Historias del chico salvaje: ¨El rayo final¨

Diego M. Rotondo

 

Estoy llegando al final de séptimo grado, debería sentirme triste, no sólo porque voy a dejar de ver a muchos amigos, sino porque ahora voy a tener que estudiar por primera vez en mi vida. Mamá dice que el Secundario es difícil, que hay muchas materias, muchos profesores y muchos exámenes. Fui a dar la prueba de admisión para el colegio industrial de Philips, sólo unos pocos logran ingresar ahí, así que era poco probable que yo aprobase. En realidad hice el examen porque Chino va a estudiar ahí, quería empezar el secundario con un aliado, alguien que pudiese darme una mano con las materias, y Chino era perfecto, no sólo por ser uno de mis mejores amigos, sino porque es un cerebrito, un tipo que lee el diccionario por diversión. Obviamente no aprobé, mis notas fueron pobrísimas. Papá insiste en mandarme a un colegio industrial para que el día de mañana me dedique a vender materiales de construcción, como él. El problema con esos colegios es que no hay chicas… no puedo imaginar lo horrible que será eso, sobre todo para mí, que hice la primaria en escuelas mixtas. Intenté persuadir a papá para que me mande al bachillerato, pero él insiste en que debo aprender física, mecánica, carpintería, herrería, etc. La culpa es mía, que cuando me preguntaron a qué quería dedicarme dije: “a nada”. Todos en el grado ya saben qué harán cuando sean grandes, yo no, ¿por qué debería saberlo? Últimamente me gusta incendiar cosas, pero no tendría sentido decir que quiero ser pirómano o algo por el estilo. También me gusta coleccionar estrellas ninjas y nunchakus, pero no hay carreras que tengan que ver con eso, salvo las artes marciales, pero eso no da plata, mi hermana es campeona de taekwondo y sólo ha ganado medallas, nunca plata, y a mis padres sólo les interesa que yo haga plata, nada más. Sin embargo hay algo que me gustaría estudiar: programador de computadoras… para luego ser hacker y robar bancos desde mi computadora. Cuando se lo dije a mamá me contestó: “¿Programador? Sos el peor en matemáticas de todo el grado, olvidate de ser Programador…”.

Para mamá es un gran acontecimiento que yo no haya repetido ningún grado, se lo cuenta a todo el mundo con el orgullo de un padre que tiene un hijo abanderado, aun sabiendo que soy uno de los que tiene las peores notas de mi grado. Mi último Boletín fue desastroso: 1 en Matemáticas, 4 en Ciencias Naturales, 4 en Historia, 6 en Lengua, etc. Aún así pasé, nadie repite Séptimo en el San Cayetano; Elsa se encarga de hacer pasar a todos, de sacárselos de encima para siempre. Si no lo hiciese, algunos burros irremediables como Martín se quedarían en la Primaria de por vida. Y hablando de Martín, hoy me enteré que nuestros ex compañeros repetidores van a venir al viaje de egresados con nosotros. Es una idea de Elsa para que los chicos puedan estar junto a sus viejos compañeros; esto significa que Martín y otros cinco pibes viajarán con nosotros a Villa Gesell. Es la mejor noticia que tuve en mucho tiempo, voy a poder despedirme de la Primaria a lo grande; ya estuvimos planeando todo el quilombo que haremos en ese viaje.

A dos días del viaje nos enteramos de algo fatídico: Laura, la tirana catequista que había abandonado el colegio hacía dos años, vendría a Villa Gesell con nosotros. Cómo olvidar a Laura, cómo olvidar su aliento a letrina y sus ojos desorbitados. Laura era la opresora de la escuela, la que te hacía odiar a Dios y a todos los demás santos que se pasaba invocando. La que adoraba humillar a los alumnos, la que siempre estaba esperando tu pregunta inocente para poder pisotearte y hacerte sentir un idiota. Sí, ese ser maligno regresaba a nuestras vidas, y en el mejor momento. Martín pareció alegrarse de que volviese, me dijo: “vamos a devolverla al infierno, a donde pertenece…”. Me asombró escucharlo hablar así, como si hubiese leído las palabras en un libro de terror; y es que Martín no se destacaba por su vocabulario, hablaba como un villero, se comía las eses, decía «haiga» en vez de «halla», y «chupapija» cada tres palabras. Cuando dijo eso me hizo temblar, porque no se rió en ningún momento, fue serio y terminante: “vamos a arrastrarla hasta el infierno…”. ¿Eso significaba que íbamos a matarla o algo así? No me atreví a preguntárselo, con Martín todo era posible.

