El malentendido (II)

Eduardo Mendoza

 

Al regresar a la ciudad encontró una carta procedente de la prisión, en cuyo interior una nota escrita apresuradamente decía así: «Apreciada señorita Fornillos: Hace unos días recibí los libros. Ya he leído los tres primeros y estoy empezando A la sombra de las muchachas en flor. Hay que ver cómo escribe este tío. Atentamente. Antolín Cabrales Pellejero.»

Ni una palabra de agradecimiento. Inés Fornillos no experimentó pesar sino desdén.

Cuando se reanudaron las clases en la cárcel, estuvo esperando en vano que fuera a saludarla. Al cabo de dos semanas preguntó por él a uno de sus nuevos alumnos y éste le dijo que Antolín Cabrales estaba a cargo de la biblioteca. La curiosidad por ver hasta dónde podía llegar la estupidez de aquel mequetrefe pudo más que su orgullo y al salir de clase fue a la biblioteca, donde sólo encontró a Antolín Cabrales enfrascado en la lectura de un grueso volumen. La presencia de la señorita Fornillos pareció incomodarle.

«¿Qué lees?»

«El hombre sin atributos, de Musil. Como soy el bibliotecario, me ocupo de las adquisiciones y pido lo que me interesa. Total, aquí da lo mismo: la mayoría con un Mortadelo se pueden pasar diez años.»

«¿Y no vas a ninguna clase?»

«No. Aquí aprendo más. Por cierto, no sé si le di las gracias por el envío del verano.»

«No, pero no importa.»

Al cabo de unos meses se cruzó con él en un pasillo. Ella le dirigió un saludo con la cabeza, pero Antolín Cabrales, contra todo pronóstico, se detuvo, le preguntó cómo estaba y se interesó por la marcha de las clases. Inés Fornillos entendió que Antolín Cabrales quería decirle algo, y como sabía que no sería él quien tomase la iniciativa, dijo:

«¿Y a ti, cómo te va el trabajo? ¿Sigues leyendo o al final has decidido ponerte a escribir?»

Los ojos de Antolín Cabrales se nublaron con la antigua desconfianza.

«¿Por qué dice esto? ¿Alguien le ha comentado algo?»

«Llámalo intuición. Con el carretón que llevas, tarde o temprano habías de intentar enmendarle la plana a don Miguel de Cervantes.»

Antolín Cabrales vaciló antes de murmurar: «Ha dado en el blanco. Me metí a escribir una novela.»

«Ah, ¿y ya la has acabado?»

«No, qué va. La rompí.»

«¿No te gustaba?»

«Eso no tiene nada que ver. Era un desastre. Soy un imbécil, usted ya me lo dijo y llevaba razón: tenía un empacho de libros y pensé que también lo podía intentar. Pero una cosa es leer y otra escribir. Para eso no tengo talento. Por suerte me di cuenta a tiempo.»

«Deberías habérmela dejado leer antes de renunciar.»

«No, se habría reído de mí»

«No digas bobadas. Soy profesora de literatura, llevo muchos años leyendo cosas buenas, regulares, malas y pésimas. ¿Cómo me voy a burlar? Es como si un médico se burlara de un paciente por tener mala salud,»

«Es igual. La rompí y ya está. No había nada que opinar. Yo sé muy bien cómo era.»

«¿No eres un poco pretencioso?»

«Realista. Además, usted y yo hemos hablado mucho de literatura, sé cómo piensa y no me vale. Y, en definitiva, qué más da: no volveré a intentarlo nunca más.»

Inés Fornillos pensó que debería haberle respondido: Es mejor así. Pero a su razón y a su deseo se impuso el instinto que lleva a las mujeres a alentar y apoyar a los hombres cuando los ven débiles y golpeados por la contrariedad, y sin saber cómo se oyó decir: «No te desanimes tan pronto. Date otra oportunidad.»

En la mirada del recluso brilló una chispa a la vez ingenua y astuta.

