Historias del chico salvaje: ¨Los gatitos¨

Diego M. Rotondo

 

Mamá presume todo el tiempo de su amor por los animales, según ella son mejores que las personas. Hasta hoy a la tarde yo no estaba muy de acuerdo con esa idea… pero tras presenciar lo que hizo Manu con los gatitos, comprendí que mamá tiene razón: las personas no son mejores que los animales, son mucho peores, y ni siquiera deberían darse el lujo de tratarse de animales entre ellas cuando cometen alguna bestialidad; porque las bestias no pertenecen al mundo animal, sino al humano… Y Manu es una bestia, una de las peores; y por eso debe morir.

Nunca creí que a los 12 años iba a querer asesinar a alguien, pero es que después de ver la escena de los gatos pensé: una persona como Manu no tiene derecho a vivir, no en mi mundo al menos; alguien debe hacer justicia, y son pocos los que querrían hacerla por un par de gatitos. Además, Manu sólo es un chico, un chico idiota y sádico, pero chico al fin. Todo se le perdona a un niño, pero eso es cosa de los adultos. Yo no… yo no lo perdono.

Esos gatitos que Manu asesinó eran cachorros de unas semanas, uno era blanquito con manchas pardas en el lomo y el otro era negro, con una aureola de pelo blanco alrededor del ojo izquierdo. Los encontramos un domingo al mediodía en una caja de cartón, alguien los había dejado ahí, en el borde de la avenida. Con Martín y Chino los adoptamos, les hicimos una casita de madera en el terreno baldío que está junto a la Estación. Pensábamos que era el mejor lugar para que estuviesen a salvo de perros callejeros y otros depredadores, al menos hasta que crecieran. Durante una semana, todos los días íbamos hasta el baldío para llevarles leche. Los cachorros se subían uno encima del otro para meter sus hocicos en el plato de leche; al terminar acababan con la barbilla y la nariz toda blanca; eran muy torpes y graciosos, se nos trepaban encima, jugueteaban entre ellos y nos lamían las manos con sus lenguas de lija. Nuestro gran error fue contárselo a Manu… sabíamos que le gustaba matar gorriones y palomas por diversión, pero no pensamos que fuese capaz de lastimar a los gatitos. “Tengo una sorpresa para darles”, nos dijo un día Manu, con su horrible sonrisa de dientes superpuestos. Su boca era tan asquerosa que cuando se reía me daban náuseas. “¿Qué sorpresa?”, le preguntamos. “Vayan a ver a los gatos…”, dijo, y se alejó riéndose malignamente en su bicicleta. Sabíamos que le había hecho algo a los gatitos, pero no nos imaginábamos qué. Cuando llegamos al baldío encontramos a los cachorritos ahorcados con alambres de la rama de un árbol… Chino cayó de rodillas y se largó a llorar. Martín se trepó al árbol para desatarles el alambre, creyendo tal vez que podrían seguir vivos. Yo me quedé petrificado, con las piernas entumecidas y el estómago retorcido, grabando en mi mente una imagen que nunca más se borraría. “¡Cuando lo vea lo voy a desfigurar!”, gruñó Martín, mientras hacía un pozo para enterrar a los cachorros. “Le voy a pegar tantas trompadas que ni la madre lo va a reconocer…”, decía y clavaba sus dedos en la tierra para darle profundidad al pozo. Chino siguió llorando hasta que nos fuimos, incluso gimoteó un rato arriba de la bici. Yo no hablé, no dije nada, me subí a la bicicleta y pedaleé débilmente detrás de ellos, haciendo zigzag, con la mirada perdida. En ese momento decidí que iba a matar a Manuel… Sólo tenía que averiguar cómo.

Papá tenía un revolver escondido, se lo habían dado como parte de pago en una deuda de juego. Como le daban miedo las armas decidió meterlo en la buhardilla. Un día, que llovía a cántaros y estábamos aburridos, Mamá buscó el revolver para mostrármelo. Nos sentamos en la cocina, se sirvió un mate y empezó a manipular el arma con destreza. “Es un calibre 22 largo…”, me explicó, “le llaman Bala loca, porque el plomo es muy liviano, y al entrar en tu cuerpito”, decía y me apuntaba en el pecho, “la bala no se desplaza en línea recta, se mueve, da vueltas, ¿entendés piojito?…”. Mamá sabía bastante de armas, mientras me explicaba soltaba el tambor de la pistola, lo hacía girar haciendo un sonido vibrante y lo volvía a encajar, “¡Crack!”, igual que hacían los vaqueros de las películas. Después soplaba la punta del cañón y me guiñaba el ojo. “No es un arma potente, pero igual es peligrosa, ya que las balas, al moverse adentro del cuerpo pueden dañar varios órganos. Si te disparan en la pierna o en el brazo no es grave, pero si te dan en la panza, en el pecho, o en la cabeza, te pueden matar fácilmente…”. «Matar fácilmente», eso era lo que yo necesitaba.