También vendrá el Padre Venancio al viaje. Venancio es el cura de la capilla de la escuela, el que te da la hostia en cada Misa, el que escucha tus pecados en el confesionario, el que se persigna cuando les mira el culo a las maestras de Jardín. Por suerte Venancio no es tan despreciable como Laura, de hecho, la mayoría de las veces es bastante cordial con nosotros, sobre todo cuando lo cruzamos en los mingitorios y mirándonos de reojo nos dice: “no se preocupen, ya les van a crecer esos lindos pitulines…”

Lo que más me emociona de este viaje es que viene Valeria. Durante las últimas noches me imaginé con ella en la playa, de la mano, hablando bobadas, caminando por la orilla del mar y dejando a todos detrás, a las maestras y a los alumnos, y sobre todo a Laura. Dejarlos atrás hasta que parezcan hormigas en el horizonte. La posibilidad de un segundo beso con Valeria, un beso de adultos en una playa desierta, me provoca dulces escalofríos. El problema es que Valeria me ignora, me esquiva todo el tiempo, aunque yo sé que lo hace porque le gusto, porque aún recuerda aquellos besos furtivos que nos dimos a los 5 años.

7 de Octubre de 1986. Rumbo a Gesell.

El micro va lleno, ya recorrió casi la mitad del trayecto, son las 10 de la noche y Ágata, una de las coordinadoras, nos propone que cantemos. Fede y Florencia comienzan a tararear: “yo no busco lo que vos tenés, yo no quiero hacerte ningún test, sigo siendo un gato en la ciudad, dame una oportunidad…”. En un segundo los 30 que vamos a bordo del micro empezamos a cantar a los gritos, y por supuesto todo se descontrola. Esteban, Pedro, Paula y Valeria son los primeros que empiezan a saltar en el pasillo. Los demás no tardamos en unirnos a ellos. Martín se saca la remera, se trepa a un asiento y empieza a revolearla como si estuviera en la cancha. Los amortiguadores del micro suben y bajan con cada uno de nuestros saltos, nos tirarnos uno encima del otro, las chicas se ríen y aplauden, los chicos nos abrazamos, nos caemos y rodamos por el piso, el chofer acompasa nuestro canto con las bocinas del ómnibus. Ágata intenta calmarnos, pero ya es tarde, las mochilas empiezan a volar, la ropa, la comida, todo se transforma en un caos. De repente el micro clava los frenos y salimos volando hacia delante, nos reímos porque pensamos que el chofer lo hizo a propósito, pero no… el coche que iba adelante frenó de golpe. Unos segundos después se abre la puerta y sube Laura, que venía en ese auto junto al Padre y otras dos maestras. “Andá para el auto vos, yo me encargo acá…”, le ordena a la coordinadora, que desciende asustada del ómnibus y se va hacia el auto. Laura se para al lado del chofer, nos mira con sus ojos de bola de billar y nos apunta con su bastón: “¡Ahora se sientan todos, carajo!… ¿Qué se piensan qué es esto, una joda?… si no vuelven a sus asientos en este instante le digo al chofer que dé la vuelta y a la mierda el viaje de egresados. ¿¡Escucharon!?”. En menos de 30 segundos todos regresamos a nuestros asientos. Las tres horas restantes de viaje las pasamos en un silencio fúnebre, algunos se duermen, otros leen, pero nadie habla; el micro se desplaza a través de la ruta oscura como un espectro de chapa. Martín, que cabecea al lado mío, me susurra: “hay que devolverla al infiernono queda otra.”, luego se echa a dormir sobre el apoyabrazos.

Llegamos a Gesell imaginando un hotel con piscina situado al lado de la playa. Pero no, el ómnibus ni siquiera se acerca al mar, toma por un camino de arena rodeado de pinos, luego se desvía por una ruta donde sólo hay fábricas y descampados. Tras 10 minutos de recorrido llegamos a una estancia con un cartel que dice: Los Monaguillos. Dos monjas nos saludan desde la entrada, llevan faroles en las manos. Laura desciende lentamente del ómnibus, las monjas se acercan a ella y la saludan. Luego nos ordena que bajemos en silencio.