«¿Usted lo cree?, ¿de veras lo cree?»

Inés Fornillos ya se había repuesto de su flaqueza y se encogió de hombros.

«Ni creo ni dejo de creer. De ti sólo he leído las redacciones que hiciste el curso pasado y no valían un pimiento.»

Él también había recobrado la arrogancia y respondió: «Lo tendré en cuenta.»

Como de costumbre, la separación no fue cordial. Inés Fornillos se propuso no pensar más en aquel sujeto egocéntrico y desabrido y durante el resto del curso llevó a cabo su propósito, sin que el azar le brindara un nuevo encuentro.

Al año siguiente, ya avanzado el curso, la señorita Fornillos tuvo que ir a la biblioteca para hacer unas fotocopias y vio que había un nuevo bibliotecario. Preguntó por Antolín Cabrales y le informaron de que le habían concedido la condicional unos meses atrás. Con esta noticia dio por zanjado el asunto. Alguna vez, en reuniones sociales, cuando la gente se interesaba por las peculiaridades del lugar donde ella ejercía la docencia, para no defraudar a unos oyentes que esperaban historias truculentas asegurando que la principal característica de su trabajo en la cárcel era la monotonía, contaba el caso de un alumno avispado y un tanto perturbado que nunca había leído nada y había acabado siendo un experto en Henry James. Pero pronto se dio cuenta de que esta anécdota tan poco trepidante no interesaba a nadie y la eliminó de su repertorio.

Finalizado el curso, se le presentó la oportunidad de obtener una ayudantía en la universidad, en comisión de servicios, y no vaciló en aprovecharla. Al dejar la cárcel no sintió pena ni alegría. Sólo cuando hubieron transcurrido unos cuantos meses comprendió hasta qué punto su experiencia había sido sórdida y desesperanzadora. No se arrepintió del tiempo dedicado a los reclusos; alguien debía hacerlo, aunque sólo fuera para dar testimonio de que su encierro podía serles de algún provecho, que no estaban abandonados del todo y que para cada uno, si se lo proponía, existía un futuro, siquiera nebuloso. Pero Inés Fornillos no tenía vocación de redentora, sino de profesora de literatura, y en este aspecto, los años de la cárcel habían sido años perdidos sin remisión. Por este motivo, y porque en nada podía beneficiarla dentro del mundo académico, prefirió no hablar de su trabajo anterior y considerar aquella etapa como un periodo de amnesia laboral y también personal. No le costó mucho, porque el nuevo trabajo trajo consigo nuevos retos y nuevos horizontes. La falta de contactos regulares con sus colegas y, sobre todo, la falta de estímulo la habían dejado rezagada y el esfuerzo adicional que hubo de hacer para ponerse al día le resultó a un tiempo absorbente y gratificante. Leía sin parar y procuraba estar al corriente de todas las novedades.

Transcurrido algún tiempo, y habituada ya a la mecánica de su nuevo trabajo, llegó a sus oídos la fama de un autor cuyo nombre empezaba a correr de boca en boca y cuya primera obra había arrancado a la crítica de su abulia endémica. Esta primera obra, una novela relativamente breve, se publicó en una pequeña editorial, casi de tapadillo; al cabo de un año, una segunda novela, más voluminosa, apareció en una poderosa editorial con gran despliegue publicitario. Ambas novelas eran de corte tradicional, no exentas de elementos de modernidad, y versaban sobre sucesos y personajes del mundo de la delincuencia. Esta característica disuadió inicialmente a Inés Fornillos de leerlas: no quería saber nada más de crímenes ni de criminales.

