El niño y la bailarina

Alberto Ernesto Feldman

 

Hace pocos días, el Banco Nacional de Suiza procedió a abrir reglamentariamente las cajas de seguridad  inactivas por más de cien años, aportando en forma casual algo más de luz sobre una historia que siempre atrajo la atención de melómanos y musicólogos: la vida de un creador excepcional y vulnerable que convirtió en música maravillosa su hipersensibilidad y su sufrimiento.

Pedro Tchaikovsky, que de él se trata, intercambió una nutrida correspondencia durante trece años, con su amiga y mecenas, la baronesa von Meck, a quien nunca conoció personalmente. Son alrededor de mil cuatrocientas cartas. En ellas desnuda su alma y sus emociones. También quedó allí registrado, el proceso de creación de algunas de sus obras, en forma tan detallada como si dialogara consigo mismo.

Esta relación, intensamente afectiva y artística, pero siempre epistolar, terminó abruptamente cuando la baronesa tomó nota de la tendencia homosexual de su protegido, inclinación que ya había frustrado el matrimonio del músico con una de sus alumnas, a escasos tres meses de concretado. Pero no es esa profusa correspondencia la que nos ocupa ahora, pues ha sido conocida desde siempre y ha sido objeto de investigación y clasificación; sirviendo de base para varios libros y al menos, para un par de películas.

Lo encontrado en la caja de la familia von Meck, a casi ciento veinte años de ocurridos los hechos, (tomando como referencia la muerte del artista en 1893), son dos cartas que la baronesa separó de las otras, las bien conocidas, y guardó celosamente, porque si bien dio por terminada la relación, su discreción y su admiración por aquel hombre le impidieron difundir lo  que en aquella época hubiera  provocado un ruidoso escándalo,  aumentando aun más el infierno del  desdichado.

En la primera de ellas, el autor vuelve a su infancia, cuenta acerca de una grave neumonía contraída a los seis años, durante el riguroso invierno ruso, que lo mantuvo durante seis meses en un estado crepuscular, entre la vida y la muerte, marcándolo por el resto de su existencia.

Pero leamos sus propias palabras: “…yo no sabía bien lo que me ocurría, mi madre adorada acariciándome incansable; mi padre y mi hermano mayor tratando de parecer naturales sin conseguirlo, todos llorando cada vez que salían de la habitación. Nadie más me visitaba. El dolor y la angustia flotaban en el aire. Los días transcurrían con una lentitud desesperante, y las noches insomnes me aterraban, hasta que mi madre, en Nochebuena, después de leerme un cuento, dio cuerda a la cajita de música que había recibido de regalo horas antes; una bailarina que giraba en un sentido y luego en el otro, al compás de una canción infantil de Mozart, a quien admiré desde entonces como el mejor de mis maestros.

La gran vela que quedaba encendida hasta su extinción, agrandaba la figura de la muñequita que bailaba en las paredes. Ya no estaba solo por las noches. Ya no tenía miedo. Su silueta me protegía, sus ojos parecían buscarme, esa música me serenaba.

Comencé a amar apasionadamente, a ese pequeño ser; a recorrer con el dedo la silueta de su sombra huidiza en las paredes, a sentirme más fuerte cada día por su influjo bienhechor. Cada mañana agradecía su compañía nocturna tomando suavemente en mis manos la preciosa miniatura de su cuerpo, acariciando su cara de marfil, besando sus ojitos negros. 

Por fin llegó la Primavera; gradualmente se fue derritiendo la nieve, el sol se hizo cada vez más poderoso y los colores se adueñaron del jardín que yo atisbaba desde mi ventana. Como por arte de magia, una mañana supe que estaba curado. Tenía toda la fuerza, todo el ánimo, toda la alegría. Mi primera mirada, antes de bajar y sorprender a mi familia, fue para mi adorada bailarina. No estaba en su lugar; ¿alguien la había sacado de allí?… no; estaba en el suelo, rota.

Lloré y lloré. Desde entonces supe que a cada alegría se asociaría una tristeza, a cada encuentro una separación, a cada amor un dolor, y así sería para siempre…”

Leamos la segunda y última carta, fechada en la Navidad de 1892.

“Querida amiga:

No ha respondido usted a mi última carta. Dos años sin noticias suyas es mucho tiempo. Comprendo su enojo y  ante usted, y sólo ante usted, intento justificarme de algún modo.

Ayer estrené el “Cascanueces” en San Petersburgo con gran éxito. No me alcanza.

Sigo buscando a la bailarina que amé desde niño entre las que danzan con mi música pero no la encuentro. No es la Odette del “Lago de los cisnes” ni “La Bella Durmiente”

La busqué, la llamé durante toda mi vida, pero no vino. Usted recordará seguramente con qué entusiasmo compuse  para piano  partituras infantiles como  “La muñeca nueva”, “La muñeca rota” y “El funeral de la muñeca”  Eran también  gritos  desesperados llamándola; pero nunca acudió a la cita. La Elegida no vino, y,  desgraciadamente, nunca pude querer a otra. Pero  basta de lamentos. Usted  tal vez  me  comprenderá…,o quizás no, ya no importa. Ahora estoy trabajando en una sinfonía, la última, que será  algo así como un retrato de mis ilusiones y mis conflictos, con un  previsible adagio final.      

Seguramente no viviré mucho más allá de su estreno, pero como le decía, ya nada importa.

Eternamente agradecido por  su bondad. Pedro Tchaikovsky”

Diez meses después del éxito del “Cascanueces”, se estrenó, bajo la dirección del autor, una obra de carácter diametralmente opuesto; la sinfonía “Patética”, y apenas nueve días más tarde moría el brillante compositor, presuntamente por beber agua contaminada.

Junto con las amarillentas cartas, ciento veinte años más tarde, se encontró un pequeño envoltorio de papel de seda comido por la polilla, conteniendo en su interior una cajita de música con una bailarina de porcelana con signos de haber sido restaurada de sus roturas, que también enviara el músico a su antigua protectora.

Los funcionarios que abrieron la caja de seguridad, comentaron sorprendidos que al manipular los objetos, se destrabó el mecanismo, se volvió a escuchar una conocida canción infantil de Mozart, y luego  la bailarina recomenzó su eterna danza.

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