Viernes de cine: ¨La carta¨

Fernando Morote

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En medio de la noche unos disparos provenientes de la casa principal despiertan a los peones de una plantación británica en el corazón de la jungla asiática. La esposa del jefe cuece a balazos a un supuesto intruso. Las autoridades intervienen y ella declara que lo hizo en defensa propia para salvar su honor. Su convincente coartada es puesta en duda con la aparición de una breve nota que compromete su inocencia. El contenido de “La carta”, salido de su puño y letra, es revelado sólo en el momento previo al proceso penal por asesinato, descubriendo una trágica historia de infidelidad y extorsión.

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La gestión del abogado defensor, incómodo hasta los huesos, consiste en recuperar el pedazo de papel a cambio de una fuerte suma de dinero que le permita evitar la condena judicial y consecuente prisión de su amiga culpable. Su joven y divertido secretario aprovecha la oportunidad y saca una buena tajada económica del arreglo. El jurado absuelve a la acusada, pero la viuda de la víctima –una misteriosa y vengativa mujer oriental- la ajusticia en propia mano hundiéndole un puñal en las entrañas.

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Bette Davis es la solitaria cónyuge que combate el aburrimiento recibiendo frecuentes visitas de su amante, mientras su marido -Herbert Marshall- se rompe el lomo trabajando en el campo, bajo el agobiante calor de la zona. El tercero en discordia – a diferencia de lo mostrado en la primera versión cinematográfica de la Paramount en 1929, donde desempeña un rol más activo dentro de la trama- es hábilmente mantenido en el anonimato por el director William Wyler concentrando la intriga en los esfuerzos de la adúltera por ocultar su traición y justificar su crimen.

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La actuación de Bette Davis es espectacular. Arpía e hipócrita, dulce y deseable, sus enormes ojos vivaces son dos mortales bolas de fuego. Su expresión glacial, mientras baja las gradas de la fachada jalando el gatillo, es de una sensualidad monumental; casi una violación al espectador. Su forma de caminar, casi en puntitas de pies, sus faldas entalladas y blusas ajustadas, sus zapatos altos y elegantes, son una invitación constante a saltarle encima y devorarla. Su desgarradora confesión final, cuando Marshall insiste en que pese al dolor intenten ser una pareja feliz,  es a la vez una apasionada declaración de amor, tan brutal como la escena inicial en la que liquida a su furtivo cortejador: “¡Sigo amando con todo mi corazón al hombre que maté!”. Al estreno del film en 1940 ya había ganado dos Oscar –uno por Peligrosa (1935) y otro por Jezabel (1938)-, pero en ninguna de esas producciones su capacidad histriónica descuella en el grado superlativo que lo hace en esta nueva adaptación de la obra de teatro publicada en 1926 por el narrador inglés Somerset Maugham.

Herbert Marshall, por su parte, quien interpreta al consorte herido, trocando su rol de conquistador en la película original, no deja de causar cierta inquietud por su rígida figura (explicada debido a una pierna amputada y reemplazada por una prótesis como resultado de su participación en la primera guerra mundial), pero tiene la habilidad de transmitir con su mirada la amplia gama de emociones que experimenta en el transcurso del argumento.

Davis, Marshall y Wyler volverían a reunirse para la Warner Bros en 1941 formando el espléndido equipo que lograría otro notable éxito con La loba.

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