HADAS

Lucas Berruezo

 

El video se presentó al rato de haber entrado a YouTube. Samira no lo había buscado, simplemente estaba incluido en las sugerencias de la reproducción automática. A la única que había buscado era a Tinker Bell, y ya habían pasado como cinco videos de ella. El resto, como siempre, aparecía solo.

Estaba sentada ante el pequeño escritorio de su habitación (habitación que ahora ya no era sólo suya, sino también de Tiziano, aunque todavía él no la ocupara) con la computadora de su mamá. Desde que había nacido su hermanito, hacía apenas diecisiete días, sus papás le prestaban más seguido la computadora. Los dos, aunque su mamá se la prestaba más. Antes le decían mucho que no, que a los seis años no era bueno que una nena pasara mucho tiempo mirando videos. Además, antes se fijaban todo el tiempo qué estaba viendo. Ahora ya no, simplemente le daban la computadora con los auriculares y le pedían que «no molestara». Así estaba horas, hasta que ella misma se aburría o le empezaba a doler la cabeza, a la altura de la frente. Entonces se iba a dormir. Lo que más le gustaba ver era «Peppa Pig». Le daba bronca que sus amigas le dijeran que ese dibujo era para bebés, que lo mejor era ver «Las aventuras de Ladybug». ¿Qué sabían ellas de bebés? Nada. Samira sí sabía: los bebés no miraban dibujos, se la pasaban durmiendo y llorando (más llorando que durmiendo).

Esa noche en particular, Samira se había acercado a su mamá para pedirle que le leyera un cuento. Tenía un libro hermoso lleno de ellos. Se llamaba 365 cuentos de hadas: uno para cada día del año. ¡Le encantaba! Tenía tantas historias, y todas tan maravillosas… Pero su mamá le había dicho que no, que estaba cansada, que si quería le prestaba la computadora. Y Samira siempre quería la computadora, así que dijo que sí. La única condición era que se quedara en su habitación, para no molestar a Tiziano, que tenía gases.

Las ganas de escuchar los cuentos de hadas se tradujeron en ganas de ver videos sobre el mismo tema. Por eso, por un día, dejó de lado a Peppa Pig y le pidió a su mamá que le escribiera «Tinker Bell» en el buscador. Una vez hecho esto, se acomodó en su sillita (la única de la casa con apoyabrazos).

Y el video había aparecido de golpe, después de una historia en la que Tink tenía que arreglar una esfera mágica que ella misma había roto. En este nuevo video, la imagen inmóvil de otra hada, con el pelo violeta y unas alas enormes en la espalda, le decía:

«Hola, amiguita, mi nombre es Púrpura. ¿Te gustaría ser como yo, un hada? ¿Y te gustaría también que tus papis te puedan acompañar, que todos sean hadas muy muy felices, felices por siempre? ¿Te gustaría? Seguro que sí. Bueno, yo te voy a decir cómo conseguirlo.

 

Samira miraba el video con absoluta concentración. El hada en la pantalla no sólo le parecía hermosa (con su brillante color violeta y su sonrisa enorme), sino también dulce y tierna. Amiga… Sí, el hada le parecía una verdadera amiga.

Lo que tenés que hacer es…

 ***

–No sé, boludo –dijo el chico número uno, mientras se mordía las uñas con una hambrienta desesperación–. ¿Y si alguien lo mira y se lo toma en serio?

–¿Cómo se lo van a tomar en serio, gil? –dijo el segundo, que, a pesar de estar adentro de su habitación, usaba una gorra naranja que exhibía el signo de la tortuga de Dragon Ball–. ¿Vos te pensás que la gente es pelotuda?

–No sé… Puede ser.

–Dejá de pensar boludeces. Es un video, nada más. Nadie se lo puede tomar en serio, y menos con esa voz de minita de GPS que me quedó. Es como que creas que por decir Candyman ante un espejo se te va a aparecer un negro con un gancho.

Ante reflexión tan contundente, el chico número uno no supo qué responder.

–Haceme caso –siguió el chico de la gorra de Dragon Ball, el número dos–, este video nos va a dar un diez sin necesidad de leer un puto libro. Tiene toda la onda de una leyenda urbana. Ya te digo, la profe se va a mear encima. Con el resto del curso escribiendo boludeces de nenes que se aparecen al costado de una ruta, nosotros la vamos a romper. Hasta incluimos «las nuevas tecnologías» –al decir esto, dibujó dos comillas con sus dedos índice y medio a ambos lados de su cabeza–. Haceme caso, un diez seguro.

El chico número uno siguió sin responder. Su amigo tenía razón, nadie podía creerse semejante boludez mal hecha (ni movimiento tenía el video). Y ellos podrían asegurarse un diez en Literatura, que mal no les vendría.

–Bueno, dale –dijo al fin–. Pero apurate, que me tengo que ir a comer.

***

En un principio, Samira fracasó al momento de cumplir con todos los requisitos para que ella y su familia se convirtieran en hadas. Su «amiga» del video le había dicho que se tenía que quedar despierta hasta que los demás se hubiesen dormido. No lo logró. Antes, mucho antes, de que su mamá y su papá se fueran a acostar, ella ya estaba en su cama, derrotada ante la fuerza descomunal de sus párpados, que se habían cerrado a pesar de todo su empeño para que permanecieran abiertos. Pero sin lugar a dudas el mundo de las hadas estaba a su favor, porque en plena madrugada su hermano empezó a chillar desde el catre que estaba al lado de la cama de sus padres y ella, que casi nunca se despertaba, se despertó.

Igual tuvo que esperar un poco. No podría llevar a cabo las instrucciones hasta que la casa estuviera en silencio y con todos dormidos. Asomada desde la puerta, Samira vio cómo su mamá pasaba a Tiziano a su cama y, ahí mismo, entre ella y su papá, le empezaba a dar la teta. El resultado fue inmediato: su hermano se calmó y su mamá, todavía con él prendido, se durmió.

Ése era el momento.

Siguió entonces las instrucciones según las recordaba:

– Fue a la cocina (caminando en puntitas de pie).

– Se acercó a las hornallas.

– Las abrió (las cuatro).

– Dijo las palabras mágicas («hada, hada, hada»).

– Después se volvió a dormir.

Pero en este punto decidió no respetar a rajatabla las instrucciones. El hada del video le había dicho que, una vez cumplido con todo lo requerido, tenía que volver a su cama y dormir. Entonces, de las hornallas abiertas saldría «el polvo mágico» que la convertiría a ella y a toda su familia en hadas felices. Pero Samira no quería que fuese así. No quería que ese momento tan mágico los encontrase separados, ella sola por un lado y el resto por el otro. Por eso decidió cambiar de rumbo e ir a la pieza de sus papás. En ella, Tiziano ya dormía, con la teta de su mamá a pocos centímetros de su cara.

Lo mejor era acostarse a los pies de la cama. De esa manera se aseguraría de que ninguno de sus papás (ni su hermano) se despertaran. Aunque el verdadero problema era su mamá, que tenía el sueño ligero. Su papá no; según él mismo decía, dormía como un oso en invierno.

Y así lo hizo. Se acercó a la cama y se acostó intentando no tocarle los pies a nadie. A decir verdad, estaba bastante incómoda, pero no importaba. En un periquete (como le gustaba decir a su abuela) se dormiría y, cuando abriera los ojos, ya todos serían distintos.

Serían felices.

Serían hadas.

 

 

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