La edad del idiota: 1. El castillo del miedo

Diego M. Rotondo

 

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EL CASTILLO DEL MIEDO

Cuando reprobé el examen de admisión para el colegio industrial pensé que mis padres se resignarían y me enviarían a un bachillerato. Pero no tuve suerte, muy cerca de mi casa estaba El castillo del miedo, un edificio gótico instalado en un terreno de 6 hectáreas. Desde chico había tenido pesadillas con ese lugar, lo consideraba una especie de claustro adonde llevaban a los jóvenes descarriados para que los curas los torturaran. Imaginaba que los chicos como yo morirían ahí dentro, que los crucificarían o los quemarían vivos frente a esa inmensa capilla que sobresalía desde el corazón del lugar. Decían que ese colegio era una Secundaria de élite, que ahí se habían formado los mejores arquitectos e ingenieros. Lo peor que podría sucederle a un chico como yo, al que no le interesaba ser el mejor en nada, era que lo enviasen a un colegio así. Y eso fue lo que sucedió. Mi madre me dio la trágica noticia mientras preparaba la cena de Nochebuena:

―Tu papá llamó esta tarde, dice que te inscribió en «Los Sacristanes».

―¡Qué buen chiste, mamá!… ―le respondí con una risita burlona.

―No es un chiste… vas a ir a uno de los mejores colegios de Buenos Aires.

―¿¡Me estás jodiendo!?

―¡No, estúpido!

―¡Ni muerto voy a ir a ese lugar! ¡Antes me suicido!, ¿¡oíste!? ―para manifestar mi furia levanté una silla y la tiré encima de otra.

Mamá se dio vuelta con el cuchillo en la mano.

―Mirá loquito, mejor que te calmes… ―dijo blandiendo el cuchillo―. Vos vas a ir a ese colegio, quieras o no.

―¡Noooo! ―grité― ¡No voy a ir a un colegio de pederastas!

―¿Pederastas? ¿De dónde sacaste esa palabra?

―Martín la dice todo el tiempo…

―Martín ni debe saber qué significa. Mejor empezá a olvidarte de ese chico. No es una buena junta para vos.

―Es mi mejor amigo…

―Es un delincuente, ¿sabías que le robó el skate a Leo, el hijo de Norma?

Claro que sabía, yo distraje a Leo para que Martín se robara el skate.

―No, no sabía.

―Justamente el otro día me crucé con Olga, su mamá. Me dijo que cuando Martín acabe la primaria va a ir al Nacional 15… Toda la escoria del barrio va a estudiar ahí. Está lleno de malandras y drogadictos. Dicen que una vez tiraron a un profesor desde el tercer piso y lo dejaron parapléjico. ¿Te gustaría acabar en un lugar como ese?…

―Lo prefiero al castillo del miedo…

―No sabés lo que decís, tenés 13 años recién. Dentro de unos años le vas a agradecer a tu padre que te haya pagado un colegio tan bueno.

―Lo voy a odiar toda la vida por eso…

La conversación no duró mucho más. Mamá estaba muy ocupada con la cena y me echó de la cocina a patadas. Más tarde me comuniqué con mi padre y le rogué que no me enviase a ese lugar, que antes prefería ir a la cárcel. Él, como de costumbre, lo resolvió rápido: «¿Si Papá Noel te trae la computadora, vas?». No tuve que pensarlo demasiado, quería esa computadora desde hacía mucho tiempo, intenté vender la bicicleta para conseguir la plata, pero mamá no me dejó. Veía la commodore 64 en las propagandas de la tele y se me caía la baba. No había nada que yo deseara más en el mundo, y papá lo sabía bien. «Sí…», respondí.

Un colegio de hombres… Si había algo para hacer más trágica mi situación, era que iba a pasar 6 años de mi vida en un colegio de hombres. Un día en Los Sacristanes comenzaba a las 7:30. Pero no terminaba al mediodía como en la primaria, seguía hasta las 5 ó 6 de la tarde. En las primeras dos horas teníamos talleres de electricidad, carpintería, hojalatería, etc. A partir de las 9:30 debíamos sacarnos el overol y ponernos el uniforme escolar para seguir con las materias: matemáticas, biología, historia, física, geografía, cívica, etc. Al mediodía teníamos 20 minutos para almorzar en el patio del colegio. Después íbamos hacia los vestuarios y nos poníamos la ropa deportiva para la clase de educación física. ¡Teníamos ejercicios todos los días! Al finalizar regresábamos a los vestuarios, nos duchábamos y nos volvíamos a poner el uniforme para tomar las clases vespertinas: inglés, catecismo y dibujo técnico. Y así todos los putos días.

