Historias del chico salvaje: ¨El asesino de pájaros¨

Diego M. Rotondo

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Fabio es el chico más grande de quinto grado, nos lleva 3 años a todos; y aunque repitió de año varias veces, todavía le cuesta leer una oración sin tartamudear. Es un burro sin remedio, no entiendo por qué sus papás insisten en mandarlo a la escuela. Cuando ya casi todos sabemos resolver ecuaciones más o menos difíciles, él apenas logra dividir números de dos cifras; y tarda siglos en hacerlo… Fabio está en quinto hace dos años, y se hizo famoso en la escuela por ser el único que repitió primer grado dos veces. Que haya llegado hasta quinto no es un milagro, es compasión. Elsa, la directora, se cansó de ver cómo su papá lo reventaba a palos cada vez que repetía de año… La última vez le retorció el brazo hasta quebrárselo. Fabio tuvo que llevar un yeso durante meses. Todos conocemos a su papá, le llamamos Guanaco, pero se llama Julio y es el carnicero del barrio; tiene su negocio justo al lado de la escuela. Cada vez que pasamos caminando por la entrada de la carnicería, él, desde atrás del mostrador, agarra una cuchilla gigante, se la pasa por el cuello y se ríe a carcajadas. Está loco, loco de verdad. Hace un par de meses discutió con una vecina por los incesantes ladridos de su caniche. Un día el perrito desapareció, la señora lo buscó por todas partes, incluso vino a la escuela a preguntar por él y ofreció una recompensa a quién lo hallase. Por supuesto nos pusimos en campaña para recorrer el barrio y los aledaños en busca del caniche. Dos días después Fabio nos reunió en el recreo y nos dijo que no perdiésemos el tiempo, que el perrito no iba a aparecer jamás… “Lo hizo milanesas…”, dijo, “¡papá hizo milanesas de perro y se las vendió a la dueña!…”. Obvio que no le creímos; aunque el perro no apareció más. Cada vez que mamá quiere ir a comprar a lo de Guanaco yo me desespero, le cuento la historia de las milanesas y ella, con su risa de bruja, dice: “No me importa que sea carne de perro o de rata, Julio es el que vende más barato, y tiene buena carne, prefiero arriesgarme…”. Cuando mamá cocina la carne que compra en ese lugar, yo no logro digerirla, mastico los pedazos sin tragarlos y los escupo en el plato.

Hoy Pablo cumple 13 años. Sólo nos invitó a Martín, a Pedro y a mí, que somos los que mejor le caemos porque tenemos las peores notas del grado. Dijo que será una gran fiesta, que comeremos hamburguesas y le dispararemos a los pájaros con su rifle de aire comprimido. A Fabio le encanta matar pájaros, pasa horas en el balcón de su casa, trepado sobre la medianera apuntando como un francotirador. Rara vez le da a un pájaro, pero cuando lo hace se alegra tanto, que baja a la calle corriendo, busca el cadáver del ave, lo mete en una cajita y lo trae al colegio para que lo veamos. A mí no me gusta matar pájaros; no entiendo a los chicos que disfrutan haciéndolo; yo no le encuentro la gracia.

