Viernes de cine: ¨New York, proscenio de Hollywood¨

Fernando Morote

 

Uno nunca sabe. Pero si un día, por motivos ajenos a tu comprensión, sentimientos sombríos te invaden en medio del bullicio y las luces de Nueva York, recuerda que la ciudad te ofrece —sin atentar contra tu bolsillo— una variedad de opciones para levantar el ánimo.

El Museo del Sexo, en un recodo de Times Square, es una de ellas. Altamente recomendable. Con seguridad te lo levantará. Pero también te lo pondrá rígido. Lo cual puede implicar un bochorno en pleno invierno, especialmente transitando por una metrópoli atiborrada de exquisiteces femeninas procedentes de todos los rincones del planeta.

Te propongo, en cambio, una actividad más relajada. Pero igualmente estimulante. Si por casualidad eres amante del cine, aquí tienes una buena oferta. Gratis, además. Puedes conseguir los boletos en línea, siguiendo un procedimiento tan sencillo como parpadear.

Sin importar el frío, la lluvia o la nieve de la temporada, un bus de primera clase te espera puntual en una céntrica esquina de Broadway para llevarte en una gira por múltiples espacios reales que contribuyeron a que ciertas películas entraran, de un modo u otro, en la categoría de clásicas.

Al ponerte en marcha el guía te informa que, opuesto a lo que comúnmente se cree, la producción cinematográfica de los Estados Unidos empezó en Nueva York, en tiempos del vitascopio de Edison (la exhibición en ruta de un corto de 2 minutos y 30 segundos, fechado en 1896, con imágenes en nada despreciable condición de caballos recorriendo los alrededores de Central Park así lo demuestra), pero debido a las inclemencias de las temperaturas extremas, los cineastas de la época decidieron mudarse a Hollywood en busca de un clima más propicio y una mejor fuente de luz natural.

Luego te sugiere que lo sigas con los oídos atentos a su discurso y los ojos enfocados en las locaciones visitadas. Rodeando Columbus Circle, aparece la explanada donde Robert De Niro asiste a una manifestación pacifista en Taxi Driver (1976). Metros más adelante, en lo alto de una lujosa torre, asoma el balcón sobre el que se posó una noche Christopher Reeve, encarnando a Superman (1978) para entrevistarse con Luisa Lane. Al otro extremo se encuentra el crucero peatonal por el que cantaron y bailaron Frank Sinatra, Gene Kelly y Jules Munshin, como marineros de franco, en el musical Un día en Nueva York  (1949).

Al recorrer el lado este del Central Park se aprecia la fila de viejos edificios de ladrillos rojos, en uno de cuyos departamentos Mia Farrow vivió el horror de cargar en su vientre a El bebé de Rosemary (1968) de Roman Polanski. La actual fachada del Lincoln Center, con sus elegantes plazuela y fuente de agua ubicadas a la entrada, ha reemplazado las construcciones abandonadas —producto de la guerra entre pandillas— que se prestaron para las coreografías al principio de Amor sin barreras (1961).

Avanzando hacia la parte norte de Manhattan (Uptown), surge la intersección de Sherman Square, escenario de una aparatosa persecución policial en Naked City (1948), uno de los primeros docu-dramas en el género de cine negro. La diminuta parcela es representada también como punto de venta de drogas en la cinta Pánico en Needle Park (1971) con Al Pacino.

Cerca de allí siguen en pie los tradicionales hoteles Plaza y Waldorf Astoria, cuyas instalaciones se ofrecieron para grabar pasajes de El gran Gatsby (1974) con Robert Redford y Un príncipe en Nueva York (1988) con Eddie Murphy, respectivamente.

El frontis de la Biblioteca Pública de Nueva York constituye prácticamente el inicio de Los Cazafantasmas (1984) protagonizada por Bill Murray. Y el Rockefeller Center, otro ícono de la ciudad, con su gigantesco e iluminado árbol de navidad, muestra su imponencia en La reina de Nueva York (1937) con Carol Lombard (la esposa prematuramente desaparecida de Clark Gable), y se presenta como la sede de la empresa donde trabaja Gregory Peck en El hombre del traje gris (1956).

De vuelta al centro (Midtown), el bus sobrepasa la estación de trenes Grand Central, una de las joyas arquitectónicas de la ciudad, la cual sirve de marco a 2 fugas dirigidas por el insuperable Hitchcock: la de un kafkiano Cary Grant en Intriga internacional (1959) y la de una enamorada Ingrid Bergman en Cuéntame tu vida (1945).

La mítica tienda Macy’s hace su ingreso en el recorrido para resaltar que en los exteriores de su local principal se rodó parte de El milagro en la calle 34 (1947) con el carismático actor británico Edmund Gwenn y la entonces niña Natalie Wood. A pocas cuadras, la formidable estructura del Empire State Building funge de escalera al fabuloso King Kong (1933) quien conquista la cima empuñando a su víctima en una de sus garras. Infaltable la prestigiosa joyería frente a cuya vitrina de la 5ta. Avenida la flaquísima Audrey Hepburn toma su Desayuno en Tiffany’s (1961) mucho antes de comenzar su romance con George Peppard.

Un momento especial para rendir culto a Marilyn en el cruce de la calle 52 y la avenida Lexington. Ah, sí…aquí está la estación del subterráneo sobre cuyo ducto de aire acondicionado la bomba rubia se paró a ventilar sus maravillosas piernas en esa memorable escena de La comezón del séptimo año (1955). Sabido es que a causa de los disturbios provocados por el público masculino durante la filmación, la secuencia se dañó y tuvo que rehacerse íntegramente de nuevo en los estudios de la 20th Century Fox en Los Ángeles para poder ser utilizada en la película.

Entre las estrellas recurrentes del paseo destacan algunos museos. El de Arte Moderno, por ejemplo, mostrado por Woody Allen en una discusión con Diane Keaton en Manhattan (1979); el de Historia Natural, acogiendo a Tom Hanks y Daryl Hannah en una toma de Splash (1984); y el Metropolitano, siendo testigo de una tonta conversación entre Meg Ryan y Billy Crystal en Cuando Harry conoció a Sally (1989).

Ante la pregunta capciosa de un cliente, el guía titubea al argumentar con dudoso éxito por qué la gira no incluye sitios afincados en la parte sur de la ciudad (Downtown), lo cual lastimosamente deja fuera del circuito otro fantástico ejemplo de cine negro: La calle de la muerte (1950) con Farley Granger, que ofrece peculiares vistas de Wall Street y sus jirones adyacentes como ambiente sórdido en lugar de centro financiero.

Mientras el bus circula suavemente entre el endemoniado tráfico neoyorquino, te sientes a salvo admirando breves fragmentos de las películas aludidas, que son reproducidos en pequeñas pantallas alineadas sobre los asientos, de tal modo que puedes comparar lo mucho —o poco— que ha cambiado la ciudad desde que fue parte de un rodaje hasta la fecha.

Durante el trayecto de 3 horas puedes participar en los concursos de trivia organizados por los tripulantes (joven guía blanco y viejo chofer negro se desviven por divertirte) y es posible hasta que ganes un simpático premio que tus —no más de 20— compañeros de viaje aplaudirán y celebrarán con sinceridad.

Al final habrás pasado un rato entretenido y tu experiencia hará que bajes del bus con espíritu renovado.

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