Historias del chico salvaje: ¨Supermoco¨

Diego M. Rotondo

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Hace un buen rato que Irma está inclinada en su silla con un largo y espeso moco colgando de su nariz. La escena ha pasado de ser repugnante a sobrenatural; nunca hemos visto algo así, todos en el aula estamos pendientes del moco de Irma, que pende de su nariz como una liana. Ni siquiera nos reímos, sólo observamos boquiabiertos como cimbrea la cosa verde. El moco se alarga tanto que supera los 40 centímetros de largo, y no se rompe, sigue estirándose hasta casi rozar el piso. “¡Se le está saliendo el cerebro por la nariz!”, exclama Rodrigo. “No… es un gusano gigante; seguro le subió por el estómago, atravesó su garganta y prefirió salir por la nariz antes que por la boca…”, acota Pedro frunciendo su trompa con asco. Irma no dice nada, lleva más de cinco minutos inclinada con la cara apoyada entre sus rodillas, moviendo sutilmente la cabeza para que el ondulante moco no le roce las piernas. Yo me pregunto si no hubiese sido más fácil sonarse la nariz… pero parece como si le tuviera miedo, como si esa cosa fuese algo más que un simple moco, como si fuese algo que tiene poder sobre ella. “¡No respires Irma!”, le dice Ana, “Porque se va a meter adentro de nuevo…”. Irma sólo espera que la cosa termine de emerger de su interior. Entra Carmen en el aula, la seño de matemáticas, cuelga su cartera, saluda a la clase y al advertir lo que sucede… “¡Pero… ¿qué estás haciendo Irma? ¡Por dios nena, no seas asquerosa!”, se queja y taconea hacia el pupitre de la gorda. “¿No tenés un pañuelo?… ¿No sabés sonarte la nariz?…”, le pregunta. Irma no habla, sigue en su posición, pendiente del moco, igual que todos nosotros. Carmen saca un pañuelo de su bolsillo y se lo aplasta contra la nariz a Irma, el resto del moco cae al piso y se enrosca como una lombriz. Irma se levanta del pupitre y se va corriendo al baño. “Pero qué piba rara, ésta…”, murmulla la maestra mientras vuelve a su escritorio. Y es verdad, Irma es rara, tiene 10 años y se comporta como una señora grande y tonta. Su pelo está lleno de canas, es pálida, gorda, y huele a naftalina. Irma vive con su mamá en una casa horrible a tres cuadras del colegio. Su mamá parece su abuela, es mucho más vieja que nuestras mamás, además le faltan todos los dientes de adelante. Viven solas, el papá se rajó hace mucho, cuando nació Irma. Se debe haber asustado mucho al ver a esa beba gorda, fea y con la cabeza llena de canas.

En nuestra clase hay muchos nombres feos, pero no tanto como Irma, que suena a vieja, a bolas de naftalina, a humedad, a sopa… Nosotros no le decimos Irma, le decimos gordinflona, lechona, bola de fraile, muñeca Michelin, etc. Ella nunca se enoja cuando la cargamos, sólo se ríe nerviosamente y nos mira con su cara de vieja.

Irma vuelve al salón diez minutos después, en su pupitre Pedro le dejó un dibujo en el que aparece ella envuelta en una cinta verde; debajo dice: SUPERMOCO, ese es su nuevo apodo. Ahora la llamaremos Supermoco.

La señorita Carmen nos dice que debemos formar grupos de tres para resolver una serie de ecuaciones. Nos agrupamos rápidamente, todos buscan a sus mejores amigos para juntarse. Pedro se me acerca y me murmura al oído: “Supermoco siempre se saca 10…”. Pedro es un despiadado hijo de puta, pero tiene razón, si hacemos un grupo con ella seguro vamos a sacarnos un 10. Mientras los demás chicos dan vueltas por el aula sentándose unos con otros, Pedro y yo nos acercamos al pupitre de Irma y le preguntamos si quiere ser de nuestro grupo. Ella nos mira sorprendida, se ríe tímida y asiente. Debe ser el día más feliz de su vida, ya que Pedro y yo, después de Iván y Guille, somos los más lindos del grado. Buscamos nuestras sillas y nos sentamos rodeando el pupitre de la gorda. La señorita Carmen reparte diferentes problemas a resolver para cada grupito. Los demás chicos se ríen de nosotros porque nos sentamos con Supermoco, “pobres idiotas, no entienden nada”, murmura Pedro… Le damos la hoja a Irma y ella se pone a analizar las ecuaciones; mientras, nos guiñamos el ojo y esperamos que haga todo el trabajo. “No vayas a manchar la hoja de moco”, bromea Pedro. Yo le encajo una patada por debajo de la mesa, no vaya a ser que se arrepienta y nos eche del grupo. Irma hace como que no lo escucha y se pone con los cálculos. Diez minutos después toca el timbre, la clase finaliza y la señorita nos dice que debemos continuar el trabajo en la casa de algún compañero para entregarlo en la próxima clase.

