La edad del idiota: 3. El gran embustero

Diego M. Rotondo

 

 

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EL GRAN EMBUSTERO

Acabo de enterarme de algo terrible, hace unas semanas los padres de Pedro tuvieron un accidente y murieron. Pasaban el fin de semana largo en la casa de San Bernardo, cuando Pedro, durante la cena, les contó que en el colegio le habían puesto 20 amonestaciones. El padre se enfureció, le encajó un cachetazo y Pedro se escapó. Era casi medianoche y las calles estaban vacías y oscuras, así que se subieron al auto para ir a buscarlo. Lo encontraron a 2 kilómetros, en la avenida que salía del pueblo y desembocaba en la ruta principal. Pedro estaba haciendo dedo sobre la banquina. El padre se estacionó a su lado y le pidió que subiera al auto, pero él lo ignoró y siguió caminado hacia la ruta. Lo siguieron despacio, su mamá intentaba persuadirlo desde la ventana del acompañante; pero él no los escuchaba, se alejaba por la banquina sin mirarlos. En un momento se cruzó corriendo a la mano contraria. Fue en ese instante, cuando su padre dio una vuelta en U para retomar, que otro auto que venía como un bólido sin luces, colisionó de lleno contra ellos. El impacto fue tan violento que ambos vehículos dieron vueltas en el aire y cayeron destruidos en diferentes tramos de la avenida. Pedro lo presenció todo. Primero vio la secuencia del choque como en cámara lenta, después vio a su madre, retorcida entre los fierros del Falcon, y a su padre, partido en dos, el torso y la cabeza sobre el pavimento y las piernas aún en el interior el auto. El otro vehículo se incendió y sus integrantes también murieron. En menos de diez minutos llegaron la policía, los bomberos y la ambulancia. Y la avenida, que a esa hora era un túnel oscuro a causa de los árboles que la ceñían, se transformó en una exhibición de luces titilantes que podría verse desde la Luna. En el otro auto iban dos tipos a 140 kilómetros por hora, venían de una whisquería de Mar de Ajó y estaban tan borrachos que ni habían notado que tenían las luces apagadas. Aparecieron tan súbitamente que Pedro los vio recién un segundo antes que chocaran con sus padres. Pedro le contó toda la secuencia a la policía, ellos se la contaron a su hermano Adrián, y él ayer se la contó a mi mamá al cruzársela en la verdulería.

—Pedro no siente culpa… ni siquiera ha llorado —le dijo Adrián entre lágrimas.

—No te aflijas por eso; es chico aún —lo consoló mamá—. Los chicos hacen su duelo de forma diferente… a veces pasan meses sin que reaccionen.

—Ojalá fuera como usted dice, pero no… Pedro no es un pibe normal —contestó Adrián—. Cuando llegó la policía les contó todo emocionado y contento; como si hubiese disfrutado de la tragedia. Habló de nuestro padre partido al medio con fascinación, como quien ve una escena fantástica en una película de terror. ¡Si hasta quiso subirse al camión de los bomberos!…

Pedro quedó a cargo de su hermano. Ellos nunca se llevaron bien, Adrián siempre le reprochó su actitud fría e interesada con la gente. Esa actitud que Pedro ya tenía en la primaria, cuando nos timaba con juegos de palabras y miradas susceptibles. Pedro siempre fue un gran embustero, tenía talento para eso. Me pregunto qué será de él de ahora en más, y qué debería hacer yo para ayudarlo… después de todo siempre fuimos muy amigos. Aunque Pedro nunca fue muy amigo de nadie, las personas eran puentes para él; puentes para salir airoso de cualquier problema. En la escuela nunca cayó en penitencia, nunca lo llevaron a Dirección ni llamaron a sus padres, incluso a pesar de que siempre que había líos él estaba involucrado. Pedro se las arreglaba para culpar a otro y que ese otro no se diese cuenta. Por eso nunca nadie le rompió la cara, por ese don que tenía para dejar que otros tomen su lugar. «Pedro siempre gana…», decía Martín, «aunque pierda, siempre gana…».

Tengo que llamarlo, pero no para decirle esa estupidez de «lo siento mucho» que le dice todo el mundo; tengo que llamarlo para invitarlo a andar en bici, a jugar a la computadora, a hacer algo que lo despeje. Si me hubiese pasado algo así ahora estaría buscando la forma de suicidarme. A mí los remordimientos me carcomen, por cualquier tontería me lo puedo pasar llorando toda la noche. Si piso a un perro sin querer, si le tiro de los pelos a mamá, si le digo algo cruel a alguien, acabo llorando y maldiciéndome. Si es cierto que Pedro no siente culpa, como dice su hermano, me gustaría que me enseñe cómo lo hace; creo que sería muy feliz si no me sintiese culpable por cada cosa mala que hago. A lo mejor la felicidad consiste en eso, en no sentir culpas, ni aunque sean merecidas. Sin embargo dudo que Pedro sea feliz, y menos en este momento. Eso me hace sentir pena por él, y sé que si no hago algo al respecto también voy a cargar con esa culpa. Pienso: ¿qué es lo que más le gusta a Pedro?… Entonces se me ocurre algo; algo que podría animarlo y que seguramente lo haría olvidarse de la tragedia por un rato. A Pedro le encantaría participar en el robo de las zapatillas que planeamos con Martín. De hecho, él sería más adecuado que Martín para robárselas a mi compañero. Tiene mejor facha y no putea cada dos palabras; no despertaría ninguna sospecha. El problema es que va a querer obtener su ganancia y no sé si Martín quiera incluirlo en el negocio. Supongo que debemos llegar a un arreglo. De todas formas, si hay alguien a quien Pedro no timaría, es a Martín, porque sabe que él no es susceptible a sus encantos y le podría dar una paliza inolvidable.

Voy a llamar a Pedro. Pero sólo tengo el teléfono de sus padres y él ya no vive ahí. Es mejor que vaya directamente a visitarlo a la casa de su hermano. Me subo a la bici y pedaleo las 8 cuadras que me separan de la casa. Al llegar encuentro a Pedro charlando con una señora en la puerta. La mujer no para hablarle y de acariciarle la cabeza con ternura. Probablemente le esté hablando de sus padres, de Dios, de El Cielo y toda esa perorata de vieja. Pedro parece querer quitársela de encima, camina hacia atrás para meterse a la casa, pero ella le sigue hablando sin parar. Entonces me ve estacionar con la bici en el borde de la calle. No veo a Pedro desde que empecé el secundario; en estos meses ha crecido por lo menos 5 centímetros. Nos habíamos juntado en la plaza ese último fin de semana de vacaciones. Chino era el único que parecía contento de empezar las clases. Martín se preguntaba quién sería el primero con el que se agarraría a las trompadas, y Pedro sólo deseaba que sus nuevos compañeros tuviesen algo que ofrecerle. Pedro despide a la mujer con un beso y se acerca a mí pateando piedras. No sonríe, apenas me mira y me extiende la mano fríamente. «Qué hacés…», me dice. Es como si no le emocionara ni un poco verme después de todo este tiempo. Tal vez crea que le voy a decir lo que lo siento y por eso su cara de fastidio, o piense que voy a salir con el chamuyo de sus padres en El Cielo y esas cosas. Pero no, decido ir al grano:

—Vengo a proponerte un negocio…

 

 

 

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