Historias del chico salvaje: ¨El obituario¨

Diego M. Rotondo

Mi perro, “Noche”, es un mestizo negro y viejo de 15 años. Dicen que cada año de perro equivale a 7 de humano, así que Noche tiene 105… Lo rescaté en la playa cuando aun era un cachorro de 4 meses, desnutrido, lleno de garrapatas y con una notable sarna en uno de sus costados. Me volví con él a la ciudad, recorrí los 350 kilómetros que nos separaban de mi casa y me encargué de curarlo. Desde entonces hemos sido inseparables, lo quiero tanto que no sé cómo voy a lidiar con su muerte, que cada vez veo más cercana… Hace un par de años que Noche viene padeciendo los típicos achaques de la vejez, que son similares a los de los humanos: artrosis, sordera, visión reducida, incontinencia, etc. Y justamente por la incontinencia es que le pongo diarios viejos para que se acueste en los pisos de la casa. Los diarios absorben los chorros de pis que se le escapan todo el tiempo. Hoy, mientras acariciaba su cabeza, noté que sus patas traseras estaban apoyadas sobre la página de un obituario; se me escapó una risotada al descubrir que Noche, con la punta de su pito peludo había trazado una aureola biliosa sobre el nombre de un muerto. Me acerqué a la página para ver quién había sido bautizado por el pis de mi perro y la risa se me borró de la cara. Yo conocía a esa persona, nacida en 1973, muerta en 2015… El nombre me sonaba mucho, pero tardé un rato en recordar quién era. Cuando por fin supe de dónde conocía al finado, volví a reírme como un desquiciado, esta vez mi risa era malvada, como esa risa con la que culmina “Thriller” de Michael Jackson. Levanté la parte trasera de Noche y saqué el pedazo de diario; y como si ese obituario fuese algo bendito, lo recorté prolijamente, lo metí dentro de un portarretratos y lo coloqué en la repisa del living, junto a las fotos de mi época escolar.

Hoy es 10 de marzo de 1987, empiezo Séptimo grado, mi último año de la Primaria. Mis mejores amigos repitieron… y para colmo entraron alumnos nuevos, así que me siento bastante solo en el aula, no me queda otro remedio que juntarme con mis otros amigos, los nerds, que nunca hacen quilombo y son chupamedias de las maestras. Con ellos todo es aburrido, vienen a la escuela a estudiar, a portarse bien, a sacarse buenas notas… para mí eso es una mierda, la escuela no me gusta, me parece un lugar horrible en donde lo único que se puede hacer para pasar el tiempo es fastidiar, romper cosas, pelearse, etc. Lamentablemente los chicos con los que podía hacer eso quedaron en el camino por sus malas notas. Ese es mi problema, aunque tengo las notas bajas, siempre llego justo a fin de año, siempre saco un 6 o un 5 que me permite pasar de grado.

Entraron 5 nuevos, dos varones y tres mujeres. Las chicas ni siquiera son lindas, y los chicos no parecen simpáticos; a algunos los echaron de otros colegios. Todos los deshechos de otras escuelas vienen a parar al San Cayetano, la escuela menos exigente del barrio. Uno de los nuevos se llama Carlos y le dicen “el Fósforo” por su color de pelo. Carlos tiene 14, es bastante grande para estar en séptimo grado. Dicen que vive en La Villa que bordea la autopista; un asentamiento horrible lleno de casuchas de chapa, montañas de basura, perros vagabundos y ratas rabiosas. “De ahí salen todos los delincuentes…”, dice mi mamá, “Está infestado de chorros, asesinos, violadores, putas, etc.”. Tal vez Carlos sea un delincuente, un ladrón o algo de eso; no me gusta su pinta, no me gusta cómo hace burbujas de saliva antes de escupir un gargajo. Él es el más alto y corpulento de la clase; en el recreo me cuentan que en su escuela anterior le clavó una tijera en el ojo a un compañero y que de un mordisco le arrancó la nariz a otro, que lo echaron y estuvo un día en la comisaría, que su papá le pega con un alambre de púas y que su mamá es prostituta. No sé cómo consiguieron tanta información en tan poco tiempo, la mayoría deben ser cuentos, supongo.

Los robos empezaron hace unas semanas; antes también había robos, pero se afanaban cosas baratas: lápices, sacapuntas, plasticolas, hojas, etc. Nada importante, nada que le preocupara perder a sus dueños. Yo también robé en la clase alguna que otra vez, pero eran actos de justicia, porque al chico o a la chica que le robaba algo era porque antes se lo había pedido prestado y me lo había negado, entonces, para vengarme, iba al aula en el recreo y le robaba lo que le había pedido. Los robos de estas semanas son diferentes, durante los recreos han desaparecido relojes, plata, anteojos, cartucheras enteras y ropa; incluso robaron plata de la cartera de una maestra, y eso nos metió un quilombo a todos.

