NUEVA YORK (II)

Vladimir Maiakovski

 

ODIO NUEVA YORK LOS DOMINGOS. Alrededor de las diez de la mañana, un oficinista vestido únicamente con un maillot violeta aparta la cortina del piso de enfrente. Sin ponerse los pantalones, por lo que veo, se sienta delante de la ventana con un diario de un centenar de páginas y casi un kilo de peso, no sé si es el World o The New York Times. Primero lee durante una hora la sección de anuncios publicitarios rimados y chillones de los grandes almacenes (que son la base de la mentalidad del estadounidense medio), y después de la publicidad ojea las secciones de robos y asesinatos.

Después, el hombre se pone una chaqueta y un pantalón del que siempre sobresale una camisa desaliñada. Se coloca debajo de la barbilla una corbata atada de una vez y para siempre, de un color que mezcla el canario con el incendio y el mar Negro. Una vez vestido, el estadounidense intentará pasar una hora con el propietario del hotel o el portero, sentados en las sillas colocadas en el escalón que rodea la finca o en los bancos del pelado jardincito de al lado.

Hablan de quién ha venido a ver a quién esta noche, si se oía que bebieran, y si alguien sí vino y sí bebió, meditan si deberían avisar a quien corresponda para echar de la finca y llevar a juicio a los borrachos y los adúlteros.

Hacia la una, el estadounidense va a almorzar allí donde almuerza gente más rica que él, donde su dama se emocionará y se entusiasmará con una pularda de 17 dólares. Después de eso, el estadounidense visita por enésima vez el mausoleo del general Grant y su esposa, adornado con cristales de colores, o, quitándose las botas y la chaqueta, se tumba en algún parquecito sobre las hojas ya leídas de The New York Times para dejar tras de sí recuerdos para la sociedad y su ciudad en forma de trozos del periódico, envoltorios de chewing gum y hierba pisada.

Los más ricos procuran abrir el apetito antes de comer conduciendo sus coches: pasan con desdén junto a los automóviles más baratos y echan miradas envidiosas de soslayo a otros, más lujosos y caros.

El objeto especial de la envidia de los estadounidenses de bajo linaje es, por supuesto, el que lleva en la puerta del automóvil una corona dorada de barón o de conde.

Si un estadounidense va en coche con la dama que acaba de comer con él, la besa inmediatamente y exige que lo bese a él. Sin esa pequeña muestra de gratitud considerará que los dólares pagados por la cuenta se han gastado en balde, y jamás volverá a ir a ningún sitio con esa dama desagradecida —y las amigas juiciosas e interesadas de la dama se burlarán de ella.

Si el estadounidense (el modelo de moralidad y castidad) va en coche solo, frenará y parará delante de cualquier peatona guapa para mostrarle la dentadura con una sonrisa exagerada y convidarla a subir al coche con giros desorbitados de los ojos. La dama que no entienda la razón de su nerviosismo se calificará de tonta que no se da cuenta de la suerte que le ha tocado: la oportunidad de conocer al titular de un automóvil de 100 caballos.

Es impensable considerar a ese caballero como un deportista. Lo más normal es que solo sepa conducir (lo mínimo), y en caso de avería ni siquiera sabrá hinchar un neumático o montar un gato. ¿Para qué? Si todo eso lo harán en los incontables talleres de reparación y quioscos de gasolina de cualquier camino por el que vaya.

En general, no creo en la afición al deporte de los Estados Unidos.

Las que practican deporte son, en su mayoría, unas holgazanas adineradas.

Es verdad que el presidente Coolidge recibe cada hora informes telegrafiados sobre la marcha de los partidos de béisbol entre el equipo de Pittsburgh y el de los Senadores de Washington, incluso estando de viaje; es verdad que hay más gente delante de los boletines informativos dedicados a los partidos de fútbol americano de la que se reúne en otros países ante los mapas de hostilidades recién iniciadas. Pero no la mueve un interés deportivo, sino el interés enfermizo de los jugadores de azar que han apostado sus dólares por uno u otro equipo.