―En mi casa imposible ―digo―, Mi mamá está loca.

―En la mía menos, mis hermanos siempre están haciendo quilombo, no nos dejarían en paz…―dice Pedro y acto seguido me murmura al oído: “Si llego a aparecer con Supermoco en casa mis hermanos se van a reír de mí toda la vida…”

Nos quedamos en silencio mirando a Irma, que nos mira y dice:

―Vengan a mi casa esta tarde…

―¿No hay otra opción?… ―pregunta Pedro― ¿No podemos ir a la plaza a hacer el trabajo?

―Mi mamá no me deja ir a la plaza… ―contesta.

Quedamos en ir a su casa a la hora de la leche.

―Esto no me gusta nada…―dice Pedro mientras salimos al patio―. La casa de la gorda me da miedo…

―A mí también. Pero no tenemos otra opción si queremos aprobar…

A las 4 de la tarde llegamos en nuestras bicicletas a la casa de Irma. Es una casa bien fea, sin tejas y sin pintura, como a medio fabricar. Tocamos el timbre y sale ella vestida con un suéter de lana gris y una pollera marrón larga hasta los tobillos. Nos hace dejar las bicis en el zaguán y pasamos. Por dentro la casa no es tan fea, los pisos parecen limpios, las paredes están empapeladas y los muebles lustrados. Seguimos a la gorda por un pasillo oscuro con olor a leche hervida y entramos en la cocina. Ahí nos encontramos a su mamá, que me recuerda mucho a la Bruja del 71.

―¿Quieren leche con chocolate? ―nos pregunta.

―¡No! ―grita Pedro desesperado― Yo ya tomé, gracias…

―¿No tiene Coca? ―le pregunto yo.

―No, aquí no tomamos ese veneno ―dice la vieja sin dientes―. Sólo agua o leche.

―Entonces agua ―le digo. La vieja es casi igual a Irma. La única diferencia es que Irma todavía tiene dientes y menos arrugas.

Nos sentamos en la mesa, que tiene un mantel de plástico amarillo con dibujos de jarrones verdes. Irma se toma su chocolatada y nosotros sacamos los útiles de nuestras mochilas. “Bueno, los dejo estudiar tranquilos”, dice la vieja, “voy al almacén a comprar unas cosas”. Esperamos a que la vieja se vaya y nos levantamos de la mesa. Irma nos mira y Pedro le dice:

―¡Dale gorda!, terminá el trabajo mientras nosotros damos una vuelta por tu casa…

―¡No le digas así, idiota! ―le digo―. Se va a retobar y no va a hacer nada.

―No se va a retobar porque no le conviene… El trabajo hay que entregarlo en grupo, si ella no lo hace perdemos los tres. ¿No es así, Supermoco? ―le dice a Irma pegándole la boca al oído.

Ella se enrojece, murmura no sé qué y continúa haciendo el trabajo.

―¡Estamos en su casa! No le digas así…

―La vieja se fue, aprovechemos para ver qué hay… ―dice Pedro y sale de la cocina.

―No le hagas caso… ―le digo a Irma mientra sigo a Pedro. Ella no me mira.

Husmeamos un rato por los diferentes ambientes, hay adornos viejísimos, fotos en blanco y negro tenebrosas y cuadros de paisajes hechos de una tela plástica. Mamá dice que son los típicos cuadros que cuelga la gente mersa, ordinaria… como mi abuela paterna.

―¡Dios mío!… ¡mirá esta habitación! ―exlama Pedro mientras entramos a lo que suponemos es el cuarto de la vieja.

―¿Huele a pis, no?

―Sí, a pis del siglo pasado… ―dice Pedro.

La habitación no tiene ventana, en su lugar hay un cuadro rectangular con un paisaje horrible. El empapelado, color caqui, es tan viejo que se está despegando de la pared. La cama no tiene sábanas, sólo hay un colchón viejo con una mancha morada en el medio. Pedro abre un armario altísimo que libera un olor a humedad insoportable.

