Viernes de cine: ¨El crepúsculo de los dioses¨

Fernando Morote

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William Holden encarna a otro guionista de Hollywood atravesando aprietos financieros. En su desesperada fuga de los acreedores recala en una vieja mansión habitada por una macabra pareja que se apresta a sepultar un mono.

El palacio ubicado en Sunset Boulevard (título original de la cinta estrenada en 1950) subsiste en una zona residencial de Los Ángeles como marchito vestigio de una época dorada y es propiedad de Gloria Swanson, una antigua estrella del cine mudo, que es atendida puntualmente por Erich von Stroheim, su devoto mayordomo.

Después de reconocer a su famosa anfitriona, Holden queda contratado por ella para escribir el libreto que la devolverá a las marquesinas. A pesar de sus dudas iniciales, enseguida se percata de que tiene la oportunidad de asestar un audaz golpe para salir del pozo. De poco le sirve su condición de sagitario cínico, guapo y fornido; su chiflada patrona lo adopta, lo mima y lo adiestra como si fuera una nueva mascota. La relación laboral de inmediato se transforma en una prisión marcada por el chantaje emocional y el supuesto cazador termina atrapado.

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La formal y encantadora actuación de Erich von Stroheim como pulcro y solemne criado de guantes blancos, perfectamente atento a cada detalle en las necesidades de la señora, incluyendo su maquillaje, refulge con una sobriedad que emociona y enternece, lo cual no sorprende tras haberlo visto en acción en La gran ilusión (1937) a cargo de Jean Renoir y La estrella del norte (1943) bajo la conducción de Lewis Milestone. Más adelante en la historia se descubre que es también el chofer y primer esposo-director de la otrora diva.

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El encuentro en los estudios Paramount entre la Swanson y Cecil B. De Mille –quienes en la vida real trabajaron juntos en un buen puñado de films antes de la llegada del sonido- describe la brutal indiferencia de una industria dedicada a producir dinero aun a costa de desechar a sus luminarias de antaño: no la quieren a ella sino a su lujoso auto de colección para un nuevo rodaje.

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La toma debajo del agua que abre el largometraje, con el cadáver de Holden flotando en la piscina, parece una proeza tecnológica del momento, pero lo cierto es que se trata de una innovación introducida a principios de los años 30’ por el cineasta francés Jean Vigo en un documental sobre un campeón de natación y en su extraordinaria fábula romántica L’atalante.

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La escena final con la Swanson bajando las escaleras, mil morisquetas absurdas en su rostro, es conmovedora: cree que las luces y las cámaras de la prensa están apostadas en su domicilio para grabar su anhelado y glamoroso regreso a las pantallas cuando lo único que hacen es reportar su arresto policial por homicidio. La ex reina de las películas ignora que el público la ve ahora como un esperpento ridículo.

Billy Wilder, con su habitual destreza para construir argumentos de notable intensidad, logra sumar El crepúsculo de los dioses a su larga lista de obras maestras, entre las que destacan Perdición (1944), Días sin huella (1945) y Testigo de cargo (1957), todas piezas dramáticas de alto voltaje.

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