El Tajo (II)

Francisco Ayala

 

III

A partir de ahí, la guerra, —lo que para el teniente Santolalla estaba siendo la guerra: aquella espera vacía, inútil, que al principio le trajera a la boca el sabor delicioso de remotas vacaciones y que, después, aun en sus horas más negras, había sabido conllevar hasta entonces como una más de tantas incomodidades que la vida tiene, como cualquier especie de enfermedad pasajera, una gripe, contra la que no hay sino esperar que buenamente pase— comenzó a hacérsele insufrible de todo punto. Se sentía sacudido de impaciencias, irritable; y si al regresar de su aventura le sostenía la emocionada satisfacción de haberle dado tan fácil remate, luego, los documentos del miliciano dejados sobre la mesa, el aburrido transcurso de los días siguientes, el curioseo constante, le producían un insidioso malestar, y, en fin, lo encocoraban las bromas que más tarde empezaron a permitirse algunos a propósito del olor. La primera vez que el olor se notó, sutilmente, todo fueron conjeturas sobre su posible origen: venía, se insinuaba, desaparecía; hasta que alguien recordó al miliciano muerto ahí abajo por mano del teniente Santolalla y, como si ello tuviese muchísima gracia, explotó una risotada general.

También fue en ese preciso momento y no antes cuando Pedro Santolalla vino a caer en la cuenta de por qué desde hacía rato, extrañamente, quería insinuársele en la memoria el penoso y requeteolvidado final de su perra Chispa; sí, eso era: el olor, el dichoso olor… Y al aceptar de lleno el recuerdo que lo había estado rondando, volvió a inundarle ahora, sin atenuaciones, todo el desamparo que en aquel entonces anegara su corazón de niño. ¡Qué absurdo! ¿Cómo podía repercutir así en él, al cabo del tiempo y en medio de tantas desgracias, incidente tan minúsculo como la muerte de ese pobre animalito? Sin embargo, recordaba con preciso dolor en todas sus circunstancias la desaparición de Chispa. A la muy pícara le había gustado siempre escabullirse y hacer correrías misteriosas, para volver horas después a casa; pero en esta ocasión parecía haberse perdido: no regresaba. En familia, se discutieron las escapatorias del chucho, dando por seguro, al principio, su vuelta y prometiéndole castigos, cerrojos, cadena; desesperando luego con inquietud. Él, sin decir nada, la había buscado por todas partes, había hecho rodeos al ir para el colegio y a la salida, por si la suerte quería ponerla al alcance de sus ojos; y su primera pregunta al entrar, cada tarde, era, anhelante, si la Chispa no había vuelto… «¿Sabes que he visto a tu perro?», le notificó cierta mañana en la escuela un compañero. (Con indiferencia afectada y secreta esperanza, se había cuidado él de propalar allí el motivo de su cuita). «He visto a tu perro» —le dijo; y, al decírselo, lo observaba con ojo malicioso —. «¿De veras? —profirió él, tratando de apaciguar la ansiedad de su pecho—.¿Y dónde?». «Lo vi ayer tarde, ¿sabes?, en el callejón de San Andrés». El callejón de San Andrés era una corta calleja entre tapias, cortada al fondo por la cerca de un huerto. «Pero… —vaciló Santolalla, desanimado—. Yo iría a buscarlo; pero… ya no estará allí». «¿Quién sabe? Puede que todavía esté allí —aventuró el otro con sonrisa reticente—. Sí —añadió—; lo más fácil es que todavía no lo hayan recogido». «¿Cómo?», saltó él, pálida la voz y la cara, mientras su compañero, después de una pausa, aclaraba, tranquilo, calmoso, con ojos chispeantes: «Sí, hombre; estaba muerto —y admitía, luego—: Pero ¡a lo mejor no era tu perro! A mí, ¿sabes?, me pareció; pero a lo mejor no era». Lo era, sí. Pedro Santolalla había corrido hasta el callejón de San Andrés, y allí encontró a su Chispa, horrible entre una nube de moscas; el hedor no le dejó acercarse. «¿Era por fin tu perro? —le preguntó al día siguiente el otro muchacho. Y agregó—: Pues, mira: yo sé quién lo ha matado». Y, con muchas vueltas mentirosas, le contó una historia: a pedradas, lo habían acorralado allí unos grandullones, y como, en el acoso, el pobre bicho tirase a uno de ellos una dentellada, fue el bárbaro a proveerse de garrotes y, entre todos, a palo limpio… «Pero chillaría mucho; los perros chillan muchísimo». «Me figuro cómo chillaría, en medio de aquella soledad». «Y tú, ¿tú cómo lo has sabido?». «¡Ah! Eso no te lo puedo decir». «¿Es que lo viste, acaso?». Empezó con evasivas, con tonterías, y por último dijo que todo habían sido suposiciones suyas, al ver la perra deslomada; Santolalla no consiguió sacarle una palabra más. Llegó, pues, deshecho a su casa; no refirió nada; tenía un nudo en la garganta; el mundo entero le parecía desabrido, desolado —y en ese mismo estado de ánimo se encontraba ahora, de nuevo, recordando a su Chispa muerta bajo las ramas de un cerezo, en el fondo del callejón—. ¡Era el hedor! El hedor, sí; el maldito hedor. Solamente que ahora provenía de un cadáver mucho más grande, el cadáver de un hombre, no hacía falta averiguar quién había sido el desalmado que lo mató.

