NUEVA YORK (I)

Vladimir Maiakovski

 

NUEVA YORK

—Moscú. ¿Eso está en Polonia? —me preguntaron en el consuladoestadounidense en México.

—No —contesté—. Está en la URSS.

Ninguna reacción.

Me dieron el visado.

Más tarde supe que si un estadounidense se dedica a afilar puntas de agujas, puede ser el mejor del mundo en su oficio sin haber oído siquiera hablar de los ojos de las mismas. Los ojos de las agujas no son su especialidad, y no tiene por qué saber nada de ellos.

Laredo, la frontera con los Estados Unidos de América del Norte.

Explico los propósitos de mi entrada medio en francés, medio en un inglés totalmente rudimentario (unas palabras de cada idioma).

El estadounidense me escucha, no dice nada, piensa, no entiende y, finalmente, me dice en ruso:

—¿Eres judío?

Me quedé de piedra.

Al no saber otras palabras, el estadounidense no prosiguió con la conversación.

Después de sufrir unos diez minutos, soltó:

—¿Ruso?

—Ruso, ruso —me alegré, detectando la ausencia de toda predisposición a pogromos en mi interlocutor. Había sido una pregunta de formulario pura y dura.

El estadounidense pensó un poco más, y al cabo de diez minutos dictaminó:

—A la entrevista.

Un caballero que hasta ese momento había sido un pasajero civil se puso una gorra de uniforme y resultó ser un policía de inmigración.

Me metió en el automóvil junto con mi equipaje. Fuimos a un sitio y entramos en un edificio en el que había un hombre sin chaqueta ni chaleco sentado bajo la bandera de las barras y las estrellas.

Detrás del hombre había otras salas con rejas. Me metieron en una de ellas junto con mi equipaje.

Intenté salir, pero unas educadas manos me hicieron volver adentro.

Mi tren con destino a Nueva York silbaba en la cercanía.

Pasaron cuatro horas.

Vinieron a preguntarme en qué idioma me gustaría hablar.

Por vergüenza (me sabía mal no hablar ningún idioma), dije que en francés.

Me llevaron a una sala: cuatro tíos imponentes y un traductor francés.

Solo conozco frases francesas elementales sobre el té y los bollos, y no comprendí nada de lo que me dijo el francés, así que me agarré desesperadamente a la última palabra, tratando de intuir su sentido oculto.

Mientras lo intentaba, el francés se dio cuenta de que no entendía nada, los estadounidenses se pusieron a gesticular y me llevaron de regreso a mi sala.

Al cabo de dos horas encontré la última palabra del francés en el diccionario.

Era «juramento».

No sabía jurar en francés, y me quedé esperando a que encontraran a un ruso.

Al cabo de dos horas apareció el francés y me avisó, radiante:

—Han encontrado a un ruso. Bon garçon.

Los mismos tíos. El traductor: un judío flaco y flemático, dueño de una tienda de muebles.

—Tengo que hacer un juramento — empecé con timidez para entablar la conversación.

El traductor agitó la mano con indiferencia:

—De todas formas, si no quiere mentir, dirá la verdad, y si quiere mentir, no dirá la verdad, jure o no.

Una postura razonable.

Empecé a contestar cientos de preguntas formales: el apellido de soltera de mi madre, los orígenes de mi abuelo, la dirección de mi colegio, etcétera. ¡Cosas totalmente olvidadas!

El traductor resultó ser una persona influyente y, por mi parte, una vez que pude hablar en ruso, sin duda, conseguí caerle bien.

Resultado: me dejaron entrar en el país durante seis meses, como turista, con una fianza de 500 dólares.

Al cabo de media hora toda la colonia rusa vino corriendo a verme, rivalizando en el afán por sorprenderme con su hospitalidad.

El propietario de una pequeña zapatería me sentó en una silla baja, me mostró diferentes tipos de zapatos, trajo agua fría y se regocijaba: «¡El primer ruso en tres años! Hace tres años vino un pope con sus hijas. Primero lo criticaba todo, y después (conseguí colocar a dos de sus hijas a bailar en un cabaré) me dijo: A pesar de ser judío, eres una persona simpática, y parece ser que no careces de conciencia, si has ayudado a un pope a establecerse».

Me interceptó un vendedor de ropa que me vendió dos camisas a dos dólares cada una, por su precio de coste (un dólar por la camisa, un dólar por la amistad). Luego, emocionado, me llevó por toda la ciudad hasta llegar a su casa y me obligó a tomar un whisky tibio en el único vaso que tenía, que además le servía para enjuagarse los dientes: estaba cubierto de manchas y apestaba a elixir dental.