Hoy vino la directora, Elsa, se paró frente a todos y dijo: “Sabemos que hay alguien entre ustedes que está robando, así que hasta no descubrir de quién se trata los vamos a dejar sin recreo… El que haya sido que confiese, y sino, el que sepa algo que hable, no podemos permitir que esto siga pasando… tengo una fila de padres reclamando lo que les han robado a sus hijos…”. Luego se dio la vuelta, hizo un silencio, suspiró y se volvió de nuevo hacia nosotros: “Si no tengo noticias esta semana tendré que informarle a la policía para que vengan ellos a interrogarlos…”.

Todos sabemos quién es el chorro, pero nadie quiere hablar, nadie quiere terminar con una tijera clavada en el ojo ni con la nariz arrancada. Preferimos quedarnos sin recreo, preferimos que nos interrogue la policía, preferimos cualquier cosa a decir su nombre.

Mi papá me regaló un videogame de bolsillo, lo trajo de uno de sus viajes; es una novedad, aun no existe en Argentina. A pesar de que me dijeron que no lo trajera al cole, no pude evitar la tentación de mostrarlo. Cuando lo traje esta mañana, los chicos hicieron un círculo alrededor mío para verlo. “¡Es como un mini pac-man!”, dijo el chino, “¿me lo prestás?”. “Bueno, pero un juego nomás…”, le dije. Entonces todos rodearon al chino, que se puso a jugar concentrado, relamiéndose; a mí me preocupaba de que apretase demasiado fuerte los botones y lo rompiese. Y así se lo fui prestando a la mayoría de los que me lo pedían, al punto que terminé arrepintiéndome de haber traído el puto videogame al colegio. Cuando sonó el timbre para entrar a las aulas me quedé un rato en el patio jugando. Estaba absorto con el aparatito, no podía parar, en cualquier momento vendría la maestra para llevarme al aula de los pelos. Mientras jugaba, una sombra se interpuso entre el sol y yo. “¿Me lo prestá?…”, preguntó la sombra. Como algunos rayos de sol pasaban por los costados de su cabeza, tuve que entornar los ojos para poder distinguirlo… aunque yo conocía esa voz áspera que se comía las eses. Estábamos los dos solos en todo el patio, ni siquiera andaba dando vueltas Efraín, el portero. “No puedo ahora… hay que volver al salón…”, le respondí y sin mirarlo me encaminé hacia las aulas. Entonces me arrancó el videogame de las manos, intenté arrebatárselo, pero me dio un empujón y me tiró contra el alambrado que separaba el patio de primaria del de jardín de infantes. “Si lo queré te lo vendo…”, dijo riéndose malignamente. “¡Pero es mío, boludo! ¡Devolvémelo!”, exclamé. Entonces el Fósforo se agachó y me dijo: “¡Uyy boludo, tenés la bragueta abierta!”, y en el momento en que quise comprobarlo me encajó una trompada en los huevos. Fue uno de los dolores más horribles que sentí nunca, me vinieron ganas de vomitar, me caí al piso y me agarré los huevos con ambas manos, las lágrimas se me escapaban a chorros, ni siquiera podía gritar, tenía fuertes espasmos que me subían desde el vientre hasta el pecho. Ahí, retorcido en el piso, vi como Carlos se iba caminando tranquilamente por el patio jugando con mi videogame.

Unos minutos después apareció Efraín, que me levantó y me llevó hasta Dirección. “¿Quién te pegó, Diego?”, me preguntó Elsa. “Fue Carlos, ¡y encima me afanó el juego el hijo de puta!…”, le dije sin dudarlo; aun me costaba hablar, mis huevos no habían bajado de mi garganta. “¡No le vayas a decir mi mamá por favor!”. Si mamá se enteraba iba a aparecer en el colegio con un palo, o un ladrillo o cualquier objeto para reventarle la cabeza a Carlos. No quería que eso sucediese, ya que como Carlos era un villero, sus amigos debían ser todos asesinos y violadores que no tardarían en venir a vengarse de mi mamá y de mí.

Elsa echó a Carlos Sánchez de la escuela. Sus padres ni se molestaron en aparecer. Mamá se enteró y, por supuesto, enloqueció. Tuve que aferrarme a sus piernas con ambos brazos para evitar que fuese a La Villa a buscar a Carlos. Nunca recuperaron las cosas robadas, ni siquiera mi videogame.

Martín se apareció esa tarde en casa, le habían contado lo sucedido en la escuela. “Yo le habría bajado los dientes a ése forro…”, dijo; pero yo sabía que ni Martín podría contra ese pibe, que había sido criado en el peor de los lugares, rodeado de la peor escoria humana.

Ahora tengo un recuerdo de él en mi living, su obituario… su muerte temprana, sucedida tal vez por robarle a la persona equivocada… Aunque no hay que alegrarse de la muerte de nadie yo descorchó una botella de vino y choco mi copa contra el portarretratos que contiene el obituario de Carlos Sánchez, el Fósforo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s