Y si los futbolistas a los que observan unas setenta mil personas en el enorme circo neoyorquino son robustos y sanos, los setenta mil espectadores son, en su mayoría, gente enclenque y escuálida, entre la que parezco un goliat.

Los soldados estadounidenses causan la misma impresión, a excepción de los reclutadores, que alaban la holgada vida de los soldados delante de sus tiendas. No me extraña que durante la pasada guerra esos campeones se negasen a subir a un vagón de mercancías francés (para 40 personas u ocho caballos) y exigiesen uno de asientos blandos, de clase.

A las cinco de la tarde los automovilistas y los peatones más ricos y elegantes se apresuran hacia un five o’clock aristocrático o semiaristocrático. El anfitrión se ha aprovisionado ya de botellas de ginebra traídas por los marineros y limonada Ginger Ale, y la mezcla de ambas hace las veces del champán estadounidense de la época de la Prohibition. Acuden damiselas con medias enrolladas: mecanógrafas y modelos.

Los jóvenes invitados y el anfitrión, apremiados por el ansia de lirismo pero poco versados en sus sutilezas, gastan unas gracias capaces de poner colorados a los huevos de Pascua pintados de púrpura, y cuando pierden el hilo de la conversación dan unas palmaditas en el muslo de su dama de una forma tan natural como si fuera el gesto del ponente que golpetea la pitillera con un cigarrillo al distraerse durante su discurso. Las damas enseñan las rodillas y echan cuentas mentalmente para calcular el precio de cada persona.

Para que el five o’clock tenga un carácter casto y artístico, juegan al póquer o examinan las últimas corbatas y tirantes adquiridos por el anfitrión. Luego se marchan a sus casas, se cambian y salen a cenar.

La gente pobre (no los pobres, sino los que son algo más pobres) come mejor; los ricos, peor. Los que son algo más pobres comen en casa productos recién comprados, bajo la luz eléctrica, sabiendo exactamente qué es lo que tragan. Los que son más ricos comen en restaurantes caros productos muy salpimentados, medio podridos o extraídos de conservas, rezagos que no se podrían vender de otra manera. Comen a oscuras porque prefieren las velas a la luz eléctrica.

Esas velas me dan risa. La burguesía posee toda la electricidad, y come con velas. Tiene un pánico inconsciente a su propia luz eléctrica. El mago que ha conjurado a los espíritus y no sabe manejarlos la deja perpleja. La mayoría tiene la misma actitud hacia el resto de los avances técnicos.

Crean el gramófono y la radio, y se los tiran a la plebe; se refieren a ellos con desprecio mientras se dedican a escuchar a Rajmáninov; en su inmensa mayoría no lo entienden, pero lo proclaman ciudadano honorífico de una ciudad y lo obsequian con acciones de alcantarillado por valor de cuarenta mil dólares en un cofre de oro.

Crean el cine y se lo arrojan al pueblo mientras persiguen abonos para la temporada de ópera, en la que la mujer del fabricante McCormick, que tiene suficientes dólares como para hacer lo que le dé la gana, se desgañita maltratando los oídos de los espectadores. Y si los acomodadores se despistan, recibe manzanas y huevos podridos.

Incluso si un hombre de la alta sociedad va al cine, miente descaradamente y dice que estuvo en el ballet o viendo una revue de mujeres desnudas.

Los multimillonarios escapan de la Quinta Avenida con su estrépito de coches y la avalancha de las multitudes, se evaden de la ciudad hacia rincones todavía tranquilos del campo.

—¿Cómo puedo vivir aquí? — declaró Miss Vanderbilt al vender su palacio en la esquina de la Quinta Avenida con la calle 53 por seis millones de dólares—. No puedo vivir aquí si enfrente tengo un Childs, a la derecha una panadería y a la izquierda una peluquería.

