Fábulas del crimen: ¨Pobre Edward¨

Diego M. Rotondo

 

Circulan numerosas versiones sobre el caso de Edward Mordrake, el aristócrata inglés que tenía una cara embutida detrás de su cabeza. La versión narrada a continuación figura en el libro: «Anomalías y curiosidades de la medicina», escrito por George M. Goulden y publicado en el año 1900.

Las pocas fotografías halladas de Mordrake, en las que aparece posando de perfil exponiendo el semblante de su siamés, son presuntas falsificaciones para especular con su historia. Incluso hay varios investigadores que niegan que este joven haya existido alguna vez, ya que no figuran registros de nacimiento, documentos de identidad ni partidas de defunción que certifiquen su paso por este mundo.

No obstante hay quienes aseguran que Edward vivió a mediados del siglo XIX, que provenía de una distinguida familia que residía al sur del condado de Postmouth, Reino Unido, y que su madre era una condesa. Con respecto a su muerte, todas las historias coinciden en que Edward se suicidó a los 23 años, cuando ya no pudo soportar vivir con esa aberración en su cabeza.

Edward Mordrake nació con una anomalía que dejó perplejos a todos los médicos que lograron examinarlo. En los registros históricos de anomalías congénitas no existía un caso similar al suyo. Sí había registros de siameses con dos cabezas, con 4 brazos, con cuatro ojos, etc.; pero eran casos excepcionales de criaturas que no llegaban a sobrevivir más de unos días. Mordrake, en cambio, convivió con ese quiste maléfico durante 23 años… Aun hoy, en que la ciencia explica las posibles causas de las distintas malformaciones, resultaría difícil explicar cómo se había originado ese rostro, y cómo sus emociones, según cuentan, eran inversas a las que expresaba su portador; ya que cuando éste lloraba, el pequeño rostro sonreía, y si Edward reía, el otro comenzaba a lagrimear…

Cuando Edward cumplió 15 años, el médico de la familia descubrió algo que le otorgó aún más horror a su caso. Al parecer su siamés no tenía un rostro masculino como todos creían hasta ese momento, era una cara de mujer… Y como si ese detalle no fuese lo suficientemente aterrador, conforme Edward se iba haciendo adulto, el rostro se iba pareciendo cada vez más al de su tatarabuela paterna, Norah Mordrake, una hechicera galesa que había muerto quemada en hoguera.

Desde pequeño Edward solía quejarse de que cuando intentaba dormir, el parásito en su nuca susurraba palabras extrañas con una vocecita áspera y aguda. Su médico le explicó que tenían que tratarse de pesadillas, ya que aunque el rostro tenía la capacidad de expresar emociones, no poseía lengua ni cuerdas vocales…

Teniendo Edward sólo dos años de edad, su madre le imploró a su médico personal que le extirparse esa maldición de su cabeza, que se contactara con los mejores cirujanos del mundo si era necesario, que estaba dispuesta a ofrecer la fortuna de la familia a cambio de remover esa cosa horrible. Pero el doctor le explicó que el niño no sobreviviría a semejante cirugía, ya que ambos compartían secciones vitales de un mismo cerebro.

Edward soportó el horror durante 23 años, hizo de todo para intentar ignorar la entidad en su nuca, se colocó bufandas, vendas y largas pelucas de mujer. Cuando ya no pudo aguantar la presencia de ese apéndice diabólico, tomó un cuchillo y comenzó a cortarlo como si fuese una feta de carne. Y aunque el dolor fue insoportable, siguió hasta perder el conocimiento. Edward murió desangrado sobre su cama.

 

 

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