—¿Para qué lo mató, mi teniente? —preguntaba, compungido, aquel bufón de Iribarne por hacerse el chistoso—. Usted, que tanto se enoja cada vez que a algún caballero oficial se le escapa una pluma… —y se pinzaba la nariz con dos dedos—, miren lo que vino a hacer… ¿Verdad, mi capitán, que el teniente Santolalla hubiera hecho mejor trayéndomelo a mí? Yo lo pongo de esclavo a engrasar las botas de los oficiales, y entonces iban a ver cómo no tenían ustedes queja de mí.

—¡Cállate, imbécil! —le ordenaba Santolalla—. Pero como el capitán se las reía, aquel necio volvía pronto a sus patochadas.

Enterraron, pues, y olvidaron al miliciano; pero, con esto a Santolalla se le había estropeado el humor definitivamente. La guerra comenzó a parecerle una broma ya demasiado larga, y sus compañeros se le hacían insoportables, inaguantables de veras, con sus bostezos, sus «plumas» —como decía ese majadero de Iribarne— y sus eternas chanzas. Había empezado a llover, a hacer frío, y aunque tuviera ganas, que no las tenía, ya no era posible salir del puesto de mando. ¿Qué hubiera ido a hacer fuera? Mientras los otros jugaban a las cartas, él se pasaba las horas muertas en su camastro, vuelto hacia la pared y —entre las manos, para evitar que le molestaran, una novela de Sherlock Holmes cien veces leída— barajaba, a solas consigo mismo, el tema de aquella guerra interminable, sin otra variación, para él, que el desdichado episodio del miliciano muerto en la viña. Se representaba irrisoriamente su única hazaña militar: «He matado —pensaba— a un hombre, he hecho una bala al enemigo. Pero lo he matado, no combatiendo, sino como se mata a un conejo en el campo. Eso ha sido, en puridad: he matado a un gazapo, como bien me dijo ése». Y de nuevo escuchaba el timbre de voz de Molina, el capitán Molina, diciéndole después de haber examinado con aire burocrático (el empleado de correos, bajo uniforme militar) los documentos de Anastasio López Rubielas, natural de Toledo: «… parece que has cazado un gazapo de tu propia tierra». Y por enésima vez volvía a reconstruir la escena allá abajo, en la viña: el bulto que de improviso se yergue, y él que se lleva un repullo, y mata al miliciano cuando el desgraciado tipo está diciendo: «¡No, no!…». «¿Qué no? ¡Toma!». Dos balas a la barriga… En defensa de la propia vida, por supuesto… Pero ¡qué defensa!; bien sabía que no era así. Si el infeliz muchacho no había tenido tiempo siquiera de echar mano a fusil, paralizado, sosteniendo todavía entre los dedos el rabo del racimo de uvas que enseguida rodaría por tierra… No; en verdad no hubiera tenido necesidad alguna de matarlo: ¿no podía acaso haberle mandado levantar las manos y, así, apoyada la pistola en sus riñones, traerlo hasta el puesto como prisionero? ¡Claro que sí! Eso es lo que hubiera debido hacer; no dejarlo allí tendido… ¿Por qué no lo hizo? En ningún instante había corrido efectivo riesgo, pese a cuanto pretendiera sugerir luego a sus compañeros relatándoles el suceso; en ningún instante. Por lo tanto, lo había matado a mansalva, lo había asesinado, sencillamente, ni más ni menos que los moros aquellos que, al entrar en Toledo,  degollaban a los heridos en las camas del hospital. Cuando eso era obra ajena, a él lo dejaba perplejo, estupefacto, lo dejaba agarrotado de indignación; siendo propia, todavía encontraba disculpas, y se decía: «en todo caso, era un enemigo…». Era un pobre chico —eso es lo que era—, tal vez un simple recluta que andaba por ahí casualmente, «divirtiéndose, como yo, en coger uvas; una criatura tan inerme bajo el cañón de mi pistola como los heridos que en el hospital de Toledo gritarían: “¡No, no!” bajo las gumías de los moros. Y yo disparé mi pistola, dos veces, lo derribé, lo dejé muerto, y me volví tan satisfecho de mi heroicidad». Se veía a sí mismo contar lo ocurrido afectando quitarle importancia —alarde y presunción, una manera como otra cualquiera de énfasis—, y ahora le daba asco su actitud, pues… «Lo cierto es —se decía— que, con la sola víctima por testigo, he asesinado a un semejante, a un hombre ni mejor ni peor que yo; a un muchacho que, como yo, quería comerse un racimo de uvas; y por ese gran pecado le he impuesto la muerte». Casi era para él un consuelo pensar que había obrado, en el fondo, a impulsos del miedo; que su heroicidad había sido, literalmente, un acto de cobardía… Y vuelta a lo mismo una vez y otra.