Una vez adentro de la estancia, el Padre, con una linterna en la mano, nos reúne a todos los varones: “Síganme chicos”, dice y lo seguimos en la oscuridad hasta un galpón con paredes grises y techos de chapa oxidada. “Aquí dentro vamos a dormir…”, explica. Abre una puerta doble y el horror se devela ante nuestros ojos. No hay habitaciones, sólo un gran recinto con piso de cemento, un piletón con una canilla, un baño, un perchero y una pila de colchones roídos. Del techo cuelga una lamparita moribunda llena de telarañas “Ahora quiero que cada uno agarre un colchón de allá y lo coloque en el piso, contra la pared”, manda el viejo. “Las sábanas y frazadas están en otro galpón, en un rato las monjitas las van a traer para que preparen sus camas”. Víctor, uno de los chicos nuevos, empieza a lloriquear, Venancio le pregunta qué le pasa. “¡Esto es horrible! ¿Dónde está el hotel? ¿Dónde está la playa?…”. El Padre lo silencia de un cachetazo: “¡Callate la boca, mocoso!… esto no es una vacación, es un retiro espiritual”. ¿Retiro espiritual?, ¿qué mierda es eso? Aparecen las monjas con dos carretillas colmadas de frazadas y sábanas que huelen a humedad y naftalina. “Bueno, ahora a preparar las camas y a dormir que es muy tarde…”, dice Venancio. “¿A cuántas cuadras estamos de la playa?·, le pregunta Chino a una de las monjas. “Cuadras no, kilómetros. Estamos a 4 kilómetros del mar…”, contesta la Hermana. Por supuesto todos comenzamos a bufar, Venancio nos hace callar y nos apura para que hagamos las camas. Buscamos los colchones, las sábanas y las frazadas, y nos preparamos para dormir en ese galpón mugriento.

A las 6 de la mañana Venancio nos despierta a los gritos: “¡A levantarse que hay que ducharse y desayunar. Vamos, ¡arriba!…”. Tengo tanto sueño que me duermo de rodillas mientras tiendo la cama. Los otros chicos protestan y se niegan a levantarse. “¡Vamos carajo, arriba!”, grita el viejo mientras se acerca a mí y me sacude el hombro: “¡Dale pibe! ¡Despabilate!”. Siento tanto sueño que casi me pongo a llorar. Seguimos a Venancio hasta otro galpón más pequeño en donde están las duchas, nos dice que nos desvistamos y naturalmente nos negamos. “O se desvisten y se meten a las duchas o no van a la playa”, advierte. Empezamos a quitarnos la ropa y nos quedamos en calzoncillos. Venancio ordena que nos quitemos todo. Ninguno se mira entre sí, nos bajamos los calzones con timidez y nos cubrimos rápidamente con las toallas. Hay sólo 8 bañeras, así que algunos se quedan esperando su turno. De repente se escuchan carcajadas, algunos chicos están reunidos alrededor de Víctor, que es el único que espera su turno sin cubrirse con la toalla. Víctor tiene un pito minúsculo, casi invisible. Todos lo rodean y le preguntan por qué lo tiene tan chiquito. Él no demuestra vergüenza, les dice que se quedó así por una fiebre que tuvo de bebé. “Parece un gusanito”, opina Pedro y todos nos morimos de risa. Víctor festeja riéndose también, no le molesta. Venancio se acerca al grupo y observa con curiosidad el maní de Víctor: “No te preocupes pibe, en un par de años te va a crecer de golpe, vas a ver. Y cuando tengas 20, estos que ahora se ríen, te van a envidiar”. “Yo no me preocupo…”, afirma Víctor mientras se va hacia las duchas con su toalla al hombro.

Llegamos al comedor y nos encontramos con las chicas, que tienen las mismas caras largas que nosotros. Laura, sentada en la cabecera de la mesa, ordena que nos sentemos y oremos. “¿Y cuándo vamos a ir a la playa?, pregunta Valeria resoplando. Lleva su pelo mojado, parece más oscuro, me encanta. “¡Silencio!”, grita la vieja y empieza: “Padre nuestro que estás en los cielos…”. Laura, Venancio, Ágata y las otras dos maestras comen facturas benditas y toman café bendito, a nosotros nos sirven pan, manteca y mate cocido. Todavía no puedo creer que esto no sea una pesadilla.

