¡Suerte que no me vieron!

Alberto Ernesto Feldman

 

 

Fue hace más de treinta  años y no puedo olvidarlo. Todo comenzó un lunes con un irritante y prolongado timbrazo a las seis de la mañana, una hora totalmente inusual para mí.

Mi día nunca empezaba antes de las ocho y media de la mañana, todo el mundo sabía que era empleado bancario, que vivía en Belgrano y que trabajaba en San Isidro. Pensando en una mala noticia, atendí con miedo.

Pero no era una mala, sino una ridícula noticia. Quique, de Cuentas Corrientes, mi compañero de escritorio, había pasado la noche con su novia en el hotel alojamiento ubicado a pocos metros de mi departamento, en la misma vereda, edificio por medio. Su Renault Gordini, no quiso arrancar y quedó dentro del garaje. Envió a la chica a su casa en un taxi y vino a buscarme.

Se puso muy contento de encontrarme y pidió que lo ayude a arrancar su coche. Para ello debíamos entrar al garaje con mi Ford Falcon y empujar el Renault mañero.

Hasta allí todo bien; pero estábamos en la década del 80, había un poco más de prejuicios que hoy. De todos modos, Quique era un buen amigo y contaba conmigo. A la seis y media de la mañana no habría mucha gente en la calle, ni siquiera cerca de Cabildo y Juramento.

Pero me olvidé de los encargados; todos estaban lavando las veredas. Con Oscar, portero de mi edificio nos saludamos con simpatía, pero miró raro a Quique, que caminaba detrás, medio dormido y con aire de culpa. Subimos al Ford, que por una vez había conseguido estacionar frente a mi casa. Arranqué, hice los treinta metros hasta el portón del hotel y cuando Oscar vio que nos disponíamos a entrar, vi por el espejo retrovisor que dejaba la manguera en el suelo y corría a comentar el suceso con Antonio, el encargado del edificio vecino, el que está pegado al hotel.

Debido a coches mal estacionados y al mío que tenía la dirección muy dura, tuve que hacer varias maniobras para entrar, ante la mirada sorprendida y socarrona de algunas personas, que se iban acumulando y no se atrevían a cruzar por delante ni por atrás, o que sorprendidos por dos hombres que trataban de ingresar a un albergue transitorio, se paralizaban por la sorpresa o la indignación. Se dijeron algunas palabras que no escuché o no quise escuchar. Quique estaba rojo como un tomate, pero el que vivía en la cuadra era yo, que era una figurita conocida del barrio, paseaba el perro, lavaba mi coche en la calle y me detenía a conversar y saludar a todo el mundo, empezando por los porteros. Por suerte, en un mes me mudaría; me casaba con la Nancy y viviríamos en Palermo, en la casa de sus padres.

Ya estaba alineado para entrar, pero antes, hice una seña con la mano para que pasen por delante los peatones que esperaban. Como la ley de Murphy no falla nunca, en primera fila estaban doña Betty y su hija, mis vecinas de piso, que paseaban a su hermoso ovejero alemán. Cruzamos miradas y amagué un saludo, pero las dos mujeres sacudieron la cabeza de un lado a otro en un  gesto de desaprobación y desprecio.

Pero uno encuentra solidaridad donde menos lo espera; el perro, que me honra con su amistad, se colgó de la ventanilla para que lo acaricie como siempre; no se soltaba y quería más cariño, mientras sus dueñas lo llamaban a los gritos. Dios me perdone, le tuve que pegar un puñete en la pata. Se desprendió con un quejido y me miró con sorpresa y odio. Otro amigo que perdía.

Algunos curiosos se quedaron a ver cómo terminaba la cosa, y a mi izquierda, Oscar y su colega miraban sin disimulo; uno agarrándose la cabeza y el otro sosteniéndose el mentón como un filósofo. Peor no nos podía pasar. Por fin entramos, y por suerte, el coche de Quique arrancó al primer empujón. Un empleado del hotel abrió el portón y salí, los dos porteros estaban todavía conversando, y quedaba un corrillo de cuatro o cinco personas haciendo lo mismo, pero lo más sorprendente estaba por venir, al cruzar la esquina me despedí con un gesto de fastidio del dichoso lugar, y ¿a que no adivinan a quiénes vi entrando al hotel por la otra entrada, caminando de la manito?… pues a mi primo Beto y a Nancy, mi adorada noviecita. ¡Suerte que no me vieron!

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