En aquella torturada ociosidad, mientras estaba lloviendo afuera, se disputaban de nuevo su memoria episodios remotos que un día hirieran su imaginación infantil y que, como un poso revuelto, volvían ahora cuando los creía borrados, digeridos. Frases hechas como ésta: «herir la imaginación», o «escrito con sangre», o «la cicatriz del recuerdo», tenían en su caso un sentido bastante real, porque conservaban el dolor quemante del ultraje, el sórdido encogimiento de la cicatriz, ya indeleble, capaz de reproducir siempre, y no muy atenuado, el bochorno, la rabia de entonces, acrecida aún por la soflama de su actual ironía. Entre tales episodios «indeseables» que ahora lo asediaban, el más asiduo en estos últimos meses de la guerra era uno —él lo tenía etiquetado bajo el nombre de «episodio Rodríguez»— que, en secreto, había amargado varios meses de su niñez. ¡Por algo ese apellido, Rodríguez, le resultó siempre, en lo sucesivo, antipático, hasta el ridículo extremo de prevenirle contra cualquiera que lo llevase! Nunca podría ser amigo, amigo de veras, de ningún Rodríguez; y ello, por culpa de aquel odioso bruto, casi vecino suyo, que, parado en el portal de su casucha miserable… —ahí lo veía aún, rechoncho, más bajo que él, sucias las piernotas y con una gorra de visera encima del rapado melón, espiando su paso hacia el colegio por aquella calle de la amargura, para, indefectiblemente, infligirle alguna imprevisible injuria—. Mientras no pasó de canciones alusivas, remedos y otras burlas —como el día en que se puso a andar por delante de él con un par de ladrillos bajo el brazo imitando sus libros— fue posible, con derroche de prudencia, el disimulo; pero llegó el lance de las bostas… Rodríguez había recogido dos o tres bolondrones al verle asomar por la esquina; con ellos en la mano, aguardó a tenerlo a tiro y…, él lo sabía, lo estaba viendo, lo veía en su cara taimada, lo esperaba, y pedía en su interior: «¡qué no se atreva! ¡Qué no se atreva!»; pero se atrevió: le tiró al sombrero una de aquellas doradas inmundicias, que se deshizo en rociada infamante contra su cara. Y todavía dice: «¡Toma, señoritingo!»… A la fecha, aún sentía el teniente Santolalla subírsele a las mejillas la vergüenza, el grotesco de la asquerosa lluvia de oro sobre su sombrerito de niño… Volviese y, rojo de ira, encaró a su adversario; fue hacia él, dispuesto a romperle la cara; pero Rodríguez lo veía acercarse, imperturbable, con una sonrisa en sus dientes blancos, y cuando lo tuvo cerca, de improviso, ¡zas!, lo recibió con un puntapié entre las ingles, uno solo, atinado y seco, que le quitó la respiración, mientras de su sobaco se desprendían los libros, deshojándose por el suelo. Ya el canalla se había refugiado en su casa, cuando, al cabo de no poco rato, pudo reponerse… Pero, con todo, lo más aflictivo fue el resto: su vuelta, su congoja, la alarma de su madre, el interrogatorio del padre, obstinado en apurar todos los detalles y, luego, en las horas siguientes, el solitario crecimiento de sus ansias vengativas. «Deseo», «anhelo», no son las palabras; más bien habría que decir: una necesidad física tan imperiosa como el hambre o la sed, de traerlo a casa, atarlo a una columna del patio y, ahí, dispararle un tiro con el pesado revólver del abuelo. Esto es lo que quería con vehemencia imperiosa, lo que dolorosamente necesitaba; y cuando el abuelo, de quien se prometía esta justicia, rompió a reír acariciándole la cabeza, se sintió abandonado del mundo.