Tras un breve desayuno Laura nos dice que hoy no iremos a la playa porque anuncian tormenta. “¡Pero si está todo despejado!”, rezongamos. Laura, golpeando con su bastón en la mesa, contesta: “¿Que tiene que ver que esté despejado?, en la radio pronosticaron una tormenta eléctrica, por eso se van a quedar, tienen un parque de dos hectáreas para jugar, ¡así que no me jodan!”. Después se fue hasta una mesa debajo de un árbol en donde las maestras y las monjas cortaban una baraja para jugar al Truco.

―Vieja chupapija…  ―dice Martín― Este es el peor viaje de mi vida.

―¡Vayamos igual! ―dice Pedro―. Podemos pasar al terreno baldío de al lado y de ahí nos vamos a la playa.

―Si Laura nos descubre nos crucifica ―comenta Chino.

―No nos va a descubrir… vamos a hacerlo bien… ―replica Martín.

Tuvimos que hacer un sorteo para ver quiénes eran los que escaparíamos esa mañana. Tenían que ser cinco de nosotros nada más, era la única manera de pasar desapercibidos hasta el regreso. Hicimos el sorteo con papelitos con nuestros nombres escritos, los metimos en una bolsa, los mezclamos, y una de las chicas fue la encargada de sacar los cinco. Me alegré muchísimo cuando salí dijo mi nombre. Iríamos Víctor, Pedro, Gastón, Florencia y yo. Hubiese preferido que viniesen Chino, Martín y Valeria, pero no tuvieron suerte. Igual se alegraron por nosotros y prometieron distraer a las maestras hasta que volviésemos. A eso de las 10 se la mañana, mientras jugábamos a la pelota en el parque, Martín se tiró al piso agarrándose del estómago y empezó a chillar. Laura, Venancio y las maestras también. En ese momento los cinco afortunados aprovechamos para meternos entre los arbustos que separaban el terreno vecino y escaparnos. Martín fingiría durante un rato, luego se le curaría el dolor con un vaso de agua.

―¿Para qué lado es la playa? ―preguntó Víctor una vez que estuvimos en la calle. Cada uno señaló una dirección diferente. Acabamos preguntándole a un  borracho que estaba echado en la vereda tomando vino. Se rió a carcajadas, le faltaba un diente y se le escapaba la saliva por ahí.

―Sigan por esta calle derechito, unas 35 cuadras… ―dijo.

Caminamos rápido, de a rato trotábamos, cuanto antes llegáramos más tiempo tendríamos para disfrutar. De a poco el cielo se fue manchando de nubarrones. Eso no nos preocupó, el sol estaba radiante y hacía tajos dorados entre las nubes. Tardamos más de una hora en llegar al mar. Estábamos exhaustos, hacían como 30 grados. Cruzamos unos médanos y corrimos hasta la orilla del mar. Ahí empezamos a mojarnos unos a otros dándole patadas al agua. Florencia se quitó la remera y el short y se quedó en malla, la chica más linda del grado fue la primera en meterse al mar. Nosotros nos quitamos las remeras, las dejamos junto a su ropa y la seguimos. El agua estaba templada y cristalina, buceamos, hicimos la plancha, nadamos, y gritamos durante casi media hora. Víctor sabía nadar bien, se metió en la parte más onda, nosotros no nos atrevimos a nadar hasta ahí. Yo sabía nadar pero, como decía mi abuelo Jaime: “no te hagás muy amigo del mar porque te puede traicionar…”.

Víctor nadaba tan lejos que apenas le veíamos la cabeza. Flor le gritó varias veces para que se acercase, pero él, o no la escuchaba o estaba fanfarroneando. El cielo se cubrió totalmente y empezaron a verse algunos relámpagos. “La vieja chota tenía razón…”, dijo Pedro mientras chapoteaba a mi lado. Decidimos salir del agua antes de que se largara a llover. Le gritamos a Víctor y empezó a nadar lentamente hacia nosotros. “¡Son unos cagones…!”, nos gritaba el chico del pito diminuto. Llegamos a la orilla y nos echamos en la arena. La mayoría de la gente se había esfumado, el paraje de los guardavidas estaba vacío y estaba izado el banderín rojo que significaba: Peligro. Imaginamos que se habrían ido a almorzar, ya que eran casi la 1 de la tarde. Víctor salió del agua y se quedó un rato juntando caracoles en la orilla. Con Pedro, Florencia y Gastón hicimos una ronda y empezamos a jugar a las adivinanzas. El cielo estaba muy oscuro, tendríamos que salir rajando de un momento a otro. Estábamos solos, no se veía silueta humana en kilómetros de playa. Me angustié un poco pensando en Valeria, si ella hubiese salido sorteada ahora podríamos estar juntos.

