Historias del chico salvaje: ¨La Elena¨

Diego M. Rotondo

 

Se corre la voz por el barrio de que una villera se sacó la lotería y piensa alquilar el local de la esquina de mi casa para poner una panadería. Los vecinos están alarmados, dicen que el local será un rejunte de borrachos y drogadictos. Por eso están repartiendo volantes que dicen:

 

«¡NO A LA PANADERÍA! POR LA SEGURIDAD DE NUESTROS HIJOS EVITEMOS QUE ELENA VÁSQUEZ ABRA SU LOCAL Y LLENE NUESTRAS CALLES DE MALVIVIENTES…»

 

―Me parece que la conozco…  ―me dice mamá tras leer el folleto.

―¿A quién, a la villera?…

Me pega un cachetazo en la cabeza.

―¡No le digas así! Se llama Elena… y si mal no recuerdo fue tu niñera cuando tenías 4 años.

―¿¡Dejaste que me cuidara una villera!?

Otro cachetazo.

―¡Sí, y te cuidó muy bien! ¡Así que dejá de llamarla así de una vez, carajo!

Nos cruzamos con Elena dos semanas después, en la apertura de su panadería a la que asistieron como mucho diez personas; la mayoría villeros que manoteaban desesperados las baguettes y las facturas. Al reconocer a mamá Elena se abalanzó sobre ella y la abrazó como si fuesen hermanas distanciadas. Mamá la felicitó y ella se largó a llorar. “¡Cómo te extrañé, negra!…”, le dijo. No entiendo por qué la había extrañado, si la villa estaba a cuatro cuadras de casa, podían haberse visto en cualquier momento. Supongo que mamá no se atrevería a visitarla, eran pocos los que se animaban a entrar en ese lugar.

Elena nos regaló una docena de medialunas de grasa recién salidas del horno, aunque yo las hubiese preferido de manteca. Salimos del local comiendo las medialunas, mamá estaba contenta por Elena, se alegraba de que Dios, en quien no creía, se hubiese acordado de ella.

―La verdad, me alegra mucho que le tocase la lotería; los pobres tendrían que ganar más seguido… pero en este mundo todo está al revés, los pobres nunca ganan… ―dijo, mientras mordisqueaba la medialuna.

―Papá dice que los pobres son pobres porque quieren serlo…

―Tu padre es un animal aburguesado, ¿qué otra cosa va a decir?… si él admira a los ricos, que creen que la pobreza es un estado de la mente.

―¿Cómo “un estado de la mente”?…

―Algún día lo vas a entender… Y no sigas los consejos de tu padre por favor.

―Él no me da consejos, me da plata…

―Es su forma de comunicarse, hasta en eso se copia de los ricos…

―Aunque siempre anda repitiendo esa frase: los piojos traen los piojos

―Claro, el típico proverbio burgués que rige su vida.

―¿Qué es burgués, mamá?…

―Es algo así como querer cagar más alto que el culo…

―Ah.

Caminamos un rato en silencio.

―Mamá… ¿vos sos comunista?

―¡No!… ¿De dónde sacaste eso?

―Papá dice: “la comunista de tu madre”…

―Tu papá cree que toda la gente con piedad por los pobres es comunista.

―¿Eso no es ser comunista?

―No… pero, ¿para qué carajos te mando al colegio? ¡Preguntale a la maestra!

Me gustaba caminar por el barrio con mamá, pero sólo cuando hacía su papel de madre normal; no cuando se trepaba a los árboles de la avenida para sacar moras. Me daba mucha vergüenza que hiciera eso en plena calle. La gente pasaba y la miraba como si estuviese loca, y ella, trepada al árbol gritando: “¡Mirá que ricas, están maduras! Traeme una bolsita para juntarlas, ¡dale!”; y yo, rojo de pudor, hacía como que no la conocía. Lo mismo me pasaba cuando venía a buscarme a la escuela, yo salía con mis amigos y ella, esperándome afuera, con una chocolatada en una mano y un paquete de galletitas en la otra, alzando la voz diciendo: “¡Mirá lo que te traje!”