Mi primer encuentro con la ley seca dirigida contra el consumo de alcohol: Prohibition. Después regresé a la tienda de muebles del traductor. Su hermano quitó el cartelito con el precio del mejor sofá de felpa verde de la tienda y se sentó enfrente, en otro de cuero con la etiqueta «99 dólares 95 centavos» (es un truco comercial para no poner «100 dólares»).

En ese momento entraron cuatro judíos tristes: dos chicas y dos chicos.

—Son nuestros hispanoamericanos—los introdujo el hermano con tono de reproche—. Son de Vínnitsa y Odesa. Pasaron dos años en Cuba a la espera de los visados. Al final se fiaron de un argentino que se ofreció a ayudarlos a entrar en el país por 250 dólares.

El argentino aparentaba seriedad, y tenía inscritos en su pasaporte a cuatro hijos que supuestamente lo acompañaban. Los argentinos no necesitan visado. Ese argentino había llevado a los Estados Unidos a cuatrocientos o seiscientos hijos, y cuando iba a intentarlo nuevamente con los que hacían 604 lo pillaron.

El argentino tiene buenos contactos: unos desconocidos ya han depositado en el banco cien mil dólares para sacarlo. Por lo visto es un pez gordo.

Y a éstos su hermano se los llevó bajo fianza, pero no sirve de nada, porque una vez finalice el juicio los echarán del país.

Eso ha sucedido con un empresario importante, honrado. Sin embargo, hay otros más pequeños que se comprometen a trasladar a la gente de la parte mexicana a la estadounidense de Laredo por 100 dólares. Cobran el pasaje, los llevan hasta el centro del río y luego los ahogan.

Muchos han emigrado directamente al otro mundo.

Ésta es la última historia de México. La del propietario de la tienda de muebles, contada por su hermano, es la primera estadounidense. El hermano vivía en Chisinau. Cuando cumplió 14 años, supo por otros que las mujeres más guapas son las de España. Se fugó esa misma tarde, porque él solo podía estar con las mujeres más guapas. Llegó a Madrid a los 17 años. Allí encontró a tantas mujeres guapas como en cualquier otro sitio, pero se fijaban en él aún menos que las farmacéuticas de Chisinau. El hermano se enfadó y decidió juiciosamente que lo que necesitaba era dinero para atraer el brillo de los ojos de las españolas. Se marchó a América con dos vagabundos y un par de zapatos para los tres compañeros. Cogió un barco, no el que necesitaba, sino el que pudo coger. A su llegada, América resultó ser Inglaterra, y el hermano se instaló en Londres por error. En Londres los tres descalzos recogían colillas, fabricaban con el tabaco cigarros nuevos y luego uno (por turnos) se ponía los zapatos y los vendía en el paseo de la orilla del Támesis. Al cabo de varios meses el comercio tabacalero prosperó, y superaron la etapa de los cigarros de colillas. El horizonte se amplió hasta que pudo vislumbrar la geografía de América, y el bienestar mejoró hasta que tuvo zapatos propios y un billete de tercera clase para ir a un tal Brasil. Durante el viaje en el vapor ganó cierta cantidad de dinero jugando a las cartas. En Brasil, gracias al comercio y al juego, multiplicó esa cantidad hasta que consiguió varios miles de dólares.

Entonces, el hermano cogió todo su capital, fue a las carreras y apostó todo el dinero. Sin embargo, la perezosa yegua trotó la última, sin preocuparse por el hermano, que perdió todas sus posesiones en 37 segundos. Un año más tarde el hermano aterrizó en Argentina y compró una bicicleta, despreciando la carne viva para siempre.

Después de avezarse a montarla, el hombre imparable de Chisinau se metió en las carreras de bicicletas.

Para llegar primero, tuvo que hacer una pequeña incursión en la acera: ganó un minuto, pero una vieja distraída se quedó en la cuneta.

Al final, el primer premio de importe significante fue a parar al bolsillo de la maltrecha abuela.

El hermano, muy disgustado, se fue a México y descubrió la ley del comercio colonial: un recargo del 300% (100% para pagar la inocencia, 100% para los gastos y 100% para cubrir las pérdidas de los pagos aplazados).

Después de amasar cierta fortuna, pasó a la parte estadounidense, propicia para cualquier negocio y beneficio.

Aquí el hermano no se metió en ninguna aventura dudosa, sino que compró una jabonería por seis mil y la revendió por nueve mil. Adquirió una tienda y gestionó el traspaso, oliendo la quiebra un mes antes de que ocurriera. Ahora es una de las personas más respetadas de la ciudad: preside decenas de sociedades benéficas, y ha llegado a pagar trescientos dólares por una cena durante la visita de Pávlova.

—Allí viene —señaló el narrador, entusiasmado. El hermano pasó volando en un automóvil nuevo, probándolo de mil maneras. Vendió su coche por siete y compró éste de 12.

