La edad del idiota: 4. La misión

Diego M. Rotondo

 

4

LA MISIÓN

—¿Te parece que soy un buen padre?

—No.

Ese fue el último diálogo que tuve con papá; fue hace un rato, antes de que me dejase en la esquina del colegio. Es muy extraño que él y yo hablemos así; por lo general nuestras conversaciones se limitan a «¿Querés plata?», «Sí. Claro.»… Pero hoy lo noté distinto, no paró de conversar durante todo el viaje, de preguntarme qué me parecía el colegio, los profesores, mis compañeros, etc. Y yo le respondí que me parecía una mierda, y de recriminarle que me haya enviado a un colegio industrial sólo porque a él le parecía conveniente. Igual, me quedé intranquilo con esa pregunta de si era buen padre, ¿pensaría suicidarse o algo así?… Papá no es un tipo expresivo, es indiferente, pero al mismo tiempo es divertido, me cuesta describirlo; mamá dice que es más fácil entender a Woody Allen que a él. No sé quién es ese Allen, pero a mamá le encanta. Lo que sucede es que mi padre evita los asuntos que puedan preocuparlo. De hecho, cuando yo quiero acercarme a él para consultarle por cosas que me preocupan, él me esquiva hábilmente, saca un billete de 10 pesos y me amordaza con él. Esa es su forma de exteriorizar su amor… «Tu padre no averigua para no preocuparse, siempre fue así… nunca esperes que venga, se siente al lado tuyo y te pregunte cómo va todo, porque no lo va a hacer…», me dijo mi madre, que ya lo conoce bastante. «No es un mal hombre, pero si sus hijos sufren él prefiere no enterarse…». Así de enigmático es mi papá, su frase favorita es: «no news is good news.». Según él, si hay noticias, tienen que ser malas… sobre todo si son mías. Pocas personas entienden su idiosincrasia, creo que ni siquiera él la entiende del todo. Por eso la última charla me dejó preocupado, de repente empezó a usar la lógica de un padre normal que desea enterarse cómo va la vida de su hijo, cuando eso es justamente lo que suele evadir. Y yo le respondí sus inquietudes, le hablé pestes del colegio, lo inculpé por obligarme a asistir a un lugar así. Lo único que hice fue ratificar su teoría de que si hay noticias, deben ser malas. Debí mentirle y decirle que estaba feliz, que me había hecho de montones de amigos… eso al menos hubiese servido para que no perdiese la fe y siguiese intentando ser un buen padre. Pero yo no podía desaprovechar la oportunidad de decirle que odiaba ir a los talleres, que odiaba a los maestros y sobre todo a los cerdos petulantes de mis compañeros. Qué relación tan absurda la nuestra: si no le cuento mis preocupaciones le estoy haciendo un favor; lo hago feliz en su ignorancia.

Estamos en pleno invierno. El colegio es más horrible en invierno, todas las mañanas, al despertar, lloro durante un minuto. Lloro por mi desgracia, por todo lo que me depara la jornada escolar. En los talleres matutinos el trabajo manual es punzante, las aulas no tienen calefacción y las manos se te entumecen por el frío. Hoy tengo taller de hojalatería, nuestra tarea del mes es construir una regadera. Ni siquiera nos hacen fabricar cosas interesantes, ¿para qué mierda necesitamos una regadera?… El profesor, Mario, nos dice que debemos cortar un pedazo de chapa, enrollarlo como un tubo de 20 centímetros de radio y hacer pliegues en los extremos. Entre esos pliegues tenemos que aplicar estaño y soldar. El trabajo suena fácil, pero es complicado, y más por tener que manipular todo con las manos gélidas. Mario exige que todo sea prolijo y simétrico, los pliegues deben medir 5 milímetros de ancho, si hay algún tipo de imperfección, hay que empezar de nuevo, desde el primer paso. Yo ya voy por el quinto intento, ninguno de los demás alumnos logró hacerlo bien de primera. Bueno, Joaquín casi lo consigue, hizo todos los pasos a la perfección, pero uno de los pliegues le salió mal, y tratando de arreglarlo se cortó dos dedos. Mario le dijo que fuera a la enfermería y que por hoy no trabajara más. Ya sé cómo me libraré de estas clases de porquería: en hojalatería me cortaré los dedos, en carpintería me los serrucharé, en herrería me los martillaré, y así, hasta acabar siendo un lisiado y el colegio les recomiende a mis padres que me envíen a un bachillerato.

