Viernes de cine: ¨Testigo accidental (The Narrow Margin)¨

Fernando Morote

 

Ciertas películas requieren ser vistas por segunda vez consecutiva para saborearlas mejor. Sin negar mi obsesión —sentado frente al televisor primero por la noche, a la manana siguiente después— un factor preponderante en este caso particular es la figura de Charles McGraw.

Lo conocí en Forajidos (1946), como uno de los sicarios encargados de liquidar a Burt Lancaster en su debut cinematográfico. Lo encontré de nuevo en Espartaco (1960), con Kirk Douglas como protagonista, donde es el cruel instructor de esclavos gladiadores. Vuelve a aparecer en A sangre fría (1967), representando al atribulado padre del joven asesino Robert Blake.

Sus facciones de sujeto desalmado y el potente tono de su áspera voz produjeron en mí una súbita fascinación. Habiendo participado en innumerables largometrajes, siempre como actor de reparto, en Testigo accidental (1952) el director Richard Fleischer (conocido, entre otros films, por 20,000 leguas de viaje submarino, Compulsión, Tora, Tora, Tora! y El cantor de jazz) le confía el rol estelar.

McGraw pone en esta ocasión su imagen de tipo duro al servicio de la ley. Es un sargento de la policía de Los Ángeles cuya misión es transportar en tren a esa ciudad desde Chicago, en compañía de un colega, a la viuda de un líder mafioso.

El papel femenino está caracterizado por la guapa Marie Windsor, quien con sus grandes ojos negros y sus gruesos labios pintados de rojo luce tan provocativa como en The Killing de Stanley Kubrick.

El proceso del traslado sufre tropiezos apenas empieza. Al salir del departamento, un delincuente escondido en la oscuridad de las escaleras les sale al paso, revólver en mano, y trata de eliminar a la mujer. En la refriega el compañero de McGraw resulta herido y muere. McGraw entonces sabe que ahora es el único responsable de completar el trabajo. Pero es consciente también de que está en la mira de los hampones.

Una vez instalados en el ferrocarril, el trámite se complica aún más. McGraw comienza a ver sospechosos en cada rincón. Se maneja con sigilo. Sus movimientos son cuidadosamente estudiados. Cuando lo considera pertinente, se esconde. Cuando cree que corresponde, escapa. En ese trance, entabla conversación en el vagón-restaurante con una joven y simpática señora rubia, encarnada por Jacqueline White (de breve presencia en otra joya del cine negro de 1947, Encrucijada de odios). Un obeso pasajero insiste al conductor que presione a McGraw para intercambiar su compartimiento con él por ser más acorde con su volumen y peso (ignora que el oficial oculta una dama bajo su custodia).

Todo es una estrategia. La policía de Los Ángeles, en su propósito de burlar a los gangsters empeñados en desaparecer a la esposa de su jefe muerto, utiliza a McGraw y la mujer escoltada como señuelos.

Algunas identidades son reveladas. Marie Windsor es en realidad una agente encubierta de la oficina de asuntos internos vigilando la honestidad e integridad de McGraw, puestas a prueba cuando es sobornado por los criminales para que les entregue a su protegida. Jacqueline White es la verdadera viuda, que funge como la indefensa madre de un pequeño y travieso niño que vuelve loca a su nodriza. Y el gordito comodón, cuya pesada y aparatosa forma de caminar por los estrechos pasillos de la máquina colabora para agregar un toque de comedia en ciertas escenas, es también un detective actuando de incógnito en coordinación con las autoridades.

La habilidad del director para crear el clima de suspenso se manifiesta, como es usual, en los detalles: el ceño adusto del gordito, la sonrisa nerviosa de Jacqueline White, los gestos preocupados de Marie Windsor y otros comportamientos, aparentemente intrascendentes, de los intérpretes cobran sentido sólo cuando el desenlace tiene lugar.

Testigo accidental es una típica producción de clase B, lo que implica bajo presupuesto, ausencia de estrellas rutilantes y distribución limitada. A despecho de ello, con sólo 70 minutos de duración y una trama truculenta, personajes sórdidos y diálogos filudos, reúne los ingredientes necesarios para erigirse como un formidable ejemplo del género.

La actuación del carismático Charles McGraw, sonriendo más de lo habitual, constituye un soporte importante para el éxito de la cinta. Y uno de sus principales atractivos. Es, además, una magnifica oportunidad para deleitarse apreciando la versatilidad de su talento.

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