Habían pasado años, había crecido, había cursado su bachillerato; después, en Madrid, filosofía y letras; y con intervalos mayores o menores, nunca había dejado de cruzarse con su enemigo, también hecho un hombre. Se miraban al paso, con simulada indiferencia, se miraban como desconocidos, y seguían adelante; pero ¿acaso no sabían ambos?… «Y ¿qué habrá sido del tal Rodríguez en esta guerra?», se preguntaba de pronto Santolalla, representándose horrores diversos —los moros, por ejemplo, degollando heridos en el hospital—; se preguntaba: «si tuviera yo en mis manos ahora al detestado Rodríguez, de nuevo lo dejo escapar…». Se complacía en imaginarse a Rodríguez a su merced, y él dejándolo ir, indemne. Y esta imaginaria generosidad le llenaba de un placer muy efectivo; pero no tardaba en estropeárselo, burlesca, la idea del miliciano, a quien, en cambio, había muerto sin motivo ni verdadera necesidad. «Por supuesto —se repetía—, que si él hubiera podido me mata a mí; era un enemigo. He cumplido, me he limitado a cumplir mi estricto deber, y nada más». Nadie, nadie había hallado nada de vituperable en su conducta; todos la habían encontrado naturalísima, y hasta digna de loa… «¿Entonces?», se preguntaba, malhumorado. A Molina, el capitán de la compañía, le interrogó una vez, como por curiosidad: «Y con los prisioneros que se mandan a retaguardia, ¿qué hacen?». Molina le había mirado un momento; le había respondido: «Pues… ¡no lo sé! ¿Por qué? Eso dependerá». ¡Dependerá!, le había respondido su voz llena y calmosa. Con gente así ¡cómo seguir una conversación, cómo hablar de nada! A Santolalla le hubiera gustado discutir sus dudas con alguno de sus compañeros; discutirlas, ¡se entiende!, en términos generales, en abstracto, como un problema académico. Pero ¿cómo? ¡Si aquello no era problema para nadie! «Yo debo de ser un bicho raro»; todos allí lo tenían por un bicho raro; se hubieran reído de sus cuestiones; «éste —hubieran dicho— se complica la existencia con tonterías». Y tuvo que entregarse más bien a meras conjeturas sobre cómo apreciaría el caso, si lo conociera, cada uno de los suyos, de sus familiares, empleando rato y rato en afinar las presuntas reacciones: el orgullo del abuelo, que aprobaría su conducta (¿incluso —se preguntaba— si se le hacía ver cuán posible hubiera sido hacer prisionero al soldado enemigo?); que aprobaría su conducta sin aquilatar demasiado, pero que, en su fondo, encontraría sorprendente, desproporcionada la hazaña, y como impropia de su Pedrito; el susto de la madre, contenta en definitiva de tenerlo sano y salvo después del peligro; las reservas y distingos, un poco irritantes, del padre, escrutándolo con tristeza a través de sus lentes y queriendo sondearle el corazón hasta el fondo; y luego, las majaderías del cuñado, sus palmadas protectoras en la espalda, todo bambolla él, y alharaca; la aprobación de la hermana, al sentirle a la par de ellos.

Como siempre, después de pensar en sus padres, a Santolalla se le exasperó hasta lo indecible el aburrimiento de la guerra. Eran ya muchos meses, años; dos años hacía ya que estaba separado de ellos, sin verlos, sin noticias precisas de su suerte, y todo —pensaba—, todo por el cálculo idiota de que Madrid caería en seguida. ¡Qué de privaciones, qué de riesgos allá, solos!

Pero a continuación se preguntó, exaltadísimo: «¿Con qué derecho me quejo yo de que la guerra se prolongue y dure, si estoy aquí, pasándome, con todos estos idiotas y emboscados, la vida birlonga, mientras otros luchan y mueren a montones?». Se preguntó eso una vez más, y resolvió, «sin vuelta de hoja», «mejor hoy que mañana» llevar a la práctica, «ahora mismo, sí», lo que ya en varias ocasiones había cavilado: pedir su traslado como voluntario a una unidad de choque. (¡La cara que pondría el abuelo al saberlo!). Su resolución tuvo la virtud de cambiarle el humor. Pasó el resto del día silbando, haciendo borradores, y, por último, presentó su solicitud en forma por la vía jerárquica.

El capitán Molina le miró con curiosidad, con sospecha, con algo de sorna, con embarazo.

—¿Qué te ha entrado, hombre?

—Nada; que estoy harto de estar aquí.

—Pero, hombre, si esto se está acabando; no hagas tonterías.

—No es una tontería. Ya estoy cansado —confirmó él, sonriendo: una sonrisa de disculpa.

Todos lo miraron como a un bicho raro. Iribarne le dijo:

—Parece que el teniente Santolalla le ha tomado gusto al «tomate».

Él no contestó; le miró despectivamente.

—Pero, hombre, si la guerra ya se acaba —repitió el capitán todavía.

Diose curso a la solicitud, y Santolalla, tranquilizado y hasta alegre, quedó a la espera del traslado.

Pero, entretanto, se precipitaba el desenlace: llegaron rumores, hubo agitación, la campaña tomó por momentos el sesgo de una simple operación de limpieza, los ejércitos republicanos se retiraban hacia Francia, y ellos, por fin, un buen día, al amanecer, se pusieron también en movimiento y avanzaron sin disparar un solo tiro.

La guerra había terminado.

