Historias del chico salvaje: ¨La regla de tres¨

Diego M. Rotondo

 

Llevo casi dos horas mirando a Valeria y ella ni se entera de que existo. Estoy sentado en la misma fila de pupitres, en medio de ambos está el pupitre de Esteban, apoyo mi cabeza en mi brazo y la miro de reojo; de a ratos Esteban se echa hacia delante y me corta la visión. “¡Correte boludo!”, le murmuro. Vale escribe en su cuaderno, agarra su lápiz de una manera extraña, no usa el dedo índice, lo sostiene entre el corazón, el anular y el pulgar. Me encanta verla escribir. Intento usar mi lápiz de la misma forma y me sale un mamarracho, no entiendo cómo escribe así y tiene una letra tan linda. Vale es rara, por eso me gusta. No puedo dejar de mirarla, no es que quiera ser su novio ni nada parecido, es que… ella es la única chica con la que me dí un beso en la boca, y en ese momento tenía sólo 5 años, ni siquiera debo haberlo disfrutado. Me pregunto cómo sería besarla ahora, que tenemos 12. ¿Lo disfrutaría? Seguro que sí.

―¿Entendió Rotondo? ―pregunta Stella, alias Cabeza de ceniza, la maestra que trata de usted a los menos aplicados de la clase.

―Sí. ―le respondo.

―Bueno… entonces, dígame, ¿cómo es la fórmula de la Regla de tres simple?

Me quedo en silencio, hago cálculos con los dedos, finjo que pienso en la respuesta, pero la verdad es que no tengo idea de qué me habla.

―¿No lo sabe, verdad?

Finjo buscar la fórmula en mi cuaderno, pero no hay nada anotado, sólo un garabato.

―Rotondo, ¿a usted no le importa nada, verdad?… ―pregunta Cabeza de ceniza―. El año que viene, si es que no repite, ¿cómo va a hacer en el colegio secundario?…

―No sé… ―respondo y busco refugio en la mirada de Vale, que ahora sí me mira y parece preocupada porque mastica la punta de su lápiz.

―Ya sé que no sabe, y eso es preocupante Rotondo. ¿Sus padres vieron su último boletín? ¿Vieron las notas de matemáticas?

―Sí… ―en realidad no, hace tiempo que copio la firma de mamá.

―¿Y qué piensan al respecto? ¿Qué piensan de su futuro?

―No sé…

―¿No sabe?… ¿Y qué sabe usted?

―¡Ya basta, déjelo en paz! ―exclama Valeria, irritada, golpeando el pupitre con su puño. Todos se voltean hacia ella y se empiezan a reír.

Stella taconea hasta el pupitre de Valeria y la mira odiosamente.

―¿Perdón?… ¿Y vos quién sos para decirme qué hacer? ―Stella tutea a Vale porque es una de las mejores en matemáticas.

―¡No me gusta cómo lo trata! ―responde la chica de mis sueños sin esquivarle la mirada a Cabeza de ceniza.

―¿Y a vos qué te importa?… ¡La que manda aquí soy yo, y trato a los alumnos como se me da la gana!, ¿entendés, nena?

―Bruja… ―murmuro, pensando que Stella no me escucha. Pero sí me escucha.

―¿Qué dijo, Rotondo?…

Yo no respondo.

―¡Repita lo que acaba de decir! ―su grito histérico hace vibrar las ventanas.

―¡Bruja! ¡le dijo bruja! ―exclama Valeria con una risa burlona.

Stella nos lleva de las orejas hasta el despacho de la directora, que en ese momento se encuentra tomando mate con Gloria, la de Lengua.

―¿Qué pasó? ―pregunta Elsa al vernos entrar.

―Estos dos insolentes me dijeron bruja, ¿podés creerlo?

Elsa se queda mirando a Stella con cara de sorpresa, le da un ruidoso sorbo final al mate y dice:

―¿Y cuál es el problema?…

―¿Cómo cuál es el problema? ―responde Stella― ¡Me dijeron bruja te estoy diciendo!

―¿Y no sos una bruja acaso?…

Cabeza de ceniza se queda atónita frente a la respuesta de la directora.

―Pero… ¡Elsa! ¿Vos me estás tomando el pelo?