El autor de aquellos éxitos se firmaba Martín J. Fromentín y de él no se sabía nada, ni siquiera si aquél era su verdadero nombre; no concedía entrevistas, no se dejaba fotografiar, no participaba en actos públicos y la breve reseña biográfica de la solapa de los libros decía poco y daba a entender que incluso ese poco era inventado. No tardó en saltar a la prensa la noticia de que en realidad Martín J. Fromentín era efectivamente un seudónimo bajo el que se ocultaba un auténtico criminal de turbio pasado llamado Antolín Cabrales Pellejero. Inés Fornillos se sorprendió del escaso impacto que le causaba esta revelación. Hacía mucho tiempo que había expulsado de su vida la etapa carcelaria y a sus integrantes, y para ella Antolín Cabrales era sólo un recuerdo vago y anodino. Que ahora reapareciera convertido en escritor famoso no le pareció ni bien ni mal. «De modo que al final siguió mi consejo y escribió otra novela», pensó. «Pues qué bien.»

Como, pese a todo, no podía dejar de leer al menos uno de los dos libros, adquirió un ejemplar de la primera novela, se lo llevó a casa y se dispuso a leerlo sin prejuicios de ningún tipo. No obstante, lo abrió con la remota esperanza de encontrar un prólogo del autor en el que, si bien no apareciera su nombre (pues de ser así alguien se lo habría comentado), hubiera alguna clave que sólo ella pudiera interpretar. No había nada: la novela arrancaba en la primera página y discurría con pulso firme hasta su conclusión. Apreció el estilo, la utilización inteligente de los recursos literarios, la descripción de ambientes, una trama y unos personajes interesantes, pero la novela, en conjunto, le dejó indiferente. Así lo hizo constar cuando tuvo ocasión de hacerlo en público y en privado, pero en ningún momento dijo que había conocido personalmente al autor. Fue una decisión premeditada. Revelar una relación privilegiada como la suya con un autor tan célebre y tan enigmático con seguridad habría tenido un efecto positivo en su carrera, y la señorita Fornillos no carecía de ambiciones profesionales, pero esta misma relación la convertiría, dentro del mundo académico, en una especialista y, en aquel caso particular, al menos a sus propios ojos, en parásito de una persona a la que recordaba con más desprecio que otra cosa. Pero había otra razón para su silencio. Por algún motivo Antolín Cabrales no se había querido dar a conocer inicialmente y, en consecuencia, airear su conocimiento habría supuesto algo parecido a una traición, no en el mundo académico pero si en el mundo de la delincuencia, al que la señorita Fornillos, siquiera de un modo tangencial, había pertenecido en otros tiempos. En la cárcel no hay chivatos, se dijo, y pensar que estaba dejando escapar una oportunidad dorada por atenerse al código del hampa le divirtió y le hizo sentirse secretamente orgullosa. Por lo demás, seguía convencida de que su antiguo alumno carecía de talento y estaba segura de que pronto se desinflaría un prestigio en el que había más de novedad que de merecimiento.

El tiempo se encargó de desmentir este pronóstico. La fama de Martín J. Fromentín fue creciendo con cada nuevo libro. Fue traducido a muchos idiomas, recibió premios nacionales y extranjeros. Como sus personajes eran siempre criminales, sus andanzas violentas y sus vidas irrecuperables, se le incluyó en el canon de la novela negra, se le comparó con Jean Genet y con Louis Ferdinand Céline, con el Gorki de Los bajos fondos, con los dramas de sangre de García Lorca, con los esperpentos de Valle-Inclán, y no faltaron exagerados que sacaron a relucir a Dostoievsky e incluso a Dante. Proliferaron las tesis doctorales. Sucesivos intentos de llevar sus novelas al cine chocaron con una negativa tajante y sin explicaciones por parte del autor. Le propusieron que presentara su candidatura para el ingreso en la Real Academia Española con la garantía de que sería aceptada por unanimidad, pero declinó aquel honor, del que dijo ser indigno. Para evitar intrusiones trasladó su domicilio fuera de su ciudad natal; luego, fuera del país. Este secretismo aumentó su fama y creó una leyenda que se iba incrementando por las aportaciones de sus estudiosos, con el beneplácito de la editorial. Se contaba que en su juventud había participado en muchas de las acciones crueles y violentas que ahora describía con tanta precisión, bien como actor principal, bien como cómplice, bien como instigador; que seguía teniendo vínculos estrechos con el crimen organizado, y que sus relatos eran fragmentos autobiográficos cuidadosamente camuflados, pero apenas embellecidos. Más tarde la fama y la leyenda se asentaron y por el hecho de ser conocidas de todos sus presuntas hazañas dejaron de ser tema de conversación. Ya sólo interesaba como novedad literaria y sólo la cifra de ventas, siempre crecida, era motivo de comentario.

