Viernes de cine: ¨El cuarto hombre (Kansas City Confidential)¨

Fernando Morote

 

 

Asumo que un lunes a la 1 de la tarde, en plena explosión de primavera, no debe ser momento muy propicio para acoger multitudes en una sala de cine. Con mayor razón si se trata de ver una película de 1952. Compro mi boleto de 2 dólares (la oferta incluye una bolsa de pop-corn y una gaseosa) y bajo corriendo las escalinatas eléctricas en dirección al sótano. Contra mis pronósticos, encuentro el auditorio atestado de público. Logro pescar uno de los últimos sitios disponibles: una super butaca con respaldo reclinable y descanso para los pies, envidia de cualquier vuelo en clase ejecutiva. Me arrebujo de la misma forma que lo hago cada noche, frente al televisor, en el sillón más mullido de mi casa.

La excluyente atracción —aquella que me precipitó a marcar la fecha en el calendario desde que vi el afiche publicitario del mall un mes atrás— es sin duda alguna Coleen Gray. Deliciosa y encantadora, fue amor a primera vista cuando la descubrí tan tierna en El beso de la muerte (1947). A partir de allí la he seguido con delirio. Su presencia no es ajena a otros films noir como El callejón de las almas perdidas (1947) y The killing (1956).

Siempre en su papel de chica buena, en esta cinta también aporta el toque romántico. Es una abogada penalista (irónicamente, hija del cerebro delictivo) que se enamora de carambola del protagonista. En una escena al borde de la piscina, además, se la puede ver en traje de baño y sandalias de taco alto. Chiquita y sólida, luce unas piernas divinas. No descarto que sus pequeños senos se hayan visto favorecidos en forma y volumen gracias al estilo de la prenda en esa época. Si hubiera podido, la grababa con mi celular y colgaba su foto en la cabecera de mi cama.

Otros rostros conocidos transitan por la pantalla. Lee Van Cleef, 14 años antes de ser el malo junto a Clint Eastwood en Lo bueno, lo malo y lo feo (1966), aparece increíblemente joven, delgado, peinado y elegante, aunque con su habitual semblante siniestro. Neville Brand, igual que en Traidor en el infierno (1953) con William Holden y El hombre de Alcatraz (1962) con Burt Lancaster, despliega su energía y aire de hombre duro. Jack Elam deja a un lado su actitud de amigo leal de Ricardo Montalbán en My man and I (1952) y Preston Foster vuelve a interpretar a un tipo de baja estofa como en el clásico Soy un fugitivo (1932) con Paul Muni.

Todos ellos conforman una pandilla de personajes sórdidos y oscuros, que hacen del cine negro uno de mis géneros favoritos.

El rol estelar corresponde a John Payne, recordado por sus actuaciones en los dramas El filo de la navaja (1946) y Milagro en la calle 34 (1947), pero la figura interesante, alrededor de la cual se teje la intriga de la historia, es Preston Foster, un capitán de policía fuera de servicio, afincado en Kansas City, Missouri, resuelto a asegurar su retiro poniendo en marcha un plan maestro bien urdido que le redituará un millón de dólares. Desde la ventana de una oficina próxima a su objetivo, estudia meticulosamente los movimientos del banco, los desplazamientos del camión blindado y la rutina de los guardias de seguridad. Para lograr su cometido convoca a 3 avezados hampones, requeridos por la ley: Van Cleef, Brand y Elam. Los entrevista a cada uno por separado y les entrega las instrucciones sobre su participación en el atraco. Mediante el uso de una burda máscara de tela, evita revelar su identidad. Tampoco permite a sus cómplices que se conozcan entre sí, obligándolos a utilizar un antifaz similar durante el golpe.

El director Phil Karlson —que por años se desempeñó como multioficios en los estudios Universal y colaboró como asistente en varias comedias de Abbott y Costello— lo hace ver primero como un ladrón profesional, luego sugiere que está realizando un trabajo honrado en coordinación con oficiales de Estados Unidos y México, entonces da la impresión de que son loables sus motivos para llevar tras las rejas a los delincuentes, y sólo al final revela que se trata de un mercenario cuyo único afán es cobrar la recompensa por su captura.

El día del robo todo parece transcurrir según lo previsto. Hasta que John Payne, un inocente repartidor de flores (veterano de guerra y exconvicto), se atraviesa en el camino. Su dudoso pasado lo pone en aprietos. Es arrestado y fichado. Luego de sufrir una prisión temporal es liberado por falta de pruebas. Resentido, decide enfrentar al mundo y limpiar su nombre. Con ayuda de sus antiguas conexiones, logra ubicar a los implicados en el incidente. Cuando el primero de ellos es liquidado en una refriega con las autoridades mexicanas, sin querer se convierte en el cuarto hombre para la pactada repartición el botín.

Los diálogos sarcásticos, sostenidos con lenguaje crudo y sucio, bálsamo para oídos poco finos como los míos, retratan de manera precisa la esencia del cine negro. Cuando los agentes detienen a Payne lo sermonean recordándole la medalla de bronce que ganó por sus acciones de valor en combate. Él contesta con rabia: “Trata de comprar una taza de café con ella”.

Terrible realidad que, por otro lado, en los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial provocó el nacimiento del cine negro como expresión de un nuevo orden en el que abundaban los corruptos y maleantes, producidos por una sociedad indolente, que sólo despertaba en ellos un desesperado deseo de revancha.

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