EL JUEGO

Lucas Berruezo

 

Claudia.

Mira hacia atrás y se dice que tiene un poco más de tiempo. Seguramente no es nada malo, y Claudia se desmayó por pura impresión. Nunca le gustó la sangre. Es decir, a nadie le gusta, pero ella llegaba incluso a dejar de ver una película cuando aparecía sangre en la pantalla. Por eso nunca miraba películas de terror o de guerra…

El juego.

Mira hacia la pantalla y ve que el tiempo se le fue de las manos. Ahora no va a llegar, ni aunque tuviera mucha suerte. Lleva el cursor a la opción «Juego» y elige «Nuevo juego». Uno más, solamente uno más. Esta vez va a llegar, y le va a preguntar a Claudia qué le pasó. Está seguro de que no es nada malo, nada que no le hubiese pasado antes, pero igual le va a preguntar. Y si tiene que hacerlo, porque a lo mejor tiene que hacerlo, la va a llevar al hospital. Pero no cree que vaya a ser necesario. No. Ella seguro está bien y simplemente fue la impresión.

El juego.

Tiene que prestarle atención al juego, si no nunca va a alcanzar la marca que lo dejará levantarse de la silla.

Una mano invisible reparte las cartas sobre el paño verde de la pantalla. Todas cartas medianas y de todos los colores, como a él le gusta. Tiene un diez, dos ochos, un siete, un cuatro, una reina y un dos. El juego promete, seguro que esta vez llega a la marca. El siete encaja a la perfección debajo de uno de los ochos. Debajo del siete aparece un as que enseguida pasa a ocupar su lugar en la parte superior del paño. Y debajo del as surge, omnipotente, el rey. La cosa va bien, realmente bien. Lo va a lograr y por fin va a poder mandar a la mierda a ese juego de porquería. Mierda y porquería, sí señor.

Comienza a descubrir el mazo de cartas que está en el ángulo superior izquierdo. Con cada click de su mouse aparecen tres cartas nuevas que, por obra de la Providencia, encajan en alguna de las que ya están en juego. Las pilas se van armando descendentemente en la parte baja de la pantalla y ascendentemente en la parte alta. Va a ganar, seguro. Pero además va a llegar a los setecientos puntos, y una vez que lo haga no volverá a jugar a ese juego. No le gusta, nunca le gustó, pero igual se había «enganchado», como él siempre decía.

Viene bien, mejor que nunca. Todavía va por la primera ronda y ya formó varios juegos. El piloncito de cartas del ángulo de arriba todavía tiene más opciones para ofrecerle y él apenas las necesita.

Claudia.

Mira sobre su hombro y se fija en su esposa. Todavía está ahí, en la misma posición, de costado y acurrucada como si fuera un bebé. Es por el estómago, claro. Está doblada por culpa de su estómago. Le había dicho que le dolía, que le dolía más que nunca, y después había aparecido la sangre. Seguramente no es nada, o al menos nada más que la menstruación, pero igual ella se había asustado. Por eso el desmayo, por la impresión. Cuando termine con su juego va a ir a buscar agua y…

El juego.

Se había olvidado del juego. Unos segundos, no tanto como para que lo obligue a reiniciarlo. Sería un crimen hacerlo, ya que las cartas parecen alineadas por él mismo, como si estuviera haciendo trampa. Pero no hace trampa, y va a llegar a los setecientos puntos. Después va a capturar la pantalla, va a guardar la imagen (para que queden pruebas) y se va a despedir para siempre de ese juego. Para siempre.

Escucha un ruido y se da vuelta. Claudia está inmóvil, pero el ruido parece haber venido de ella. Ojalá no empiece a gritarle de nuevo. «Que hacé esto, que hacé lo otro». Ella no entiende que él tiene que hacer primero el juego. Llegar a los setecientos puntos. Recién ahí va a poder hacer todo lo que ella quiera. No es que el juego sea muy importante…

El juego.