Andando el tiempo, la actitud del escurridizo autor se fue haciendo menos radical. Como ya no era el centro de todas las miradas, permitió fisuras en la rígida norma del anonimato. Una fotografía suya, siempre la misma, apareció en la sección de libros de los periódicos y en las solapas de sus obras, más tarde en enormes carteles colgados de las librerías de las grandes superficies. Aceptó conceder alguna entrevista, a periodistas concretos en publicaciones selectas; estas entrevistas resultaban siempre decepcionantes porque nunca expresaba una opinión y la ambigüedad presidia todas sus respuestas.

Cuando Inés Fornillos vio la fotografía de su antiguo alumno sintió algo parecido a la ternura. Había envejecido y engordado, tenía el pelo cano, retraído en frente, se había dejado un bigote ni muy fino ni muy aparatoso, llevaba unas elegantes gafas sin montura, vestía con pulcritud. Nada de esto le impidió reconocer de inmediato la expresión huidiza de los ojos, el pliegue de inseguridad en la frente, los labios prietos, la crispación del gesto. Nada de cuanto vio, oyó o leyó alteró su decisión de guardar silencio acerca de su pasado común.

Cuando le faltaba un año para la jubilación, llegó a sus oídos la noticia de que el famoso escritor Martín J. Fromentín, para entonces un clásico de nuestras letras, pronunciaría una conferencia en el paraninfo de la universidad. El motivo era lo de menos. La señorita Fornillos decidió asistir.

Aunque llegó muy pronto ya encontró una larga cola. Esperó mucho rato, cansada, consciente de lo ridículo de la situación, tentada de renunciar. Cuando abrieron las puertas pudo sentarse en una de las últimas filas. A la hora convenida, en medio de una gran expectación y un obsequioso silencio, hizo su entrada el ilustre escritor acompañado de autoridades académicas. Subió a la tribuna, ocupó su asiento, y mientras escuchaba con desinterés los elogios que se le prodigaban, paseó la vista por el nutrido auditorio. La señorita Fornillos tuvo la impresión de que por una fracción de segundo sus miradas se encontraban, pero nada le dio a entender que había sido reconocida. Después del tiempo transcurrido tampoco esperaba otra cosa. Tampoco ella experimentó la más mínima emoción en aquel efímero contacto. Cuando le tocó el turno al invitado de honor, Martín J. Fromentín pronunció un discurso de circunstancias cargado de tópicos bienintencionados. Antes de acabar, bajó la voz y en un tono casi inaudible, entre balbuceos, como si no llevara escrita ni pensada aquella parte del discurso, dijo: «En el pasado yo fui un criminal. Es cosa sabida y a estas alturas no tenía sentido negarlo. Sólo quiero disipar el aura de romanticismo que esto pueda tener para quienes, como ustedes, siempre han estado en el lado bueno de la ley. Un criminal no es un héroe, sino un ser abyecto que abusa de la debilidad del prójimo. Yo estaba destinado a seguir este camino hasta el más triste de los desenlaces si el encuentro casual con la literatura no hubiera abierto una grieta por la que pude salir a un mundo mejor. Nada más tengo que añadir. La literatura puede rescatar vidas sombrías y redimir actos terribles; inversamente, actos terribles y vidas degradadas pueden rescatar a la literatura insuflándole una vida que, de no poseerla, la convertiría en letra muerta.»