La clase finaliza y salimos al primer recreo. A cinco meses de haber comenzado las clases ya casi todos han formado sus grupos. Por alguna razón yo acabé solo. Soy una especie de fantasma en el recreo, me siento en un escalón bajo el rayo del sol y como mi sándwich. Tengo mucho sueño, el sol se siente tan agradable que me echaría a dormir aquí mismo. Este es mi momento favorito del día, la tranquilidad del escalón, el sándwich y el baño de sol. Los sándwich que venden en el kiosco del colegio son bastante buenos, el pan es fresco y el fiambre también. Mi preferido es el de salame, queso y mayonesa. Es lo único interesante que he encontrado en este lugar: la comida. Todavía me cuesta acostumbrarme a no ver ninguna pollera. Extraño a las chicas de la Primaria, incluso a las feas. Extraño cómo olían, cómo jugaban y cómo se reían de las payasadas que hacíamos los chicos. Este lugar es tan diferente… todo es frío y tétrico. La mayoría de los alumnos tienen esa forma de mirar, altanera, sobradora… algunos pasan a mi lado y me miran con desdén, como si yo fuese un indigente o algo parecido. Es cuestión de tiempo para que me agarre a trompadas. Pero tengo que evitarlo, al menos hasta que complete «la misión». Tengo cuatro compañeros que son ideales, se lo pasan hablando de las marcas de sus camperas, de sus mochilas y de sus zapatillas… Lo primero que debo hacer es hacerme amigo de uno de ellos y lograr que me invite a su casa. Que un pibe como yo logre algo así es casi imposible. No soy desinhibido, no soy hablador, no sé cómo empezar una conversación; y menos con tipos que sólo hablan de marcas. Pero eso es justamente lo que debo hacer, es mi parte del trato. Martín ya le preguntó a Valeria si yo podía ir a su fiesta, y ella aceptó. Ahora yo debo cumplir con él.

Es todo un desafío hacerse amigo del chico más engreído de la clase. Se llama Gustavo, no sé casi nada de él, apenas si nos saludamos cuando nos cruzamos en el baño. Debería tomarme un tiempo para estudiarlo y ver cómo agradarle. El problema es que no hay tiempo, Martín me llama todos los días para saber si ya tengo la víctima; dice que los villeros lo están apurando por el asunto de las zapatillas. Tienen que ser por lo menos tres pares y deben estar en buenas condiciones. Pedro quedó encantado con el plan y quiere empezar cuanto antes. Coincidió conmigo en que no es buena idea que Martín vaya a la casa de mi compañero, pero no pudimos convencerlo. Así que acordamos que venga y no hablara, que se limitara a robar las zapatillas. Pedro conquistará a Gustavo con su dulce elocuencia y yo, sólo seré el nexo, el que los presentará.

De repente sucede algo inesperado en el patio, un altercado que acaba a los empujones; uno de los involucrados es Gustavo, y el otro es Ricardo, el tipo más despreciable de mi clase. Ricardo es el acosador, el que se cree gracioso y sólo provoca náuseas. Me he mantenido lejos de él porque con un tipo así sólo se razona a los golpes, y él es mucho más alto y corpulento que yo, me destrozaría. Por suerte Ricardo me ignora, soy tan nulo en la clase que ni siquiera me mira. Pero eso puede cambiar en un instante; justo en ese instante en que Gustavo escupe a Ricardo y éste le conecta un poderoso gancho en el pómulo. La mente se me llena de flashblacks de la escuela Primaria, de Martín, del gordo Luis y de todos los camorristas de aquella época. El golpe de Ricardo es tan fuerte que Gustavo cae de espaldas al piso y se desvanece. Aparecen los preceptores y algunos maestros. Se llevan a Ricardo a la oficina del rector y asisten a Gustavo. Esto me cayó del cielo, así que debo actuar de inmediato. Me levanto y me meto en el tumulto de chicos que rodean a Gustavo, quien yace como una X en el piso, con sus piernas y brazos extendidos. Me recuerda cuando jugaba a los cowboys en la plaza y me hacía el muerto después de recibir un disparo. El pómulo izquierdo de Gustavo tiene una grieta púrpura. El profesor de matemáticas logra hacerlo reaccionar y lo ayuda a levantarse. Todos le preguntan cómo está, la mayoría acusa a Ricardo de haber iniciado la riña. Todo fue por asunto trivial, un comentario despectivo de Gustavo que lo hizo estallar. El preceptor acompaña a Gustavo a enfermería. El recreo finaliza, tenemos que ir a los vestuarios, sacarnos la ropa de trabajo y ponernos el uniforme para entrar a clase. Mientras todos se dirigen a los vestuarios, yo me escabullo y me voy hacia la enfermería. El colegio es tan grande que me pierdo varias veces; subo y bajo escaleras de mármol, camino por una larga galería que da a la parte trasera de la capilla, es la parte más linda del colegio, hay un jardín con flores de todos los colores repartidas en cuatro canteros cercados por dos senderos de piedra caliza. Por fin consigo encontrar la enfermería y veo a Gustavo en la puerta charlando con el preceptor mientras se apoya una bolsa con hielo en el pómulo. Ahora no sé qué hacer, me quedo parado en silencio. El preceptor me ve y me regaña: «¿Qué hacés con el overol todavía? ¿Por qué no fuiste a los vestuarios?…». Sólo se me ocurre decir una cosa: «Vine a ver cómo estaba Gustavo…» Gustavo me mira extrañado, como diciendo: «¿y a vos quién te conoce?». El preceptor me dice: «Bueno, por un lado mejor que hayas venido, acompañalo al vestuario, que ya está bien…». ¡Bingo!

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