La edad del idiota: 2. Altas llantas

Diego M. Rotondo

 

 

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ALTAS LLANTAS

La mayoría de los alumnos de este colegio son snobs. Hasta el más miserable, ese que va siempre con los pantalones rotos y el suéter gastado, viene a clases a bordo de un superauto. Aquí todos eligen a sus amigos según el poder adquisitivo de sus padres. Cuando mi papá insiste en llevarme al colegio en su camioneta destartalada, le ruego que me deje lo más lejos posible de la entrada. «Vos no entendés nada…», refunfuña, «esta camioneta es un fierro, restaurada costaría una fortuna…». Me pregunto por qué no la restaura entonces… el otro día, al bajarme, me quedé con la manija en la mano. Moriría de vergüenza si mis compañeros me vieran llegar en esa cosa, sería el hazmerreír del colegio, sobre todo de esos fanfarrones que viven en chalets de tres pisos con garaje para dos autos, con sirvientas en delantal, con madres rubias y estiradas, todas con el mismo peinado, la misma ropa y la misma actitud soberbia que tienen los pajeros de sus hijos. Odio a la gente con plata. Y no los odio por envidia, los odio por su arrogancia y su desdén hacia los que tienen menos.

Hoy me estuve acordando de los chicos de la primaria; esos sí que eran auténticos, no se andaban fijando en la posición social de cada uno. Hace casi 6 meses que no los veo. Tuve ganas de llamar a un par, pero no lo hice. Supuse que se habrían olvidado de mí, de lo contrario me hubiesen llamado, y no lo hicieron. En la agenda encuentro el número de teléfono de Valeria… me pregunto qué será de ella, si habrá ido a parar a un colegio de estirados también. Marco su número y contesta enseguida, por la voz sé que es ella. Me quedo un rato escuchándola decir: «Hola… hola… ¡Hola!… ¡Pelotudoooo!», y colgar. ¿Pensará en mí de vez en cuando? ¿Se acordará de nuestro beso en el jardín de infantes?… Marco el número de Chino que ya sé de memoria, le pregunto si quiere ir a dar una vuelta, dice que tiene que estudiar Física, y después Matemáticas, y después Química, y después Historia… «¿Y después de Historia?…», le pregunto. «Después tengo que dormir», contesta. Entonces llamo a Martín, atiende su mamá y con tono histérico me dice: «¡Tu amigo pasó la noche entera durmiendo en la plaza! Si lo ves decile que no pienso ir a buscarlo, que por mí que se pudra… Y que la próxima vez que me levante la mano le pego un tiro en la cabeza…». Martín y su mamá se pelean todo el tiempo, a veces a los golpes incluso. Su relación siempre está en los extremos: pasan de quererse demasiado a odiarse demasiado. Probablemente en unas horas se estarán abrazando, pidiéndose perdón; y mañana, otra vez a las trompadas.

Salgo de casa y corro hacia la plaza. Encuentro a Martín acompañado de dos villeros. Los tres están sentados bajo el Sarmiento sin cabeza. Fue Martín el que lo decapitó. Se trepó en la plataforma de la cual sobresalía el torso y la cabeza, le colocó unos cuantos petardos, ligó y encendió las mechas, y después saltó. Era imposible que unos petardos volaran un pedazo de piedra que pesaría más de 100 kilos; la explosión a lo sumo la dejaría ennegrecida por la pólvora. Sin embargo la hizo añicos. El estallido voló la cabeza de Sarmiento en miles de fragmentos que crearon un nimbo fantasmal en el aire. Al investigar los restos descubrimos que la efigie era de yeso, totalmente hueca, fácil de romper con un simple martillazo. Martín montó todo ese espectáculo a propósito, para impresionarnos.

Mi amigo comparte un cigarrillo con los otros dos. Ya está anocheciendo y no hay nadie más en la plaza. Yo conozco a uno de esos villeros, le llaman Termo, es el ladrón tonto del barrio. Además es rengo, eso le impide huir rápidamente cuando comete un robo. Por lo general acaba en el piso recibiendo patadas hasta que aparece la policía. Termo es tan tonto que para amenazar a sus víctimas les apunta con el dedo escondido en el bolsillo de su campera. Casi todos saben que no lleva arma y se le ríen en la cara. Al otro no lo conozco, parece peligroso. Me quedo en un extremo de la plaza, no me atrevo a acercarme. Martín me ve y levanta la mano para que vaya. Termo me saluda, me conoce de vista. El otro me mira de arriba abajo desconfiado. Martín me lo presenta, «éste es el Tuca», me dice. El Tuca me estrecha la mano sin sonreír. Me siento con ellos en el escalón de la plataforma y Termo me pasa un cigarrillo armado que despide un aroma de hojas secas quemadas. «Fumá», me dice. Tomo el pitillo entre mis dedos y le doy una calada; siento un ardor áspero en la garganta y empiezo a toser. Todos se ríen a carcajadas. Martín me lo quita y le da una calada intensa, toda su cara se frunce y se enrojece como un tomate marchito. Al soltar el humo tose un par de veces y escupe: «Siempre arde al principio, cof, cof… pero después te acostumbrás, cof, cof…», me explica. Durante un rato me quedo mirándolos mientras se pasan el porro hasta consumirlo. Tienen los ojos rojos y pequeños, como si no hubiesen dormido en dos semanas. «¿Eso es lo que provoca la droga?», les pregunto, «¿hacerte carraspear y dejarte los ojos rojos?». Ellos vuelven a reírse, esta vez con más vehemencia, Termo se agarra la panza y se tira en el pasto revolcándose de la risa. No me pareció tan gracioso lo que les dije. Carcajean como enfermos mentales. Después de un rato se calman.