Aún se alargó un rato más. Finalmente otra persona cerró el acto, tras anunciar que no habría coloquio ni firma de libros y el orador y sus acompañantes desparecieron por una puerta lateral. Inés Fornillos salió de la sala al ritmo lento de la muchedumbre. Una vez en la calle decidió ir caminando hasta la plaza de Cataluña y allí tomar el metro. Iba por la Ronda Universidad disfrutando del suave clima de la noche y pensando en trivialidades, cuando sintió un nudo en la garganta que le hizo detenerse. No pudo hacer nada para evitarlo y rompió a llorar ruidosamente. Algunos transeúntes se acercaron a preguntarle si le pasaba algo. Les respondió que estaba bien, y contra su costumbre, se refugió en un bar. Pidió un botellín de agua mineral y bebió a sorbos hasta recobrar la calma. Si hubiera querido explicar lo que le había sucedido no habría sabido hacerlo. No le había impresionado la visión de su antiguo alumno convertido en personaje célebre y menos aún la idea de haber contribuido a la redención de un delincuente, cosa que, por otra parte, Antolín Cabrales nunca había sido. Pero le desbordaba la idea de haber creado un gran escritor. A su larga vida profesional, denodada, honrada, monótona, tediosa y sin sentido, le había sido concedido un momento de grandeza, y aquel momento no había sido una revelación, ni una idea profunda, ni había dejado una huella indeleble; había sido un encuentro efímero, superficial, cargado de susceptibilidad y de malentendidos. Pero había existido y ahora la señorita Fornillos ya podía jubilarse, hacer balance de su vida y descansar.

En otra parte de la ciudad, Martín J. Fromentín se excusaba ante sus anfitriones y alegaba cansancio y una leve indisposición para retirarse a su hotel sin asistir a la cena que le tenían preparada. Decepcionados pero corteses, sus anfitriones le dejaron ir. En el hotel se encerró en la habitación, pidió una cena ligera al servicio de habitaciones, se sentó a la mesa, tomó papel y empezó a escribir una carta.

«Estimada señorita Fornillos:

»Le agradezco mucho que tuviera la amabilidad de asistir al acto de esta tarde. No hay cosa más aburrida que estas ceremonias académicas de las que usted, además, ya debe de estar hasta el gorro. Pero le habría agradecido que me hubiera advertido de antemano, porque cuando la distinguí entre el público tuve que hacer un gran esfuerzo para no desmayarme de la emoción o ponerme a llorar como un imbécil, en resumen, a hacer un ridículo mayor del que ya estaba haciendo. Siempre fue usted muy brusca de trato, si no le molesta que se lo diga. Durante todo el acto estuve dudando entre dirigirme a usted y pedirle que me esperara a la salida o hacer como que no la había visto. Mi primer impulso fue lo primero, pero luego pensé que si hasta ahora usted no ha hecho nada para ponerse en contacto conmigo, a través de la editorial o por cualquier otro medio, mi obligación era respetar sus deseos. Por esta misma razón, durante todos estos años, tampoco yo he hecho nada para ponerme en contacto con usted. En el fondo, no me extraña que no quiera tener nada que ver conmigo, ni con el ratero sin suerte que fui, ni con el fantoche que soy ahora. Usted lo entendió todo desde el principio y me lo advirtió, pero yo estaba ciego de ignorancia y de suficiencia. Ya ve adónde me han conducido aquellos tufos. Pero quiero que sepa que no ha habido día, en todos estos años, en que no me haya acordado de usted. Tenía tantas ganas de hablar con usted, señorita Fornillos.