Un hombre de gesto generoso estaba en la acera, sonreía para mostrar sus coronas de oro y no dejaba de mirar el coche.

—Es un joven comerciante de mercería —me explicaron—. Su hermano y él solo llevan aquí cuatro años, y ya ha ido dos veces a Chicago a por la mercancía. Su hermano es un don nadie, nada del otro mundo, lo único que hace es escribir poesías. Lo han colocado de maestro en la ciudad de al lado, porque está claro que es un inútil.

Contento de recibir a un ruso, mi nuevo conocido me llevó de excursión por las calles de Laredo con una hospitalidad fantástica.

Se me adelantaba para abrir las puertas, me invitó a una comida larguísima, sufría con la mínima insinuación de mi deseo de pagarla, me llevó al cine, mirándome sin parar y alegrándose si me reía (todo esto sin tener ni idea de quién era, solo por haber pronunciado la palabra «moscovita»).

Fuimos hasta la estación atravesando unas calles oscuras y vacías. Como siempre sucede en las provincias, la administración había dejado volar su fantasía: unas rayas blancas sobre el asfalto indicaban lugares exactos de cruce para peatones (cosa que no he visto jamás ni tan siquiera en Nueva York); unas flechas blancas enormes señalaban la dirección en la que la muchedumbre y los automóviles inexistentes debían moverse; y se cobraba una multa de casi 50 rublos por cruzar las calles vacías en un lugar que no estuviese dispuesto para tal fin. Pude comprender el alcance del poder del hermano con la tienda de muebles cuando llegamos a la estación. Durante el trayecto de Laredo a San Antonio despiertan a los pasajeros toda la noche y revisan los pasaportes, cazando a los tránsfugas sin visados. Pero me presentaron al inspector, y he dormido como un bendito mi primera noche en los Estados Unidos, inspirando respeto a los negros de los coches de Pullman.

Por la mañana, los Estados Unidos iban quedándose atrás. El tren silbaba sin parar, sorbiendo agua con su trompa sobre la marcha. Alrededor había carreteras relamidas, salpicadas por automóviles Ford, y construcciones de tecnología de ciencia ficción. Durante las paradas se veían casas texanas con finas mallas antimosquitos en las ventanas y sofás-hamacas en las enormes terrazas. Las estaciones de piedra estaban divididas en dos mitades iguales: una mitad para nosotros, los blancos; la otra, para los negros, for negroes, con sus propias sillas de madera y su taquilla de venta de billetes; ¡y Dios le guarde de entrar en la parte que no le toca ni por casualidad!

Los trenes avanzaban sin parar. A la derecha se alzaba una avioneta, pasaba a la izquierda, se volvía a elevar, sobrevolando el tren, y seguía volando a la derecha.

Era uno de los aviones estadounidenses de la guardia fronteriza.

En realidad, son prácticamente los únicos que he visto en los Estados Unidos.

Aparte de ésos, solo vi a los participantes de una competición aérea que duraba tres días y las avionetas que surcaban el cielo de Nueva York con publicidad nocturna. Sorprendentemente, la aviación está bastante poco desarrollada en este país.

Las poderosas compañías ferroviarias saborean cada accidente aéreo, y lo utilizan para hacer propaganda en contra de los vuelos.

Eso fue lo que ocurrió en el caso de una nave aérea que se partió en dos (ya estando yo en Nueva York), el dirigible Shenandoah. 13 personas se salvaron, y 17 se empotraron contra el suelo junto con el revoltijo de la estructura destrozada y los cables de acero.

Como consecuencia, en los Estados Unidos apenas hay vuelos de pasajeros.

Tal vez solo ahora estemos presenciando la víspera de unos Estados Unidos aéreos. Ford ha sacado su primera avioneta, y la expuso en Nueva York, en los grandes almacenes Wanamaker’s, allí donde hace muchos años estuvo expuesto el primer automóvil de Ford. Los neoyorquinos suben a la cabina, tiran de la cola y acarician las alas, pero el precio, 25 000 dólares, todavía hace retroceder al consumidor corriente.

Mientras tanto, los aviones solo volaban hasta San Antonio. Después empezaron las ciudades estadounidenses de mayor relevancia. Al otro lado de la ventana vi pasar como un relámpago el Volga estadounidense, el Misisipí. Me dejó pasmado la estación de San Luis y la luz eléctrica real, publicitaria, diurna, no escatimada ni ahorrada que ya brillaba con su novedad entre los rascacielos de 20 pisos de Filadelfia.

Todo eso era un calentamiento para que no me sorprendiera tanto al ver Nueva York. Nueva York, que emerge del océano, sobrecoge con sus sofisticadas construcciones y sus avances técnicos más que la extravagante naturaleza de México con sus plantas y sus gentes. Entré en Nueva York por tierra y me di de bruces con una estación, pero, a pesar de venir preparado después de tres días de viaje por Texas, abrí los ojos como platos.