El segundo día de clases tuve una crisis y decidí no volver al colegio. Con mi madre mantuve una épica discusión: me tiró «El nuevo testamento» por la cabeza y yo contraataqué con las obras completas de Cervantes, un libro bastante grueso y pesado. Le di con el vértice del lomo en la frente y le salió algo de sangre, eso la enfureció más, me persiguió por toda la casa con la escoba, por suerte pude encerrarme con llave en el baño. Una vez adentro empecé a gritar y a golpearme la frente contra la pared, quería quedar inconsciente y tener una buena excusa para no volver al colegio. No funcionó, me salió sangre pero no me desmayé. Mi cabeza era demasiado dura. Mamá rompió la cerradura de la puerta pegándole con un matafuego, tenía miedo de que estuviese muerto. Me revisó las heridas de la frente y me puso alcohol, gasas y hielo. Tras asegurarse de que estaba bien, me encajó un cachetazo. «Vas a ir al colegio aunque tenga que llevarte a las patadas…», me advirtió.

Los que pululaban por la puerta del colegio se quedaron boquiabiertos al vernos llegar; Mamá y yo teníamos la frente vendada. Entré al colegio arrastrando mi mochila, estaba triste y adolorido. Me dirigí a las formaciones que había en el patio. Tardé un buen rato en hallar mi división. Había cientos de chicos, de Primero a Sexto. Cada año tenía hasta cuatro divisiones: A, B, C, D. Yo estaba en la D. En la formación, además de izar la bandera había que soportar a un sacerdote senil que se dirigía hacia nosotros desde un balcón, como si fuera el Papa. El viejo nos hacía rezar el Ave María y todo ese bodrio que ya había soportado en la primaria. Todavía no me hablaba con ningún chico, no sabía los nombres, no sabía quiénes eran los aplicados y quiénes los desastrosos. El primer día de clase había sido tan intenso que no nos había dado tiempo a nada.

Mientras estaba en el recreo, después del taller de carpintería, un chico se me acercó y me preguntó qué me había pasado en la frente. «Quise suicidarme…», le respondí. Él empezó a reírse creyendo que era un chiste. Yo también me reí. Nos presentamos y estrechamos las manos. Se llamaba Iván, era rubio y escuálido, de mi misma altura. Iván era macanudo, estaba igual de angustiado que yo con el nuevo colegio. Compartimos un sándwich que compramos en el kiosco y charlamos sobre tonterías hasta que se hizo la hora.

No me gustaba la mecánica ni la carpintería, pero sí la electricidad. A los 10 años ya había empezado a experimentar con baterías, cables, luces y motorcitos que usaba para fabricar helicópteros que nunca volaban. Sabía sobre los polos negativos y positivos, sabía pelar cables y empalmarlos entre sí. Supuse que disfrutaría esa clase. El profesor, un hombrecito de bigote y cabeza cuadrada, nos reunió a todos rodeando una larga mesa de trabajo repleta de interruptores, cinta adhesiva, tijeras, alicates, cables, etc. Antes de presentarse nos indagó en silencio; luego inspiró profundamente y exclamó: «¡Cuánto olor a hombre hay aquí!». No supimos si era un chiste o un simple comentario marica, algunos nos tentamos de la risa; busqué a Iván con la mirada y estaba coloradísimo, a punto de estallar. ¡Nuestro profesor de electricidad era puto!

La clase fue entretenida. El profesor, Roque, era bastante efusivo con nosotros; entre suspiros y muecas amaneradas nos explicó que construiríamos un tablero eléctrico, con una llave principal, un foco, un tomacorriente y un interruptor. La única función del tablero sería encender una lámpara. Pan comido, pensé en ese momento. Para finales de mes cada alumno debía entregar su propio tablero, eso sería suficiente para aprobar la primera parte del taller. Él nos enseñaría a leer el plano del tablero para que lo construyéramos poco a poco. A diferencia de los demás profesores, Roque nos trataba como una tía cariñosa. Su clase fue nuestra favorita.

Ese segundo día no resultó tan malo. Me hice de mi primer amigo y ya empezaba a conocer a los demás. Un mes después ya estaba habituado al ritmo intenso del colegio; aunque no recuerdo bien por qué, un día empecé a llevar navajas a clase.

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