»Estoy seguro de que usted ya no se debe de acordar, pero yo me pregunto a menudo qué habría sucedido si no se hubiera tomado la molestia de eliminar unos párrafos de los cuentos que nos repartía para aligerar los textos. Yo habría leído el mío sin atención, probablemente. Somerset Maugham es un artesano sin interés, y más pasado de moda que el miriñaque. Yo algo había leído antes de aquel día; uno de joven ha de matar el tiempo libre de algún modo y no siempre tiene una tía o un televisor a mano. Pero nunca había leído con criterios literarios, como es natural. Yo era un canalla, no un pervertido. Sin embargo aquella mutilación me produjo un desconcierto extraordinario, sobre todo porque no sabía de dónde me venía. Luego comprendí lo que me ocurrió y es algo tan curioso que se lo tengo que contar. Nunca se lo he contado a nadie. Mire, lo que ocurrió es que de repente, en un solo instante, sin saber nada de nada, entendí exactamente lo que era la literatura. No lo que usted decía, no un vehículo para contar historias, para expresar sentimientos o para transmitir emociones, sino una forma. Forma y nada más. Confío en que su larga labor docente no la haya embrutecido y entienda lo que le quiero decir. Las leyes sencillas pero insoslayables que hacen que un escrito signifique algo más que manchas sobre un papel: la estructura del relato, el tamaño del párrafo, la longitud de la frase, la música interna de las palabras cuando se combinan entre sí, y el ritmo del conjunto. La estrategia con que se disponen todos los elementos.

»Después de devorar unos cuantos libros, los que usted tuvo la generosidad de prestarme y aquella jodida edición de Proust que me envió durante las vacaciones, tuve la peregrina idea de que yo también podía escribir una cosa similar. Conocía los rudimentos del oficio, y las lecturas me habían proporcionado las herramientas necesarias, de modo que me puse a escribir. Mi ignorancia sólo era comparable a mi presunción. No tenía ninguna historia que contar ni falta que me hacía. Sólo me interesaba la forma. La vanidad es el pecado que más deprisa recibe su castigo. Si me descuido acabo escribiendo una novela experimental. Cuando me di cuenta, rompí lo que llevaba escrito y me juré no volver a escribir nada. Es posible que de haber persistido en esta decisión hubiera acabado mal. Usted me dijo que siguiera y seguí. En la cárcel había conocido a mucha gente, tíos legales en su mayor parte. Yo era una escoria, pero trataba a la gente con respeto y sabía escuchar. De modo que me contaron un montón de historias. No eran grandes historias, sino historias banales, estúpidos desaciertos, desarreglos psíquicos disfrazados de pasión, falsas tragedias. Cualquier oyente se habría aburrido a los cinco minutos. Yo también me aburría, pero aguantaba para no recibir una trompada y más tarde porque comprendí que aquellos tristes retales de vidas equivocadas me proporcionaban el material necesario para escribir libros de quinientas páginas.

»Los críticos se engañan: ven un libro acabado y creen que todos los movimientos desde el principio han ido encaminados a un fin concreto. Nada más falso. Un escritor no pone los conocimientos técnicos que posee al servicio de la historia que quiere contar, sino la historia que posee al servicio de los conocimientos técnicos que quiere utilizar. En fin, no la quiero aburrir con teorías. Sólo le digo lo que ya sabe: que soy el mismo pazguato de entonces y que mi éxito se debe a un malentendido. Los lectores creen estar leyendo historias atormentadas, cargadas de significación, y sólo leen artimañas.

»Finalmente me llegó la hora de salir de la cárcel y me busqué un trabajo que me permitiera sobrevivir y escribir en mi tiempo libre. En varios locales me contrataron de vigilante nocturno. Pensaban que mi pasado delictivo me daba conocimientos prácticos de las artes del robo y que lo podría impedir; también pensaban que la condicional garantizaba mi honradez. Eran trabajos aburridos, pero más lo es el trullo, me daban algo de dinero, y como no había mucho que hacer, si bien no podía escribir, podía organizar mentalmente lo que luego en la pensión ponía en limpio. Acabé una primera novela, la llevé a varias editoriales hasta que una la quiso publicar y ya ve cómo he acabado. Ahora gano una pasta gansa y viajo por todo el mundo. Mi vida personal ha sido satisfactoriamente solitaria.

