Una pared tapizada en gobelino bordó

Alberto Ernesto Feldman

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Buenos Aires, 24 de febrero de 2011

Estimada Irina:

Perdone esta intromisión en su computadora. Tal vez, al principio no entienda la razón de este mensaje, pero si completa la lectura, quizás le sorprenda y le agrade, lo mismo que a mí, la aparición, cincuenta y cinco años más tarde, de la visión de una imagen resistente al tiempo, enmarcada por un lluvioso día de otoño de 1956, en una vieja mansión de Belgrano, una de las casonas en que vivían los aristócratas exiliados que las guerras europeas y las mareas revolucionarias habían arrojado de sus palacios de San Petersburgo, Bucarest o Viena hacia este rincón de Buenos Aires.

Usted y su familia pertenecían a ese mundo, para mí exótico y totalmente ajeno, de títulos nobiliarios y ex embajadores. La vi una sola vez y nunca la olvidé; por eso es que tengo la necesidad de dirigirle estas palabras.

Usted tenía deliciosos  dieciocho o diecinueve años, y yo algo menos, dieciséis.

Su hermano Iván, compañero mío del bachillerato, me había invitado a su casa a la salida del colegio. Habíamos descubierto esa mañana, conversando en el recreo, que teníamos gustos musicales en común y comenzamos a anudar una amistad que en poco tiempo se diluyó; pero ese primer día, llovía y corríamos alegremente, chapoteando sobre un tupido colchón de hojas mojadas que exprimíamos a nuestro paso.

No había en aquellas calles ninguna casa más alta que un primer piso y de todos los jardines brotaba un penetrante y antiguo olor a nardos y a humedad. Varias decenas de metros antes de llegar a su casa, ya se oía, imponiéndose al ruido de la lluvia y del viento que azotaba a los árboles, el sonido de un violín interpretando un vals vienés de Fritz Kreisler. Cuando entramos, esperamos unos instantes mientras usted, frente al atril, concluía la ejecución.

Ese momento musical se me grabó en forma indeleble. Su delgada silueta de perfil, con sus cabellos terminados en una graciosa trenza y toda su figura deslizando el arco en armónicos movimientos, sobre el fondo de una pared tapizada en oscuro gobelino bordó, impactaron para siempre en un adolescente cargado de hormonas y aficionado a la Música.

Yo me había quedado paralizado, contemplándola fijamente, hasta que su hermano me sacó de ese estado hipnótico al presentarnos, y usted me tendió su mano con una sonrisa adorable que comenzaba en sus ojos y una voz cantarina en la que se abría paso rotundamente una “r” francesa:  -“ Soy Iguina, encantada”, y todo se iluminó, como se iluminó ayer mi memoria cuando pasé casualmente por la calle Freire, entre La Pampa y Virrey del Pino.

Entre modernos y lujosos edificios de no menos de diez pisos, a mitad de cuadra, en un hueco entre dos gigantes, una demolición reciente, quizás de una de las últimas casonas aquellas, me permitió ver entre los restos de una pared lateral, algunos paños de gobelino bordó.

¡Era allí, ése era el lugar!

Hice un esfuerzo y recordé tu apellido, (permíteme tutearte) tu nombre nunca lo había olvidado, puse ambos en el buscador de la computadora y supe de tu domicilio en París.

Entre nosotros no hubo más que un apretón de manos y mi muda adoración; ni siquiera debo estar registrado en tu memoria, por lo tanto, no espero respuesta, este recuerdo es sólo mío; a esta altura del partido tengo mi vida hecha y seguro que los dos estamos de vuelta de todo.

No sé quién o qué eres ahora, pero me pareció justo que sepas que  alguna vez, en una casona del barrio de Belgrano, en una lluviosa tarde de otoño, le cortaste la respiración a un tímido adolescente, el mismo que ahora, ya viejo, te escribe unas elegidas y razonadas palabras, pero para sus adentros, grita sencillamente: ¡Irina, por fin te encontré!…

Siempre tuyo. Alberto

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