―¡Qué asco! Mirá toda esta ropa apolillada.

Debajo de la ropa, al lado de los zapatos, hay un cofre de madera. Me agacho y lo abro. Está lleno de collares, pulseras, anillos, prendedores, etc. Pedro se agacha junto a mí.

―¡Joyas!… ¡Es un tesoro, boludo!… llevémonos algo de esto…

―¿Estás chiflado? ¡Nos van a mandar a la cárcel!

―¡Los chicos no van a la cárcel, bobo! Saquemos un par de cosas para que la vieja no se dé cuenta, algo que podamos vender en el negocio de antigüedades.

Pedro se guarda un anillo con una piedra negra y dos collares de perlas. Yo elijo una pulsera de diamantes y un prendedor con un rubí.

―Listo, volvamos a la cocina, a ver si la gorda empieza a sospechar. ―dice Pedro.

Volvemos rápidamente y nos sentamos en la mesa. Irma sigue con las ecuaciones. Un rato después llega la madre con una bolsa de galletitas.

―¿Y chicos?… ¿Cómo van con la tarea?

―¡Muy bien señora! ―exlama Pedro―. Su hija es una genia de las matemáticas, estamos contentos de ser sus amigos…

Irma levanta la vista de la hoja y mira a Pedro con amor y odio al mismo tiempo.

Aprobamos el trabajo con un 10. Decidí hacerme amigo de Irma, no molestarla más y en lo posible defenderla cuando los demás la agredieran. Pedro no pudo con su genio, siguió humillándola hasta que terminó la primaria. El encargado de la tienda de antigüedades nos dijo que las joyas eran baratijas que no tenían valor alguno, que éramos demasiado tontos para ser ladrones. Aun así nos ofreció una vieja radio a cambio, que por supuesto aceptamos sin chistar.

Al terminar la escuela no supe más nada de Irma. Hace unas dos semanas me pidió amistad por Facebook. Antes de aceptarla hice lo de siempre, investigué un poco su Perfil, imaginé, que así como había sucedido con varias feúchas de la primaria, la Naturaleza podría haber hecho cambios interesantes en ella. No era la primera vez que una chica que en el pasado había sido un adefesio, en el presente era una diosa que rajaba la tierra. Irma había mejorado, estaba más linda y había perdido unos cuantos kilos, pero, por lo poco que pude apreciar, su idiosincrasia avinagrada era la misma que tenía en la primaria, su muro estaba repleto de futilidades: carteles cristianos, frases de Pablo Coelho, ositos amorosos y fotos de paisajes desabridos… era lo único que publicaba. Su vida era como otras miles: chata, aburrida y llena de nada. Acepté su solicitud por lástima, conversamos un rato, recordamos cosas triviales, nos preguntamos qué sería de los demás alumnos, etc. La misma conversación aburrida que tendrían millones de ex compañeros de escuela. Cuando estaba a punto de cerrar la ventana del chat, ella me preguntó:

―¿Te acordás de las alhajas que vos y Pedro le robaron a mi madre?

Me quedé tieso.

―¿Qué alhajas?…

―No te hagas el idiota. Ya pasó mucho tiempo y no me preocupa. Pero siempre me pregunté qué habrían hecho con ellas, si las habrían vendido, o regalado, o qué…

Tardé un rato en responder; no tenía sentido mentir a esta altura.

―No las pudimos vender, eran baratijas. Se las cambiamos al tipo de la tienda por una radio rota.

―No… No todas eran baratijas. El prendedor con el rubí era auténtico. Se lo había regalado mi papá a mi mamá antes de que yo naciera.

―Bueno… el encargado nos aseguró que eran porquerías…

―El encargado se mofó de ustedes. Ese prendedor tenía un valor similar al de un auto 0 km…

Irma estaba disfrutando mucho contándome esto 30 años después.

―Sólo te contacté para decírtelo, porque es lo menos que te mereces, tanto vos, como Pedro, como todos los demás que me hicieron bullying en la escuela. Y vos peor aún, porque te hiciste el bueno conmigo, pero sólo para que te ayudase en matemáticas.

―Perdoná Irma. No puedo responder por algo que hice cuando era un crío. Vos entendés. En la escuela casi todos los chicos éramos crueles e imbéciles.

―Sí, entiendo. La diferencia es que Pedro y vos, además de ser crueles e imbéciles, eran ladrones… Chau Diego, que te vaya bien. ―escribió, y me bloqueó.

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