducción, mi cabo? —preguntó Pedroso—. Tenía entendido que…

—No. No me hago cargo de nada. Seguirán ustedes hasta donde tengan ordenado. Salimos a su encuentro por si había alguna novedad.

—No la hubo.

—Mucho mejor.

Las casas de Vagarienza iban colocándose al alcance de la mano.

Detuvo el caballo y se atravesó en el camino de la moza. Iba ella con el cántaro de agua en la cabeza, erguida y risueña.

—Con la paz de Dios, Camino…

—¿Qué quieres, Morros?

—Nada. Solamente saludarte. Eres muy guapa y me gusta saludar a las mozas hermosas.

—No puedes hacer otra cosa…

¡Diablo! ¿Le estaba provocando? Nunca conocería a las mujeres. Allí estaba aquélla, que sí parecía conocerle a él. Por lo menos no se marchaba, esperando, sin duda, el recado que olfateaba. Decidió soltarlo, aunque bien sabía Dios lo poco que tenía de alcahuete.

—Encontré a mitad de camino de Vagarienza a…

—¡Déjame adivinarlo! ¿A mi padre…?

—¡Un cuerno! —repuso un poco sofocado—. Era rubio y tenía bigote.

La muchacha se puso seria.

—¿Y a mí qué me importa?

—Está bien. No te importa nada…

—Nada. Me voy…

Pero no se marchaba. Aguardó hasta que la curiosidad la venció.

—¿Te dijo algo?

Rióse por lo bajo antes de contestar.

—Sí. Que tardaría muchos días en volver y que, por favor, no le olvidaras.

Esto último era una oficiosidad suya. Le estaba tomando el gusto a la tercería, sobre todo al ver que la muchacha soltaba el trapo a reír.

La observó en silencio. Conseguía reír sin que el cántaro se moviera. Y sin embargo, su cuerpo joven de palmera se estremecía gozosamente. Reía con los ojos, con la garganta sonora, con los breves pechos agitándose; reía, en fin, con toda el alma.

Le hubiera gustado que Silvestre la viera como él la estaba viendo. Pero ¿se hubiera entonces reído la moza? Cualquiera lo imaginaba… Mas, en todo caso, Silvestre estaba lejos. Quizás el viento le llevara aquella risa, quizás…

El cabo no había querido que el preso pernoctara en el cuartel. Fue preciso buscar al alcalde y entregarle el mentado a cambio de un recibo. A la mañana siguiente desharían el trueque, ellos recobrarían su preso y el alcalde su cárcel vacía.

Pero dormirían en el puesto, en la cama de los solteros, Almenara y Triviño, concentrados en Liévana. Repararon los estragos de la marcha sumergiendo el busto desnudo en un barreño de agua. Limpiaron, también, los uniformes y las polainas. Quedaron limpios, preparados para el día siguiente. Un día que se anunciaba detrás de las estrellas, detrás de las montañas, más allá del horizonte.

Después de cenar salieron un rato a la puerta. Respiró a pleno pulmón, satisfecho. Pedroso también parecía contento. Una extraña sonrisa le bailaba en el rostro. Le recordó un detalle…

—¿Qué le pasa al cabo?

Pedroso se retorció el bigote antes de contestar.

—El viejo, nuestro preso… Pasó por aquí…

—Comprendo.

Comprendía. Había pasado por allí. Pero ellos le habían detenido y ellos lo llevaban preso, andando. Un criminal conducido por la Guardia Civil significaba muchas cosas. La alegría del deber cumplido, por ejemplo.

Rió, satisfecho. Un cigarro. Una chupada…, otra…, otra.

—Escucha, viejo, ¿son así todas las conducciones?

Empero, el viejo Serapio se puso serio.

—¿Por qué lo dices?

—Ha sido todo tan sencillo… Apenas encontramos a nadie por el camino…

—Es verdad. Hoy no hemos encontrado a nadie, no ha pasado nada. Pero estamos empezando. Llegarán días peores. Desearás tirar el fusil y salir corriendo; desearás…

—¿Tú crees? —interrumpió, lleno de confianza en sus fuerzas.

—Bueno… —Pedroso sonreía, con una nueva luz en los ojos—. Pero no te fíes.

—No me fiaré.

Reclinaron la cabeza en la pared. Desde la tierra a las estrellas apenas existía la distancia. Estaba seguro de que extendiendo la mano las alcanzaría. Pero no quiso. Estaban así bien las cosas del mundo y los cielos.

 

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