IV

Al levantarse y abrir los postigos de su alcoba, se prometió Santolalla: «¡No! ¡De hoy no pasa!». Hacía una mañana fresquita, muy azul; la mole del Alcázar, enfrente, se destacaba, neta, contra el cielo… De hoy no pasaba —se repitió, dando cuerda a su reloj de pulsera—. Iría al Instituto, daría su clase de geografía y, luego, antes de regresar para el almuerzo, saldría ya de eso; de una vez, saldría del compromiso. Ya era hora: se había concedido tiempo, se había otorgado prórrogas, pero ¿con qué pretexto postergaría más ese acto piadoso a que se había comprometido solemnemente delante de su propia conciencia? Se había comprometido consigo mismo a visitar la familia de su desdichada víctima, de aquel miliciano, Anastasio López Rubielos, con quien una suerte negra le llevó a tropezarse, en el frente de Aragón, cierta tarde de agosto del año 38. El 41 corría ya, aún no había cumplido aquella especie de penitencia que se impusiera, creyendo tener que allanar dificultades muy ásperas, apenas terminada la guerra. «He de buscar —fue el voto que formuló entonces en su fuero interno—, he de buscar a su familia; he de averiguar quiénes son, dónde viven, y haré cuanto pueda por procurarles algún alivio». Pero, claro está, antes que nada debió ocuparse de su propia familia, y también, ¡caramba!, de sí mismo.

Apenas obtenida licencia, lo primero fue, pues, volar hacia sus padres. Sin avisar y, ¡cosa extraña!, moroso y desganado en el último instante, llegó a Madrid; subió las escaleras hasta el piso de su hermana donde ellos se alojaban y, antes de haber apretado el timbre, vio abrirse la puerta: desde la oscuridad, los lentes de su padre le echaron una mirada de terror y, en seguida, de alegría; cayó en sus brazos y, entre ellos, le oyó susurrar: «¡Me has asustado, chiquillo, con el uniforme ese!». Dentro del abrazo, que no se deshacía, que duraba, Santolalla se sintió agonizar: la mirada de su padre —un destello— ¿no había sido, en la cara fina del hombre cultivado y maduro, la misma mirada del miliciano pasmado a quien él sorprendió en la viña para matarlo? Y, dentro del abrazo, se sintió extraño, espantosamente extraño, a aquel hombre cultivado y maduro. Como agotado, exhausto, Santolalla se dejó caer en la butaquilla de la antesala… «Me has asustado, chiquillo»… Pero ahora ¡cuánta confianza había en la expresión de su padre!, flaco, avejentado, muy avejentado, pero contento de tenerlo ante sí, y sonriente. Él también, a su vez, lo contemplaba con pena. Inquirió: «¿Mamá?». Mamá había salido; venía enseguida; habían salido las dos, ella y su hermana, a no sabía qué. Y de nuevo se quedaron callados ambos, frente a frente.

La madre fue quien, como siempre, se encargó de ponerle al tanto, conversando a solas, de todo. «No me pareces el mismo, hijo querido —le decía, devorándolo con los ojos, apretándole el brazo—; estás cambiado cambiado». Y él no contestaba nada: observaba su pelo encanecido, la espalda vencida —una espalda ya vieja—, el cuello flaco; y se le oprimía el pecho. También le chocaba penosamente aquella emocional locuacidad de quien era toda aplomo antes, noble reserva… Pero esto fue en el primer encuentro; después la vio recuperar su sensatez —aunque, eso sí, estuviera, la pobre, ya irremediablemente quebrantada— cuando se puso a informarle con detalle de cómo habían vivido, cómo pudieron capear los peores temporales, «gracias a que las amistades de tu padre —explicaba— contrarrestaron el peligro a que nos dejó expuestos la fuga de tu cuñado…». Durante toda la guerra había trabajado el padre en un puesto burocrático del servicio de abastecimientos; «pero, hijo, ahora, otra vez, ¡imagínate!… En fin —concluyó—, de aquí en adelante ya estaremos más tranquilos: oficial tú y, luego, con tu abuelo al quite…». El abuelo seguía tan terne: «¡Qué temple, hijito! Un poco más apagado, quizá; tristón, pero siempre el mismo».

Santolalla le contó a su madre la aventura con el miliciano; se decidió a contársela; estaba ansioso por contársela. Comenzó el relato como quien, sin darle mayor importancia, refiere una peripecia curiosa acentuando más bien en ella los aspectos de azar y de riesgo; pero notó pronto en el susto de sus ojos que percibía todo el fondo pesaroso, y ya no se esforzó por disimular: siguió, divagatorio, acuitado, con su tema adelante. La madre no decía nada, ni él necesitaba ya que dijese; le bastaba con que lo escuchara. Pero cuando, en la abundancia de su desahogo, se sacó del bolsillo los documentos de Anastasio y le puso ante la cara el retrato del muchacho, palideció ella, y rompió en sollozos. ¡Ay, Señor! ¿Dónde había ido a parar su antigua fortaleza? Se abrazaron, y la madre aprobó con vehemencia el propósito que, apresuradamente, le revelaba él de acercarse a la familia del miliciano y ofrecerle discreta reparación. «¡Sí, sí, hijo mío, sí!».

