Historias del chico salvaje: ¨La vieja de mierda¨

Diego M. Rotondo

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El San Cayetano era un colegio muy religioso, todos los días, después de izar la bandera y cantar el himno nacional, teníamos que recitar en voz alta el Padre Nuestro y el Ave María. Y pobre de aquel pecaminoso que no rezara, porque si Laura, la vicedirectora y catequista lo descubría, lo sacaba de la fila de la oreja y le soltaba un sermón virulento delante de todo el colegio: “¡Vos, vas a pasar todo el día rezando en voz alta, aunque te tengas que quedar a dormir en la escuela!…”. Todos le teníamos pánico a Laura, era una vieja detestable. Recuerdo una vez que vino a presenciar la clase de Ciencias Naturales y la maestra nos preguntó si nos interesaría estudiar algo relacionado con la ciencia, y Leandro, uno de los más aplicados y alcahuetes del aula, alzó su mano y dijo: “¡Yo quiero ser ingeniero químico!…”; entonces Laura, que estaba sentada a un costado del salón, comenzó a carcajear cínicamente, se levantó de su silla, caminó cojeando hasta el pupitre de Leandro y le dijo: “¿Químico?… ¿Vos estás seguro de que querés ser químico?… ¿Estás seguro de querer revolver la caquita con una espátula para luego investigarla bajo un microscopio?… ¿vas a tener estómago para eso?… ¿eh?…”. Y Leandro no le respondió, se hundió en su silla y se abochornó. Al final acabó estudiado Marketing.

Laura disfrutaba menospreciándonos, tratándonos de ilusos, de idiotas. Por las noches se debería masturbar con un crucifijo mientras imaginaba cómo le iba a romper la ilusión al próximo alumno. Siempre estaba al acecho en la escuela, esperando que alguno de nosotros pecara de inocente para soltar todo su veneno: “¿Y justo vos querés dedicarte a la computación?, me dijo una vez, “¿vos, que nunca sacás más de un 5 en matemáticas? ¡Pero por favor nene, pensá en dedicarte a otra cosa, no le exijas a tu cerebrito más de lo que puede dar…!” Me decía dándome golpecitos con el dedo índice en la cabeza. Yo asentía sumiso, aunque por dentro le deseaba una muerte horrorosa, la imaginaba atada a un árbol mientras una manada de lobos rabiosos la despellejaba viva. Ese pensamiento me aliviaba mucho.

Laura no eximía a nadie, todos éramos cucarachas para ella; nosotros no entendíamos su malignidad, éramos demasiado jóvenes para asociar su rencor con la falta de sexo, que seguramente era uno de sus principales problemas. Y ahora que lo pienso, había que tener estómago para cogerse una mujer así. Laura tenía unos 58 años, era bastante alta pero siempre andaba encorvada, eso le restaba unos 5 o 6 centímetros de estatura. Además cojeaba porque tenía una pierna más corta que la otra. Su rostro era rugoso y grisáceo como un trapo de piso, tenía el mentón hundido y dos largos dientes de castor que sobresalían de sus encías y cubrían su labio inferior. Siempre andaba con el pelo revuelto y sucio, y cuando se encrespaba sus ojos negros se inflaban y parecían emerger de sus cuencas, un claro signo de hipertiroidismo, que seguramente también influía en su mal carácter. Su nariz era puntiaguda y los pelos afloraban del interior de sus fosas nasales como pasto crecido. Laura siempre andaba con una falda de hebra marrón hasta los tobillos, medias blancas y unos zapatos grises horrendos. Caminaba por el patio, por las aulas, por los pasillos, siempre con su oreja parada, intentando cazar a algún iluso optimista para aplastarlo.

En el San Cayetano los niños católicos estaban obligados a tomar La Comunión; pero antes había que pasar por unas ridículas clases preparatorias, como si el acto de tragar la hostia y decir Amén requiriese de un adiestramiento. En esas clases se debían aprender las oraciones principales y recitar versículos de la Biblia. Y si eso ya era deprimente de por sí, había que sumarle que esas clases eran dictadas por Laura… Algunos alumnos se resistían a ir a catequesis, preferían que les echaran del colegio antes de caer en manos de la vieja. Pero había otra opción, si sus padres tenían para costear clases particulares podían salvarse. Ni los padres de Martín, ni los míos, ni los de Esteban querían enviarnos a clases particulares de catecismo. “¿Para qué le voy a pagar a un profesor si en la escuela la señorita Laura las dicta gratis?”, decían. Claro, ellos no conocían a la vieja de mierda, todo lo que nosotros pudiéramos decirles de ella era exagerado y probablemente una excusa para no estudiar. ¡Los alumnos salían llorando de las clases de Laura!, y no precisamente por sus sermones histéricos y por sus constantes degradaciones, sino, por su olor… Laura tenía un olor a chivo nauseabundo, de esos que dejan una franja fétida durante cientos de metros. Un olor de hormonas descompuestas. “Cebollas podridas”, eso era lo que tenía bajo los sobacos. En la escuela era fácil saber por donde había caminado, ¡porque su olor prevalecía durante horas! Y al tufo de sus sobacos había que sumarle el de su aliento… Al día de hoy, que se me ocurren decenas de adjetivos y metáforas para describir algo repulsivo, no encuentro qué palabras usar para definir ese aliento. Nosotros imaginábamos que tenía gusanos viviendo adentro de sus muelas, o que hacía gárgaras de vómito. Martín estaba convencido de que Laura comía caca, lo cual era bastante acertado si uno intentaba describir la primera impresión que dejaba su aliento. ¡Y lo peor, es que a la vieja le encantaba hablarnos de cerca y soplarnos su mierda en la cara! Por eso los niños lloraban o se descomponían luego de estar con ella. Y ahora llegaba nuestro turno, los demás chicos del grado habían logrado que sus padres los enviaran con catequistas particulares. Martín, Esteban y yo, junto a seis chicos de otros grados, debíamos asistir a las clases de Laura… Serían dos clases por semana durante dos meses, era imposible que lo soportáramos sin acabar con el estómago contraído, así que ideamos un plan para quitarnos de encima a la vieja…