Después de comer, los adinerados tienen a su disposición teatros, conciertos y espectáculos de variedades en los que una entrada en primera fila para ver a damas desnudas cuesta diez dólares. A los tontos les venden una excursión al barrio chino en un automóvil adornado con farolillos, y allí les enseñan calles y edificios normales en los que se toma el té más normal del mundo, con la única salvedad de que los que lo toman son chinos, y no estadounidenses.

Parejas algo más pobres suben al autobús hacia Coney Island, la isla de la diversión. Después de un recorrido bastante largo, te encuentras en medio de múltiples montañas rusas (que nosotros llamamos americanas), unas norias gigantescas que elevan cabinas, pabellones tahitianos con danzas sobre el fondo de una fotografía de la isla, ruedas infernales que catapultan afuera a los que las pisen, piscinas para los que quieran bañarse y burros que te llevan de paseo. Y todo eso está iluminado por tanta luz eléctrica que incluso la más brillante feria internacional de París se queda corta.

Hay pabellones en los que están reunidos los engendros más repulsivos del mundo: una mujer barbuda, un hombre-pájaro, una mujer de tres piernas, etcétera. Esas criaturas despiertan en los estadounidenses una sincera admiración.

Aquí mismo están las mujeres hambrientas, contratadas por una miseria, a las que meten en una caja para mostrar el truco de los estoques que se clavan sin causarles dolor. Hay otras a las que colocan en una silla con palancas y cargan con electricidad hasta que empiezan a saltar chispas cuando tocan a otra persona.

Jamás he visto que unas cosas tan abominables provoquen tanta alegría.

Coney Island es el cebo para las chicas estadounidenses.

¡Cuánta gente se ha besado por primera vez en estos laberintos giratorios y ha cerrado el tema de la boda en el viaje de vuelta a la ciudad (el metro tarda media hora)! Al parecer, los enamorados neoyorquinos ven en este estúpido carnaval su ideal de una vida feliz.

Al salir decidí que no convenía abandonar el parque de atracciones sin probar ninguna. Me daba igual probar una cosa que otra, y empecé a lanzar con melancolía unos anillos sobre unas figuritas de muñecas que iban girando.

Antes pregunté por el precio de la diversión. Ocho anillos costaban 25 centavos. Después de lanzar unos 16, tendí un dólar honradamente, esperando recibir la mitad de vuelta, de forma justa. El comerciante cogió mi dólar y pidió que le enseñara mis monedas. Sin sospechar nada malo, saqué del bolsillo calderilla por valor de unos tres dólares. El de los anillos se guardó todas las monedas en el bolsillo y, en respuesta a mi reacción indignada, me asió de la manga, exigiendo que le enseñara los billetes. Sorprendido, saqué los diez dólares que tenía, y el insaciable atraccionista se apropió de ellos al instante: se necesitaron muchas súplicas mías y de mis acompañantes para que me entregara 50 centavos para el viaje de vuelta.

Según las afirmaciones del propietario de esa bonita atracción, tenía que haber lanzado un total de 248 anillos, y eso requeriría haber trabajado más de dos horas, si contamos medio minuto de tiempo por cada uno.

Mis razonamientos matemáticos no sirvieron de nada, y mi amenaza de llamar a la policía provocó una risa sana y explosiva que duró bastante tiempo.

Lo más probable es que el policía haya recibido unos 40 anillos de ese total. Más tarde, los estadounidenses me explicaron que tenía que haberle propinado un buen golpe en la nariz al vendedor antes incluso de oír su petición del segundo dólar. Aunque no le devuelvan el dinero después de eso, todos lo respetarán como a un estadounidense de verdad, un alegre attaboy.

La vida dominical se acaba en torno a las dos de la madrugada, y toda la América ebria y excitada se va a casa, bamboleándose tan contenta.

ES DIFÍCIL DEFINIR LOS RASGOS DE LA VIDA NEOYORQUINA. No cuesta nada emitir opiniones generales, tópicas sobre los estadounidenses de este estilo: es el país del dólar, son chacales del imperialismo, etcétera.

Pero solo sería una pequeña imagen de la enorme película estadounidense.