Al llegar a su casa nos recibe doña Irma, su mamá, que aparece con un ojo tan hinchado y morado que lo tiene totalmente cerrado. “Julio está de mal humor…”, nos avisa. “No lo saluden, suban sin hacer ruido a la terraza, que Fabio está jugando con esa escopeta de mierda…”. Subimos silenciosamente los peldaños que bordean la pared del living de la casa; Guanaco está sentado en una mecedora mirando la tele con una botella de whisky en la mano, lo miramos de reojo, con miedo; él se da cuenta: “¿Qué mierda ven ustedes, eh?… ¡Manga de maricones!”, nos grita con su voz de guanaco borracho. No le contestamos, apuramos el paso y llegamos arriba, atravesamos la puerta de chapa e ingresamos en la terraza. Fabio está recostado sobre la medianera disparándole a cualquier bicho que se mueva. Hay una mesa rectangular sostenida por tres caballetes, cubierta por un mantel azul estampado con los personajes del Chavo del 8. Hay globos sin inflar, platos de plástico, vasos, bonetes, papas fritas rotas, una botella de Tab, pan, y una bandeja con hamburguesas frías rodeadas de moscas. “Coman lo que quieran…”, dice Fabio mientras dispara. Nosotros rodeamos la mesa con asco, ni muertos vamos a comer esas hamburguesas de perro; nos servimos Tab, manoteamos unas papas y nos acercamos a Fabio para darle los regalos. Martín le regala una bufanda, Pedro un autito de colección, y yo un juego de lápices de colores Faber. Fabio deja a un lado su rifle, abre los regalos con apatía y después de verlos los deja tirados en el piso. Luego vuelve a apuntar con el rifle. “¿Me lo prestás?, pregunta Martín. Fabio dispara un par de veces hacia los árboles y le cede el arma. “Tu mamá tiene el ojo hinchado”, le dice Pedro. “Lo sé…”, murmura Pablo. Martín dispara sin éxito y Pedro le arrebata el arma, yo forcejeo con él para que me la preste, Fabio se enfada y nos la quita: “¡Lo van a romper, idiotas!”. Entonces vuelve a subirse a la medianera, se acomoda, carga el rifle con un balín plateado y vuelve a disparar. Cada vez que descubre un blanco fácil y se prepara para gatillar, yo tarareo en voz alta para que pierda la concentración. “¡Estúpido! ¿Lo hacés a propósito?…”, me dice clavándome una mirada odiosa. Fabio apunta nuevamente, y cuando está a punto de gatillar escuchamos unos gritos que provienen de la calle. “¿Qué pasa ahí abajo?”, pregunta Martín. Los tres nos trepamos en la medianera junto a Fabio y vemos a Guanaco discutiendo en la calle con Doña Irma. El tipo se tambalea de lo borracho que está, Irma lo insulta, él la agarra de los pelos y le empieza a pegar piñas. Algunos vecinos salen de sus casas y los miran, pero no intervienen. Julio le da duro a la señora, podemos ver la sangre que chorrea de su nariz y su boca. “¡Basta papá!… ¡Bastaaaa!”, grita Fabio y se pone a llorar. Tratamos de consolarlo pero él está fuera de sí, se para sobre la medianera intentando mantener el equilibrio y le apunta con el rifle: “¡Soltala o te disparo!”, le advierte a su papá. Los vecinos levantan sus miradas y nos ven en la terraza. Intentamos calmar a Fabio para que baje de ahí, pero él se aleja de nosotros caminando como un equilibrista. Julio sigue dándole trompadas a su mamá, que a pesar de los golpes no para de putearlo. Fabio dispara. El guanaco grita y se agarra de los huevos. ¡Le dio con el balín justo en las pelotas! “¡Estás muerto pendejo!…”, chilla el tipo mientras su bragueta empieza a mancharse de rojo. Comienzan a escucharse las sirenas de la policía. Fabio deja caer el rifle, nos mira unos segundos con su cara bañada en lágrimas, y salta a la calle.

Pasaron 30 años desde aquel día, y el sonido seco del cuerpo de Fabio estrellándose contra el pavimento no se va de mi cabeza, me acompañará toda la vida, como un eco sombrío. No sé si a Martín o a Pedro les pase lo mismo, supongo que sí. De alguna manera, los tres sabíamos que aquel cumpleaños iba a acabar en tragedia. Desde el momento en que su madre nos abrió la puerta y la vimos con el ojo morado, supimos, inconscientemente, que íbamos a ser testigos de algo horrible. Algo que nos marcaría a fuego.

A pesar de que los sonidos vuelven a mi mente una y otra vez, la mayor parte de las cosas que vi esos días que precedieron a la tragedia se borraron de mi memoria: Guanaco en la carnicería pasándose el cuchillo por el cuello, las milanesas de perro, los cadáveres de los pájaros, la madre de Fabio con el ojo hinchado, la terraza, la medianera, la mesa de cumpleaños, el rifle, etc. Todas esas imágenes habían desaparecido de mi mente hasta el día de hoy, cuando, esperando que un semáforo de luz verde para avanzar, un hombre en silla de ruedas se acercó a mi auto para ofrecerme cargadores de celular. Como estaba calvo y gordo, tardé unos instantes en darme cuenta de que era Fabio… Él no pareció reconocerme. Saqué un billete de 500 y le compré todos los cargadores. Él me miró extrañado, sonrió con sus encías sin dientes y me lo agradeció tiernamente. El semáforo dio luz verde, puse primera, arranqué, recorrí unos metros y escuché: “¡Chau Diego!”

 

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