Estuve a punto de contarle a Martín mi plan para asesinar a Manu, yo sabía que él me apoyaría; pero luego de pensarlo un rato me arrepentí. Si hacía cómplice a Martín y resultaba que la policía me atrapaba, entonces él también iría a la cárcel, y el pobre ya tenía demasiados problemas en su vida como para caer en cana… A Chino no se lo podía decir ni loco, era demasiado buenazo, no se aguantaría y acabaría contándoselo a su mamá. Estaba solo en esto, no podía confiárselo a nadie; matar a alguien no era moco de pavo. Aquella imagen de los gatitos me atormentaba todas las noches, tenía pesadillas todo el tiempo, me despertaba gritando y llorando; durante un tiempo empecé a mearme en la cama, por suerte mamá no se dio cuenta. Y todo por culpa de ese hijo de puta… Tenía que hacer justicia, tenía que ejecutarlo para vengar a los gatitos y volver a dormir en paz.

Una noche me subí a la buhardilla, busqué la 22 y la guardé en mi mochila. Había un estuche con balas, tomé unas cuantas y, como me había enseñado mamá, fui metiéndolas de a una en el tambor. Con una bala era suficiente, pero tenía miedo de errar el tiro, así que tenía que asegurarme de tener más disparos. Además debía asegurarme de darle en la cabeza, en el pecho o en la panza… Ahora sólo restaba encontrarme con Manu, invitarlo a pasear en bici, llegar hasta un sitio aislado y… “¡Bang!”. La bala daría vueltas dentro de su cuerpo y le devastaría los órganos.

Para convencer a Manu de ir a andar en bici le diría que tenía el revolver de mi papá y que planeaba ir a matar gatos callejeros. La propuesta sería irresistible para él. Tenía todo planeado, iríamos hasta la ribera, cerca del basural en donde no hay ni un alma, bajaríamos de nuestras bicis, sacaría el arma de mi mochila y le dispararía. Luego dejaría su cuerpo ahí, lo cubriría con basura y me iría; pero antes me llevaría su bici y la tiraría en el río. Al llegar a casa limpiaría bien el revolver, le quitaría las balas y lo volvería a guardar. Sería un crimen perfecto, nadie sospecharía de mí. La policía pensaría que habían asaltado a Manu para robarle la bicicleta, que por cierto era nueva, y resultaba tentadora para los chorros.

A Manu no lo conocía del colegio, sino de la plaza, era un vecino. Siempre me había caído mal y varias veces nos agarramos a las piñas. Algunas veces ganaba él y otras yo, estábamos parejos, teníamos la misma fuerza. Manu vivía con su papá, un tipo obeso y alto que siempre andaba con cara de culo y se peleaba con los vecinos por cualquier idiotez. Su mamá había muerto electrocutada al abrir la heladera con los pies mojados. Manu tenía sólo 5 años en ese momento, quedó a cargo de su papá y de su hermano mayor, el Toro, un ser odioso que entraba y salía de la comisaría como si fuese su segunda casa. Manu siempre andaba con su gomera intentando darle a alguna paloma, a veces bajaba algunas y venía a mostrarnos los cadáveres como si fuesen trofeos. Al contrario que mi mamá, Manu odiaba a los animales, y lo manifestaba todo el tiempo pateando perros y gatos vagabundos. Varias de las peleas que tuvimos fueron porque yo no soportaba que lastimase animales, y como él sabía que me molestaba, lo hacía más adrede aún. Manu era un sorete, igual que su papá y que su hermano. Seguramente los tres merecían morir, pero a mí sólo me importaba matarlo a él. Cuando le conté del revolver y de mis planes para probarlo se emocionó muchísimo. Quedamos en encontrarnos el domingo en la plaza a las 6 de la tarde, y de ahí pedalear unos 4 kilómetros hasta el río.

