Historias del chico salvaje: ¨El corte taza¨

Diego M. Rotondo

 

Cuando papá se enteró del caos que Elena había desatado en el barrio, su conclusión fue tan absurda como de costumbre: “¡El problema es tu corte de pelo!… tu madre se empeña en seguir cortándotelo así… a lo Carlitos Balá, ¡y ya tenés 12 años! Es hora de que tengas un corte de varón…”. Según papá, los acosos, los golpes, Elena, la policía, las denuncias, etc., eran culpa de mi pelo. “Pero esto se arregla fácil…”, dijo, “Mañana vamos a lo de Pipo para que te haga un corte de hombre...”.

Pipo era el peluquero de los viejos, nunca había chicos en su local porque su forma de cortar era anticuada, de otro siglo… no sabía cortar de otra manera, era un peluquero de guerra, te rasuraba los costados y te dejaba un poco más larguito arriba. Su especialidad era el corte a la americana y presumía de ser el mejor haciéndolo. De Pipo se contaban muchas cosas, había estado en Las Malvinas como sargento o algo así; papá decía que había matado a un inglés cortándole la yugular con la mitad de una carta de póker; pero mamá decía que eran chamuyos, que en ese bar roñoso donde se juntaban los amigos de papá se hacían los machos adueñándose de las historias de otros. Papá también decía que una vez, con la tijera, le había cortado la oreja a un tipo con acento inglés, pero eso hasta Pipo lo negó; claro, un chisme así le espantaría la clientela. En el interior de su local Pipo tenía las paredes empapeladas con fotos de soldados, tanques, aviones de guerra, etc., y al igual que Pocho el relojero, también tenía un rifle. La peluquería estaba justo frente a la relojería, y aunque Pocho y él no eran amigos de vez en cuando jugaban al dominó en el bar. El día que Pocho acribilló a esos chorros en la avenida, Pipo estaba de vacaciones y la peluquería estaba cerrada; de haber estado seguramente se habría aliado con él y la avenida hubiese sido un campo de batalla. Así eran los amigos de mi papá, “¡Fascistas fanfarrones!”, decía mamá.

Fiel a su promesa, que más bien sonaba como amenaza, Papá me pasó a buscar al  otro día para ir a cortarme el pelo. Cuando llegó, mamá lo amenazó desde el balcón: “me lo llega a rapar y le clavo las tijeras en el culo a tu amigo…”. Papá esbozó una risa falsa y me abrió la puerta del auto. En el trayecto no paré de pensar en Pipo y sus tijeras. Papá, como de costumbre, no me habló en todo el viaje, se dedicó a tararear un tango que pasaban en la radio del coche. Conforme nos acercábamos a la peluquería me iba sintiendo más nervioso. No quería perder mi corte taza, mamá me lo cortaba así desde los 5 años, era parte de mi personalidad… Me imaginé a los chicos de la escuela, a Pedro, a Gastón, se cagarían de risa, me dirían pelado, cabeza de pito, y cosas así.

Papá estacionó el auto bordeando la vereda enfrente a la peluquería; afuera, al otro lado de la avenida, estaba Pipo parado en la entrada, llevaba la tijera en la mano y nos miraba con su sonrisa velada por ese mostacho que parecía un cepillo negro. Seguramente lo iba a disfrutar, profanar mi cabeza de niño para siempre, dejándome hecho un puercoespín preparado para la guerra. “¡Miralo al chanta!…”, dijo papá entre carcajadas, “ya te está esperando…”. Parecía que mi sufrimiento les resultaba gracioso. Bajé del auto y papá me tomó de la mano para cruzar la calle, ya estaba bastante grandecito para que me agarrase la mano, pero él insistía; como estaba convencido de que yo era estúpido, tenía miedo de que me pisara un auto. Pipo cortaba el aire con la tijera: “clish, clish, clish”, sonababa la tijera y destellaba. Sentí un nudo en el estómago, pocas veces había tenido tanto miedo, ni siquiera el torno del dentista me daba tanto miedo como la tijera de Pipo. ¿Qué clase de padre era mi papá? ¿Por qué hacerme pasar por eso?… A lo mejor la culpa era de mamá, que después de lo de Elena le había dicho: “Hacete cargo de tu hijo alguna vez…”, y papá pensó que hacerse cargo de mí era raparme. Cuando el semáforo dio verde para que cruzáramos, me solté de la mano de papá y me escapé. Corrí por la avenida esquivando autos y colectivos, detrás de mí, a unos quince metros venía corriendo papá a las puteadas, y un poco más atrás, ¡Pipo!, aún con la tijera en la mano. Estaba seguro de que no iban a alcanzarme, en la clase de gimnasia yo siempre era el que corría más rápido. En un momento de la huida perdí de vista a papá, pero no a Pipo, que me seguía aún después de cinco cuadras. No me iba a dejar atrapar por él, de ninguna manera. Giré en una esquina para perderlo, me detuve en una obra en construcción, agarré una piedra y seguí corriendo. Pipo no se rendía, me iba a perseguir hasta mi casa si era necesario, era un soldado, se había tiroteado con los ingleses, no se iba a dejar vencer por un chico de 12 años. Aunque le llevaba 10 metros de ventaja, él cada vez parecía mas cerca, corría y con la voz entrecortada por la falta de aire gritaba: “¡Dale Dieguito… no es para tanto, ché!… ¡el pelo crece!…”. Ni siquiera lo pensé, me di vuelta sin dejar de correr y le lancé la piedra, no llegué a ver si le había pegado, pero me di cuenta que sí al escucharlo: “¡Ahhhhhh! ¡Pendejo de mierda!”. Le había dado justo en la frente, un telón de sangre oscura bajó por su cara y se coló en su mostacho. Pipo se quedó atrás, lo último que alcancé a oírle decir fue: “¡Ya te voy a agarrar hijo de puta!”.