Mas, antes de llevarlo a cabo, tuvo que proveer a su propia vida. Arregló lo de la cátedra en el Instituto de Toledo, fue desmovilizado del ejército, y —a Dios gracias— consiguieron verse al fin, tras de no pocas historias, reunidos todos de nuevo en la vieja casa. Tranquilo, pues, ya en un curso de existencia normal, trazó ahora Pedro Santolalla un programa muy completo de escalonadas averiguaciones, que esperaba laboriosas, para identificar y localizar a esa pobre gente: el padrón, el antiguo censo electoral, la capitanía general, la oficina de cédulas personales, los registros y fichas de policía… Mas no fue menester tanto; el camino se le mostró tan fácil como sólo la casualidad puede hacerlo; y así, a las primeras diligencias dio enseguida con el nombre de Anastasio López Rubielos, comprobó que los demás datos coincidían y anotó el domicilio. Sólo faltaba, por lo tanto, decidirse a poner en obra lo que se tenía prescrito.

«¡De hoy no pasa!», se había dicho aquella mañana, contemplando por el balcón el día luminoso. No había motivo ya, ni pretexto para postergar la ejecución de su propósito. La vida había vuelto a entrar, para él, en cauces de estrecha vulgaridad; igual que antes de la guerra, sino que ahora el abuelo tenía que emplear su tiempo sobrante, que lo era todo, en pequeñas y —con frecuencia— vejatorias gestiones relacionadas con el aceite, con el pan, con el azúcar; el padre, pasarse horas y horas copiando con su fina caligrafía escrituras para un notario; la madre, azacaneada todo el día, y suspirona; y él mismo, que siempre había sido taciturno, más callado que nunca, malhumorado con la tarea de sus clases de geografía y las nimias intrigas del Instituto. ¡No, de hoy no pasaba! Y ¡qué aliviado iba a sentirse cuando se hubiera quitado de una vez ese peso de encima! Era, lo sabía, una bobada («soy un bicho raro»): no había quien tuviera semejantes escrúpulos; pero… ¡qué importaba! Para él sería, en todo caso, un gran alivio. Sí, no pasaba de hoy.

Antes de salir, abrió el primer cajón de la cómoda, esta vez para echarse al bolsillo los malditos documentos, que siempre le saltaban a la vista desde allí cuando iba a sacar un pañuelo limpio; y, provisto de ellos, se echó a la calle.¡Valiente lección de geografía fue la de aquella mañana! Apenas la hubo terminado, se encaminó, despacio, hacia las señas que, previamente, tuviera buen cuidado de explorar: una casita muy pobre, de una sola planta, a mitad de una cuesta, cerca del río, bien abajo.

Encontró abierta la puerta; una cortina de lienzo, a rayas, estaba descorrida para dejar que entrase la luz del día, y desde la calle podía verse, quieto en un sillón, inmóvil, a un viejo, cuyos pies calentaba un rayo de sol sobre el suelo de rojos ladrillos. Santolalla adelantó hacia dentro una ojeada temerosa y, tentándose en el bolsillo el carnet de Anastasio, vaciló primero y, enseguida, un poco bruscamente, entró en la pieza. Sin moverse, puso el viejo en él sus ojillos azules, asustados, ansiosos. Parecía muy viejo, todo lleno de arrugas; su cabeza, cubierta por una boina, era grande: enormes, traslucidas, sus orejas; tenía en las manos un grueso bastón amarillo.

Emitió Santolalla un «¡buenos días!», y notó velada su propia voz. El viejo cabeceaba, decía: «¡Sí, sí!»; parecía buscar con la vista una silla que ofrecerle. Sin darse cuenta, Santolalla siguió su mirada alrededor de la habitación: había una silla, pero bajita, enana; y otra, con el asiento hundido. Mas ¿por qué había de sentarse? ¡Qué tontería! Había dicho: «¡Buenos días!» al entrar; ahora agregó:

—Quisiera hablar con alguno de la familia —interrogó—: la familia de Anastasio López Rubielos ¿vive aquí? Se había repuesto; su voz sonaba ya firme.

—Rubielos, sí: Rubielos —repetía el viejo. Y él insistió en preguntarle:

—Usted, por casualidad, ¿es de la familia?

—Sí, sí, de la familia —asentía.

Santolalla deseaba hablar, hubiera querido hablar con cualquiera menos con este viejo.

—¿Su abuelo? —inquirió todavía.

—Mi Anastasio —dijo entonces con rara seguridad el abuelo—, mi Anastasio ya no vive aquí.

—Pues yo vengo a traerles a ustedes noticias del pobre Anastasio —declaró ahora, pesadamente, Santolalla. Y, sin que pudiera explicar cómo, se dio cuenta en ese instante mismo de que, más adentro, desde el fondo oscuro de la casa, alguien lo estaba acechando. Dirigió una mirada furtiva hacia el interior, y pudo discernir en la penumbra una puerta entornada; nada más. Alguien, de seguro, lo estaba acechando, y él no podía ver quién.

—Anastasio —repitió el abuelo con énfasis (y sus manos enormes se juntaron sobre el bastón, sus ojos tomaron una sequedad eléctrica)—. Anastasio ya no vive aquí: no, señor —y agregó en voz más baja—: nunca volvió.