Durante muchas horas, el tren pasaba volando al borde del río Hudson, a dos pasos del agua. Al otro lado se veían más vías al pie mismo de las Bear Mountains. El tráfico de vapores grandes y pequeños se hacía cada vez más denso. Los puentes saltaban por encima del tren con frecuencia. Las paredes —de astilleros, centrales de carbón, instalaciones eléctricas, fundiciones de acero y fábricas farmacéuticas— se alzaban ante las ventanas, tapando la vista cada vez con más continuidad. Una hora antes de entrar en la estación, te adentras en un interminable bosque de chimeneas, tejados, paredes de dos alturas y vigas de acero de las vías del ferrocarril elevado. Los tejados de las viviendas se alzan una planta a cada paso. Al final, los edificios se elevan como las paredes de un pozo, con ventanas que se asemejan a cuadrados, cuadraditos o motitas. Por más que alces la cabeza, no se ven los tejados. Eso hace que aumente la sensación de estrechez: parece casi como si estuvieses arrastrando la mejilla contra el muro. Confuso, te sientas en el banco. No hay esperanza: tus ojos no están acostumbrados a ver esto. Y entonces aparece la estación: Pennsylvania Station.

En el andén no hay nadie, a excepción de unos mozos negros. Ascensores y escaleras se dirigen a la parte superior. Allí hay galerías y balcones de varias alturas con personas que esperan a los recién llegados o se despiden de los que se marchan.

Los estadounidenses callan (o quizá la gente parezca callada en medio del estrépito de las máquinas) y, por encima de los estadounidenses, los altavoces y la radio braman avisos de salidas y llegadas.

La luz eléctrica se duplica y triplica, reflejada por los azulejos blancos que revisten las galerías y los pasillos sin ventanas, cuya monotonía se ve interrumpida por oficinas de información, largas hileras de taquillas y locales de todo tipo abiertos a todas horas: desde heladerías y cafeterías hasta cristalerías y tiendas de muebles.

Dudo mucho que haya alguien que conozca con claridad y en su totalidad este laberinto. Si algún asunto lo ha traído a una oficina situada a unas tres verstas, en el downtown, en la Nueva York de los bancos y los negocios, en la planta 53 del edificio Woolworth Building, por poner un ejemplo, y tiene carácter de búho, no tiene por qué salir a la superficie. Aquí mismo, bajo el suelo, coge el ascensor de la estación que lo lleva hasta el vestíbulo del

Pennsylvania Hotel, un hotel de dos mil habitaciones de todas las categorías.

Todo lo que necesita un hombre de negocios —correos, bancos, telégrafos, cualquier mercancía— lo encuentra aquí, sin tener que salir del hotel.

Aquí mismo hay meretrices muy inteligentes, estratégicamente apostadas con unas hijas de oficio nada ambiguo. Baila lo que quieras.

Hay tanto ruido y tanta peste de tabaco como a la hora del entreacto en un teatro gigantesco después de un espectáculo largo y aburrido.

El mismo ascensor lo bajará hasta el tren subterráneo (subway). Coja un tren rápido que corre más que algunas locomotoras. Baje en el edificio que le haga falta. El ascensor lo introduce en la planta necesaria sin que tenga que salir a la calle. La misma vía lo devolverá a la estación, bajo el techo-cielo de la estación de Pennsylvania, el cielo azul en el que ya se encienden las osas, Capricornio y el resto de los representantes astronómicos. Y el estadounidense más reservado puede partir rumbo al sofá-hamaca de su finca campestre en alguno de los trenes que salen cada minuto, sin tener que echarle ni siquiera un vistazo a la Nueva York sodomita y gomorrana.

La estación Grand Central, situada a unas manzanas de ésta, es aún más impresionante.

El tren va volando a una altura de tres o cuatro pisos. La locomotora humeante ha sido sustituida por una electromotora limpia, que no escupe inmundicias, y el tren se adentra en el subsuelo. Durante un cuarto de hora puede ver todavía como pasan volando tras la ventana las rejas con plantas enredadas de Park Avenue, una avenida tranquila y aristocrática que se ve por entre el hormigón. Luego eso también se acaba, y el recorrido, de una media hora, lo lleva por una ciudad subterránea con miles de bóvedas y túneles oscuros, con trazados de raíles brillantes, donde cada ruido, golpe o silbido reverbera largo rato. Los raíles blancos y brillantes se vuelven amarillos, rojos o verdes, tiñéndose con las luces cambiantes de los faros reguladores. Una maraña aparentemente desordenada de trenes, asfixiada por las bóvedas, se extiende en todas direcciones. Dicen que nuestros emigrantes, que llegan desde la tranquilidad del Canadá ruso, primero se quedan pegados a las ventanas con aire perplejo y después se quejan y se ponen a llorar:

—¡Estamos perdidos, hermanos! ¡Nos han metido vivos en una tumba! ¿Cómo vamos a salir de aquí?

