La edad del idiota: 5. La fiesta

Diego M. Rotondo

 

5

LA FIESTA

 

Son las 8 de la noche del 20 de julio de 1988. Martín me espera en la esquina de la casa de Valeria para ir al cumpleaños. Cuando nos ve aparecer se queda atónito.

—¿Y éste quién es? —pregunta, mirando a mi acompañante con recelo.

—Es Gustavo, de mi colegio…

—¿Y va a venir al cumpleaños?…

—Sí, lo invité.

—¡Valeria me va a matar, boludo!, yo le dije que venías vos solo.

Gustavo se pone incomodo, me toca el hombro y me dice:

—Si hay mucho lío yo me voy…

Martín sonríe y le estrecha la mano.

—Está todo bien… No creo que a Valeria le joda, es re copada.

Caminamos lentamente hacia la casa. El aire huele a noche; la noche huele a pizzería, a eucaliptos y a desodorante. «La noche huele a vicio», suele decir mi papá. Alcanzo a oír la música de la fiesta. Están pasando esa canción que está tan de moda: «Marina». Yo la detesto, la escucho en todas partes: en la radio, en la televisión, en la peluquería… incluso en el colegio; el otro día la pusieron en el recreo. Antes pasaban música clásica y había muchas peleas en el patio; pero hace unas semanas están pasando canciones populares y los alumnos están más calmados, de mejor humor. A mamá le encanta esa canción, cuando la pasan por la radio se pone a bailar; yo me muero de vergüenza, no me gusta bailar, y no me gusta que ella baile.

—¡Qué buenas zapatillas! —le dice Martín a Gustavo.

—Sí… me las trajo mi papá de Estados Unidos —responde, haciendo énfasis al nombrar el país del norte.

—Deben ser carísimas…

Gustavo arquea el labio con petulancia y se mira los pies.

—Sí, muy caras… es que tienen cámara de aire; nada que ver con las porquerías que hay acá…

—¿Porquerías como las que tengo puestas?… —pregunta Martín provocador.

Gustavo baja la vista y observa las Topper estropeadas que lleva Martín.

—Bueno… no están tan mal… —indica, intentando simular el asco.

—No mientas… mis zapatillas te parecen una mierda y no te animás a decirlo.

Gustavo me mira.

—Mirá, parece que no hay onda con tu amigo… mejor me voy a mi casa.

Yo lo agarro del  brazo, al mismo tiempo que le lanzo una mirada rabiosa a Martín.

—No te enojés, él siempre les hace el mismo chiste a todos… ¿No Martín?

—Siiii… —farfulla él—. Yo soy así Gustavo, no te calentés…

Llegamos a la puerta de la casa, hay varias chicas vociferando en el jardín delantero. Hay globos colgados, luces de colores y mesas con sándwiches y gaseosas. La madre de Valeria se acerca sonriente y nos abre la reja.

—Hola chicos… —nos saluda y se queda mirando a Gustavo.

—¿Qué te pasó en la cara, corazón? —le dice señalándole el pómulo.

—Una pelea… —le respondo antes de que Gustavo pueda abrir la boca—. Pero no fue culpa de él, sino del otro, que le pegó sin razón.

La señora arquea las cejas y le acaricia la cabeza.

—¡Pobrecito!… en todos los colegios hay chicos violentos. Deberían expulsarlo.

—A mí nadie me deja la cara así… —interrumpe Martín alzando su puño de piedra.

—Decís eso porque no conocés a Ricardo —indica Gustavo—: es una bestia así de grande… —lo describe elevando sus manos medio metro arriba de nuestras cabezas.

—Cuanto más grandes más torpes… Si lo agarro no me dura en pie ni diez segundos —cacarea Martín.

Gustavo se ríe con sarcasmo.

—No te enojes flaco… pero Ricardo te molería a palos.

—Bueno chicos, ustedes sigan charlando que yo le voy a avisar a Vale que ya llegaron… —nos dice la señora, incómoda con la charla de pequeños machotes.

Martín se para frente a Gustavo, que es bastante más alto que él.

—Te apuesto lo que quieras a que le gano peleando… — le dice, alzando el mentón y sacando pecho con orgullo. Gustavo empieza a reírse a carcajadas. Se ríe tan fuerte que los invitados se voltean para mirarnos.

—Martín, recién te conozco y ya me caés muy simpático —le dice algo cínico.

Martín no sonríe. Hay tensión en su rostro. Conozco esa tensión.

—¡Te lo digo de verdad! Cuando quieras voy a la puerta de tu colegio y lo cago a trompadas a Ricardito...

—Sería un suicidio.

—Martín pelea muy bien —le cuento a Gustavo—. Lo conozco desde Tercer grado, lo vi pelear varias veces y ganarles a chicos mucho más grandes que él.

—Bueno… —dice—. Apostemos algo entonces.

—Sí… apostemos algo —remacha Martín.

—No creo que tengas algo que me sirva —dice Gustavo mirándolo de arriba abajo con menosprecio—. Y como voy a ganar la apuesta…

Tiene razón, Martín no tiene nada valioso que ofrecerle. Bueno sí: su amistad a prueba de balas; pero eso no lo apreciaría un tipo como Gustavo. Martín sólo tiene la seguridad de que ganará esa pelea. Me encantaría ser tan seguro como él. Me encantaría decir: «yo puedo conseguir esto», y conseguirlo… pero no me sale, siempre dudo y por dudar no consigo nada. Si Martín tuviese esa seguridad con el estudio, sería un superdotado o algo así. Pero lo suyo no es el estudio, sino las piñas. Debería dedicarse al boxeo y hacerse millonario.