Todo colegial de primer curso sabe que es el país del dólar. Pero si al decir esto solo tenemos en mente esa obsesión de los especuladores por el dólar que vimos en 1919, durante la caída del rublo, o la que hubo en Alemania en 1922, cuando se tambaleaba el marco, cuando los que tenían miles o millones no tomaban bollería para el desayuno, esperando que fuera más barata por la tarde, esa impresión será totalmente errónea.

¿Son tacaños? No. El país que gasta un millón de dólares al año tan solo en helados se merece otros epítetos.

Dios es el dólar, el dólar es el Padre, el dólar es el Espíritu Santo.

Pero no se trata de la mezquina avaricia de la gente que se conforma meramente con la necesidad de tener dinero y decide ahorrar un poco para luego dejar de ir en pos de las ganancias y plantar margaritas en su jardín o instalar luz eléctrica en los corrales de sus cluecas favoritas. Los neoyorquinos siguen contando con admiración la anécdota del año 1911 sobre el vaquero Diamond Jim.

Después de recibir una herencia de 250 000 dólares, alquiló todo un tren de coches con asientos blandos, lo cargó con vino y se fue a Nueva York con todos sus amigos y familiares. Hizo una ronda por todas las tabernas de Broadway, gastó medio millón de rublos en dos días y volvió hacia sus caballos salvajes sin un centavo, montado sobre un escalón sucio de un tren de mercancías.

¡No! La actitud del estadounidense hacia el dólar tiene algo de poético. Es consciente de que el dólar es la única fuerza en su país burgués de ciento diez millones de habitantes (y también en otros países), pero estoy convencido de que, aparte de usar el dinero para fines normales, el estadounidense obtiene placer estético admirando el color verde del dólar, identificándolo con la primavera, y el toro dentro del óvalo le parece retratar a un hombre fortachón y ser el símbolo de su bienestar. La presencia del tío Lincoln en el billete, junto con la posibilidad de alcanzar lo mismo que él que se le presenta a cada demócrata, hace del dólar la mejor y la más noble página que pueda leer la juventud. Al saludarlo, un estadounidense no le soltará algo impersonal, como:

—¡Buenos días!

Le gritará con simpatía:

Make money? (¿Hace dinero?) —y seguirá su camino.

Un estadounidense no le dirá de forma vaga:

—Hoy tiene mala (o buena) pinta.

Un estadounidense lo tasará con precisión:

—Hoy parece dos centavos.

O bien:

—Hoy parece un millón de dólares.

No lo describirán de forma enigmática para que el interlocutor quede intrigado: es un poeta, un artista, un filósofo. Un estadounidense lo definirá inequívocamente:

—Este hombre vale 1 230 000 dólares.

Eso lo determina todo: qué tipo de gente conoce, dónde lo reciben, adónde viaja en verano, etcétera.

La procedencia de sus millones importa poco en los Estados Unidos. Todo lo que hace crecer el dólar es business, negocio. Si has cobrado tu porcentaje de derechos por una poesía vendida, es un negocio; si has robado y no te han pillado, también.

Acostumbran a los niños al negocio desde pequeños. Los padres ricos se alegran de que su hijo de diez años, olvidándose de los libros, traiga a casa su primer dólar ganado con la venta de periódicos:

—Será un auténtico estadounidense.

En ese ambiente general de negocio, la inventiva va creciendo.

En un camp juvenil, un campamento de verano donde fortalecen a los niños mediante la natación y el fútbol, estaba prohibido soltar tacos durante el boxeo.

—¿Cómo podemos pegarnos sin decir tacos? —se quejaban los pobres niños.

Uno de los futuros hombres de negocios tuvo en cuenta esa necesidad.

Colgó un anuncio en su tienda:

«Enseño cinco palabrotas rusas por un nickel, quince palabrotas por dos nickels».

La tienda se llenó hasta los topes con los que querían aprender a maldecir sin correr el riesgo de que los monitores se enteraran.

El poseedor de las palabrotas rusas, feliz, dirigía el coro en medio de la tienda:

—¡Venga, todos juntos: durak!