—Ni volverá —notificó Santolalla—. Todo lo tenía pensado, todo preparado. Se obligó a añadir: Tuvo mala suerte Anastasio: murió en la guerra; lo mataron. Por eso vengo yo a visitarles…

Estas palabras las dijo lentamente, secándose las sienes con el pañuelo.

—Sí, sí, murió —asentía el anciano; y la fuerte cabeza llena de arrugas se movía, afirmativa, convencida—; murió, sí, el Anastasio. Y yo, aquí, tan fuerte, con mis años: yo no me muero.

Empezó a reírse. Santolalla, tonto, turbado, aclaró:

—Es que a él lo mataron.

No se hubiera sentido tan incómodo, pese a todo, sin la sensación de que lo estaban espiando desde adentro. Pensaba, al tiempo de echar otra mirada de reojo al interior: «Es estúpido que yo siga aquí. Y si quisiera, en cualquier momento podría irme: un paso, y va estoy en la calle, en la esquina». Pero no, no se iría: ¡quieto! Estaba agarrotado, violento, allí, parado delante de aquel viejo chocho; pero ya había comenzado, y seguiría. Siguió, pues, tal como se lo había propuesto: contó que él había sido compañero de Anastasio; que se habían encontrado y trabado amistad en el frente de Aragón, y que a su lado estaba, precisamente, cuando vino a herirle de muerte una bala enemiga; que, entonces, él había recogido de su bolsillo este documento… Y extrajo del suyo el carnet, lo exhibió ante la cara del viejo.

En ese preciso instante irrumpió en la saleta, desde el fondo, una mujer corpulenta, morena, vestida de negro: se acercó al viejo y, dirigiéndose a Santolalla:

—¿De qué se trata? ¡Buenos días!—preguntó.

Santolalla le explicó enseguida, como mejor pudo, que durante la guerra había conocido a López Rubielos, que habían sido compañeros en el frente de Aragón; que allí habían pasado toda la campaña: un lugar, a decir verdad, bastante tranquilo; y que, sin embargo, el pobre chico había tenido la mala pata de que una bala perdida, quién sabe cómo…

—Y a usted ¿no le ha pasado nada? —le preguntó la mujer con cierta aspereza, mirándolo de arriba abajo.

—¿A mí? A mí, por suerte, nada. ¡Ni un rasguño, en toda la campaña!

—Digo, después —aclaró, lenta, la mujerona. Santolalla se ruborizó; respondió, apresurado:

—Tampoco después… Tuve suerte ¿sabe? Sí, he tenido bastante suerte.

—Amigos habrá tenido —reflexionó ella, consultando la apariencia de Santolalla, su traje, sus manos.

Él le entregó el carnet que tenía en una de ellas, preguntándole:

—¿Era hijo suyo?

La mujer ahora, se puso a mirar el retrato muy despacio; repasaba el texto impreso y manuscrito; lo estaba mirando y no decía nada.

Pero al cabo de un rato se lo devolvió, y fue a traerle una silla: entre tanto, Santolalla y el viejo se observaban en silencio. Volvió ella, y mientras colocaba la silla enfrente, reflexionó con voz apagada:

—¡Una bala perdida! ¡Una bala perdida! Ésa no es una muerte mala. No, no es mala; ya hubieran querido morir así su padre y su otro hermano: con el fusil empuñado, luchando. No es ésa mala muerte, no. ¿Acaso no hubiera sido peor para él que lo torturasen, que lo hubiesen matado como a un conejo? ¿No hubiera sido peor el fusilamiento, la horca?… Si aún temía yo que no hubiese muerto y todavía me lo tuvieran…

Santolalla, desmadejado, con la cabeza baja y el carnet de Anastasio en la mano, colgando entre sus rodillas, oía sin decir nada aquellas frases oscuras.

—Así, al menos —prosiguió ella, sombría—, se ahorró lo de después; y, además, cayó el pobrecito en medio de sus compañeros, como un hombre, con el fusil en la mano… ¿Dónde fue? En Aragón, dice usted. ¿Qué viento le llevaría hasta allá? Nosotros pensábamos que habría corrido la ventolera de Madrid. ¿Hasta Aragón fue a dejarse el pellejo?

La mujer hablaba como para sí misma, con los ojos puestos en los secos ladrillos del suelo. Quedose callada, y, entonces, el viejo, que desde hacía rato intentaba decir algo, pudo preguntar:

—¿Allí había bastante?

—¿Bastante de qué? —se afanó Santolalla.

—Bastante de comer —aclaró, llevándose hacia la boca juntos, los formidables dedos de su mano.

—¡Ah, sí! Allí no.

—¡Ah, sí! Allí no nos faltaba nada. Había abundancia. No sólo de lo que nos daba la Intendencia —se entusiasmó, un poco forzado— sino también —y recordó la viña— de lo que el país produce.