Mierda.

Está bien, no perdió mucho tiempo. Además, las cartas parecen seguir jugando a su favor. La fila superior ya llega a los siete y a los ocho y la de abajo tiene a los cuatro reyes dirigiendo sus imperios. Y apenas dio la vuelta al mazo una sola vez. Ya está prácticamente hecho, solamente tiene que mantenerse concentrado. Nada más. Pero sin confiarse. Después de tantas horas de juego, la concentración tiende a desvanecerse. Es la primera vez que juega tanto. No lleva la cuenta de las horas, pero pasaron muchas. Cuando Claudia se había ido a dormir la noche anterior, ya habían pasado como dos horas desde que él había empezado a jugar. Jugó toda la noche y cuando a la mañana Claudia empezó con los dolores él todavía estaba jugando. Setecientos puntos. Ése es su objetivo, y no va a levantarse de la silla hasta alcanzarlo. No es que piensa que el mundo se va a desvanecer si no lo logra (sabe que el mundo va a seguir donde está), pero igual quiere lograrlo. Para eso jugó tanto. Para eso sigue jugando. Y aunque Claudia no lo entienda…

Claudia.

Mira y ve lo mismo que antes: Claudia doblada en el piso, apretándose el estómago, inconsciente. Mira con más atención y ve que respira. Está bien. Si respira está bien. Las personas que no están bien no respiran, o, mejor dicho, sí lo hacen, pero mal. Y Claudia no respira mal, al menos no por lo que se ve.

El juego.

Ya casi termina, apenas un poco más. No tiene que desconcentrarse, Claudia está bien. Respira bien. La palidez de su cara se debe al susto que se pegó con la sangre. ¡Mujeres! Sangran una vez por mes durante la mayor parte de su vida y, aun así, se siguen impresionando. ¿Quién puede entenderlas? Él no las entiende, aunque en realidad nunca le importó hacerlo. Con Claudia se llevan bastante bien sin entenderse. Al menos así había sido por años. ¿Quién sabe lo que les deparará el futuro? Pero ahora eso no es lo importante. Lo importante es el juego, que ya está casi completo.

Pero él sabe que no es así y acaba de darse cuenta. Ya le pasó antes: cuando la partida parece que está a punto de cumplirse, de repente se queda sin movimientos y le aparece un cartel que le da dos opciones: o salir del juego o volver a empezar. A medida que pasaron las horas, fue desarrollando la capacidad de intuir, con varios movimientos de anticipación, el momento en que va a aparecer ese cartel, y casi siempre da en el blanco. Y ahora tiene esa sensación. Algo le dice que cuando termine esa vuelta, cuando el piloncito de la punta se quede sin cartas y vuelva a empezar, entonces el cartel de mierda va a aparecer y lo va a obligar a terminar.

Y así pasa. El piloncito de la punta (que es más chico que nunca con apenas cuatro cartas) se termina con dos clicks y el cartel aparece en la pantalla. «Ya no quedan más movimientos. ¿Qué desea hacer?». Cartel de mierda. Estaba tan cerca. Había estado tan cerca.

Claudia.

Mira a su esposa. Sigue ahí, respirando. Si respira es porque está bien. Si respira está bien. Eso le da un poco más de tiempo. Puede jugar un partido más. Con uno más puede llegar a los setecientos puntos. Uno más. Solamente uno más. Si no llega, va a apagar la computadora y va a ver lo que quería Claudia. Solamente uno más.

El juego.

Aprieta la opción «Finalizar juego» y, en el nuevo cartel que aparece a continuación, elige «Jugar de nuevo». Una mano invisible reparte las cartas sobre el tapiz verde. Se trata de cartas medianas y de todos los colores, justo como a él le gustan. Esta vez lo va a lograr, pero no tiene que distraerse. Esta vez no. Tiene que concentrarse en el juego.

Solamente en el juego.

El juego.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s