—¡Durak!

—¡Svóloch! No es tvóloch, es svóloch.

Sukin sin (hijo de puta) fue la que más les costó. Los pequeños e insensatos americanos pronunciaban zukin-siñ, y el joven y honrado hombre de negocios no quería entregar palabrotas de baja calidad por ese buen precio.

En el mundo de los mayores, el negocio adquiere proporciones épicas, grandiosas.

Hace tres años, el candidato a un lucrativo puesto municipal, Mr. Riegelman, tenía que seducir a los electores con algún gesto altruista. Decidió construir una terraza de madera en la costa para los que pasean por Coney Island.

Los propietarios de la franja costera pidieron una cantidad de dinero exagerada, más de lo que podría proporcionar el puesto aspirado. Riegelman pasó de los propietarios, hizo apartar el océano con arena y grava, creó una franja de tierra de unos diez metros de ancho y montó un pulcro paseo de madera de tres millas y media de largo.

Riegelman ganó las elecciones. Al cabo de un año, se resarció de todos los gastos sobradamente, tras vender a buen precio todos los lados salientes de su estructura original como soportes para publicidad, aprovechando su cargo.

Si con la presión indirecta de los dólares ya puedes ganar un puesto, fama e inmortalidad, poniendo dinero contante y sonante sobre la mesa puedes comprar lo que quieras.

Los periódicos han sido creados por consorcios, y los consorcios, los peces gordos de los consorcios, se han vendido a las empresas anunciantes, a los propietarios de grandes almacenes.

En general, los periódicos se han vendido tan definitivamente y a un precio tan caro que la prensa estadounidense se considera incorruptible. No hay dinero capaz de recomprar a un periodista ya comprado.

Y si vales tanto que hay gente que te ofrece más, pruébalo, y el dueño te aumentará la paga.

¿Quiere un título? Pues tome. Los periódicos y los cupletistas en los teatros se mofan a menudo de la estrella de cine Gloria Swanson, antigua doncella que ahora cuesta quince mil dólares a la semana, y de su marido, un guapo conde traído desde París junto con los vestidos de Paquin y los zapatos de Anan.

¿Busca el amor? Sin problema.

Después del juicio del mono, los periódicos echaron las campanas al vuelo por el caso de Mr. Browning. Este millonario, agente inmobiliario, se inflamó con pasiones juveniles en la vejez.

Como el matrimonio de un viejo con una chica joven levanta sospechas, el millonario optó por la adopción.

Un anuncio en los periódicos decía:

UN MILLONARIO DESEA

ADOPTAR A UNACHICA

DE DIECISÉIS AÑOS

A lo que siguió una lluvia de 12 000 propuestas halagüeñas con fotos de chicas guapas. A las seis de la madrugada ya había 14 chicas esperando en la recepción de Mr. Browning.

Browning adoptó a la primera (estaba demasiado impaciente), una guapa checa con pelo suelto a la manera infantil, Mary Spas. Al día siguiente los periódicos pregonaron la felicidad de Maria.

El primer día le han comprado 60 vestidos.

Se le ha entregado un collar de perlas.

En tres días, el valor de los regalos superó los 40 000 dólares.

Y el propio papaíto aparecía en las fotos con una mano sobre el pecho de la hija y una expresión en la cara que bien podría enseñarse a escondidas delante de los burdeles de Montmartre.

La imagen de la felicidad paterna fue empañada por la noticia de que el mister había intentado adoptar también a otra chica de 13 años de la siguiente partida de visitantes. Una débil excusa podría ser, tal vez, la de que la hija resultó ser una mujer de 19 años.

Tres años menos en un caso, tres años más en otro, fifty-fifty, como dicen los estadounidenses, ¿total, qué más da?

De todas formas, el papaíto no aducía a modo de excusa el engaño, sino el importe de la cuenta, y presentaba argumentos nobles de que la cantidad de sus gastos en ese negocio era una prueba irrefutable de que la víctima era él.