Hemos llegado.

Sobre nosotros se encuentran los locales de la estación, distribuidos en varias plantas; debajo de estas salas están las plantas de servicios ferroviarios; a su alrededor, el metal interminable de las vías; y debajo de nosotros aún quedan tres plantas subterráneas más del subway.

El camarada Pomorski se burló de las estaciones de Nueva York en un artículo satírico del diario Pravda, y citó como ejemplo los establos de Berlín: las estaciones de Zoo y Friedrichstrasse.

No sé qué cuentas personales tendrá pendientes el camarada Pomorski con las estaciones neoyorquinas, y tampoco dispongo de datos técnicos ni conozco su comodidad o capacidad, pero por fuera —en lo que concierne al paisaje, a la sensación urbanística— las estaciones neoyorquinas ofrecen una de las vistas más majestuosas del mundo.

ME GUSTA NUEVA YORK los días laborales de otoño, entre semana.

Son las seis de la madrugada. Hay una tormenta, llueve, está oscuro y continuará así hasta el mediodía.

Te vistes con luz eléctrica, las calles están iluminadas con luz eléctrica, los edificios brillan con luz eléctrica, mostrando las ranuras de ventanas recortadas con regularidad, como si se tratara de una plantilla para carteles publicitarios. Los edificios, desmedidamente altos, y las parpadeantes luces de tráfico, de colores, se duplican, se triplican y se multiplican en la superficie del asfalto, lamido y relamido por la lluvia hasta parecer un espejo. Un extraño viento aventurero ruge en las angostas gargantas de las chimeneas de los edificios, arranca los letreros y los hace chocar contra las paredes, intenta derribar a los peatones y se escapa impune, sin que nadie lo detenga, a través de las verstas de la decena de avenidas que cortan Manhattan (la isla de Nueva York) a lo largo, desde el océano hasta el río Hudson. Las vocecitas de las innumerables y estrechas streets que cortan Manhattan a lo ancho —de ribera a ribera— con la exactitud de los intervalos de una regla, lo acompañan ululando por los laterales. Los diarios recién impresos, traídos en camiones y arrojados aquí por los vendedores de periódicos, están amontonados desordenadamente bajo los toldos —y si no llueve, directamente en las aceras.

En las pequeñas cafeterías, la gente soltera pone en marcha la maquinaria corporal: comen la primera ración de combustible —un vaso apresurado de un café malísimo y un buñuelo en forma de rosca (la máquina de buñuelos los tira a cientos en un perol de grasa que hierve allí mismo, salpicando a todo a su alrededor).

Abajo se mueve una incesante marea humana. Primero, antes del alba, fluye una masa de color negro berenjena: los negros que realizan los trabajos más duros y lúgubres. Más tarde, hacia las siete, empieza el flujo de los blancos. Cientos de miles de ellos se mueven en la misma dirección, hacia sus lugares de trabajo. Solo los impermeabilizados chubasqueros amarillos rugen como incontables samovares y brillan bajo la luz eléctrica, mojados, incapaces de apagarse ni siquiera bajo esta lluvia.

A estas horas casi no hay automóviles ni taxis.

La muchedumbre fluye, llenando los agujeros de las estaciones subterráneas, estrujándose en los pasillos cubiertos de los ferrocarriles elevados, volando en trenes rápidos que casi no hacen paradas y en otros, locales, que paran cada cinco manzanas y sobrevuelan la ciudad a dos alturas, en tres filas paralelas.

Esas cinco líneas paralelas recorren cinco avenidas a la altura de la tercera planta, y hacia la calle 120 se encaraman hasta la octava o la novena planta. Entonces, unos ascensores permiten el acceso de los nuevos pasajeros, que llegan al tren desde plazas y calles. Nada de billetes: introduces cinco centavos en una taquilla alta, rectangular, parecida a una hucha, y una lupa las aumenta con rapidez para que el revisor, sentado en una garita, pueda detectar las monedas falsas.

Con cinco centavos puede recorrer cualquier distancia, aunque en una sola dirección.

Las vigas de celosía y los entramados de las vías elevadas forman a menudo una bóveda continua sobre toda la calle y no se pueden ver ni el cielo ni los edificios laterales; solo se oye el rugido de los trenes sobre la cabeza y el estrépito de los camiones de carga delante de las narices. En medio de todo ese ruido es realmente imposible entender ni una sola palabra, y para no perder el hábito de mover los labios solo queda el remedio de masticar silenciosamente el chicle estadounidense, chewing gum.