Mientras pedaleábamos Manu no paraba de interrogarme sobre el revolver. “¿Qué calibre es?… mi papá tiene un calibre 45, como el de Sledge Hammer; pero no sé donde lo esconde… dicen que con un disparo de 45 podés atravesar a dos personas juntas…”, me contaba, agitado por el constante pedaleo. “Nunca disparé un revolver… ojala pueda darle en la cabeza a algún gato… sería genial…”. Yo apenas lo escuchaba, su voz se oía apagada, como si me hablase desde una caja. Me sentía muy nervioso, me temblaban las piernas y las manos. A mitad de camino nos cruzamos con Chino, que venía con su bici en sentido contrario. “¡Eh, Chino cochino!”, le gritó Manu sin dejar de pedalear, “no te imaginás lo que vamos a hacer, maricón…”. Yo me puse a la par de Manu y le dije que se callara, que si decía algo no le mostraría nada. Chino no respondió, redujo la velocidad y pasó junto a Manu mirándolo fijamente, y lo siguió con su mirada hasta que desaparecimos de su vista. Nunca lo había visto mirar con tanto odio a Chino… seguiría pensando en los gatitos y se estaría preguntando qué mierda hacía yo paseando con ese asesino.

Una vez en la costa pedaleamos un rato hasta llegar al basural y dejamos las bicis tiradas sobre las piedras. Manu se acercó a mí relamiéndose y frotándose las manos. Antes de abrir la mochila para sacar el revolver volví a pensar en Chino; me había visto con Manu… Cuando la policía encontrara el cadáver seguro interrogarían a todos los que lo conocían, incluso a los chicos de la plaza; y cuando le preguntaran a Chino diría que la última vez que lo había visto estaba conmigo… vendrían por mí y no sabría qué decir. Yo sería el principal sospechoso por haber sido el último en estar con la víctima, lo había visto mil veces en las películas. Pero no podía dar marcha atrás ahora, tenía que seguir con mi plan, tenía que hacerle creer a la policía que había sido un robo. Ya vería qué hacer con Chino. Saqué el arma.

―Guauuu… ¡Está nuevita! Seguro nunca la dispararon. ¡Prestamela! ―dijo Manu y trató de sacármela de las manos. Yo lo esquivé y le pregunté:

―¿Por qué mataste a los gatitos?…

―¡Qué mierda importa eso!… ¡vamos a disparar, dale! ―dijo e intentó arrebatarme el revolver de nuevo.

―¡Contestame! ―insistí y empecé a apuntarlo.

―¿Qué hacés pelotudo?… ¡bajalo, a ver si se te escapa un tiro! ―exclamó―. ¿Es una joda no?

―No te habían hecho nada… ¿por qué mierda los ahorcaste?… ―sentí un nudo en la garganta y mis ojos se humedecieron; pero no dejé de apuntarlo.

―¡Basta boludo! Me estás asustando… ―dijo y se largó a llorar como una nena.

De repente dejé de escuchar. No escuchaba ni el viento, ni el agua del río, ni los pájaros, ni nada. Manu hablaba pero yo no lo oía, sólo veía cómo se movían sus labios y le chorreaban las lágrimas. Parecía que tenía tapones en mis orejas. Y entonces, de la nada, apareció Chino corriendo, empujó a Manu y empezó a pegarle en el piso. Manu apenas podía cubrirse los golpes, Chino le pegaba rápido y con furia. Manu estaba casi inconsciente y el otro seguía dándole puñetazo tras puñetazo. Me asusté, lo agarré de la espalda para pararlo, tenía miedo que lo matara. Chino se largó a llorar, lo abracé y nos quedamos un rato sentados ahí. Manu pareció reponerse, se puso de pie con dificultad, rengueó hasta su bici y se fue. Chino tenía ambas manos ensangrentadas, no sólo con la sangre de Manu, sino con la suya. Noté que en uno de sus nudillos tenía algo clavado… era un colmillo de Manu.

Volvimos a nuestras casas preparados para lo peor. Me imaginé al papá de Manu buscándome por el barrio con su 45´. Imaginé a cientos de policías allanando mi casa para encontrar la 22. Imaginé a los noticieros y a sus periodistas esperándome para atacarme con sus micrófonos y grabadores. Imaginé a Manu, en la tele, con su cara desfigurada, acusándonos de haber querido matarlo. Imaginé todo eso y no me preocupé ni un poco.

No pasó nada. Manu no le contó nada a nadie. Nunca supe por qué. A lo mejor se dio cuenta de lo que había hecho y sintió que se merecía aquel castigo. Dos semanas después estábamos todos en la plaza como si nada hubiera sucedido. Nosotros jugando a la pelota y Manu, con su gomera, cazando palomas y gorriones.

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