Hit Parade: ¨Misteriosa Buenos Aires¨ de Manuel Mujica Láinez

Fernando Veglia

 

Los libros usados suelen contener -además de anotaciones marginales- viejas florecillas secas, tristes mariposas disecadas y papelitos, de todo tipo, que han servido de señaladores. En ocasiones, ese contenido revela ciertos aspectos del lector anterior; los golosos suelen dejar el envoltorio de un chocolate o un caramelo, los intelectuales, papeles con frases o comentarios, los prolijos el señalador de la librería habitual, los desprolijos hilos, diminutas migas, tickets. Supongo que el fenómeno tiene como causa la necesidad de decir “Estuve aquí”, de transmitir un mensaje, un simple parecer.

Hace más de veinte años, hallé un viejo boleto de autobús, de la Línea 216, entre las páginas de Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez. Había comprado el libro motivado por dos de sus relatos: “El hambre” y “La sirena”; los había leído en la clase de literatura. El primero resultó impactante, podía imaginar la perturbación de esos hombres acorralados por los indios y el hambre. El segundo fue fantástico y melancólico; aún recuerdo a la sirena enamorada de un mascarón de proa.

Realidad y ficción, enlazadas hábilmente por un estilo fluido y preciso, me sorprendieron e ilustraron. “Le royal Cacambo” me paralizó; una carta, escrita totalmente en francés, de Cocambo a Candide. “Una aventura del pollo” hizo honor a la poesía gauchesca. En el inolvidable “El hombrecito del azulejo” Martinito, el enano azul del azulejo, se burló de la muerte para salvar a su amigo Daniel, un niño.

El viejo boleto, estancado en la página 96, me intrigó; era de la época en la que los chóferes los cortaban y conducían. Señalaba “La pulsera de cascabeles”, un texto ambientado en la Buenos Aires colonial. Anochecía en la barranca de Retiro y los negreros de la “South Sea Company” estaban sepultando a doce esclavos apestados. Bingo, encerrado en la cuadra con otros negros, lamentaba la muerte de Temba, su hermana, y espiaba lo que sucedía a través de un ventanuco. Los ingleses habían abandonado el amargo trabajo, dejando las palas junto a la fosa. Uno de ellos, Rudyard, un ciego corpulento, deseaba pasar la noche con su favorita, Temba. Para identificarla le había colocado una pulsera de cascabeles. El enorme ciego ingresó en la cuadra, ignorando que la muchacha había muerto y que su hermano se había colocado la pulsera. Llamó a Temba y los cascabeles respondieron, guiándolo al exterior, a la barranca. El ciego persiguió el tintineo, sacudiendo su bastón, enfureciéndose. Bingo saltó sobre la fosa en la que habían sido sepultados los esclavos y su perseguidor cayó irremediablemente. El muchacho, aprovechando la ventaja, lo mató, golpeándolo en la cabeza, y lo sepultó con la pulsera de cascabeles, mientras los ingleses dormían y los esclavos tiritaban de frío.

Viajé, desde 1536 hasta 1904, a través de esas letras, me mezclé con personajes reales y ficticios y contemplé la fisonomía, el humor y las costumbres de la ciudad rioplatense. Todavía me pregunto qué señalaba ese viejo boleto. Que “La pulsera de cascabeles” era el relato favorito del lector anterior. Que estaba a punto de leerlo. Que sólo leía en el autobús. Que mientras viajaba hacia algún lugar, al mismo tiempo viajaba a una lejana y misteriosa Buenos Aires. Algún día lo descubriré.

La venganza de Bingo me recordó la abolición de la esclavitud. Fue instantáneo. Sentí un enorme alivio y, luego de unos minutos, un silencioso pesar; aún hay cadenas, gruesas cadenas aferrando prejuicios, gruesas cadenas defendidas con bastones, cadenas de las peores, de las que deben respetarse y perpetuarse, cadenas inexplicables y retorcidas, todas ellas simples trozos de hierro forjado, simples trozos de pensamientos anquilosados.

 

Misteriosa Buenos Aires (1950) Manuel Mujica Láinez (1910-1984) escritor y periodista argentino

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