12 de julio de 1985, esa es la fecha de hoy, la que escribí en mi cuaderno de catequesis justo encima de mi nombre y mi grado. Son casi las 6:00 de la tarde, está empezando a oscurecer y la bruja olorienta aún no ha llegado. Mientras Esteban hace de campana en la puerta del aula, Martín, con una navaja dentada, serrucha una de las patas de la silla del escritorio donde va a sentarse Laura. Los otros chicos están enmudecidos, se negaron a participar del plan a pesar de que les dijimos que si esto salía bien no tendríamos que soportar más el olor de la vieja. Tuvimos que asegurarnos de que no hablen, Martín los amenazó a todos con sacarles los ojos con la navaja. A veces hay que ser malo para lograr algo bueno. Lo único que queremos es causarle un accidente leve, mandarla al hospital un tiempo. Antes de que Martín acabe de serruchar escuchamos los pasos arrastrados de Laura por el pasillo, “¡Apurate boludo!”, le grita Esteban a Martín, “¡Ya viene!”. Martín sale como un bólido de abajo del escritorio y se acopla en su pupitre justo en el instante en que Laura abre la puerta. “Buenas tardes… saquen sus biblias y ábranlas al comienzo del Génesis…”, ordena Laura mientras cojea entre los pupitres liberando su peste como un zorrino que intenta defenderse. Al llegar al escritorio no se sienta, lo rodea, deja su cartera encima, agarra una tiza y se pone a escribir en el pizarrón. Martín y Esteban se miran, los otros niños están petrificados. Laura escribe «GÉNESIS» en el pizarrón haciendo chirriar las tizas. “A ver, vamos a leer todos juntos el primer párrafo: En el principio Dios creó…”… “¡Señora Laura!…”, interrumpe uno de los chicos alzando su mano. Laura se voltea indignada: “¿¡Qué pasa!?”. Martín le clava una mirada fulminante, el chico lo advierte y contesta: “¿Puedo ir al baño?”… “¡NO!”, ¡acabamos de comenzar!, aguantate y no jodas…”. Durante un rato leemos a coro las primeras líneas del Génesis. Cada vez que Laura está a punto de sentarse se le ocurre algo para escribir en el pizarrón. No puedo creer que tengamos tan mala suerte. Laura se pasa casi toda la clase parada, caminando entre los pupitres, leyendo fragmentos de la Biblia en voz alta. Su olor nos hace retorcer, cada vez que pasa a mi lado sostengo la respiración hasta que se me hinchan las venas del cuello. Esteban empieza a moverse sobre su silla, se agarra la cabeza, parece querer arrancarse los pelos, jadea y transpira. Creo que va a vomitar… “Y Dios empezó a llamar a la luz Día… repitan conmigo: Y Dios…”. “¡¡Sentate de una vez, vieja hedionda!!”, grita Esteban cubriéndose la cara con las manos. Laura se queda petrificada. Durante unos segundos el silencio se vuelve turbador, podemos escuchar los autos en la autopista, las charlas de los vecinos en la calle, los pájaros… todo, todo se escucha con lujo de detalle, como si estuviese sucediendo adentro del aula. Laura deja caer la Biblia al piso, el ruido seco y violento del libro sagrado golpeando el suelo levanta motas de polvo. Laura murmura: “Ahora me voy a ir… disculpen…”, agarra su cartera y se va del salón con la mirada perdida. Faltando diez minutos para que termine la clase nos quedamos sentados en nuestros pupitres sin emitir sonido. Mañana posiblemente expulsen a Esteban, y si alguno de estos buchones cuenta lo de la silla, también a Martín y a mí. A pesar de que nos podríamos levantar e irnos para no soportar el tufo que dejó la vieja en el salón, ninguno de los diez alumnos logramos movernos de la silla. Esteban se inclina hacia delante, apoya su cabeza en sus antebrazos y se pone a llorar. Su llantito es lo único que se escucha hasta que suena el timbre.

Al día siguiente todo transcurrió como si no hubiese sucedido nada. Fue un viernes de lo más corriente. Laura no apareció en la escuela durante los meses subsiguientes. Los chicos que habían visto a Martín serruchar la silla no dijeron nada, conocían bien la mala fama de mi amigo… Las clases de catecismo terminaron siendo dictadas por una reemplazante que nada tenía que ver con la vieja olorienta, todo lo contrario, era joven, hermosa y olía a primavera. Tomamos La Comunión con una sonrisa de oreja a oreja, y con todas las oraciones aprendidas de memoria.

Laura regresó a la escuela dos años después, cuando todos, salvo Martín que había repetido, cursábamos séptimo grado. Laura volvía para vengarse, y se encargaría de hacerlo en nuestro viaje de egresados.

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