Tuvo que intervenir la fiscalía. Desconozco el desenlace de la historia. Los periódicos callaron, como si tuviesen la boca llena de dólares.

Estoy seguro de que ese mismo Browning habría introducido serias modificaciones en el código matrimonial de la URSS para fomentar la moralidad y la ética.

No hay ni un solo país que suelte tanta palabrería ética, sublime e idealista como los Estados Unidos.

Comparen a ese Browning que se divierte en Nueva York con alguna escena provincial de Texas en la que una pandilla de 40 viejas, ante la sospecha de que una mujer se dedica a la prostitución y se acuesta con sus maridos, la despoja de toda la ropa, la sumerge en alquitrán, la revuelca en plumas y plumones y la expulsa de la ciudad por las calles principales, llenas de gente que se desternilla de risa compasiva.

Y esas escenas medievales tienen lugar en el país de la primera locomotora del mundo del tren rápido Twentieth Century.

La ebriedad estadounidense, la ley seca, Prohibition, también es el típico negocio y la típica mojigatería.

Todo el mundo vende whisky.

Si entras en la taberna más pequeña, ves cartelitos de «Ocupado» en todas las mesas.

Si quien entra en esa misma taberna es una persona inteligente, la cruza y se dirige a la puerta de enfrente.

El dueño le cierra el paso, lanzándole una pregunta seria:

—¿Es usted un caballero?

—¡Oh, sí! —exclama el visitante, enseñando una tarjetita verde. Son miembros del club (hay miles de clubes) o, sencillamente, alcohólicos avalados por alguien. Dejan pasar al caballero a la sala de al lado. Allí ya hay varios barmans con las camisas arremangadas que trabajan a toda prisa, cambiando a cada segundo el contenido, el color y la forma de las copas de los clientes, alineadas encima de una barra larguísima.

Allí mismo hay dos decenas de mesas con gente que almuerza echando miradas amorosas a la batería de botellas dispuesta delante de ellos. Después de almorzar, solicitan:

Shoe box! (¡Una caja de zapatos!)—y salen de la taberna llevándose otro par de botellas de whisky.

¿Adónde mira la policía? Pues vigila que no estafen a nadie durante el reparto de beneficios. El último mayorista (bootlegger) detenido tenía a 20 policías a su servicio.

El inspector general responsable de la lucha contra el alcohol se lamenta de no poder encontrar una decena de agentes honrados, y amenaza con dimitir porque no dispone de ellos.

En este momento ya es imposible derogar la ley que prohíbe la venta de vino, porque, en primer lugar, iría en contra de los intereses de los que lo venden. Existe todo un ejército de comerciantes y mediadores, uno por cada 500 personas. Ese trasfondo de dólares hace que muchos matices, incluso muy sutiles, de la vida estadounidense sean una simple ilustración caricaturesca de la tesis de que la conciencia y la superestructura están determinadas por la economía.

Si es testigo de un debate ascético sobre la belleza femenina y los participantes se dividen en dos bandos —uno apoya a las estadounidenses de pelo corto, y el otro, a las de pelo largo—, eso no quiere decir que esté delante de unos estetas desinteresados.

Ni mucho menos. Los que defienden el pelo largo con uñas y dientes son fabricantes de horquillas que han tenido que reducir la producción debido al corte de pelo, y el que aboga por el pelo corto es el consorcio de los propietarios de peluquerías, ya que la moda del pelo corto para las mujeres ha traído a los peluqueros toda una segunda humanidad de consumidoras.

Si una dama se niega a acompañarlo por la calle cuando lleva un paquete de zapatos remendados envueltos en papel de periódico, sepa que el que preconiza paquetes bonitos es el fabricante de papel para envoltorios.

Si incluso tomamos una cosa tan relativamente apolítica como la honradez, a la que se le han dedicado montones de libros, las sociedades de créditos que entregan préstamos a los cajeros para pagar fianzas encuentran una causa para la propaganda incluso en la honradez. Es importante para ellos que los cajeros cuenten el dinero ajeno correctamente, que no se fuguen con la caja y que la fianza se quede a buen recaudo y no desaparezca.

