Viernes de cine: ¨El francotirador¨

Fernando Morote

 

¿Por qué el cine negro es tan apasionante? Porque en sus argumentos los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Y porque el ambiente –interior y exterior- de sordidez en el que viven sus personajes muestra la realidad sin maquillaje de la naturaleza humana.

El francotirador de 1952 (no confundirla con aquella estelarizada por Robert De Niro en 1978 cuyo correcto título en español debió ser El cazador de venados) relata el drama de un hombre trastornado que arrastra un grave resentimiento hacia el género femenino.

El film no explica en detalle cuáles son sus motivos, aunque filtra algunas pistas. Trabaja como repartidor de ropa para una lavandería, vive solo en una habitación alquilada y al parecer estuvo en la guerra. Es experto en carabinas. Cada mujer que lo desplanta, ofende o desprecia se gana un tiro en la cabeza. Por su precisión, las escenas de los balazos secos en los cuerpos de las víctimas son estremecedoras y el espectador puede experimentar la sensación del brutal impacto.

Desde las primeras imágenes se establece que el protagonista no es sólo un criminal suelto por las calles. Trata de controlar su impulso homicida llamando a su médico, inflingiéndose una quemadura en la mano e incluso enviando una nota a la policía pidiendo que lo detengan. Desafortunadamente en ningún sitio encuentra el tipo de atención que necesita.

La película aborda la compleja problemática de los delitos sexuales cometidos por sujetos con deficiencias mentales. El agresor es retratado como una víctima antes que como un verdugo. La negligencia de la sociedad reside en que prefiere perseguir y castigar a estos seres traumados en lugar de aceptar que en gran parte son producto de su propia desidia e indiferencia. Las autoridades civiles y políticas exigen resultados a las fuerzas del orden, pero no les proporcionan las herramientas apropiadas en los campos legales y científicos para ofrecerles tratamiento especializado.

El director Edward Dmytryk –uno de los magos del cine negro- utiliza la figura del psiquiatra como vehículo para examinar el comportamiento y las posibles razones que mueven a un individuo adulto, azuzado por su subconsciente, a buscar revancha por los daños sufridos en su infancia o juventud.

El cuadro final es conmovedor: la desolación del dormitorio como fondo y el rostro bañado en lágrimas del asesino, aferrado a su arma como única y fiel compañera, anuncian la conclusión de una larga tortura existencial, tan triste y dura como la de un adicto que, después de haberlo intentado muchas veces, no puede dejar de drogarse y lo consigue sólo mediante el confinamiento forzado.

Situando la historia en San Francisco, en el transcurso de los 87 minutos de duración, son inflatables las tomas del puente Golden Gate, prácticamente visible desde cualquier punto de la ciudad. Adolphe Menjou, de brillante y extensa trayectoria en Hollywood, es un teniente con apellido gracioso: se llama Kafka. Y la exuberante Marie Windsor, de repetidas apariciones en otros films noir como Atraco perfecto y Testigo accidental, no lo hace mal como voluptuosa pianista de un club nocturno.

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