Viernes de cine: ¨Alguien voló sobre el nido del cuco¨

Fernando Morote

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Jack Nicholson es un vago y violador que finge demencia para evitar ser enviado a prisión. El truco le sale caro cuando llega a un hospital psiquiátrico y tiene que enfrentarse al poder tiránico de la jefa de enfermeras, Louise Fletcher, con quien libra una encarnizada lucha por la supremacía del pabellón.

Nicholson se convierte en el líder de un puñado de simpáticos y conmovedores orates (entre los que destaca un jovencísimo y aún con cabello Danny De Vito) mientras que Fletcher planea la forma de acabar con él. La historia, que en un principio ofrece visos de comedia, describe con crudeza la crueldad de ciertos tratamientos aplicados a pacientes con trastornos mentales. Los impecables uniformes blancos del personal médico y la formalidad de las terapias grupales resultan insuficientes para ocultar el ambiente carcelario que se vive en el manicomio.

Nicholson, desde su feliz ingreso al establecimiento por estar burlando a la justicia, rompe todas las reglas. Es un tipo cuerdo pero vicioso que alienta la rebelión en sus nuevos compañeros: les enseña a apostar en las cartas, los alienta a jugar básquetbol, los lleva de paseo en un autobús robado y logra que le cedan un bote para salir con ellos de pesca; por último arma una juerga con mujeres y licor en los dormitorios la noche de su fuga. La escena en que consigue hacerlos imaginar que están viendo un partido de béisbol en la pantalla de un televisor apagado es simplemente colosal: su contundencia histriónica y abrumador talento expresivo mueve al espectador a contagiarse de ese entusiasmo fabricado en un rapto de indignación.

Fletcher, por su parte, es una mujer glacial cuya falta de sensibilidad y neurótico apego a los procedimientos la arrastran a emplear métodos brutales e inhumanos. Su falsa moral le permite esconder su ineptitud e impotencia como agente de salud. La verosimilitud de su actuación es tan soberbia que en determinado momento provoca agarrarla a patadas.

La película pone en evidencia el eterno dilema por saber quién está más loco en realidad: los que deambulan envueltos en una bata dentro de cuatro paredes o aquellos que caminan luciendo costosos trajes por las calles. Es la encrucijada de un hombre de carne y hueso que, por mostrar a otros un mundo mejor en medio de la oscuridad, haciéndolos sentir útiles y realizados a pesar de sus limitaciones, tiene que pagar el precio de ser libre. Su actitud es considerada subversiva por la plana directiva de la institución y para doblegarlo recurren a la supuestamente científica fórmula del electroshock.  Hacia el final, su gigantesco amigo indio –otro infiltrado en el centro para eludir castigos mayores- acepta que ha sido reducido a la condición de inofensivo zombie, por lo que en un acto de infinita piedad resuelve ahogarlo con la almohada antes de largarse de allí para no sufrir la misma consecuencia.

Una de las muchas reflexiones que sugiere la cinta (estrenada en 1975, dirigida por Milos Forman y producida por Michael Douglas), que en Latinoamérica se conoció como Atrapado sin salida, cae por sí sola: si eres demasiado autónomo el sistema te anula. O directamente te mata. Otra: los seres que se asumen normales arruinan las vidas de los que no tienen posibilidad, a veces ni siquiera intención, de serlo.

 

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