La mejor hora en Nueva York es por la mañana, y durante una tormenta: entonces no hay ni un buscavidas, ni un solo intruso. Solo están los soldados rasos del gran ejército del trabajo de esta ciudad de diez millones de habitantes.

La multitud trabajadora se distribuye entre las fábricas de confección de ropa masculina y femenina, los nuevos túneles subterráneos que se están abriendo y la inmensidad de los trabajos portuarios. Y a eso de las ocho de la mañana las calles se llenan con gente más limpia y mejor vestida, en su mayoría señoritas descarnadas de pelo corto, rodillas desnudas y medias enrolladas, empleadas de oficinas, agencias y tiendas. Se distribuyen por todas las plantas de los rascacielos del downtown, por las oficinas laterales de los pasillos a los que lleva la puerta principal de decenas de ascensores.

Hay decenas de ascensores locales que paran en cada planta y decenas de ascensores rápidos que llegan sin paradas hasta la decimoséptima, vigésima o trigésima planta. Una especie de reloj señala la planta en la que se encuentra el ascensor. Unas lámparas marcan la dirección con luces blancas y rojas. Así que si tiene dos asuntos pendientes —uno que lo lleva a la planta siete y otro que requiere subir a la 24—, coge un ascensor local hasta la séptima y después, para no perder seis preciosos minutos, se cambia al rápido.

Las máquinas traquetean, la gente suda sin chaquetas y las columnas de números crecen sobre el papel hasta la una.

Si necesita una oficina, no tiene que devanarse los sesos sobre cómo montarla.

Llama a cualquier imperio de 30 pisos:

—¡Hola! Que me preparen una oficina de seis salas para mañana. Que pongan 12 mecanógrafas. El letrero debe decir: «Grande y famoso comercio de aire comprimido para los submarinos del océano Pacífico». Dos mozos con chaquetas marrones y gorros con cintas de estrellas. Y doce mil folios de papel con el membrete del comercio arriba mencionado.

Good bye.

Al día siguiente puede venir a su oficina, y sus mozos encargados por teléfono lo saludarán con admiración:

How do you do, mister Maiakovski?

A la una hay un descanso para comer: una hora para los empleados y unos 15 minutos para los obreros.

El almuerzo.

El almuerzo de cada uno depende de su salario semanal. Los que cobran 15 dólares se compran un almuerzo seco empaquetado por un nickel (cinco centavos) y lo devoran con todo el ímpetu juvenil.

Los que cobran 35 dólares van a una enorme taberna mecanizada, meten cinco centavos, pulsan un botón y una ración exacta de café cae en la taza; dos o tres nickels más abren una portezuela de sándwiches en las gigantescas estanterías repletas de comida.

Los que cobran 60 dólares comen crepes grises con melaza y huevos fritos en las innumerables cafeterías Childs, blancas como cuartos de baño, que pertenecen a Rockefeller.

Los que ganan 100 dólares o más van a restaurantes de todas las nacionalidades: chinos, rusos, asirios, franceses, hindúes; a todos menos a los estadounidenses, con su comida desabrida que provoca gastritis con la carne en conserva de Armour, que data prácticamente de la Guerra de Independencia.

Los que cobran 100 dólares comen despacio —no les importa llegar tarde al trabajo—, y una vez que se van dejan botellas de whisky de 80° bajo la mesa (es el que trajeron para acompañar la comida); otro frasco, de cristal o de oro, achatado y curvado para simular la forma de la cadera, se guarda en el bolsillo trasero, como un arma de amor y amistad, igual que un colt mexicano.

¿Cómo comen los obreros? Pues los obreros comen mal.

No he visto a muchos, pero los que he visto, incluso los que ganan bien, en su descanso de 15 minutos solo tienen tiempo para engullir su almuerzo seco delante de la máquina o ante el muro de la fábrica, en la calle.

El código de trabajo que estipula la obligatoriedad de disponer de un local para el comedor todavía no ha llegado a los Estados Unidos. Si busca en Nueva York la eficacia, meticulosidad, rapidez y seriedad famosas gracias a los libros, sus esfuerzos serán en vano. Verá una multitud de gente que deambula por la calle sin hacer nada. Cada uno está dispuesto a pararse y hablar con usted sobre cualquier tema. Si alza los ojos hacia el cielo y se queda así un minuto, quedará rodeado por una muchedumbre apenas controlada por las exhortaciones de un policía. La capacidad del gentío neoyorquino de disfrutar de algo más que de la bolsa me reconcilia con él.

Vuelven al trabajo y permanecen allí hasta las cinco, las seis o las siete de la tarde.