―No, no te estoy tomando el pelo. En este colegio todos saben que sos una bruja, así que no sé por qué los traés a Dirección si sólo dijeron la verdad.

Stella se acerca al escritorio de Elsa, apoya los nudillos sobre unas carpetas y se queda mirándola.

―Oíme, ¿esto es alguna clase de joda?… porque yo no estoy para que me tomen de pelotuda… hace 9 años trabajo en esta escuela y me parece que merezco un poco de respeto.

Elsa se levanta de su sillón lentamente, también apoya sus puños sobre el escritorio, se inclina hacia adelante y los perfiles de ambas quedan separados por un centímetro. Mientras tanto Gloria se sirve otro mate.

―Mirá Stella, yo no voy a permitir que me hables de esa manera. La que manda en esta escuela soy yo. Y sí… hace 9 años que te soporto, y la verdad es que no sé cómo no te eché todavía. Así que no te me hagás la cocorita porque en dos segundos te pongo de patitas en la calle. ¡Y dejá a estos chicos tranquilos! ¡Ya bastante los torturaste este año!

Cabeza de ceniza se queda un rato sin reaccionar, los labios le tiemblan, ambas se miran con rencor. Gloria, previendo lo que está por suceder, se arrastra hacia atrás con la silla haciendo crujir las patas. Valeria y yo también nos alejamos. El escritorio comienza a vibrar bajo los puños temblorosos de las dos viejas.

―Vieja zorra… ―murmura Stella― ¿Vos estabas esperando este momento, no? Hace años que esperabas esta oportunidad para tirarme toda tu mierda…

―¿Zorra me decís, justo vos, que le tirás la goma al de gimnasia? ―contesta Elsa.

Gloria interrumpe:

―¡Por favor señoras, hay dos criaturas escuchando!

Valeria me susurra al oído:

―¿Para qué necesita la goma el profesor de gimnasia?…

Por suerte no tengo que responderle, ya que Stella agarra el termo del mate y le salpica agua hirviendo en la cara a la directora.

―¡A ver si te atrevés a seguir injuriándome ahora, vieja puta! ―exclama Stella mientras Elsa se cubre la cara y chilla. Gloria intenta quitarle el termo a Stella, pero ella la esquiva y la amenaza:

―¡Vos no te metás porque te quemo toda eh!

En ese momento, Elsa, con su cara irritada y llena de ampollas, agarra de las muñecas a Stella y le encaja un cabezazo en la boca. La sangre brota enseguida y tiñe de rojo el delantal blanco. El termo cae al piso y rueda hacia nuestros pies; ambas viejas empiezan a forcejear.

―¡Esto no me lo va a creer nadie!… ―le digo a Valeria.

Mientras Elsa cruza puñetazos con Stella, Gloria se sube sobre una silla y empieza a alentar a la Directora: “¡Dale fuerte, dale en las tetas!”. Aunque Elsa pega duro, Stella no se achica, aún con la cara y el pecho ensangrentado sigue lanzando trompadas al aire y alguna que otra le da en la jeta a Elsa. Vale se ríe como loca, salta y aplaude, yo también lo disfruto, pero no me parece bien demostrarlo así, tan abiertamente. Aparece el portero, y detrás de él las maestras de Historia y Ciencias naturales. Entre todos logran separar a las luchadoras, que aún distanciadas siguen intentando pegarse. Elsa acaba con la cara llena de quemaduras y Stella con los labios partidos, la nariz rota y tres dientes menos.

Fue un día maravilloso. Suspendieron las clases durante una semana, Stella por supuesto renunció. Elsa debió ser reemplazada hasta que se le sanaron las quemaduras. Igual, su cara quedó marcada para siempre. Valeria me invitó a andar en bici esa tarde, recorrimos el barrio comentando la pelea y riendo a carcajadas. Fuimos a tomar un helado y supe que esa era mi oportunidad, sentados en el banco de la heladería me acerqué a ella, y cuando estuve a punto de besarla…

―¿¡Me oye Rotondo!? ¡Rotondo!

Stella me sacude el hombro.

―¿En qué planeta está, Rotondo? ¡Le pregunte la fórmula de la Regla de tres simple!

 

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