La salida del abuelo le había dado un respiro; en seguida temió que a la mujer le extrañase la inconveniente puerilidad de su respuesta. Pero ella, ahora, se contemplaba las manos enrojecidas, gordas, y parecía abismada. Sin aquella su mirada reluciente y fiera resultaba una mujer trabajada, vulgar, una pobre mujer, como cualquiera otra. Parecía abismada.

Entonces fue cuando se dispuso Pedro Santolalla a desplegar la parte más espinosa de su visita: quería hacer algo por aquella gente, pero temía ofenderlos: quería hacer algo, y tampoco era mucho lo que podría hacer; quería hacer algo, y no aparecer ante sí mismo, sin embargo, como quien, logrero, rescata a bajo precio una muerte. Pero ¿por qué quería hacer algo?, y ¿qué podría hacer?

—Bueno —comenzó penosamente; sus palabras se arrastraban, sordas—; bueno, voy a rogarles que me consideren como un compañero…, como el amigo de Anastasio…

Pero se detuvo; la cosa le sonaba a burla. «¡Qué cinismo!», pensó; y aunque para aquellos desconocidos sus palabras no tuvieran las resonancias cínicas que para él mismo tenían…, no podían tenerlas, ellos no sabían nada…, ¿cómo no les iba a chocar este «compañero» bien vestido que, con finos modales, con palabras de profesor de Instituto, venía a contarles?… Y, cómo les contaría él toda aquella historia adobada, y los detalles complementarios de después, ciertos en lo externo: que él, ahora, estaba en posición relativamente desahogada, que se encontraba en condiciones de echarles una mano, según sus necesidades, en recuerdo de… Esto era miserable, y estaba muy lejos de las escenas generosas, llenas de patetismo, que tanta veces se había complacido en imaginar con grandes variantes, sí, pero siempre en forma tan conmovedora que, al final, se sorprendía a sí mismo, indefectiblemente, con lágrimas en los ojos. Llorar, implorar perdón, arrodillarse ante ellos (unos «ellos» que nada se parecían a «éstos»), quienes, por supuesto, se apresuraban a levantarlo y confortarlo, sin dejarle que les besara las manos —escenas hermosas y patéticas… Pero ¡señor!, ahora, en lugar de eso, se veía aquí, señorito bien portado delante de un viejo estúpido y de una mujer abatida y desconfiada, que miraba con rencor; y se disponía a ofrecerles una limosna en pago de haberles matado a aquel muchachote cuyo retrato, cuyos papeles, exhibía aún en su mano como credencial de amistad y gaje de piadosa camaradería.

Sin embargo, algo habría que decir; no era posible seguir callando; la mujerona había alzado ya la cabeza y lo obligaba a mirar para otro lado, hacia los pies del anciano, enormes, dentro de unos zapatos rotos, al sol.

Ella, por su parte, escrutaba a Santolalla con expectativa: ¿adónde iría a parar el sujeto este? ¿Qué significaban sus frases pulidas: rogar que lo considerasen como un amigo?

—Quiero decir —apuntó él— que para mí sería una satisfacción muy grande poderles ayudar en algo.

Se quedó rígido, esperando una respuesta; pero la respuesta no venía. Dijérase que no lo habían entendido. Tras la penosa pausa, preguntó, directa ya y embarazadamente, con una desdichada sonrisa:

—¿Qué es lo que más necesitan? Díganme: ¿en qué puedo ayudarles?

Las pupilas azules se iluminaron de alegría, de concupiscencia, en la cara labrada del viejo; sus manos se revolvieron como un amasijo sobre el cayado de su bastón. Pero antes de que llegara a expresar su excitación en palabras, había respondido, tajante, la voz de su hija:

—Nada necesitamos, señor. Se agradece.

Sobre Santolalla estas palabras cayeron como una lluvia de tristeza; se sintió perdido, deshauciado. Después de oírlas, ya no deseaba más que irse de allí; y ni siquiera por irse tenía prisa. Despacio, giró la vista por la pequeña sala, casi desmantelada, llena tan sólo del viejo que, desde su sillón, le contemplaba ahora con indiferencia, y de la mujerona que lo encaraba de frente, en pie ante él, cruzados los brazos; y, alargándole a ésta el carnet sindical de su hijo: Guárdelo —le ofreció—; es usted quien tiene derecho a guardarlo.

Pero ella no tendió la mano; seguía con los brazos cruzados. Se había cerrado su semblante; le relampaguearon los ojos y hasta pareció tener que dominarse mucho para, con serenidad y algún tono de ironía, responderle:

—¿Y qué quiere usted que haga yo con eso? ¿Qué lo guarde? ¿Para qué, señor? ¡Tener escondido en casa un carnet socialista, verdad! ¡No! ¡Muchas gracias!

Santolalla enrojeció hasta las orejas. Ya no había más que hablar. Se metió el carnet en el bolsillo, musitó un «¡buenos días!» y salió calle abajo.

 

(1949)

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