»Todo esto se lo debo a usted. El que este asunto disparatado no entrara en sus propósitos y ni siquiera pasara nunca por su cabeza no disminuye la cuantía de la deuda. No sé cómo pagársela; ahora, si a usted se le ocurre una manera, hágamelo saber. Soy desagradecido por naturaleza, pero una cosa no quita la otra; la gratitud es un movimiento del alma que experimentan las personas buenas y sentimentales. Una deuda es algo objetivo. La gratitud se expresa; las deudas se pagan. Yo estoy en deuda con usted.

»Y la próxima vez, avise.

»Su alumno,

»Antolín Cabrales Pellejero.»

Metió la carta en un sobre y se la echó al bolsillo. No sabía adónde enviarla, pero pensó que sus editores o su agente no tendrían dificultad en averiguar el domicilio de una profesora de literatura que en una etapa de su vida trabajó en la cárcel de varones. Dejó el sobre en la mesa y, como no tenía sueño, decidió salir a dar un paseo.

Siempre había asociado Barcelona con una época difícil de su vida, pero desde que había fijado su residencia en el extranjero la ciudad ya no le parecía tan hostil. Bajó caminando por el paseo de Gracia, cruzó la plaza de Cataluña, recorrió la Rambla y acabó callejeando por los oscuros barrios donde había transcurrido su agitada juventud. Mucho había cambiado desde entonces, pero algunas cosas seguían igual: al adentrarse en una callejuela oscura y solitaria y antes de que ocurriera nada, supo que estaba siendo asaltado. Un muchacho le sujetó el brazo y le puso una navaja delante de los ojos. Sintió el jadeo del muchacho en la mejilla. «No grites.» «No voy a gritar.» «¡Que te calles!», dijo el muchacho. Pasado el susto inicial provocado más por la brusquedad del asalto que por el peligro real, Antolín Cabrales estaba tranquilo. Sabía que no pasaría nada si no ofrecía resistencia, si no se ponía nervioso y si no hacía ostentación de sangre fría. Todo consistía en comportarse como el muchacho esperaba que se comportara un caballero incauto y adinerado. En otros tiempos él mismo había recurrido a este método, casi siempre eficaz. «El dinero está en la cartera y la cartera en el bolsillo interior de la chaqueta. Puedes cogerla tú mismo. El reloj no vale mucho, pero te lo daré igual; no llevo nada más de valor», dijo. El muchacho cogió la cartera y se la metió en el bolsillo del pantalón. Mientras se quitaba el reloj dijo: «Devuélveme los documentos. A ti no sirven para nada. Y si me dejas algo para un taxi…» El muchacho no esperó a que acabara de quitarse el reloj para salir corriendo.

Cuando se quedó solo, Antolín Cabrales se dirigió a la comisaría del barrio para denunciar el robo de la documentación. Tenía pensado regresar a su lugar de residencia al día siguiente y el suceso le suponía una contrariedad. Al dar su nombre en la comisaria, el propio comisario lo recibió en su despacho. «He leído casi todos sus libros. Es un placer, aunque sea en circunstancias tan lamentables.» Cumplimentó la denuncia y se dispuso a marcharse. El comisario le ofreció un coche patrulla. «No se moleste. Mi hotel no está lejos y ya no me pueden robar nada más.» El comisario insistió: las calles se habían puesto cada día más peligrosas. No aceptar habría sido desairarle, y a pesar de la admiración que le manifestaba, el señor comisario era un policía y él un antiguo delincuente y un ex presidiario.

Delante del hotel se despidió de los agentes que le habían acompañado. «Han sido ustedes muy amables.» «A sus órdenes.» En el portal contiguo al hotel advirtió dos sombras al acecho. Cuando se hubo ido el coche patrulla se entretuvo un rato ante la puerta para dar tiempo a que las dos sombras salieran de su escondite y se le acercaran.

