Fábulas del crimen: ¨La muñeca humana¨

Diego M. Rotondo

muneca-charlotte

 

Eric Fauré era un testigo clave en el juicio contra el gángster Antoine Lewn. Era el único que lo había visto esa noche cuando, junto a seis matones, acribilló a quemarropa a tres policías en un callejón. Su testimonio era esencial para que el juez enviase a Lewn a la guillotina.

Tan valioso era Fauré para el Estado francés, que el fiscal firmó una insólita cláusula responsabilizando al acusado por la vida del testigo hasta que éste declarase… Esto significaba que si Fauré moría bajo cualquier circunstancia en los días anteriores al juicio, Lewn sería incriminado por considerarse el único con motivos suficientes para asesinarlo. La cláusula fue aprobada por el juez, incluso a pesar de las quejas de los abogados del gángster, quienes a toda costa intentaron derogarla por considerarla absurda. Y en cierto punto lo era; no obstante, conociendo el prontuario del acusado, parecía ser la única manera de resguardar la seguridad del testigo, quien por razones desconocidas se había negado a la guardia domiciliaria que le habían ofrecido.

Para Lewn, aquella irrisoria cláusula era una gran paradoja, ya que no podría deshacerse del testigo como tenía planeado, y además debía asegurarse de que nada le sucediese en los días previos al juicio.

4 días antes del juicio, en su celda, Lewn recibió la visita de un misterioso personaje llamado Alain Medrié, quien, obsesionado con su caso, había ideado un plan para que el gángster pudiera silenciar al testigo sin quebrantar las condiciones del fiscal. Medrié le dijo a Lewn, que a cambio de una suma de dinero, lograría que Fauré, no sólo se negase a testificar, sino que tampoco pudiese explicar por qué razón se negaría.

Alain Medrié era un talentoso ventrílocuo oriundo de Bélgica. Estaba a cargo de un show en un pequeño teatro situado en el centro parisino. Todos los viernes por la noche montaba un espectáculo de horror con su muñeca Charlotte. El público se estremecía con los tétricos diálogos que mantenía Medrié con la muñeca. Lo que más impresionaba a todos era la mirada aterradora de Charlotte: sus ojos no seguían los movimientos de su cabeza, siempre estaban mirando hacia adelante en un gesto aterrador. El éxito de Medrié, en buena parte, se debía a la apariencia humana de Charlotte. Siempre la llevaba sentada en su regazo, y mediante un comando mecánico que había implantado en su espalda, le movía la cabeza y las mandíbulas.

En un principio Lewn pensó que Medrié era un demente. Pero, perdido por perdido, decidió aceptar la propuesta del ventrílocuo y pagarle la suma que éste le exigía a cambio de silenciar a Fauré. No obstante, le advirtió que si su plan no funcionaba, lo asesinaría.

El 10 de febrero de 1896 pasadas las 3 de la mañana, mientras Fauré dormía en su habitación, una voz áspera y chillona lo despertó murmurando su nombre. Al abrir los ojos, en la penumbra del cuarto, distinguió la carita brillosa de una horrenda muñeca  de ojos blancos. La muñeca, situada justo a la altura de sus pies, lo miraba y giraba su cabeza emitiendo un sonido crujiente y repitiendo siempre la misma frase: “No vas a testificar, Eric… no vas a testificar…”. Fauré chilló horrorizado y se cubrió con las frazadas como un niño que ve a un fantasma. En ese instante de pánico el ventrílocuo aprovechó para escabullirse con la muñeca por la ventana del cuarto y bajar por la escalera exterior del edificio.

Al otro día, exactamente a la misma hora, la escena volvió a repetirse en la habitación de Fauré, la cabecita de Charlotte apareció mirándolo, susurrando la misma advertencia. Fauré comenzó a tiritar, gritó varias veces “¡auxilio!” y volvió a esconderse bajo las frazadas. Medrié, como el día anterior, volvió a escaparse por la ventana.

El tercer día sucedió algo inesperado. Al igual que en los días anteriores, Charlotte apareció susurrando a los pies de la cama del testigo y en el momento en que éste se despertó, Medrié, que había hecho una extensión de los comandos para poder maniobrar a la muñeca recostado en el suelo, realizó un mal movimiento, provocando que la cabeza se desprendiese del cuerpo y cayese sobre los pies de Fauré, que no logró soportar el espanto y sufrió un ataque al corazón… Medrié se levantó rápidamente, observó el cuerpo entumecido del testigo, metió las partes de Charlotte en su maletín y huyó de la casa.

La cláusula lo decía claramente: «Si a Fauré le sucedía algo en los días previos al juicio, el acusado sería el responsable…». Antoine Lewn fue condenado a la guillotina.

El cuerpo que daba vida a Charlotte pertenecía a Doriane Arbouet, una huérfana de 5 años que había fallecido de toxoplasmosis en 1886. Alain Medrié, empleado del cementerio donde sepultaron a la niña, había exhumado su cadáver y la había embalsamado para luego implantarle los comandos de movimiento.

Tres meses después de la ejecución del gángster, Medrié fue arrestado en Atenas mientras daba su último show. Luego de comprobar lo que había hecho con el cuerpo de Doriane, fue condenado a muerte. Más tarde descubrirían que el ventrílocuo había exhumado los cuerpos de otros nueve niños a los que intentó convertir en muñecos.

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