La edad del idiota: 6. Porno

Diego M. Rotondo

 

6

Porno

Es la quinta vez que lo echamos a la suerte. Chino insiste en que tienen que ser tres de cuatro, pero no funciona: yo digo «seca», él dice «cara», y de los cuatro intentos siempre acertamos dos veces cada uno.

—Esto va a durar todo el día, boludo… —le digo con fastidio.

—Sí… —contesta—. Mejor vayamos los dos juntos.

—¿Y quién de los dos se la pide?

—Los dos al mismo tiempo…

—Nos vamos a trabar…

—No, ensayemos un poco, contemos hasta tres y lo decimos al mismo tiempo.

—Dale. Uno, dos, tres.

—¿Me da esa revista? —decimos mirándonos las caras.

—Te adelantaste… —le digo a Chino.

—No, vos te atrasaste… —rebate él.

—Uf…

—Bueno, me harté… le pregunto yo. Pero seguro va a decir que no. —dice Chino

—No va a decir que no… a Pedro le vendió varias veces.

—Hablando de Pedro, la otra vez me dijo que se hace 5 pajas al día.

—No me sorprende, siempre fue un pajero… Vamos, dale.

Nos aseguramos de que el kiosco de revistas esté bien lejos de casa para que el vendedor no nos reconozca. Viajamos colados en el tren durante cuatro estaciones, hasta llegar a Capital. Nos bajamos, cruzamos el puente que une los andenes y caminamos hasta el kiosco que está a unos metros del paso a nivel.

—Esperemos que no haya gente… —dice Chino—. Sería fatal que justo aparezca una mina y vea que compramos una porno.

Llegamos al puesto de diarios y nos ponemos a mirar revistas de historietas. Yo elijo una y la empiezo a leer. Es una de mis favoritas: Paturuzú. Leo esas historias desde los 8 años, siempre en verano, cuando estamos de vacaciones en la playa. Me encantan las aventuras del indio heroico y sus amigos. Son ejemplares rectangulares con dibujos en blanco y negro. Las hojas son finas y ásperas como las de los crucigramas, tienen un olor característico que me hace evocar el agua de mar, la sala de videojuegos, el pochoclo y todas esas cosas que disfruto en las vacaciones.

El tipo que atiende me mira de reojo y sigue abstraído en las páginas de un diario.

—¿Qué hacés boludo? —me susurra Chino al oído.

—Leyendo Paturuzú, ¿no te gustan?

—¿Le vamos a pedir la revista o no? —Chino alza la voz enojado y el tipo nos clava una mirada seria.

—Hola. —nos dice.

—Hola. —le respondemos.

—¿Qué andan buscando, muchachos?

Nos quedamos en silencio. Yo espero que Chino pregunte y él espera que lo haga yo. La revista que queremos está oculta detrás del mostrador junto a las otras de su tipo. Lleva un celofán negro tapando la mitad del cuerpo de una mujer rubia agarrándose las tetas.

El hombre esboza una mueca pícara, se da vuelta, hace un recorrido con el dedo señalando todas las revistas y pregunta:

—¿Cuál quieren?…

Chino y yo nos miramos asombrados.

—Esa… la del… la del envoltorio negro. —balbuceo.

El tipo la saca del estante y me la entrega con cierta ternura, como si me diese un chocolate o algo así.

—Es muy buena esa… —explica—. Sale 25 mangos.

—Chino le da la guita y yo me meto la revista debajo del buzo. El tipo sonríe al ver como la escondo.

—Que la disfruten muchachos… —nos dice guiñando el ojo—. Y cuando se cansen de verla —hace un ademán con el puño— pueden venir a comprar más…

Le decimos gracias y volvemos corriendo a la estación. Cruzamos el puente y esperamos nuestro tren.

—¿Dónde la vamos a ver?… —me pregunta Chino bastante ansioso.

—En la plaza… ahora no hay casi nadie.

Subimos al tren y nos topamos con «el Chancho», que va controlando que todos los pasajeros lleven su boleto. Rápidamente cruzamos al otro vagón y cuando él se acerca cruzamos al siguiente y así repetidamente. Hay cuatro vagones, cuando lleguemos al último ya estaremos arribando a nuestra Estación. El tren está viejo y sucio, los rieles percuten ruidosamente sobre las vías y los vagones tiemblan como si fuesen a desarmarse. Casi todos los asientos están rajados y escritos. Los pisos están llenos de papeles de caramelos, bolsitas vacías y filtros de cigarrillos. «En esta ciudad de mierda nadie cuida nada», dice mi madre siempre que viajamos en tren.

—¿Te acordás cuando viajábamos colgados? —le pregunto a Chino.

—Sí… que bueno que ya no lo hacemos… —contesta mientras mira el paisaje por la ventana del tren.

