Fábulas del crimen: ¨Harris y Vega S.A.¨

Diego M. Rotondo

 

 

10 de febrero de 1923, Corte municipal de Portland, Oregon. El acusado, Brandon Harris, declara: «No tuve una infancia feliz… mi padre llegaba a casa borracho y me violaba… Mi madre lo sabía y no hacía nada… En la escuela no lo pasaba mejor, las maestras me humillaban, si respondía mal una pregunta me hacían pasar al frente para azotarme con una vara en las pantorrillas… el dolor me arrancaba las lágrimas, pero lo que más me dolía era escuchar las carcajadas de mis compañeros mientras me castigaban. Con ellos también la pasé mal, me trataban de marica y casi todas las tardes a la salida de la escuela me seguían, me escupían y me golpeaban. Al llegar a mi casa, con la ropa sucia y rasgada, con la nariz sangrando y moretones por todas partes, mi madre, en vez de consolarme me decía: “¡Inútil, ni siquiera sabes defenderte!”… Mi hermana era la peor, sabía que mi padre me sodomizaba y lo disfrutaba… solía reírse por lo bajo mientras él me arrastraba rumbo al sótano… Sé que esto que estoy contando no justifica las acciones por las que se me acusa, pero entiendo que podría ser un paliativo para evitar la silla eléctrica…»

El juez, los fiscales, el jurado, y todos los que estaban allí presentes sabían que Harris mentía. Para el momento del juicio había pruebas suficientes como para enviarlo de una patada al infierno; además, su vida hablaba por sí sola: desde niño se había inclinado hacia el crimen; a los 10 años le prendió fuego a las frazadas de su hermana mientras ésta dormía. Sus padres lograron salvarla, pero la niña acabó con graves quemaduras. Poco tiempo después empujó a dos compañeros por una escalera de la escuela; uno de los niños se rompió la espalda y terminó en silla de ruedas. Brandon fue enviado a un reformatorio, del que se fugó a los 14 años. Nadie volvió a saber de él hasta el 24 de diciembre de 1922, el día que retornó a Portland, vestido de sacerdote.

Brandon visitó a sus viejas maestras, les contó cómo había cambiado su vida luego de entregarse a Dios y redimirse de los pecados cometidos en su niñez. Las mujeres, al escucharlo y verlo con esas ropas santas, lo invitaron a entrar a sus casas. Brandon aprovechó para matarlas a todas… Entre las dos y las cuatro de la tarde visitó y asesinó a puñaladas a Emma Rogers, de 65 años, a Wanda Franklin, de 71 y a Gladys Knox, de 80. Pero la masacre más atroz sucedería esa noche, en casa de sus padres.

Brandon golpeó la puerta de la casa en la que había vivido hasta los 12 años; su madre salió y no reconoció a su hijo. Brandon llevaba un hacha al hombro, como si fuese un leñador; la alzó sobre su cabeza y con una fuerza bestial la soltó sobre la mujer, atravesándola hasta el ombligo, como un leño. Mientras eso acontecía en el umbral, en el interior de la propiedad, el padre, la hermana y el cuñado de Brandon cenaban tranquilamente.

Dominic Vega, el cuñado de Brandon, declaró: «Entró en la sala lleno de sangre. Todos quedamos atónitos al reconocerlo. Lo primero que hizo fue ejecutar a su padre dándole seis hachazos en el pecho. Luego caminó hacia los niños, mi esposa intentó detenerlo, pero éste la empujó y le aplastó el cráneo con el astil del hacha. Después vino hacia mí, que me había puesto delante de mis dos hijos; se detuvo y nos observó durante unos instantes, los niños lloraban desesperados, Brandon se arrodilló, dejó el hacha en el piso y les dijo que no les iba a hacer daño, se quedó en esa posición un rato, mirándolos dulcemente, hasta que ellos se tranquilizaron, después se paró y se fue…».

Cuando Brandon comprendió que el jurado no se había tragado su melodrama, consultó con su abogado y decidió declararse inocente por el crimen de sus padres. Contó que ellos ya estaban muertos cuando él llegó a la casa, sólo con intención de visitarlos… y a los pocos minutos apareció la policía, que lo atrapó en la escena del crimen. Cuando el juez le preguntó por qué se había adjudicado ese crimen, Brandon explicó que nadie le creería que no era el asesino dado que unas horas antes había cometido tres homicidios. Él sólo pretendía vengarse de sus maestras, no le importaba ir a la cárcel, y su familia ya estaba muerta; no tuvo ganas de desligarse de ese crimen, era una mancha más para el tigre… y en ese momento no sabía que contando la verdad podría evitar la silla eléctrica, su abogado se lo reveló después de su declaración, por eso contó lo sucedido.

Dos meses después de que Harris fuese condenado arrestaron a su cuñado, que estaba a punto de cobrar el seguro de vida de Valery Harris y heredar la casa de sus suegros, que en el testamento figuraba reservada para sus nietos, razón por la cual él debía hacerse cargo de todo hasta que ellos fuesen mayores de edad. Vega, asediado por los detectives, que le contaron sobre la declaración de su cuñado, acabó confesando. Dijo que sí, que él había asesinado a su esposa y a sus suegros, pero que había fraguado todo con Brandon. Habían acordado repartirse el dinero de la casa y el seguro.

El problema había surgido cuando Brandon cambió su declaración a último momento, dejando a su cuñado como principal sospechoso. Vega sí fue condenado a la silla eléctrica. Brandon, en cambio, pasó toda su vida en la cárcel; nunca admitió haberse asociado con su cuñado para el crimen. Si lo hubiese hecho, también lo habrían ejecutado.

 

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