Había corrido 2 kilómetros sin parar. Al llegar a casa sentí que iba a vomitar los pulmones. Mamá no estaba y en cualquier momento aparecería papá para asesinarme. Junté algo de ropa en mi mochila, me subí a la bici y abandoné mi hogar.

Pedaleé durante varios kilómetros, acabé desorientado en un barrio horrible con calles de tierra y asentamientos. Por suerte era de día, de lo contrario me hubiesen robado la bici. Mientras pedaleaba empecé a preocuparme por Pipo, ¿y si se había muerto? ¿Y si la policía me estaba buscando para meterme en la cárcel? Realmente no había querido darle el piedrazo, ni siquiera le apunté, sólo quería que la piedra le pasara cerca, que lo asustara. Es increíble cómo uno siempre da en el blanco cuando no piensa en el blanco… Si no iba a la cárcel probaría esa teoría en el próximo partido de fútbol que jugase. Me alejé del barrio marginal y aparecí en un sitio más agradable, lleno de Sauces llorones, calles de adoquines y chalets con ladrillos barnizados. Me detuve en una esquina a descansar, no pasaba un solo auto por las calles, no había gente y no se oía nada. Nunca me había alejado a más de 1 kilómetro de mi casa, y ahora estaría a 15 o 20. ¿Qué hago?, pensé. Me senté en un cantero, estaba sediento, me moría por una Sprite bien helada, pero no tenía plata. Me levanté y me asomé al jardín de una casa, noté que había una canilla, me aseguré de que no hubiese nadie mirando, pasé por arriba de la reja con cuidado, abrí la canilla y empecé a tomar agua como loco. Estaba fresca, pero cuanto más tomaba más sed tenía, era rarísimo. Me mojé la cara y el pelo, “¡Rajá de ahí o llamo a la policía!”, gritó una voz de vieja bruja. Salí corriendo, salté la reja y me subí a la bici. Fui pasando por diferentes barrios, las casas cada vez eran más bajas, más humildes; el paisaje se hacía más desolado, imaginé que terminaría en medio del campo. Empezó a dolerme la cabeza, era un dolor nuevo para mí, parecía que me clavaran agujas desde adentro para afuera. Me detuve en una plaza y me recosté en un banco bajo un árbol. Las hamacas se mecían solas por el viento, no había un solo chico jugando en toda la plaza, ni un perro, ni un pájaro, nada… Escuché una melodía, una canción que yo conocía, busqué con la mirada el lugar de dónde venía, pero era como si viniese de todas partes. La letra era inconfundible: “Aquí llegó Balá, Balá, Balá… El show va a comenzar, ya llegó, ya llegó… les traigo lo mejor, Balá, Balá, de mi repertorio…” Yo tenía ese disco en casa, hacía años que no lo escuchaba. El volumen era cada vez más alto, sentí que la música salía de adentro de mi cabeza. La canción se aceleró, como cuando ponía el tocadiscos en 45. Conforme el volumen se iba acrecentando, mi cabeza se iba inflando como un globo. Una sensación húmeda y tibia me cubrió la cara, era sangre, mucha sangre que caía en gotas espesas sobre mis manos…

―Le va a quedar una cicatriz en la frente, pero si no le cortan el flequillo apenas se le va a notar… ―oí decir a la silueta blanca y nublada que me tocaba con sus manos que olían a desinfectante―. Vamos a dejarlo hasta mañana en observación; tiene la cabeza bien dura este atorrante, la tomografía no muestra ninguna lesión…

―¿Ves por qué siempre te doy la mano para cruzar la calle, cabezón?”, murmuró papá en mi oído con su voz afligida.

―¿Y Pipo?… ¿Y el piedrazo?  ―alcancé a preguntar.

―¿Qué piedrazo?… Pipo sigue en la peluquería. Casi le da un infarto cuando ese auto te levantó en el aire―contestó.

 

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