De cinco a siete es el momento de las calles más tormentosas, más intransitables.

Los que acaban de salir del trabajo se mezclan con compradores, compradoras y azotacalles sin más ocupaciones.

En la concurridísima Quinta Avenida, que divide la ciudad en dos partes, desde la altura de la segunda planta de cientos de autobuses se pueden ver decenas de miles de automóviles mojados por la lluvia, brillantes como el charol, que intentan escapar en ambas direcciones, apiñados en seis u ocho filas.

Las luces verdes de los innumerables faros callejeros de la policía se apagan cada dos minutos para dejar sitio a los rojos. Entonces la marea de coches y personas se detiene durante dos minutos para dejar paso a los que aspiran a salir de las calles laterales o entrar en ellas. Al cabo de dos minutos vuelve a encenderse la luz verde en los faros reguladores, y los de las calles laterales tienen el camino cortado por las luces rojas de las esquinas de las streets.

A estas horas uno tarda 50 minutos en hacer el mismo viaje que por la mañana le llevaría un cuarto de hora, y un peatón tiene que estar parado dos minutos cada vez que quiere cruzar una calle, sin la más mínima esperanza de hacerlo antes.

Cuando decide cruzar corriendo y ve que una avalancha de coches agobiados por la espera de dos minutos está a punto de arrastrarlo, olvidándose de sus convicciones corre a esconderse bajo el ala del policía; el ala por así decirlo: en realidad se trata de un señor brazo de una de las personas más altas de Nueva York, y provisto de un palo muy pesado, un club.

Ese palo no siempre se utiliza para regular el tráfico de los demás. A veces (por ejemplo, durante una manifestación) puede servir para pararlo a usted. Un buen golpe en la nuca y le dará igual si está en Nueva York o en el Bielostok de los zares —eso es lo que me contaron los camaradas.

A partir de las seis o las siete se ilumina Broadway, mi calle favorita, que en medio de las streets y las avenues, rectas como los barrotes de una celda, es la única que va en diagonal, caprichosa e irreverente. Es más difícil perderse en Nueva York que en Tula. Las avenidas van de Norte a Sur, y las calles, de Oeste a Este. La Quinta Avenida divide la ciudad en dos mitades: West e East. Y ya está. Estoy en la 8.ª calle, esquina con la Quinta Avenida; necesito ir a la calle 53, esquina con la 2.ª; tengo que pasar 45 manzanas y girar a la derecha, hasta la esquina con la 2.ª.

Por supuesto, no toda Broadway se ilumina (aquí no puedes decir: «Venga a verme, somos vecinos, los dos vivimos en Broadway»), sino solo el tramo desde la calle 25 hasta la 50, sobre todo la plaza Times Square. Los estadounidenses lo llaman the Great White Way, el Gran Camino Blanco.

Es blanco de verdad, y la impresión es que aquí hay más luz ahora que de día, porque de día todo es luz y, en cambio, este camino tiene ahora toda la luz del día y, encima, contrasta con el fondo negro de la noche. Está la luz de las farolas, la luz de la publicidad con bombillas titilantes, la luz de los escaparates y las ventanas resplandecientes de las tiendas que no cierran nunca, la luz de los focos que iluminan carteles colosales pintados a mano, la luz que se escapa por las puertas de los cines y los teatros cuando se abren para dejar pasar a la gente, la luz voladora de los automóviles y los trenes elevados, la luz de los trenes subterráneos que pasan rápidamente bajo los pies en las ventanas acristaladas de las aceras, la luz de los letreros publicitarios en el cielo.

Luz, luz y más luz.

Puedes leer un periódico, el de tu vecino, en el idioma extranjero. También hay luz en los restaurantes y el centro teatral. Las calles y los sitios donde viven los propietarios o los que se preparan para serlo están limpios. Sin embargo, allí donde se va a descansar la mayoría de los obreros y los empleados, en los barrios pobres de judíos, negros e italianos, en la 2.ª y la 3.ª avenida, entre las calles 1 y 30, la suciedad supera a la de Minsk. Y la suciedad de Minsk es impresionante.

Hay cajas con todo tipo de desperdicios de las que los indigentes sacan huesos no del todo roídos y trozos comestibles. Unos charcos pestilentes de la lluvia de hoy y anteayer se enfrían sobre el asfalto.

Los papeles y la podredumbre se amontonan hasta los tobillos, y no en sentido figurado, sino de verdad.

Y eso a 15 minutos andando o cinco en coche de Broadway y la brillante Quinta Avenida.

Más allá, hacia los muelles, las calles son todavía más oscuras, sucias y peligrosas.

De día es un sitio curiosísimo. Siempre hay estrépito de trabajo, de disparos o de gritos. Las grúas, que descargan los vapores y sacan de sus bodegas casi edificios enteros por la chimenea, hacen temblar la tierra.

