Historias del chico salvaje: ¨Valeria¨

Diego M. Rotondo

 

Valeria tenía el pelo rubio con rizos pequeños, los labios rojos jugosos y la sonrisa con ventanas; hacía poco se le habían caído los dos dientes de arriba y cuando sonreía se le asomaba la punta de la lengua. Ese día la maestra nos había dejado jugar en la sala con los bloques de madera, nos gustaba construir casas con esos bloques y luego derribarlas a patadas, era uno de mis juegos preferidos, yo imitaba al Increíble Hulk mientras alzaba los bloques con las dos manos y los lanzaba contra mis compañeros. Una vez le abrí la cabeza a uno y tuvieron que darle 4 puntos. Las nenas preferían jugar a cosas menos violentas, casi siempre se ponían a pintar con témperas o a dibujar con crayones; algunas jugaban a darle la mamadera a los peluches, esas eran las más tontas. Valeria era diferente, a ella también le gustaban los bloques, tenía mucha fuerza, los alzaba en el aire con una sola mano y gritaba “¡aggggggrrrrrrr!”. También les mordía los dedos a los chicos que le tironeaban el pelo; más de una vez mandó a uno a la casa con los dedos vendados. Me encantaba Valeria.

Mientras hacía mi exhibición de Hulk con los bloques, Valeria me tocó el hombro y con su voz de hormiga atómica me dijo: “¿Nos condemos en la casita?…”. La Casita era una carpa de tela sin techo en donde solíamos jugar a la comidita, al doctor, y a esas cosas aburridas. Adentro había dos sillitas de madera y una mesa blanca con jarrones y tazas de plástico. Entramos a la casita y Vale, sacando trompita y cerrando los ojos, me preguntó: “¿Nos damos un besito?”. “Bueno…”, le respondí y le di un beso. Durante un rato estuvimos dándonos piquitos inocentes, Vale me decía: “Ahora vos cerrá los ojos y yo te beso…”, yo cerraba los ojos y ella estampaba sus labios contra los míos. Recuerdo el gusto a caramelo de su boca. En un momento, entre beso y beso, comencé a sentir cosas… cosas que en un principio habían sido cosquilleos dentro del ombligo y que de a poco habían descendido hacia mis huevos. Era una sensación que me gustaba, y se iba acrecentando conforme los besos con Vale eran más largos. Empecé a abrazarla, a apretujarla contra mi cuerpo, a ella no le gustó, se empezó a resistir y acabamos revolcándonos en el piso. “¡Soltameeeee!”, me gritaba. Pero yo no quería soltarla, no quería que se me fuera esa sensación. Valeria empezó a chillar cada vez más fuerte, intenté callarla tapándole la boca con otro beso y en ese momento la maestra se asomó por encima de la casita. “¡Pero qué están haciendo ustedes dos!”, nos gritó, “¡Salgan de ahí ahora mismo!”; Vale salió corriendo de la casita y se abrazó a las piernas de la maestra. “¡Me obligó a darle muchos besos!…”, le dijo entre lloriqueos.

Al otro día citaron a mis papás y a los de Valeria para hablar con la directora del Jardín. Mamá me dio un soplamocos frente a todos y les pidió disculpas a los padres. “Tiene que hacerlo ver por un psiquiatra a este nene…”, comentó el papá de Valeria mientras me miraba como si yo fuese un animal enfermo al que debían sacrificar. “¡Mire si le sale un violador, pedófilo o algo de eso!…”. Mamá se quedó mirando seriamente al señor, tratando de digerir su consejo, la cara se le puso gris, los labios le empezaron a temblar, la vena de su cuello, que subía desde su clavícula hasta perderse detrás de su oreja izquierda, se inflamó a punto de reventar. Yo sabía lo que iba a pasar… Antes de que alguien más acotase algo sobre mi futuro degenerado, mamá le encajó un puñetazo al tipo, que se cayó de culo sobre un arenero agarrándose la nariz con ambas manos y gritando: “¡Hija de puta, hija de puta!”. Los demás nenes del Jardín, que jugueteaban en el parque, se acercaron a fisgonear. Mamá no se detuvo al ver la sangre en la nariz del señor, ella también lo puteaba, y al mismo tiempo le pisaba las piernas con sus tacos afilados. La mamá de Valeria la agarró de los pelos y la tiró hacia atrás, ambas cayeron al piso y se revolcaron como luchadoras, chillando, dándose trompadas y arrancándose los pelos. La mamá de Vale era igual de belicosa que la mía, a lo mejor en el futuro podrían hacerse amigas, pensé. Tuvieron que separarlas entre la directora, las maestras y el portero. Todos los nenes que se habían puesto a ver la lucha gritaban eufóricos y se morían de risa, algunos peleaban entre ellos imitando a las mujeres. Valeria y yo llorábamos y nos tomábamos de la mano, no sabíamos lo que sentíamos exactamente, posiblemente una mezcla de miedo y vergüenza ajena. Yo tenía ganas de preguntarle si no quería volver a La Casita conmigo, pero no hubiese sido una buena idea en ese momento.

Llamaron a la policía, el papá de Valeria quiso denunciar a mi mamá por fracturarle el tabique nasal. Cuando todo estaba acabando y los oficiales intentaban apaciguar a los adultos, apareció mi papá, tarde, como siempre, diciendo: “Me vine directo desde el hipódromo, ¿qué pasó?”.

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Tras la expulsión de Carlos Sánchez del colegio, su vacante enseguida fue cubierta por otro alumno. Estábamos casi a mitad de Séptimo Grado e iba a ingresar un nuevo. Yo deseaba que fuese alguien normal, que no fuese un criminal pero tampoco un tedioso tragalibros, necesitaba un compinche en el aula, me estaba deprimiendo sin mis secuaces, Martín y Pedro. Lo que más me inquietaba era que trajesen a otro villero como Carlos, no tenía ganas de lidiar con criminales nuevamente, todavía extrañaba el videogame que me había robado, y aún tenía resentidos los huevos por aquella piña.

Antes del inicio de la primera clase del lunes y una vez que ya todos estábamos sentados en nuestros pupitres, la directora cruzó la puerta del aula y detrás de ella entró una chica vestida con el uniforme escolar. Los chicos nos quedamos locos al verla, hacía tiempo que no veíamos a una chica tan linda en la escuela. Florencia, que presumía de ser la más bonita, no del grado, sino de toda la escuela, no le llegaba ni a los tacos a la nueva, que era alta, delgada, con rizos rubios, ojos cristalinos y boca carnosa; una especie de minimodelo. Los chicos suspiramos y nos miramos entre nosotros pensando quién sería el agraciado que se quedaría con ella.

―Buenos días alumnos… Quiero presentarles a una nueva compañera… ―dijo la directora.

Yo conocía a esa chica… no estaba muy seguro de que fuera ella porque había pasado mucho tiempo y su rostro había cambiado, pero una vez que la directora dijo su nombre enseguida supe quién era.

―Ella es Valeria y quiero que todos le den la bienvenida…

―¡Bienvenida Valeria!… ―exclamamos a coro.

Ella sonrió tímidamente y la directora le indicó donde sentarse. Mientras colgaba su mochila en el respaldo de su silla, Valeria se percató de mi presencia, a tres pupitres detrás del suyo. Cruzamos miradas sorprendidas durante unos segundos, luego se sentó y me dio la espalda girando su cabeza con aire petulante. Nuestra historia continuaba.

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