—Apuesten las zapatillas… —dice una voz detrás de nosotros.

Los tres nos volteamos y lo vemos, charlando con dos pibas, apoyado en un extremo de la reja a un par de metros de nosotros.

—¿Cuánto hace que estás acá? —le pregunto.

—Llegué hace media hora… Vale me invitó. —responde Pedro.

—¿Y por qué no viniste a saludarnos, boludo? —le pregunta Martín.

—Porque estaba adentro, la madre de Valeria me aviso que habían llegado.

Pedro le estrecha la mano a Gustavo.

—Yo soy Pedro, hice la Primaria con estos imberbes. Mucho gusto.

Gustavo sonríe amable y le devuelve el saludo. Pedro le cae bien al instante.

—¿Dijiste que apostásemos las zapatillas?… —le pregunta Martín tratando de que no cambiemos de tema.

—Claro… pero no vas a arriesgar tu vida por un par de zapatillas… —le dice Pedro.

—Yo tengo varios pares —indica Gustavo—. No me importa apostarlos porque sé que voy a ganar. Así que si quiere le apuesto los 10 pares que tengo. Es más, también le apostaría mi colección de relojes y mi comodore… No me importaría apostar a mis padres también, ¡jajaja!

Gustavo decía todo con tanto engreimiento que daban ganas romperle el otro pómulo… Tres chicas que bailaban junto a la mesa del discjockey empezaron a mirarnos, a reírse y a susurrarse cosas al oído. Estábamos perdiendo el tiempo con esta conversación.

—El asunto es qué va a darme él cuando pierda…

Pedro le da un mordisco a un sándwich sin dejar de mirar a Gustavo.

—¿Qué te pasó en el pómulo? —le pregunta con la boca llena.

—Me pegó el que le va a bajar los dientes a éste —dice, señalando a Martín.

—Y por ahí es mejor que yo te baje los dientes a vos… —responde Martín.

—¡Paren ché! —dice Pedro escupiendo migas—. ¡Así no se puede negociar!…

Le pego en el brazo a Martín para que se calme de una vez.

—Digamos que Martín pierde… —añade Pedro—. Que, por lo que vos decís, es bastante probable…

—Sí…

—Si él pierde vos te quedás con tus zapatillas y asunto terminado. Pero si gana, ¡vos también ganás algo, boludo!

—¿Qué cosa?

—¡Tu venganza! ¡Mirá cómo te dejó la jeta ese hijo de puta! Imaginate, vas a poder reírte en su cara el resto del año. Ganarían los dos: Martín las zapatillas y vos tu revancha. De ahí en adelante, si ese tal Ricardo te molesta, podés amenazarlo con contarle a tu amigo… Martín.

Gustavo se acaricia la barbilla. Pedro explicaba todo con una elocuencia hipnótica. Ciertas cosas que decía no tenían sentido, pero él le ponía tanta emoción a las palabras que acababa convenciéndote. Y además, había escogido las palabras perfectas: venganza, revancha, etc…

—A lo mejor tenés razón —dice Gustavo—. De todas maneras va a perder… —insiste, como buscando que Martín le parta la cara.

La tensión se disipa cuando aparece Valeria. «¡Cuánto tiempo!», nos dice a Pedro y a mí. Está preciosa, lleva puestos unos jeans azules y una polera ajustada color blanco. Le han crecido las tetas en estos meses. Cumple 14, pero parece de 16. Está casi tan alta como yo.

—¡Feliz cumpleaños! —le decimos a coro.

Valeria hace una reverencia y nos da un beso en la mejilla a cada uno. Tiene brillantina con olor a cerezas en los labios. Cuando se acerca a mí me echa una mirada sagaz, debe pensar: «al final te saliste con la tuya y viniste». Su pelo huele a shampoo de manzana. Se me aflojan las piernas al verla. Que idiota soy.

—Y vos… ¿quién sos? —le pregunta a Gustavo, mirándolo con una simpatía que no me gusta ni medio.

—Soy Gustavo, voy al colegio con éste. —contesta señalándome.

—¿Qué te pasó en la cara? —Vale se acerca para examinarlo. Se acerca mucho.

—¡Le rompieron la jeta! —grita Martín gozoso, haciendo que todos lo escuchen.

—¡No seas bruto! —lo reta Valeria.

Gustavo se acaricia el pómulo y le dice:

—Un tonto del colegio…

—¡Pobreee!… ¿y te duele? —le pregunta acariciándole la cara.

—Un poco…

—Vení que te presento a mis amigos del colegio —le dice y se lo lleva de la mano.

El discjockey coloca el disco Thriller de Michael Jackson y Martín se pone a imitar el pasito hacia atrás. Le sale muy bien. Todos se quedan mirándolo. Pedro me pasa el brazo por encima del hombro y  me dice:

—Todo salió genial, ¿viste?… No hacía falta ir a su casa y arriesgarnos a terminar en la cárcel. Era cuestión de usar a Valeria de señuelo. Lo de invitarlo a la fiesta fue la mejor idea que he tenido en mucho tiempo, ¿no te parece?… Ahora sólo resta que Martín le dé una paliza a ese tipo y listo.

—¿Y si pierde la pelea?… mirá que yo vi como le pegó a…

—Martín nunca pierde una pelea —me interrumpe.

Martín sigue haciendo sus pasos de robot frente a las chicas que le marcan el ritmo con las palmas. Ni siquiera está preocupado. No hay dudas en él.

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