Durante las huelgas pasan piquetes para no dejar entrar a los esquiroles.

Hoy, el 10 de septiembre, el sindicato neoyorquino de los marineros del puerto ha declarado una huelga de solidaridad con los de Inglaterra, Australia y Sudáfrica, que también están en huelga. Y esta misma jornada se ha detenido la descarga de 30 vapores colosales.

Hace tres días, y a pesar de la huelga, en el vapor Majestic, que entró en el puerto guiado por esquiroles, llegó un abogado rico, líder del partido socialista (los mencheviques de por aquí), Morris Hillquit, y miles de comunistas y miembros de la organización IWW le silbaron desde

los muelles, tirándole huevos podridos.

Unos días antes habían disparado aquí al general represor de Irlanda que había llegado para asistir a un congreso, y lo habían tenido que sacar por unas calles laterales.

Y por la mañana La France, Aquitania y otros gigantes de cincuenta mil toneladas de desplazamiento vuelven a entrar y descargar en los innumerables embarcaderos de incontables empresas.

A causa del tráfico de las locomotoras que sacan las mercancías directamente a la calle y los saqueadores que pululan en las tabernas, la gente llama a las avenidas adyacentes a los muelles Avenidas de la Muerte.

Ese enjambre le suministra a toda Nueva York saqueadores expertos en hold-up que van a los hoteles a matar a familias enteras por unos dólares, y al metro, a arrinconar a los revisores en sus garitas y quitarles la caja para luego cambiar dólares al público, que va pasando ante ellos sin sospechar nada.

Si los cogen, los espera la silla eléctrica de la cárcel de Sing Sing. Pero hay maneras de salir del paso. Antes de cometer un atraco, el bandido visita a su abogado y le anuncia:

—Sir, llámeme a tal hora a tal sitio. Si no estoy, tiene que pagar una fianza y sacarme de la prisión.

Las fianzas son altas, pero los bandidos tampoco son pequeños ladronzuelos, y están bien organizados.

Por ejemplo, se supo que una finca valorada en doscientos mil dólares ya servía como aval por dos millones entregados como fianza por varios saqueadores.

Los periódicos informaron sobre un bandido que había salido de la cárcel bajo fianza en 42 ocasiones. Las Avenidas de la Muerte son el dominio de los irlandeses. Otros grupos controlan otros barrios.

Negros, chinos, alemanes, judíos y rusos viven en sus barrios, con sus costumbres e idiomas, sin mezclas étnicas durante decenios.

En la ciudad de Nueva York, sin contar los suburbios, hay 1 700 000 judíos (aproximadamente),

1 000 000 de italianos,

500 000 alemanes,

300 000 irlandeses,

300 000 rusos,

250 000 negros,

150 000 polacos,

300 000 hispanos, chinos y

finlandeses.

Al final es un enigma: ¿quiénes son los estadounidenses propiamente dichos, y cuántos son cien por cien estadounidenses?

Al principio hacía un esfuerzo bestial para hablar inglés en un mes, y cuando mis esfuerzos empezaron a dar frutos, la gente a mi alrededor —el tendero, el lechero, el lavandero e incluso el policía— se puso a hablarme en ruso.

Cuando vuelves a casa por la noche en un tren elevado, ves esas nacionalidades y barrios de una forma muy gráfica y evidente: en la calle 125 se levantan para bajar los negros, en la 90, los rusos, en la 50, los alemanes, etcétera. Es casi matemático.

A las 12, los que salen de los teatros se toman su última soda, se comen el último ice-cream y se arrastran a casa a la una o a las tres, si es que antes se menean un par de horas con el fox-trot o el flamante charlestón. Pero la vida continúa: las tiendas de toda clase siguen abiertas, el metro y los trenes elevados siguen volando, y puede encontrar un cine abierto toda la noche y dormir allí a pierna suelta por 25 centavos.

Al llegar a casa, si es primavera o verano, cierre las ventanas para que no entren mosquitos, lávese las orejas y las fosas nasales y expectore el polvo de carbón. Sobre todo ahora, cuando los cuatro meses de huelga de 158 000 obreros de las minas de carbón duro han privado a la ciudad de la antracita y las chimeneas de las fábricas escupen el hollín del carbón blando, cuyo uso normalmente está prohibido en las grandes ciudades.

Si se ha arañado, échese bastante yodo: el aire neoyorquino está lleno de contaminantes que propician la formación de orzuelos y provocan que todos los rasguños se hinchen e inflamen. Y, sin embargo, millones de los que no tienen recursos y no pueden permitirse el lujo de escapar a ninguna parte siguen respirándolo.

 

 

(Continuará…)

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