En verano íbamos todos los días a la estación y viajábamos sobre la plataforma que sobresalía del furgón para no pagar boleto. Nos divertíamos mucho viajando así, asomándonos de a ratos para sentir el vértigo del tren yendo a toda velocidad. Era un viaje riesgoso porque para no caernos teníamos que agarrarnos de los asideros que había al costado de las puertas. Hicimos varios amigos en esa época; la mayoría eran vagabundos. Olían tan mal que el Chancho les prohibía entrar, así que se sentaban sobre la plataforma y el viento se llevaba su hediondez. Dejamos de viajar de esa forma cuando vimos en el noticiero que un chico que hacía lo mismo se había estampado contra una columna de hierro. Decían que su cabeza se había partido como un huevo y que los pasajeros se horrorizaron al ver trozos de cerebro adheridos a las ventanas de la compuerta. El chico tenía nuestra edad. La noticia nos golpeó tanto que decidimos no colgarnos más. Era menos riesgoso escapar del Chancho pasando de vagón a vagón. Papá me contó que hacía algo parecido de chico, pero más temerario aún: viajaban sobre el techo de los vagones. Saltaban de un puente cuando el tren estaba parado en la estación y viajaban por la ciudad así. Para no caerse se aferraban a unas barras de hierro que sobresalían de los costados del techo. Papá también desistió de viajar de esa manera cuando uno de sus amigos se rompió el cuello al golpearse contra la cabecera de un viaducto.

Cuando descendemos del tren salgo corriendo, quiero hacerle creer a Chino que voy a robarme la revista. Él me persigue iracundo durante varias cuadras, hasta que llegamos a la plaza.

—¡Boludo! —grita agitado, casi con la lengua afuera.

Me río a carcajadas mientras saco la revista. Nos aseguramos de que no haya nadie cerca y rompemos el envoltorio desesperadamente. Lo que estaba tapado era la concha peluda de la mina de la portada. Chino se relame mientras hojeamos la revista.

—¿No te irás a hacer la paja delante mío, no?  —le pregunto.

—¡No boludo!

Seguimos mirando las fotos, que conforme pasamos las páginas se vuelven cada vez más intensas. Se me empieza a parar, y creo que a Chino también: tiene la bragueta abultada. Las fotos son pasmosas, había visto revistas de adultos otras veces, papá tenía una colección de Playboy en su placard. Cuando no había nadie en la casa me ponía a leerlas… pero esas revistas parecían infantiles al lado de esta, no se veían tipos insertando sus pitos grandes y venosos en los agujeros velludos de las mujeres.

—Esto es muy fuerte… —le digo a Chino.

—Sí… muy… —balbucea él tragando saliva.

Cierro la revista, no tiene sentido que la veamos juntos. Lo mejor es que cada uno se lleve una parte y la disfrute en soledad.

—Entonces hacemos como dijimos —le pregunto—: mitad para cada uno.

—Dale… yo quiero la segunda mitad.

—¡Qué vivo que sos! ¡Yo también quiero esa parte!

En las últimas páginas de la revista están las fotos más calientes: un tipo se la mete a una mujer por atrás mientras le agarra las tetas. Son varias secuencias, igual que en las historietas.

Chino rezonga.

—Vamos a sortearlo —propone—: dos de tres.

—¿Otra vez con eso? Nos vamos a pasar toda la tarde con la monedita…

—Sí, es lo justo. Que la suerte decida.

Con mucho cuidado rompo la revista a la mitad.

—Bueno, sacá la moneda… —le digo.

En el instante en que Chino se distrae para buscar en su bolsillo, agarro la mejor mitad de la revista y salgo corriendo. Chino putea y me persigue. «¡Tramposo hijo de puta!», me grita. Toda la vida le gané corriendo, enseguida le saco una cuadra de ventaja. Llego a mi casa, abro la puerta y subo las escaleras saltando de a tres escalones. Chino se prende del timbre y no lo suelta. Mamá sale de la cocina a las puteadas.

—¿¡Pero quién es el pelotudo que toca el timbre así!? —se queja mientras abre la ventana y se asoma. Chino está abajo con el dedo pegado al timbre.

—¡Ey!… ¡Chino! —le grita mamá— ¿¡Por qué carajos no soltás ese timbre!?

Chino mira hacia arriba, se abochorna y sale corriendo. Mamá cierra la ventana.

—¿Qué le pasa a éste?… ¿Se pelearon o algo? —me pregunta.

—Más o menos… —le respondo conteniendo las risas.

—Bueno, sus peleas las arreglan en otra parte. La próxima vez que se cuelgue del timbre lo agarro a patadas en el culo, ¿oíste?

Mamá vuelve a la cocina rezongando y yo me meto en el baño con la revista.

 

 

 

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