Las mismas consideraciones materiales están fomentando un particular y animado juego de otoño. El 14 de septiembre me avisaron: quítate el sombrero de paja. El día 15, en las esquinas delante de las sombrererías se juntan unas pandillas que le quitan los sombreros de paja a la gente, rompen los fondos duros de los sombreros y se ensartan decenas de esos agujereados trofeos en el brazo.

Está mal visto llevar sombreros de paja en otoño.

Los comerciantes de sombreros de fieltro y sombreros de paja se benefician del cumplimiento de las reglas de buen tono en la misma medida. ¿Qué harían los fabricantes de sombreros de fieltro si la gente llevara en invierno los de paja? ¿Qué harían los fabricantes de sombreros de paja si la gente llevara el mismo sombrero durante varios años?

Así que los que dañan los sombreros (y a veces también las cabezas) cobran por cada sombrero una propina de los fabricantes para su chewing gum.

Lo que he contado sobre la vida cotidiana en Nueva York no retrata su rostro por completo, ni mucho menos. Son unos rasgos sueltos: las pestañas, una peca, una fosa nasal. Pero esas pecas y fosas nasales son muy típicas de toda la masa de pequeñoburgueses que incluye a casi toda la burguesía, se fermenta en las capas intermedias e incorpora también a la parte acomodada de la clase obrera. Aquellos que han comprado una casita con hipoteca destinan una parte de su salario semanal a pagar a plazos un pequeño Ford, y le tienen pánico al paro.

El paro es un paso atrás: la expulsión de la casa no acabada de pagar, la pérdida del Ford no pagado en su totalidad, el cierre del crédito en la carnicería, etcétera. Y los obreros de Nueva York recuerdan muy bien aquellas noches de los años 1920 y 1921 en que 80 000 parados dormían en Central Park.

La burguesía estadounidense divide a los obreros mediante cualificaciones y salarios de una forma muy hábil y astuta.

Una parte apoya a los líderes de los sindicatos amarillos con nucas de tres alturas y puros de dos arshín, líderes que en realidad están a sueldo de la burguesía.

La otra parte, el proletariado revolucionario, el proletariado de verdad que no está involucrado en operaciones bancarias generalizadas por los jefes de escalón bajo, ese proletariado existe y lucha. Durante mi estancia en los Estados Unidos, los sastres de varias locals (secciones) de la Unión de Trabajadores de la Confección de Ropa para Mujer —las número dos, nueve y 22— entablaron una larga lucha contra el caudillo, el presidente de la asociación, Morris Sigman, que intentaba convertir ese sindicato en un sumiso departamento de lacayos de los fabricantes. El 20 de agosto, el Comité Unido de Acción convocó una manifestación antisigman. Unas dos mil personas salieron a la plaza Union Square, y 30 000 trabajadores pararon el trabajo durante dos horas en un gesto de solidaridad. No fue fortuito que la manifestación se celebrase en la plaza Union Square, delante de las ventanas del periódico comunista judío Freiheit.

También se celebró una manifestación puramente política, convocada directamente por el partido comunista. Fue una protesta contra la prohibición de la entrada en los Estados Unidos del diputado comunista británico Saklatwala.

Hay cuatro periódicos comunistas en Nueva York: el Novi Mir (ruso), el Freiheit (judío), el Schodenni Visti (ucraniano) y uno finlandés.

El rotativo central del partido, el Daily Worker, se edita en Chicago.

Sin embargo, es elocuente el hecho de que, habiendo tres mil militantes del partido en Nueva York, la tirada total de estos periódicos solo para esta ciudad sea de 60 000 ejemplares.

No vale la pena sobrevalorar la influencia de esa masa con inclinaciones comunistas, compuesta mayoritariamente por extranjeros. Sería ingenuo esperar manifestaciones revolucionarias en los Estados Unidos en un futuro inmediato. Aunque tampoco es sensato subestimar a esas sesenta mil personas.

Fragmento de América, 1926

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