«Nos habías calado, di la verdad. ¡Qué jodido eres, cabronazo!», dijo un hombre entrado en años, todavía corpulento, con media cara quemada. Le acompañaba el muchacho que un rato antes le había atracado. «Suerte que llevabas una tarjeta del hotel en la cartera; si no, no damos contigo. Éste es mi hijo. Mil veces le tengo dicho que se quite de la calle, pero el capullo, como si oyera llover. Que es peligroso, joder. Que es dinero fácil y tal y cual, pero si te trincan, vas al talego, díselo tú. Y al final, el dinero, ¿para qué lo quieren? Para nada: fumar petas y comprarse ropa de maricón.» «Los jóvenes son así», dijo Antolín Cabrales. «Tú no tienes hijos.» «No, yo no.» El hombre de la cara quemada se dirigió al suyo. «Anda, hijo puta, ven aquí y discúlpate con este señor.» «No tiene por qué. Hacía su trabajo y lo hacía bien», dijo Antolín Cabrales. El otro sólo atendía a su retoño. «Este señor que ves aquí, tan famoso, y yo éramos amigos hace un montón de años, ¿te lo puedes creer? Este señor tan famoso y tu puto padre, colegas, me cago en la mar. Porque tú de mí sí que te acuerdas, ¿o no?»

«Claro que me acuerdo», dijo Antolín Cabrales. Lo cierto es que sí recordaba al tipo de la cara quemada: un matón estúpido con el que había coincidido en la cárcel y que en algunas ocasiones le había amenazado, humillado y golpeado. Pero todo esto pertenecía a un pasado irreal, transformado por la fama del escritor, que convertía su amistad verdadera o imaginaria en un trofeo. «Bueno, pues aquí tienes la cartera. Cuenta el dinero, no falta nada. Cuando vi de quién era le di un hostión a este espabilao y nos vinimos derechos a devolvértela. Supuse que habrías ido a denunciar el robo de los documentos y que te pillaríamos a la puerta. Con lo que no contaba es con los maderos, joder. Suerte que nos has visto y nos has esperado con discreción. Si les dices algo, igual nos metemos en un lío.» «Eso entre amigos no se hace», dijo Antolín Cabrales. Vaciló el matón; luego dijo: «Bueno, pues ya nos vamos. Guapo el hotel, ¿eh? Te lo mereces, joder, por algo eres más famoso que Dios. ¿Has venido con tu mujer?» «No. Vivo solo.» «Pero no te habrán faltado las tías. O los tíos, según a lo que te hagas.» «No me quejo», respondió sabiendo que eso era lo que el otro quería oír. Luego añadió: «¿Queréis pasar? Todavía nos darán algo en el bar.» El matón miró a Antolín Cabrales de hito en hito, tratando de determinar si hablaba en serio o en broma y si la propuesta era una muestra de amistad o una trampa. Finalmente dijo: «No, gracias. Hay que saber estar en el sitio que le corresponde a cada uno. Nosotros aquí no pintamos nada, como tú no pintabas nada en el trullo. Lo tuyo es esto: los libros y los hoteles. En la cárcel eras un cagao. Yo, en cambio, aquí cantaría como una mala cosa. Ha sido un gusto verte, Poca Chicha.»

Padre e hijo se fueron caminando por el paseo de Gracia. Antolín Cabrales subió a la habitación. En la mesa vio la carta que había escrito a la señorita Fornillos. La rompió en varios pedazos, los arrojó a una papelera. No había motivo para quitarle la ilusión, y su presencia en la conferencia era la prueba de que esa ilusión existía. Al fin y al cabo, ella había hecho de él lo que ahora era. Por casualidad o por designio había desarrollado un potencial que él poseía y que antes nada ni nadie había podido imaginar. Que aquel potencial sólo sirviera para vender baratijas no era culpa de ella. En el fondo, se dijo, sigo siendo lo que siempre fui: un ser superfluo, un estafador. El matón con el que acababa de hablar, a pesar de su ignorancia, lo sabía. Pero no la señorita Fornillos. No la señorita Fornillos.

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