La vieja

Carla Demark

 

 

La vieja no recordaba su nombre.
Se lo preguntaban una y mil veces,
y ella rebuscaba alguna pista
en su antigua cartera marrón claro.
Miraba para abajo la vieja,
tenía la vergüenza de los que deben algo.
Su ropa de colores disonantes,
sus sandalias claras, sus medias roídas
y su tapado ancho
olían a ropero de abuela,
tenían el perfume de lo olvidado.

“¡Apúrese, señora!”, gritaba el que seguía,
y la de la farmacia la corría hacia un costado.
La vieja arrinconada
no recordaba su nombre,
y el de su credencial se había borrado.
La observaban con desdén y pena,
ella sonreía, como si por eso
alguien fuera a sacarla del calvario.

La vieja había olvidado su nombre:
moría arrinconado en el armario,
escondido en la antigua cartera marrón claro,
corrido hacia un costado de la hilera,
sepultado en la arena de lo que abandonamos.

 

Pinchando en la imagen accederás a la web de la autora

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