A las pocas semanas de instalada la panadería, empezaron a acosarme unos chicos que vivían en una casa junto al local. Eran cuatro hermanos, tenían entre 12 y 14 años y se pasaban todo el día jugando en la puerta de la casa. Primero se las agarraron con mi pelo, me decían: cabeza de taza, hongo con piernas, paraguas humano, etc. Yo los ignoraba y me cruzaba de calle. Con el pasar del tiempo se volvieron más cargosos, caminaban detrás de mí pisándome los talones para que se me salieran los zapatos, y cuando me agachaba para acomodármelos me sacaban la mochila y se la pasaban entre ellos como una pelota. Hubiese podido agarrarme a trompadas con uno de ellos, pero con los cuatro habría sido un suicidio… Pensé en acudir a Martín, ¿a quién más sino?, él seguro les hubiese roto la cara a los cuatro, pero no quería que creyese que yo era un cagón. Decidí cambiar de camino, en vez ir por la esquina donde estaba la panadería, daba toda la vuelta a la manzana y llegaba a mi casa por la otra esquina. Eso le sumaba 200 metros a mi recorrido, pero no importaba. Los pibes se dieron cuenta enseguida y no tardaron en ir a la otra esquina. Durante un mes, todos los días al volver del colegio tuve que aguantarlos. Por supuesto no le dije nada a mamá, de haberse enterado todo habría acabado en una tragedia. Me aguantaba las burlas, los pisotones y los empujones. A veces llegaba a casa, me aseguraba de que no estuviese mamá y aprovechaba para llorar. Un día volvieron a quitarme la mochila y le encajé una trompada a uno de ellos. Le salió sangre de la nariz, fue lo peor que pude hacer, empezaron a pegarme entre los cuatro, me rompieron la camisa, me tiraron al suelo y me molieron a patadas. Cuando logré escaparme me persiguieron, pasé de largo por la puerta de casa y me metí desesperado en la panadería. Elena, que estaba acomodando baguettes encima del mostrador, me dijo: “¡Pero qué te pasó Diego!”. Yo no aguanté y me largué a llorar en sus brazos. “No le digas nada a mamá por favor…”, le supliqué tras contarle cómo me habían pegado y robado la mochila. “No necesito decirle nada a tu vieja…”, dijo Elena, “yo voy a resolver este asunto ahora mismo…”. Me dejó cuidando el mostrador y salió de la panadería con una cara que nunca olvidaré.

El escándalo debió escucharse en todo el barrio. Puteadas, golpes, gemidos, gritos y sirenas de policía. Yo veía que la gente pasaba corriendo por la puerta de la panadería, los automovilistas que pasaban por la avenida reducían la velocidad y se asomaban a ver. No sé qué estaba haciendo Elena, pero en dos minutos la calle se atiborró de gente, igual que cuando chocaban dos autos. Minutos después de que llegaron los patrulleros apareció la ambulancia. Parecía que se había desatado una guerra en el barrio. Y yo no podía salir a mirar porque temía dejar la panadería a merced de los chorros.

Elena venía de un lugar adonde las cosas se resolvían con violencia. Aquella tarde, cuando me dejó a cargo de la panadería, Elena fue a buscar a los pibes, agarró de los pelos a dos de ellos y los arrastró por la calle, los otros dos corrieron hasta su casa para avisarle a su papá, éste salió enseguida y se trenzó a las piñas con Elena. Ella le dio un cabezazo y le rompió todos los dientes, después lo agarró del cuello, lo tiró al piso e intentó estrangularlo, los chicos la agarraron de los pelos, ella lo soltó y arremetió contra ellos nuevamente; como tenía uñas larguísimas, los rasguñó como una gata rabiosa. Algunos vecinos intentaron contenerla pero también acabaron rasguñados y golpeados. Elena estaba desbocada, furiosa, igual o peor que hubiese estado mi mamá en la misma situación. Recién cuando llegó la policía pudieron sujetarla, y aun así seguía insultando y tratando de pegarles a todos. Tuvieron que esposarle las manos y los pies para poder subirla al patrullero. Los pibes y su papá acabaron en el hospital.

Al enterarse mamá de lo sucedido, llamó a un amigo abogado para sacar a Elena de la comisaría. Costó bastante que la dejaran salir porque la madre de los pibes había hecho la denuncia por agredir a sus hijos y a su esposo. Así que me llevaron a mí a la jefatura para que vieran cómo me habían pegado. El amigo de mamá negoció con la señora para que retirara la acusación a cambio de que no denunciar a sus hijos por robo, acoso y agresión física. Eso fue suficiente para que todos se olvidasen del asunto.

Los hermanos no volvieron a joderme. Después de aquello ni siquiera los dejaban salir de la casa. Elena siguió laburando hasta que el negocio quebró por falta de ventas. Sólo mamá y unos pocos más iban a su panadería. Todas las noches Elena le regalaba a los villeros el pan endurecido que no había podido vender durante el día. La mayoría de los vecinos, que la despreciaban por saber de dónde venía, preferían ir a una panadería que quedaba en otro barrio antes que comprarle a ella. Y luego del pandemónium que había desatado, fueron menos los clientes todavía.

Elena dejó el barrio y puso una panadería en Capital Federal, en Belgrano. Allí tuvo bastante éxito porque nadie la conocía. Aún hoy, 30 años después, sigue atendiendo el mismo lugar. Cada tanto la visito, tomamos unos mates y recordamos aquella tarde memorable. Al despedirme siempre me regala una docena de medialunas de manteca.

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