Historias del chico salvaje: ¨La yegua¨

Diego M. Rotondo

hotei

 

«¿No te ríes ahora?» Abrió entonces Hotei los ojos y le dijo: «Me estoy preparando». «¿Qué significa que te estás preparando?» Hotei le respondió: «Tengo que prepararme para reír de nuevo. Por eso necesito descansar, tengo que viajar adentro de mi mundo, he de olvidarme de todo para volver a reír…»

Son las 3 de la tarde del 4 de noviembre de 1985; mis papás, como de costumbre, discuten a las puteadas en la cocina. Mamá no para de mencionar a la yegua… Hasta hace unos meses yo creía que cuando hablaba de la yegua se refería a uno de esos caballos a los que papá les apostaba en el hipódromo. Pero no, resulta que esta yegua no es un caballo, es una mujer…

Desde que mi hermana Deborah se casó con Rolo, mamá no tiene a nadie en casa con quien conversar de sus penas, así que me eligió a mí, un confidente de 10 años de edad. Siempre me cuenta con lujo de detalle todo lo que averigua de papá y de su amante. Hace unos días lo persiguió en un taxi, paró al auto en la avenida y, como hacen en las películas, le ordenó al chofer: “¡Siga a ese auto!…”. Papá se estacionó en la entrada de un bar con ventanales negros, bajó de su Falcon y entró. Mamá hizo parar al taxista en la esquina y entró un rato después. El interior del lugar era bastante oscuro, estaba alumbrado tenuemente por neones rojos que formaban un triángulo en el techo. En la barra, sentadas en taburetes cromados, había mujeres muy jóvenes besuqueándose con hombres muy viejos. Detrás de la barra había un sector más oscuro aun, con sillones de cuero negro cercados por mamparas de espejos en donde, según mamá, además de besuquearse, las parejas hacían otras cosas… Fue en uno de esos sillones donde atrapó a papá con su amante. Al verlos caminó decidida hacia ellos, agarró la botella de champagne que estaban tomando y se la vació en la cabeza a papá; me dijo que eso le debe haber molestado mucho, no sólo por la vergüenza, sino porque era una botella de Don Perignon. Luego, con la botella vacía intentó pegarle a la yegua, pero los mozos la detuvieron y la echaron del bar. Mamá dijo que alguna gente la aplaudía mientras se la llevaban de ambos brazos, pero no sé si será cierto.

Esa noche papá regresó a casa sobre las 4 de la mañana. En el momento en que cruzó la puerta de entrada mamá le lanzó un vaso por la cabeza. “¡Hija de puta!”, gritó mientras la sangre chorreaba por toda su cara. Papá se dio media vuelta y se fue corriendo al hospital. Tuvieron que ponerle seis puntos, pero lo que más le dolió fue que le afeitaron la cabeza, dejándole un islote de cuero cabelludo de 8 centímetros de diámetro. Papá volvió a casa al otro día, llevaba una gorra puesta. Mamá ya estaba calmada y lo recibió a los besos.

Pero la paz no duraría mucho tiempo; desde ese día hasta hoy mi casa se ha convertido en un campo de batalla en donde las armas son platos, vasos, jarrones, libros, llaveros, y todo lo que sea suficientemente contundente. Mamá sabe que él no ha dejado de verse con la yegua; ayer vino a despertarme para mostrarme una camisa manchada con lápiz labial a la altura del cuello. “¡Es una hembra puta!”, dijo, “porque sabe que tu padre está casado y tiene hijos, y sin embargo…”, lloriqueó estrujando la camisa de Christian Dior como un trapo. “¿Por qué no se busca un tipo soltero, eh?… ¿por qué arruinar a una familia feliz?…”, me preguntó mientras se secaba las lágrimas con la camisa, muy cerca de donde estaban grabados los labios rojos. “No lo sé mamá…”, respondí yo fregándome las lagañas. “Ya sé que no sabés, no estoy esperando que me contestes… sólo te lo cuento…”.