Los primeros truenos agrietaron el cielo. Era hora de irse. Levantamos campamento, nos vestimos y llamamos a Víctor, que seguía entretenido con los caracoles. “¡Dale boludo!”, le gritó Gastón. Víctor hizo señas para que lo esperemos, nosotros empezamos a caminar hacia los médanos. Las primeras gotas empezaron a caer; gotas densas y pesadas que se sentían la cabeza como piedritas.

Nunca en la vida había escuchado un estruendo tan fuerte. Recuerdo la arena vibrar bajo nuestros pies, recuerdo el grito de Florencia, el resplandor, el cielo plateado por un instante. Recuerdo ver a Víctor tirado en la orilla del mar. Recuerdo a los tres guardavidas que aparecieron de la nada, como si nos hubiesen estado espiando. Los recuerdo corriendo desesperados hacia donde yacía Víctor. Recuerdo a uno de ellos dándole respiración boca a boca y presionando su pecho con ambas manos. Los recuerdo decir: “Ya está muerto…

El cuerpo de Víctor tenía un color cárdeno, como si un gran moretón hubiese cubierto todo su pellejo. Aún tenía los caracoles en la mano cuando llegó la ambulancia y la policía. No habían pasado ni 15 horas del viaje a Villa Gesell y ya estábamos de vuelta en nuestras casas. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera me acuerdo qué nos preguntó la policía, ni qué les dijo Laura, ni cómo subimos al ómnibus de regreso. Mamá me abrazó al llegar, lloraba y me preguntaba cómo me sentía. Yo sólo le dije: “Me muero de hambre”. Me preparó unos ravioles con salsa y comí hasta casi reventar. Después me fui a la cama y no me levanté por una semana. Me subió la fiebre a 40, vomité tanto que a lo último ya solo me salía bilis del estómago. Vino el doctor varias veces, vino papá, vinieron mis hermanas. Todos estaban preocupados por mí, y yo me preguntaba por qué no se preocupaban por Víctor, que era a quién le había caído el rayo en la cabeza. Pero el rayo nos había caído a todos, a Florencia, a Pedro, a Gastón y a mí. En realidad ese rayo había caído sobre todo Séptimo grado, y también sobre esos que habían repetido de grado, entre los cuales estaba mi amigo Martín. Les había caído a las monjas, a las maestras, a Venancio y a Laura… sobre todo a Laura. El rayo no la había matado como a Víctor, pero le había arruinado la vida, que es más o menos lo mismo. Ella debió darles explicaciones a la policía, a los padres de Víctor, al Consejo, a todos. Y la mujer que todos odiábamos, la vieja hedionda y opresora, en ningún momento nos culpó. Ella se hizo responsable de todo y dijo que estaba dispuesta a sufrir las consecuencias de su incompetencia, el castigo de los hombres y el de Dios… Cuando le preguntaron por nosotros, ella respondió: “Son sólo niños…”

En el acto de fin de año el Padre Venancio dio una misa en honor a Víctor. Los cinco chicos que lo vimos morir tuvimos que subir al altar con unas velas y arrodillarnos junto al Padre en un ritual melodramático. En ese momento, mientras estaba de rodillas junto al atril de Venancio, noté que la llama de mi vela estaba muy cerca de su albornoz. Mientras él recitaba un versículo de la biblia comencé a arrimarle la vela lentamente. En sólo un segundo su ropaje santo ardería como una antorcha, pensé. Imaginé toda la secuencia que lo llevaría a la muerte; como no había extintores cerca, Venancio se revolcaría por la capilla envuelto en llamas, mientras los concurrentes intentarían apagar el fuego con lo que tuviesen a mano, incluso con agua bendita. Sus gritos serían estremecedores, como de gato adolorido; y cuando por fin lograsen extinguir el fuego, él ya estaría en El Más Allá dándole explicaciones a Víctor por aquella bofetada.

La misa duró una hora. La gente fue desapareciendo de a poco. Los últimos en salir de la capilla fuimos Chino, Martín y yo. Era nuestro último día de escuela, a partir del próximo año estaríamos en diferentes colegios. Martín se quitó la corbata azul y la dejó caer sobre un charco de verdín en la orilla de la calle. Luego preguntó:

―¿Y ahora… qué hacemos?

 

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