—Tu mamá me dijo que te quedaste a dormir acá —le digo a Martín.

—¡Mi vieja es una puta! —grita— Un día de estos voy a asesinarla.

—Nosotro te conseguimo el fierro… —le dice Termo.

—¿Pueden conseguir uno en serio? —les pregunta Martín.

—¡Ma vale, amigo!, si hay algo fáci de conseguí en la Villa son fierro…

—¿Y a cuánto me lo venden?

—¿Pa qué preguntá si no tené un peso? —le dice el Tuca.

—Puedo conseguir. ¿Tiene que ser guita?, ¿no puede ser otra cosa?… tengo un skate que me afané el otro día.

—Eso no, amigo… el negocio ahora son la llanta… —explica el Tuca.

—¿Las llantas?

—Zapatillas —le digo—. Ahora les dicen así.

—¿¡Vite Martín!? ¡Tu amigo sabe! —dice Termo palmeándome el hombro— Es villero como nosotros, ¡jua, jua, jua!

Todos nos reímos. El Tuca ya no me mira con desconfianza.

—Bueno, les puedo cambiar el fierro por unas zapatillas mías —dice Martín.

—No amigo, esa mierda que usá no… llanta posta buscamo; importada…

—En mi colegio casi todos tienen zapatillas importadas —comento e inmediatamente me arrepiento de haber hablado.

Los tres se quedan mirándome en silencio.

—Es verdad —agrega Martín—. Él va a Los Sacristanes… son todos ricos ahí.

Termo y el Tuca se me quedan mirando con cierto rencor.

—¡Pero él no tiene un peso! —dice mi amigo— Él tiene una… cómo se dice… ¡una beca! ¡eso! No paga, va gratis.

—Qué suerte tené —me dice el Tuca—. ¿Podé chorear alguna llanta ahí?

—No… Me echarían. Además no sirvo para robar —cada vez me siento más incómodo con la charla. Debería cortarme la lengua.

—No importa, ¡te enseñamo amigo! —me dicen.

—No hace falta. Yo las consigo —me salva Martín.

—Bueno… pero que sean Reebok o Nike, nada argentino, sólo llanta importada; traeno un par y nosotro te habilitamo el fierro…

—¡Hecho! —dice Martín.

Los villeros nos saludan y se van. Con Martín empezamos a caminar rumbo a su casa.

—¿Volvés? —le pregunto.

—Seee… extraño a mi vieja…

—¿Y cómo mierda pensás conseguir las zapatillas?

—Con tu ayuda.

—Sí… claro…

—No tenés que arriesgar nada, boludo. Tengo todo planeado.

—¿En serio vas a matar a tu mamá con el arma?

—¡No! Pero delante de estos tipos hay que hacerse el duro…

—¿Y para qué querés un arma?

—Se nota que nunca fuiste a mi colegio… —dice.

—¿Y cuál es tu plan para conseguir las zapatillas?

—Es fácil. Tenés que lograr que alguno de esos putos del colegio te invite a su casa.

—¡Yo no soy un chorro, no pienso robar, y menos a uno del colegio!

—¡Vos no! ¡Pero yo sí!…

—¿Y cómo vas a entrar a la casa de uno de mis compañeros?

—Les vas a decir que soy tu primo del campo. Que estoy a tu cargo.

—No me van a creer…

—Sí, te van a creer.

—¿Y qué gano yo con todo esto?

—A Valeria…

Me detuve en la calle de repente. Martín siguió caminando despacio.

—¿A Valeria?…

—Dentro de dos semanas es su cumple y estoy invitado. Le puedo preguntar si puedo llevarte.

—¿Y por qué te invitó a vos?

—Mi vieja y su mamá son amigas. El otro día vinieron a casa, a tomar el té. Valeria vino a mi cuarto y me invitó.

—¿Pero ella te gusta?…

—¡A todos les gusta Valeria!… Pero a nadie tanto como a vos…

Martín sabe manipularme.

—¿Quiénes más van a ir a la fiesta?

—No sé… supongo que amigos del nuevo colegio… ¿te interesa ir o no?

—Sí… pero ella no sé si va a querer que yo vaya.

—Eso dejamelo a mí. Vos arreglá la reunión con tu compañero.

—No va a ser tan fácil; no me hice amigo de ninguno. Bueno, de Iván sí, pero él no es de guita… es más como nosotros.

—Entonces hacete amigo de uno con guita. Y fijate que tenga varias zapatillas…

Acompañé a Martín hasta la puerta de su casa, me despedí y regresé pensando en cómo habían cambiado mis pensamientos en unos pocos minutos. Al principio de la conversación ni siquiera podía considerar la idea del robo en mi cabeza, todo me sonaba absurdo y criminal. Y tampoco me interesaba colaborar para que él consiguiera el arma y matase a algún compañero. Lo escuchaba como quien escucha a un demente y le sigue la corriente; total, al final no iba a ceder… Pero cuando mencionó a Valeria, de repente todo se agitó en mi cabeza. De repente comencé a imaginar las diferentes formas de que Martín pudiese hacerse con las zapatillas. Y hasta supe exactamente quién podría ser la víctima; supe las palabras que iba a decir para convencerlo de que me invitara a su casa y me dejase llevar a mi primo del campo… La imagen de Valeria en su fiesta de cumpleaños despejó cualquier sentido moral que hubiera en mí. «Valeria», su nombre era un hechizo.

 

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