Mamá tiene muy mal genio, es irascible y violenta; “una mujer de temer…”, suele decir mi abuela, “hay que saber tratarla porque sino…”. Pero cuando llora siento que se me cierra el pecho y me quedo sin aire; no puedo soportarlo sin largarme a llorar yo también.

Llevan diez minutos discutiendo e insultándose; hoy mamá está más irritada que de costumbre, resulta que a la yegua se le da por llamar por teléfono y colgar, y papá lo niega. Conforme la discusión va subiendo de tono yo me acurruco detrás del sillón y me tapo los oídos. Pero no hay forma de tapar los chillidos histéricos de mamá. Ambos salen de la cocina para continuar la batalla en el living. Escucho el primer plato roto seguido de un “¡traidor!”, seguido de un “¡loca de mierda!”. Yo empiezo a llorar, les ordeno que se callen, pero no me oyen. “¡Muerta me van a sacar de esta casa! ¡Y vos vas a tener la culpa, malparido!”. Se oye un estruendo, mamá ha destrozado el espejo. Papá camina hacia atrás, y aunque no le tira con nada, sigue puteándola, “¡Siempre fuiste una negra ignorante!”. Más estruendos, más cosas rotas. Temo por la estatuilla del buda gordo y sonriente, el Hotei, mi adorno favorito, al que uso de Jabba el Hutt cuando juego con mis muñecos de Star Wars. El Hotei es uno de los únicos adornos que viene salvándose de la furia de mamá… “¡Prefiero ser una negra ignorante y no una rubia chupapijas!”. Siguen rompiéndose cosas, botellas, frascos, cuadros, mamá usa todo lo que encuentra en su camino como arma. Papá agarra el teléfono: “voy a llamar a la policía y les voy a decir que te metan en un manicomio, ¡porque vos estás muy mal de la cabeza!”. Si al menos papá se callara, si se escapara como hace siempre, pero no, sigue avivando la llama. Escucho como gira el dial del teléfono, mamá sigue chillando, ahora su grito es diferente, no parece de furia, sino de dolor. Es un alarido largo, que en vez de irse silenciando se va amplificando cada vez más, nunca la escuché gritar así. Me mareo, todo se pone negro.

Aquel día yo había faltado al colegio fingiendo estar mal del estómago; me había metido en problemas con un pibe de séptimo grado al que le hice una zancadilla jugando al fútbol y me amenazó con romperme la jeta. Así que había pensado en faltar a clases un par de días, hasta que se olvidase de mí. De haber sabido lo que pasaría en mi casa hubiese preferido ir a la escuela y dejar que ese chico me bajara todos los dientes. Me asusté tanto con ese alarido de mi madre que acabé desmayándome, casi al mismo tiempo que ella… Al despertar estaba recostado en el sofá y un paramédico me encandilaba con la luz de su linterna. Detrás de él, un par de policías conversaban con mi padre. Parecía que había pasado un terremoto, todo estaba destrozado, el piso estaba regado con fragmentos de vidrios, espejos, porcelanas, plásticos, etc. Había sangre incluso. Lo primero que hice fue preguntar por mamá, el doctor me dijo que estaba bien, que no me preocupase, que la habían llevado al hospital para darle unos sedantes. Al notar que yo estaba consciente mi padre se acercó, se sentó a mi lado y me dijo: “¿Querés ir a la plaza?…”. “¡No!”, respondí, “¡quiero ver a mamá!”. Uno de los policías me dijo: “Tu mami va a volver esta noche o mañana… andá con tu papá a jugar un rato…”. Miré a mi padre con un notable gesto de aborrecimiento y exclamé: “¡Quiero que te vayas, que no vuelvas, que te mudes con la yegua, que dejes en paz a mamá!… ¡Andate hijo de puta!”. Mi padre obedeció, actuó mecánicamente, como si hubiese estado esperando mucho tiempo el dictamen de su hijo. Se levantó, caminó entre los restos y salió de la casa.

Los policías se quedaron conmigo hasta que llegó mi abuela. Mamá volvió a casa dos días después. Papá se mudó a vivir con su amante. Durante un tiempo mamá me culpó por haberlo echado…

El Hotei se rompió en mil pedazos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s